{"id":29994,"date":"2014-02-17T08:54:52","date_gmt":"2014-02-17T06:54:52","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/lecciones-sexuales-de-una-azafata\/"},"modified":"2014-02-17T08:54:52","modified_gmt":"2014-02-17T06:54:52","slug":"lecciones-sexuales-de-una-azafata","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/lecciones-sexuales-de-una-azafata\/","title":{"rendered":"Lecciones sexuales de una azafata"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<p>Cuando Amelia Earhart se perdi\u00f3 con su avi\u00f3n en medio del Pac\u00edfico en 1937, mi padre ten\u00eda catorce a\u00f1os. Arlt escribi\u00f3 una cr\u00f3nica formidable sobre la desaparici\u00f3n: \u201cNo se sabe nada de Amelia Earhart\u201d. Arlt se sentaba al lado de la teletipo en la redacci\u00f3n de El Mundo; de los cables que llegaban eleg\u00eda uno y a partir de esas pocas l\u00edneas escrib\u00eda su cr\u00f3nica del d\u00eda siguiente. En este caso imagin\u00f3 la misma noticia escuchada por radio en diferentes lugares del mundo (\u201cSe busca a Amelia Earhart en el C\u00edrculo de Howland\u201d). Todos los que o\u00edan la noticia miraban hacia el cielo: un lustrabotas en Nueva York, un telegrafista en Atacama, una se\u00f1ora por la calle Florida, un ge\u00f3logo en una estaci\u00f3n polar del Artico, un cronista de sociales en un crucero por el Caribe, un mec\u00e1nico en un hangar de Australia. Siempre que leo esa cr\u00f3nica agrego a mi padre a la lista, lo imagino volviendo del Nacional Central en tranv\u00eda a su casa, porque as\u00ed lo contaba \u00e9l: dec\u00eda que los canillitas de Buenos Aires anunciaban en las esquinas que segu\u00eda sin saberse nada de Amelia Earhart (Arlt: \u201cEl C\u00edrculo de Howland no existe, s\u00f3lo hay agua y tiburones como torpedos alevosos y un pe\u00f1asco microsc\u00f3pico que habitan las aves y dos coolies descalzos que palean guano. Amelia Earhart ten\u00eda treinta y ocho a\u00f1os, la cara de la actriz Catalina Hepburn y las manos largas y los dedos fin\u00edsimos del pianista Brailowsky\u201d).<\/p>\n<p>Mi padre amaba los aviones. Aunque fue ingeniero de caminos, por presi\u00f3n de mi abuelo, se pas\u00f3 la vida mirando al cielo: cuando jugaba al golf (su otra pasi\u00f3n), cuando volv\u00eda de trabajar y se sentaba con una cerveza helada en el balc\u00f3n, cuando hac\u00edamos cada verano el interminable viaje en auto a las sierras de C\u00f3rdoba (\u00edbamos por una ruta que \u00e9l mismo hab\u00eda construido, pero de lo que te conversaba, en el trecho del viaje que te tocaba sentarte a su lado, era de los aer\u00f3dromos que hab\u00eda al costado de la ruta, de los biplanos fumigadores que sobrevolaban los campos, de las estratoc\u00famulus y cirrus y cumulusnimbus que flotaban en el horizonte). Nunca se decidi\u00f3 a hacer el curso de piloto, pero termin\u00f3 teniendo una compa\u00f1\u00eda de aviones de carga: a los cincuenta a\u00f1os, su mejor amigo, que era piloto, le propuso que dejara todo y se asociara con \u00e9l. Fueron los a\u00f1os m\u00e1s felices de su vida. Ten\u00edan tres aviones nom\u00e1s, pero llevaban carga a todas partes del mundo, \u00e9sa era la tarea de mi padre, que siempre fue cerebrito: la log\u00edstica de los viajes y de las cargas. El estaba en un escritorio y su amigo volaba. A veces \u00e9l tambi\u00e9n iba. Una vez me llev\u00f3. Yo ten\u00eda catorce, ya nos llev\u00e1bamos a las patadas, en un intento de acercamiento partimos en uno de sus aviones. Llev\u00e1bamos caballos a Virginia, los boxes de los animales ocupaban todo el avi\u00f3n, salvo dos cuchetas \u00ednfimas pegadas a la cabina. Antes de despegar el copiloto amartill\u00f3 una pistola: \u201cEst\u00e1n sedados pero no queremos rosca si se ponen locos all\u00e1 arriba\u201d. Aterrizamos en Washington, estuvimos s\u00f3lo un d\u00eda y volvimos. Ese d\u00eda en DC se limit\u00f3 a una visita interminable al Museo del Aire, mirando hasta el tedio el avioncito de los hermanos Wright, el Spirit of St. Louis de Lindbergh, el Lockheed Electra de Amelia, el jet de Chuck Yeager.