{"id":31610,"date":"2014-12-22T20:11:56","date_gmt":"2014-12-22T18:11:56","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/el-hombre-que-nos-enseno-a-tener-frio\/"},"modified":"2014-12-22T20:11:56","modified_gmt":"2014-12-22T18:11:56","slug":"el-hombre-que-nos-enseno-a-tener-frio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/el-hombre-que-nos-enseno-a-tener-frio\/","title":{"rendered":"El hombre que nos ense\u00f1\u00f3 a tener fr\u00edo"},"content":{"rendered":"\n<div>\n<p>Horacio Quiroga adoraba a Mart\u00ednez Estrada como a un hermano menor y le regal\u00f3 una hect\u00e1rea de su propia tierra en Misiones, para tentarlo de que fuera su vecino. La desmont\u00f3 \u00e9l mismo a machete limpio, le mand\u00f3 por correo el t\u00edtulo de propiedad y los planos de la casita de madera que pod\u00eda construirle con sus manos. Hasta los muebles le ofrec\u00eda hacer (y eran famosamente c\u00f3modos los muebles que hac\u00eda Quiroga, con ayuda del mens\u00fa devenido carpintero Jacinto Escalera). Mart\u00ednez Estrada ten\u00eda un trabajo de cuarta en el Correo Central y detestaba el ambiente literario de Buenos Aires, pero no se decid\u00eda a partir a Misiones, as\u00ed que Quiroga apel\u00f3 a un \u00faltimo recurso para convencer a su mel\u00f3mano amigo: le mand\u00f3 un viol\u00edn hecho en madera de timb\u00f3. \u201cEra tan chato de pecho y espalda como el propio Quiroga, ten\u00eda un clavijero prehist\u00f3rico, las efes labradas torpemente a gubia y emit\u00eda un sonido de gato en celo, mitad hipn\u00f3tico y mitad horripilante.\u201d Mart\u00ednez Estrada entendi\u00f3 con el coraz\u00f3n estremecido que as\u00ed ser\u00eda la vida como vecino de Quiroga en Misiones, pero se libr\u00f3 de escribir esa carta cruel porque su amigo apareci\u00f3 por Buenos Aires.<\/p>\n<p>Ven\u00eda a hacerse ver por los m\u00e9dicos una molestia que no lo abandonaba. Era un c\u00e1ncer terminal, pero no se animaban a dec\u00edrselo. Lo ten\u00edan de residente en el Hospital de Cl\u00ednicas con permiso ambulatorio, mientras le hac\u00edan creer que lo somet\u00edan a estudios y lo preparaban para una operaci\u00f3n. Un d\u00eda vagando por el s\u00f3tano del hospital encontr\u00f3 un paciente llamado Batistessa. Lo ten\u00edan ah\u00ed escondido por su aspecto f\u00edsico, causado por una neurofibromatosis conocida como elefantiasis. Quiroga exigi\u00f3 que Batistessa fuera sacado del s\u00f3tano y trasladado a su habitaci\u00f3n, y en las horas muertas le contaba historias de la selva. Un d\u00eda Batistessa oy\u00f3 hablar a los m\u00e9dicos y fue a decirle a Quiroga que la operaci\u00f3n proyectada era una simple y dolorosa postergaci\u00f3n de la muerte. Quiroga avis\u00f3 que sal\u00eda a caminar, fue a una ferreter\u00eda a comprar cianuro, regres\u00f3 al hospital, mezcl\u00f3 el polvo en un vaso con whisky y se lo tom\u00f3. \u201cSe mat\u00f3 como una sirvienta\u201d, dijo Lugones, que un a\u00f1o despu\u00e9s se suicidar\u00eda de igual forma en el Tigre. \u201cNo se vive en la selva impunemente\u201d, escribi\u00f3 Alfonsina Storni en un poema que le dedic\u00f3 antes de suicidarse ella tambi\u00e9n, en los acantilados de Mar del Plata.<\/p>\n<p>Ni Lugones, que hab\u00eda sido su maestro y protector, ni Alfonsina, que hab\u00eda sido su amante, acompa\u00f1aron las cenizas del difunto al Uruguay. Borges, en cambio, que hab\u00eda dicho que Quiroga era \u201cuna superstici\u00f3n uruguaya, que escrib\u00eda mal lo que Kipling escribi\u00f3 bien\u201d, s\u00ed fue de la comitiva. Eran fechas de Carnaval y cont\u00f3 que el corso se interrump\u00eda al paso del cortejo y que los ni\u00f1os ped\u00edan tocar la urna de madera de algarrobo en donde el escultor ruso Stepan Erzia hab\u00eda tallado la cara del difunto. A veces los opuestos coinciden: a Arlt le pas\u00f3 algo parecido con Quiroga; \u00e9l tambi\u00e9n lo hab\u00eda escarnecido; en una aguafuerte sobre la fundaci\u00f3n de la SADE, creada para defender los derechos de los escritores, escribi\u00f3: \u201cLa idea debe ser de Quiroga, hombre que gasta barba sefarad\u00ed y una catadura de falsificador de moneda que espanta\u201d. Pero cuenta Onetti que, el d\u00eda en que muri\u00f3 Quiroga, Arlt estaba sentado al fondo de una larga mesa, ignorando con fiereza los comentarios sobre el muerto, hasta que lleg\u00f3 su amigo Kostia y cont\u00f3 que tres d\u00edas antes se hab\u00eda cruzado con Quiroga por la calle. Iba vestido