{"id":31261,"date":"2014-10-20T21:38:13","date_gmt":"2014-10-20T19:38:13","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/viejo-pillo\/"},"modified":"2014-10-20T21:38:13","modified_gmt":"2014-10-20T19:38:13","slug":"viejo-pillo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/viejo-pillo\/","title":{"rendered":"Viejo pillo"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<p>Cuando los nazis montaron la famosa exposici\u00f3n de \u201carte degenerado\u201d en Munich en 1937, inauguraron al mismo tiempo otra muestra titulada El Gran Arte Alem\u00e1n. La idea era que los asistentes a la primera purgaran su paladar en la segunda, pero el arte degenerado atrajo cuatro veces m\u00e1s gente. Para calmar al F\u00fchrer, G\u00f6ering form\u00f3 de apuro un Comit\u00e9 de Explotaci\u00f3n del Arte Degenerado, cuya misi\u00f3n era vender en el extranjero esas piezas execrables y, con el dinero, recuperar para el Reich \u201cbuen arte genuinamente alem\u00e1n\u201d desperdigado por Europa. El dinero fue para hacer ca\u00f1ones: como bien se sabe, los nazis rapi\u00f1aron obras de arte en masa y sin pagar una vez que empezaron la guerra; pero aquel comit\u00e9 de cuatro personas sigui\u00f3 operando discretamente hasta 1944. Uno de los cuatro miembros de ese comit\u00e9 se llamaba Hildebrand Gurlitt y su nombre se habr\u00eda perdido en el basurero de la historia si, hace tres a\u00f1os, la burocracia migratoria suiza no avisaba a su par alemana de un ciudadano que acababa de cruzar de Zurich a Munich portando en sus bolsillos m\u00e1s de nueve mil euros en efectivo, un hecho que no es delito en s\u00ed pero que amerit\u00f3, nueve meses despu\u00e9s, una visita del fisco a su domicilio porque el ciudadano en cuesti\u00f3n, un anciano de ochenta a\u00f1os, no cobraba jubilaci\u00f3n ni ten\u00eda seguro m\u00e9dico ni ingresos comprobables ni figuraba siquiera en la gu\u00eda de tel\u00e9fonos de Munich. Su nombre era Cornelius Gurlitt y llevaba cincuenta a\u00f1os viviendo de espaldas al mundo en ese departamento cuando la visita del fisco hizo a\u00f1icos su paz.<\/p>\n<p>Durante tres d\u00edas obligaron al anciano a permanecer en una silla y firmar recibos mientras descolgaban, embalaban y se llevaban m\u00e1s de mil pinturas y dibujos de Picasso, Matisse, Chagall, Kokoshka, Otto Dix, Max Beckmann, una colecci\u00f3n que superaba los cien millones de d\u00f3lares y que superaba tambi\u00e9n a aquel juzgado de Munich, que descubri\u00f3 de golpe que ten\u00eda en sus manos una papa caliente. La causa se silenci\u00f3 y la colecci\u00f3n durmi\u00f3 en un dep\u00f3sito hasta que, hace unos meses, la revista Focus revel\u00f3 que el fisco de Baviera ten\u00eda en su poder una partida de obras que pertenec\u00edan a la gran muestra de arte degenerado de 1937 y que en tres a\u00f1os no hab\u00eda hecho nada para restituir esas obras a sus due\u00f1os originales o sus herederos, casi todos ellos jud\u00edos. La causa cobr\u00f3 vida de la noche a la ma\u00f1ana, la Corte de Munich qued\u00f3 sepultada de pedidos de Europa, EE.UU. e Israel exigiendo un inventario completo de las obras requisadas, la propia Angela Merkel exigi\u00f3 que se resolviera r\u00e1pido el asunto y el viejo Cornelius tuvo un soponcio al toparse con un enjambre de paparazzi en la puerta de su departamento.<\/p>\n<p>El peque\u00f1o inconveniente era que el Estado no pod\u00eda expropiarle la colecci\u00f3n al viejo Cornelius. Alemania fue uno de los firmantes de los Principios de Washington de 1998, seg\u00fan los cuales los museos e instituciones p\u00fablicas que posean arte confiscado por los nazis deben devolverlo a los herederos de los due\u00f1os originales, pero eso s\u00f3lo se aplica a instituciones, no a personas particulares. La \u00fanica soluci\u00f3n era convencer al viejo Cornelius de que las devolviera voluntariamente. Pero para entonces el anciano estaba en una cama de hospital y los diarios y revistas alemanas se hab\u00edan hecho tal fest\u00edn con la historia de su padre que acept\u00f3 dar una entrevista a Der Spiegel desde su lecho.