<\/p>\n<p>Por el lado de mi madre tambi\u00e9n hab\u00eda aviones: ten\u00eda agencia de viajes, la invitaban seguido a lugares raros, promociones de nuevos destinos tur\u00edsticos, siempre hac\u00eda esos viajes con mi padre, que aprovechaba el status de invitado para pedir pasar a la cabina de los pilotos en el avi\u00f3n. Pero adem\u00e1s mi madre ten\u00eda una amiga de la infancia que era azafata de Pan American de larga data. No s\u00e9 si yo idealizo o las azafatas de antes pod\u00edan rozar los cincuenta y seguir siendo atractivas, por no decir irresistibles. Las azafatas de antes encarnaban ese ideal de mujer que es absolutamente femenina y a la vez tiene cabal complicidad masculina con los hombres. Trudy Firmat era as\u00ed. Jugaba al golf con mi vieja, ven\u00eda seguido a casa, en esas visitas siempre terminaba charlando con mi viejo de aviones, sentados los dos en el living, ella de piernas cruzadas en una butaquita, con un vaso de whisky en la mano y un cigarrillo en la otra, discuti\u00e9ndole mano a mano los pros y los contras de modelos de avi\u00f3n, rutas a\u00e9reas o estilos de pilotaje. Por Trudy Firmat, cada vez que leo el nombre Amelia Earhart, un resorte en mi cabeza replica: Pancho Barnes.<\/p>\n<p>El mito dice que Amelia era la aviadora m\u00e1s r\u00e1pida de su \u00e9poca, pero en 1930 Pancho Barnes bati\u00f3 ese record hist\u00f3rico (297 kph) y fue la primera mujer en volar a m\u00e1s de trescientos kil\u00f3metros por hora. Pancho hab\u00eda nacido Florence Barnes de padres ricos en California, pero a los dieciocho se escap\u00f3 de su casa con un amigo y embarc\u00f3 en un carguero a M\u00e9xico. El viaje de vuelta lo hicieron en burro. El amigo era flaco, Florence era rellenita, unos mexicanos la vieron igualita al compadre de Don Quijote y la bautizaron Pancho: pensaron Sancho pero les sali\u00f3 Pancho. El apodo prendi\u00f3 igual y Florence fue Pancho desde entonces. Tom\u00f3 su primera lecci\u00f3n de vuelo en 1928, con un veterano de la Primera Guerra. Con s\u00f3lo seis horas de instrucci\u00f3n ya volaba sola. Compr\u00f3 su propio avi\u00f3n y recorr\u00eda la regi\u00f3n haciendo un show a\u00e9reo con un amigo paracaidista. Uno de los hermanos Wright firm\u00f3 su licencia de piloto (pero como era bien sabido que estaba en contra de que las mujeres volaran, Pancho se disfraz\u00f3 de var\u00f3n para el examen y para la foto del carnet). Fue doble de riesgo en la pel\u00edcula Los Angeles del Infierno de Howard Hu-ghes, inaugur\u00f3 la ruta a\u00e9rea a M\u00e9xico, probaba aviones para la Lockheed, dec\u00eda que Amelia se llevaba toda la publicidad porque su marido (el promotor GP Putnam) la comercializaba sin escr\u00fapulos y la obligaba a proezas a\u00e9reas que estaban por encima de sus capacidades. De hecho, cuando Amelia desapareci\u00f3 en 1937, Pancho dej\u00f3 de volar, pero sigui\u00f3 siendo un piloto entre pilotos, porque compr\u00f3 un rancho pegado a la Base Edwards, en el desierto de Mojave. Al principio s\u00f3lo les vend\u00eda leche y huevos, pero el rancho pronto se convirti\u00f3 en el segundo hogar de aquellos pilotos que iban a convertirse en los primeros hombres en viajar al espacio. Todos ellos iban a descomprimir al rancho de Pancho, hasta que sus esposas la acusaron de tener un burdel y los jefazos de la Base Edwards le expropiaron la tierra, y mi viejo, seg\u00fan Trudy Firmat, era igual de necio y retr\u00f3grado que esos jefazos y esas esposas; s\u00f3lo una cabeza as\u00ed pod\u00eda creer que Amelia Earhart era mejor piloto que Pancho Barnes.<\/p>\n<p>Me acuerdo n\u00edtidamente de la escena porque para entonces yo tambi\u00e9n ten\u00eda mi complicidad con Trudy, pasaba cada tanto por su departamento a buscar los discos importados que me tra\u00eda de sus viajes, estaba perdido de amor por ella, y cuando subi\u00f3 el voltaje en aquella discusi\u00f3n sent\u00ed de golpe que mi viejo y ella eran amantes, y eso me vol\u00f3 la cabeza. Al d\u00eda siguiente fui con cualquier excusa a su departamento y, con una torpeza que les ahorro, intent\u00e9 perder mi virginidad con ella. Trudy me agarr\u00f3 de la cara con las dos manos para aplacar mi embestida, sec\u00f3 con sus pulgares las l\u00e1grimas de ira que me ca\u00edan por las mejillas y me dijo en voz muy baja, su boca a cent\u00edmetros de mi oreja: \u201cMe gustan las mujeres, pich\u00f3n\u201d. Por eso, cada vez que leo el nombre de Amelia Earhart hasta el d\u00eda de hoy, una voz en mi cabeza susurra con l\u00fabrica a\u00f1oranza: Pancho Barnes, Pancho Barnes.<\/p>\n<p>PAGINA 12<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando Amelia Earhart se perdi\u00f3 con su avi\u00f3n en medio del Pac\u00edfico en 1937, mi padre ten\u00eda catorce a\u00f1os. Arlt escribi\u00f3 una cr\u00f3nica formidable sobre la desaparici\u00f3n: \u201cNo se sabe nada de Amelia Earhart\u201d. 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