{"id":28908,"date":"2013-07-23T07:33:46","date_gmt":"2013-07-23T05:33:46","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/ojo-de-dios-oido-del-diablo\/"},"modified":"2013-07-23T07:33:46","modified_gmt":"2013-07-23T05:33:46","slug":"ojo-de-dios-oido-del-diablo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/ojo-de-dios-oido-del-diablo\/","title":{"rendered":"Ojo de Dios, o\u00eddo del Diablo"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<p>El verano pasado fui a comprar un coche. Les ahorro los detalles automovil\u00edsticos para explicarles por qu\u00e9 no lo compr\u00e9. A m\u00ed me preocupaba la altura del volante. El vendedor, un hombre muy atento continuamente pegado a la pantalla del ordenador, me explic\u00f3 que en el modelo de coche del que est\u00e1bamos hablando la altura del volante era adaptable. De repente pareci\u00f3 encontrar lo que buscaba en la pantalla y dijo: \u201cComo usted mide metro ochenta y siete\u2026\u201d. Me qued\u00e9 perplejo. Coment\u00e9: \u201c\u00bfC\u00f3mo sabe mi estatura?\u201d. El hombre, al inicio, no reaccion\u00f3. Luego, por fin, sac\u00f3 los ojos de la pantalla y me mir\u00f3 desconcertado. Se hizo el silencio. Le repet\u00ed mi pregunta. El vendedor pas\u00f3 del desconcierto a la desesperaci\u00f3n, como si no estuviese acostumbrado a este tipo de preguntas por parte de los clientes. Contest\u00f3 con ansiedad, se\u00f1alando a su ordenador: \u201cLo dice aqu\u00ed\u201d.<\/p>\n<p>El resto de nuestra conversaci\u00f3n dur\u00f3 10 minutos, en los que no solo se frustr\u00f3 la venta de un coche sino que se aclararon algunos enigmas. Le ped\u00ed al vendedor que me dejara ver \u201clo que dec\u00eda all\u00ed\u201d. Aleg\u00f3 d\u00e9bilmente el car\u00e1cter confidencial de aquellas informaciones, aunque se derrumb\u00f3 pronto al advertir que se trataba precisamente de mi confidencialidad, y no de la de ning\u00fan otro cliente. Balbuce\u00f3 que estaba avergonzado, pero que no se trataba de un asunto de su establecimiento sino de algo que proced\u00eda de la empresa multinacional de la que \u00e9l era un mero empleado.<\/p>\n<p>Siempre hab\u00eda informaci\u00f3n relacionada con hipot\u00e9ticos clientes y, como todos los ciudadanos eran hipot\u00e9ticos clientes, en el ordenador hab\u00eda informaci\u00f3n sobre todos. Me sent\u00e9 a su lado y le\u00ed en la pantalla las cosas que me concern\u00edan. Eran muchas, tantas que inclu\u00edan una operaci\u00f3n en la espalda a la que me hab\u00eda sometido a\u00f1os atr\u00e1s. De vez en cuando interrump\u00eda la lectura para mirar a los ojos a mi interlocutor. El hombre estaba con la frente sudada pese a que el aire acondicionado de su despacho era potente. Finalmente, harto de leer informaciones que, naturalmente, ya sab\u00eda, junto con otras que apenas recordaba, me levant\u00e9 de la silla y me desped\u00ed. El vendedor se disculp\u00f3 con bastante torpeza, pero creo que con sinceridad.<\/p>\n<p>Desde el despacho en el que hab\u00eda estado recluido para la frustrada compra de un coche hasta la puerta de salida de la concesionaria advert\u00ed varias c\u00e1maras de vigilancia que, con toda probabilidad, hab\u00edan grabado mis movimientos. Era lo mismo que ocurr\u00eda en cualquier local. Me hab\u00eda acostumbrado, como mis conciudadanos, a que las lentes a\u00e9reas siguieran mis pasos. En esta ocasi\u00f3n reparaba en su presencia porque mi \u00e1nimo hab\u00eda sido golpeado por lo sucedido en el despacho del vendedor. Esos ojos de cristal me agred\u00edan singularmente. \u00bfPero ma\u00f1ana me acordar\u00eda de la violencia que ejercen sobre nuestra intimidad esos centinelas omnipresentes? Seguramente mi reacci\u00f3n ser\u00eda tan sumisa como la de los otros ciudadanos.<\/p>\n<p>Hubo un tiempo en que eso produc\u00eda esc\u00e1ndalo. A la salida de la concesionaria de autom\u00f3viles hac\u00eda mucho calor. De pronto me vi buscando c\u00e1maras de vigilancia y me fue f\u00e1cil localizar varias en plena calle. Vino a mi memoria un acontecimiento que conmovi\u00f3 al mundo en mis a\u00f1os de estudiante: el asesinato de Olof Palme. Al primer ministro sueco, si no recordaba mal, lo mataron en una calle peatonal de Estocolmo, a la salida de un cine al que hab\u00eda acudido, como siempre, sin escolta. A consecuencia del magnicidio, alguien, en el Parlamento de Suecia, plante\u00f3 la posibilidad de instalar unas c\u00e1maras en la calle peatonal. La inmensa mayor\u00eda se opuso. Se aleg\u00f3 que la primera regla de una sociedad libre era preservar la intimidad de los ciudadanos. Eran otros tiempos, me dije mientras rememoraba la figura, por tantos conceptos ejemplar, de Olof Palme. A\u00fan no dispon\u00edamos de Internet y de tel\u00e9fonos m\u00f3viles. Faltaba bastante para que el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, en 2001, impulsara una dr\u00e1stica cesi\u00f3n de libertad a cambio de una proclamada seguridad.