como un clochard, la barba le devoraba m\u00e1s de la mitad de la cara, ven\u00eda siguiendo desde el Parque Japon\u00e9s a la \u00faltima mujer que sigui\u00f3 por la calle, una beldad que cortaba la respiraci\u00f3n. Era la famosa viuda de G\u00f3mez Carrillo, que por entonces noviaba con Saint-Exup\u00e9ry. Kostia se lo estaba diciendo cuando el franc\u00e9s sali\u00f3 del Hotel Plaza al encuentro de su dama y la abraz\u00f3. Quiroga, contemplando la escena, murmur\u00f3: \u201cMe hubiera gustado ser aviador\u201d, y se fue, envuelto en su sobretodo con el pijama abajo en pleno enero, rumbo a su cama en el Hospital de Cl\u00ednicas. Desde el fondo de la mesa, detr\u00e1s del humo de su cigarrillo, se oy\u00f3 la voz de Arlt: \u201cHe cambiado mi opini\u00f3n de Quiroga\u201d. No pod\u00eda ser de otra manera. Quiroga hab\u00eda dicho: \u201cSoy el primer infectado por Dostoievski en Am\u00e9rica del Sur\u201d. Arlt fue el siguiente.<\/p>\n<p>Como Arlt, Quiroga carec\u00eda de lo que algunos llaman tacto, otros hipocres\u00eda y otros relaciones p\u00fablicas. A los veinte a\u00f1os parti\u00f3 de Montevideo a Par\u00eds vestido como un dandy, en camarote propio. Volvi\u00f3 tres meses despu\u00e9s, en tercera clase, con los pantalones ra\u00eddos y las solapas levantadas para que no se viera que no ten\u00eda cuello en la camisa. \u201c\u00bfPor qu\u00e9 escriben como espa\u00f1oles si son argentinos?\u201d, le dijo en la cara a Larreta cuando lleg\u00f3 a Buenos Aires. \u201cNo soporto los gauchos de Carnaval\u201d, le dijo a Lugones. Escandaliz\u00f3 a Manuel G\u00e1lvez con su Historia de un amor turbio, basada en su relaci\u00f3n con Ana Mar\u00eda Cires, la muchacha que se llev\u00f3 a vivir a Misiones y le dio dos hijos y despu\u00e9s se suicid\u00f3 de manera atroz. A esos hijos los cri\u00f3 en el amor a la selva, dej\u00e1ndolos dormir solos arriba de un \u00e1rbol o sentarse durante horas al borde de un precipicio, para horror de su madre. Cuando ella muri\u00f3, volvi\u00f3 con esos hijos a Buenos Aires, vivi\u00f3 primero en un s\u00f3tano de la calle Canning y despu\u00e9s en un caser\u00f3n en Vicente L\u00f3pez, donde ten\u00eda un coat\u00ed llamado Tutankam\u00f3n, un b\u00faho llamado Pit\u00e1goras y el yacar\u00e9 Cleopatra, adem\u00e1s de una enorme canoa aerodin\u00e1mica que calafateaba infinitamente y que no parec\u00eda una embarcaci\u00f3n, sino una criatura de las aguas.<\/p>\n<p>Lo acusaban de escribir para asustar a la gente, de traer la selva a la ciudad, de arrimar la barbarie a la civilizaci\u00f3n. Cuando public\u00f3 su famoso dec\u00e1logo del perfecto cuentista, Nal\u00e9 Roxlo dijo que parec\u00eda el manual del maestro ciruela escrito por el Viejo Vizcacha. \u201cEs un anarcoindividualista que se conforma con su propia libertad. No le importa que todos los hombres sean libres\u201d, dijo Alvaro Yunque cuando lo invit\u00f3 a la URSS y Quiroga le contest\u00f3 que prefer\u00eda volverse a la selva. Y eso hizo, con una segunda esposa treinta a\u00f1os m\u00e1s joven que \u00e9l, que prefiri\u00f3 abandonarlo antes de enloquecer. Tampoco en la selva lo entend\u00edan: se burlaban del hermoso laberinto de bamb\u00faes que hab\u00eda hecho para su segunda esposa, con un jard\u00edn de orqu\u00eddeas en el medio. Las cuadrillas que pasaban y lo ve\u00edan deslom\u00e1ndose al sol le gritaban: \u201c\u00bfNo tiene personal, patr\u00f3n? \u00a1No le robe trabajo a los peones!\u201d.<\/p>\n<p>Supo adorar por igual a Tolstoi y a Dostoievski, a Jack London y a Thoreau, a Maupassant y a Baudelaire (\u201cebanistas capaces de sacar de un solo golpe de garlopa trece rizos de viruta\u201d). Hablaba como si siempre tuviera fiebre y padeci\u00f3 fr\u00edo hasta en la selva misionera. En la \u00faltima carta a sus hijos les dijo: \u201cBusco lo que casi nunca se encuentra. Soy capaz de romper un coraz\u00f3n por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese coraz\u00f3n\u201d. Mart\u00ednez Estrada escribi\u00f3 despu\u00e9s de su muerte: \u201cCon \u00e9l aprendimos a contar en serio\u201d, y si miramos la literatura argentina desde ac\u00e1, no hay manera de no estar de acuerdo.<\/p>\n<\/p><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Horacio Quiroga adoraba a Mart\u00ednez Estrada como a un hermano menor y le regal\u00f3 una hect\u00e1rea de su propia tierra en Misiones, para tentarlo de que fuera su vecino. 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