{"id":30963,"date":"2014-08-18T08:43:14","date_gmt":"2014-08-18T06:43:14","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/elogio-de-la-lentitud\/"},"modified":"2014-08-18T08:43:14","modified_gmt":"2014-08-18T06:43:14","slug":"elogio-de-la-lentitud","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/elogio-de-la-lentitud\/","title":{"rendered":"Elogio de la lentitud"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<p>La velocidad, esa diosa suicida idolatrada por los futuristas, ha sido sin duda la vestal alerta en la percepci\u00f3n contempor\u00e1nea del tiempo. El crecimiento exponencial de las posibilidades viajeras, la pr\u00e1ctica negaci\u00f3n de la distancia en el transporte a\u00e9reo y la comunicaci\u00f3n digital, han conseguido disolver el sentimiento de extra\u00f1aci\u00f3n y novedad que provocaba desde siglos la experiencia del viaje: hoy el mundo es uno sometido a matizados \u00edndices de desigualdad. S\u00f3lo la curiosidad estimula el impulso aventurero, la b\u00fasqueda de vivencias in\u00e9ditas y la recolecci\u00f3n de rarezas naturales y art\u00edsticas. La observaci\u00f3n detenida de lo inusual, propon\u00eda el apasionado coleccionista lord Arundel.<\/p>\n<p>He vuelto durante estos d\u00edas de ferragosto meridional a dos libros decisivos para entender la inquietud viajera moderna en su dimensi\u00f3n cultural, la \u00fanica duradera, y su irreversible difuminaci\u00f3n con el turismo masivo, tutelado y global: L\u2019Italia del Grand Tour, de Cesare de Seta, y el Viaggio in Italia, de Attilio Brilli. La aventura del viaje continental prendi\u00f3 con fuerza en la Inglaterra posrevolucionaria y difundi\u00f3 la exigencia de ver mundo entre los pac\u00edficos burgueses urbanos, los universitarios y los altivos terratenientes cortesanos. Pretenciosos squires viajaban a Italia en familia o enviaban a Florencia, Roma y N\u00e1poles a sus hijos para completar la educaci\u00f3n cl\u00e1sica, entonces preceptiva para entrar en el engranaje imperial. La ansiedad viajera se difundi\u00f3 por Europa y la pen\u00ednsula italiana, como despu\u00e9s la Espa\u00f1a rom\u00e1ntica y antes la Grecia eterna dibujaron en un horizonte m\u00edtico para los audaces peregrinos n\u00f3rdicos, rusos o centroeuropeos a la zaga del sol y unas difusas ra\u00edces culturales.<\/p>\n<p>La pr\u00e1ctica sum\u00f3 clientela y se multiplicaron las profesiones y servicios: gu\u00edas, preceptores, int\u00e9rpretes, m\u00e9dicos y lacayos seg\u00fan el estrato social y la disponibilidad financiera de cada cual, de la opulenta ostentaci\u00f3n de Lord Byron, veinte carruajes, a la recua de mulas del biblista Borrow. A la mirada vigilante del aduanero se abr\u00edan ba\u00fales y valijas que disimulaban el ajuar conyugal, una bodega en miniatura e incluso una biblioteca port\u00e1til. El pintor gal\u00e9s Thomas Jones se sorprendi\u00f3 por la forma en que los romanos distribu\u00edan a los visitantes: los artistas que llegaban a estudiar y valorizar su obra; los caballeros de medio pelo, es decir quienes muestran cierta autonom\u00eda y elegancia, s\u00f3lo gastan y contratan prestaciones, y en la cima los milordi, los opulentos arist\u00f3cratas brit\u00e1nicos que desaf\u00edan al mundo con sus bravatas, rodeados de advenedizos y logreros: valets franceses, cocheros bretones, criados italianos y gr\u00e1ciles bellezas del lugar para entretenimiento de la tropa masculina. El orondo Gibbon, que viajaba de tutor sol\u00edcito y avispado, consideraba el viaje a Italia un imperativo moral, si el viajero \u201cposee la intensa e inagotable energ\u00eda de cuerpo y esp\u00edritu del misionero colonial\u201d. Y as\u00ed era: hab\u00eda que soportar con buen talante un tiempo moroso y afrontar el cambio continuo de paisajes, t\u00f3rridos o torrenciales; montar y desmontar a lomos de mulas la carroza y dormir hacinado sobre paja h\u00fameda al azar de temibles pulgones equinos tras una cena cuartelera y purgante. La haza\u00f1a despertaba el ejercicio agudo de la observaci\u00f3n, disposizione dell\u2019occhio, que duraba de por vida.<\/p>\n<p>Goethe cruz\u00f3 los Alpes en oto\u00f1o de 1786. Salt\u00f3 la formidable muralla de piedra que separaba las brumas del equilibrio cl\u00e1sico, el pa\u00eds del sol y del olvido. La ruta de San Gottardo se hace fluida en el siglo ilustrado. De s\u00fabito, la llegada a un pa\u00eds m\u00e1gico cuajado de valles y colinas que avanza hasta la breve l\u00ednea del mar. B\u00e9n\u00e9dict de Saussure relata su experiencia de 1789: \u201cAtravesar al paso la tierra no hollada y alcanzar las cimas umbr\u00edas. El ascenso exige renunciar a la montura y doblarse a esfuerzos sobrehumanos: vendavales y neblinas. El viento es un b\u00e1lsamo restaurador y las bre\u00f1as se alisan para dar pie a una ladera esperanzadora: a la vista Italia.\u201d Pero la entrada de Goethe en Italia resulta poco ol\u00edmpica: recurre a la silla adosada a la espalda del atl\u00e9tico monta\u00f1\u00e9s que lo conduce entre un abismo rocoso a la altiplanicie de Torbolo, donde debilitado y enfermo pregunta por las letrinas: \u201cPor todas partes, el campo es vuestro\u201d, a\u00f1ade con sorna el gu\u00eda. Ya en Roma sube resuelto a la c\u00fapula de San Pedro: palacios y graneros, fuentes e iglesias suspendidos en el aire que delimitan frondosos paseos. Las colinas ariscas de Frascati, la campi\u00f1a romana y la costa lejana. En ning\u00fan lugar como en Roma, descubre Goethe, el peregrino se siente contempor\u00e1neo al pasado remoto y vibrante. La mirada del poeta joven embebido en la noche eterna, rom\u00e1ntica, que la luna romana alumbra lentamente. \u201cUn sortilegio astral\u201d -Goethe garabatea en el Coliseo en penumbra- \u201caquella media luz que parece celeste y m\u00e1s hermosa que la natural\u201d. \u201cEs dif\u00edcil negar que las ma\u00f1anas discurren tan placenteras como los atardeceres, cuando la anfitriona coloca sobre la mesa la candela de tres lumbres y la jarra de vino. El momento de la confidencia y del so\u00f1ar con los ojos h\u00famedos\u201d. El placer de la libertad. El lento retorno sin pausa ni prisa, de las peque\u00f1as verdades que construyen d\u00eda a d\u00eda la trama imprevista pero indeleble de la memoria. S\u00f3lo ahora podemos definirnos como hombres de nuestro tiempo, confiesa a Eckermann un Goethe emocionado. Memoria y acci\u00f3n.<\/p>\n<p>PAGINA 12<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La velocidad, esa diosa suicida idolatrada por los futuristas, ha sido sin duda la vestal alerta en la percepci\u00f3n contempor\u00e1nea del tiempo. 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