<\/p>\n<p>Estos d\u00edas me he acordado de la truncada compra de un coche el verano pasado a partir del caso Snowden. Nuestra imaginaci\u00f3n con respecto a las posibilidades del mal es siempre muy pobre cuando la comparamos con la intensidad que el mal, en la realidad, puede alcanzar. Antes de estar en el despacho del vendedor de coches nunca habr\u00eda imaginado que alguien tuviese tanta informaci\u00f3n sobre m\u00ed para conseguir algo tan banal como venderme un coche. Despu\u00e9s de conocer el sistema de espionaje universal desvelado por Snowden, todas las tramas de control concebidas hasta ahora parecen infantiles. Ya no se esp\u00eda a individuos, entidades o instituciones; se esp\u00eda, y de manera global, la intimidad misma de las personas. El ojo de Dios lo ve todo; el o\u00eddo del Diablo lo escucha todo. Y lo peor es que los seres humanos ya no ofrecen resistencia, sea porque se sienten impotentes, sea porque han olvidado que es propio de un ser humano que aspira a la libertad ofrecer este tipo de resistencia.<\/p>\n<p>Ni Aldous Huxley ni Georges Orwell, en sus negras profec\u00edas, llegaron a una percepci\u00f3n de este estilo. No pudieron prever, al menos en toda su extensi\u00f3n, la forma ni tampoco las consecuencias sobre la naturaleza humana. Es curioso que ni ellos, ni pr\u00e1cticamente ning\u00fan otro escritor, fuesen capaces de intuir los instrumentos t\u00e9cnicos decisivos del futuro. La imaginaci\u00f3n, aunque sea potente, es siempre pobre. El ojo avasallador del Gran Hermano estaba concebido seg\u00fan un modelo cl\u00e1sico: un Dios todopoderoso controlar\u00eda hasta el anonadamiento a los hombres, si bien, desde el siglo XX de Stalin y Hitler, ya se presupon\u00eda que en el siglo XXI ese dios no vigilar\u00eda desde el Sina\u00ed o el Olimpo sino desde estilizados rascacielos de poder.<\/p>\n<p>Pero las profec\u00edas fallaron, o no advirtieron la hondura de lo profetizado, precisamente por aplicar un modelo cl\u00e1sico. Ni Huxley ni Orwell pod\u00edan intuir que ser\u00eda el propio hombre el que pondr\u00eda en pie gigantescos engranajes de control, no bajo la amenaza de los dioses o por la aplicaci\u00f3n de ideolog\u00edas totalitarias, sino por el uso aniquilador de la propia intimidad de invenciones maravillosas como Internet o la telefon\u00eda m\u00f3vil. Es verdad que la sed de control por parte de los poderes es insaciable, pero lo m\u00e1s inquietante es la complicidad con que los ciudadanos se prestan gustosa e insensatamente a saciar aquella sed.<\/p>\n<p>Las revelaciones de Snowden son demoledoras fundamentalmente porque ponen de relieve esta complicidad. Por mucha que sea la histeria acusadora contra este agente secreto que se ha convertido en delator, lo que, en el fondo, se le reprocha a Snowden es que, consciente o inconscientemente, haya puesto al siglo XXI ante el espejo de sus propias aberraciones: abolici\u00f3n de la intimidad, apat\u00eda, sumisi\u00f3n. Aunque quiz\u00e1 no con el celo que han demostrado Obama y Cameron, ni con la magnitud de las cifras, ya est\u00e1bamos advertidos del amor al espionaje masivo de la humanidad por parte de quienes se han convertido en nuestros centinelas frente a la amenaza terrorista; lo que ignor\u00e1bamos es nuestra colaboraci\u00f3n activa en el arrasamiento de la libertad individual gracias a las conversaciones, mensajes, cartas e im\u00e1genes que cedemos a empresas sin escr\u00fapulos para que, transformados en pura mercanc\u00eda, seamos impunemente encerrados en c\u00e1rceles de sospecha.<\/p>\n<p>La magnitud de las cifras no ofrece dudas: toda la humanidad es sospechosa. Incluso puede extraerse una conclusi\u00f3n m\u00e1s radical: toda la humanidad es casi culpable. Por eso debe ser acechada, controlada, vigilada. No es una idea reconfortante del ser humano. Pero a\u00fan lo es menos que los propios hombres, por estulticia o por servilismo, se presten alegremente como v\u00edctimas del sacrificio.<\/p>\n<p>EL PAIS<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El verano pasado fui a comprar un coche. Les ahorro los detalles automovil\u00edsticos para explicarles por qu\u00e9 no lo compr\u00e9. A m\u00ed me preocupaba la altura del volante. 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