<\/p>\n<p>Hildebrand Gurlitt hab\u00eda llegado a aquel comit\u00e9 de G\u00f6ering por sus m\u00e9ritos \u201cnegativos\u201d: desde la llegada de los nazis al poder fue despedido sucesivamente de dos museos (el Kunstverein de Hamburgo y el provincial de Zwickau) por su encendido apoyo al arte moderno y por tener una abuela jud\u00eda. No simpatizaba con Hitler, pero consider\u00f3 que su providencial puesto le permitir\u00eda preservar el arte que amaba, y eso hizo toda la guerra, seg\u00fan asegur\u00f3 a los aliados, cuando lo arrestaron en 1945 en el castillo de Aschbach, adonde hab\u00eda llegado con su esposa, sus hijos Cornelius y Benita y una carretilla en la que llevaba su preciada colecci\u00f3n, cuando su casa fue destruida en el bombardeo de Dresde. Los aliados lo tuvieron tres a\u00f1os arrestado mientras analizaban los or\u00edgenes de aquellas pinturas que \u00e9l sosten\u00eda haber comprado en forma leg\u00edtima antes de la guerra. En 1948 fue exonerado y recuper\u00f3 parte de su colecci\u00f3n. En 1950 fue nombrado director del Kunstverein de Dusseldorf. En 1953 pos\u00f3 junto al presidente alem\u00e1n y Thomas Mann en la inauguraci\u00f3n de una gran muestra homenaje a Die Brucke para la que hab\u00eda cedido cuadros de su colecci\u00f3n. En 1956 muri\u00f3 en un accidente automovil\u00edstico.<\/p>\n<p>La viuda decidi\u00f3 mudarse a su ciudad natal para cambiar de aires: con la venta de dos cuadros de su marido compr\u00f3 dos departamentos gemelos en el coqueto barrio de Schwabing, en Munich. En uno instal\u00f3 a los hijos y se acomod\u00f3 en el otro con la colecci\u00f3n. Cuando la madre muri\u00f3 cuatro a\u00f1os m\u00e1s tarde, Cornelius se traslad\u00f3 al departamento vecino con su camita de soltero. Ten\u00eda veintiocho a\u00f1os, no trabajaba ni estudiaba, ni lo har\u00eda el resto de su vida, porque su misi\u00f3n, tal como su padre le hab\u00eda repetido desde chico, era preservar aquella colecci\u00f3n. Cornelius no era un hombre de acci\u00f3n, como su padre; era m\u00e1s bien contemplativo, el mundo le era hostil, as\u00ed que convirti\u00f3 aquel departamento en su mundo: para proteger las pinturas, se encerr\u00f3 con ellas, confes\u00f3 a Der Spiegel. No iba al cine desde 1963. La \u00faltima vez que vio televisi\u00f3n era en blanco y negro. S\u00f3lo escuchaba radio y siempre emisiones suizas. Nunca tuvo una novia ni un amigo. Se sent\u00eda y era un fantasma para Munich, un fantasma legal: renovaba su pasaporte en el Consulado de Zurich, hac\u00eda todas sus transacciones en efectivo, que tra\u00eda de una cuenta suiza donde Benita le depositaba dinero. Desde la muerte de su hermana no habl\u00f3 m\u00e1s con nadie y las \u00fanicas personas que hab\u00edan entrado en a\u00f1os a su departamento eran los indeseables que se llevaron la colecci\u00f3n y la asistenta social que le mandaron despu\u00e9s, temiendo que se suicidara.<\/p>\n<p>Cornelius hab\u00eda pasado su infancia jugando bajo la tutela del Matisse y el Kokoshka y el Chagall que colgaban en la sala de los distintos departamentos en que hab\u00eda transcurrido su ni\u00f1ez. Recordaba el retrato de Beckmann que siempre iba en la cabecera de su cama (y a su padre dici\u00e9ndole: \u201cA Hitler no le gustan las caras verdes\u201d), la carpeta con dibujos de Durero, Renoir, Daumier y Delacroix que estaba siempre junto a la cama de sus padres y que ellos hojeaban antes de dormirse. Durante d\u00e9cadas Cornelius repiti\u00f3 la ceremonia todas las noches y ahora lo hab\u00edan dejado sin nada, su departamento era una celda blanca y la ciudad de Munich el carcelero. A trav\u00e9s de aquel reportaje a Der Spiegel prometi\u00f3 al Estado alem\u00e1n que, si al menos le retornaban esos pocos cuadros, \u00e9l aceptar\u00eda donar toda la colecci\u00f3n a su muerte.<\/p>\n<p>Y eso hizo el viejo pillo. Aunque no volvi\u00f3 a pisar su departamento ni vio sus amados cuadros de nuevo, logr\u00f3 que la prensa y el fisco lo dejaran en paz sus \u00faltimos meses y, cuando se sinti\u00f3 morir, convoc\u00f3 a su abogado al hospital e hizo una peque\u00f1a enmienda al testamento: en lugar de donar su colecci\u00f3n a Alemania, se la dio a un peque\u00f1o museo de Berna que nunca hab\u00eda o\u00eddo hablar de \u00e9l y que espera resignadamente que le quede alg\u00fan cuadro luego de cumplir con la lista interminable de reclamos de restituci\u00f3n que le llegan en oleadas, d\u00eda tras d\u00eda.<\/p>\n<p>PAGINA 12<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando los nazis montaron la famosa exposici\u00f3n de \u201carte degenerado\u201d en Munich en 1937, inauguraron al mismo tiempo otra muestra titulada El Gran Arte Alem\u00e1n. La idea era que los asistentes a la primera purgaran su paladar en la segunda, pero el arte degenerado atrajo cuatro veces m\u00e1s gente. 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