{"id":27163,"date":"2012-09-10T10:03:49","date_gmt":"2012-09-10T08:03:49","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/la-recompensa\/"},"modified":"2012-09-10T10:03:49","modified_gmt":"2012-09-10T08:03:49","slug":"la-recompensa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/la-recompensa\/","title":{"rendered":"La recompensa"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<p>El gran Elias Canetti rechazaba la muerte. Literalmente. Cre\u00eda que, si se lo propon\u00eda en serio, si enfrentaba el asunto con todo su ser, con toda la potencia de su personalidad, que era mucha, quiz\u00e1 lograra salirse con la suya. Salirse con la suya era no morir. Yo creo que Canetti fue una de las mentes supremas del siglo XX, pero en este aspecto tengo que coincidir con alguien mucho m\u00e1s pedestre que \u00e9l, su an\u00f3nima editora inglesa, una de mis damas preferidas en el reino de las letras, que dijo: \u201cEl se\u00f1or Canetti puede rechazar la parca todo lo que quiera, pero dudo que sea rec\u00edproco\u201d. Por esa clase de cosas, Diana Athill se ganaba al instante la confianza de sus autores o los perd\u00eda para siempre, y no fueron muchos los que perdi\u00f3 en sus cincuenta a\u00f1os de trabajo de hormiga en la editorial inglesa Andr\u00e9 Deutsch. Curiosamente, la Athill estuvo m\u00e1s cerca de lograr el cometido de Canetti que el propio Canetti: a los setenta y cinco a\u00f1os, cuando la editorial se vendi\u00f3 y los nuevos due\u00f1os la fletaron a su casa, descubri\u00f3 con j\u00fabilo que pod\u00eda escribir, que sab\u00eda escribir (\u201cTiene que ver b\u00e1sicamente con el hecho de encontrar un ritmo, o tal vez descender hasta un nivel en que ese ritmo existe de manera aut\u00f3noma\u201d). Los cuatro libros que public\u00f3, desde entonces hasta sus noventa y dos a\u00f1os, hicieron creer a unos cuantos que esa mujer hab\u00eda pasado de largo su propia muerte, o merecido una segunda vida insospechadamente plena en las postrimer\u00edas de su prolongada (y opaca, seg\u00fan ella misma) existencia inicial.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Cuando la jubilaron, Athill no ten\u00eda ni ahorros ni casa propia; viv\u00eda de prestado en la planta baja de una casita perteneciente a una prima rica, a cambio de cuidarle el jard\u00edn. Hab\u00eda nacido en cuna de oro (casa de campo, caballos, paseos en barco, Oxford), a los veintid\u00f3s sufri\u00f3 un terrible desenga\u00f1o amoroso (un piloto de la RAF la dej\u00f3 en el altar), su familia perdi\u00f3 la fortuna, sus amigas la miraban pensando: \u201cDios, no permitas que termine como Diana\u201d. Ten\u00eda veintid\u00f3s a\u00f1os y ya era, para su entorno, la t\u00eda solterona que viene con el inventario en toda familia inglesa. Ca\u00edan bombas cuando naci\u00f3 en 1917, ca\u00edan bombas cuando se sell\u00f3 su destino. En un refugio antia\u00e9reo en Londres conoci\u00f3 a un h\u00fangaro llamado Andr\u00e9 Deutsch, se fue a la cama con \u00e9l, descubrieron que funcionaban mejor como equipo que como amantes y, en cuanto termin\u00f3 la guerra, abrieron una editorial: \u00e9l puso el nombre, ella fue su mano derecha. Nunca se cas\u00f3, ni tuvo hijos ni supo hacer dinero. En sus palabras, nunca supo hacer lo que no le gustaba, un poco por educaci\u00f3n y otro poco por reacci\u00f3n a esa educaci\u00f3n. Cuando Deutsch vendi\u00f3 la editorial y se retir\u00f3, cuarenta a\u00f1os despu\u00e9s, ella sigui\u00f3 trabajando. Los libros ajenos y los amantes ocasionales, la discreta camarader\u00eda del sexo y de la lectura, llenaron su vida durante cincuenta a\u00f1os. Y entonces la jubilaron sin anestesia. Y casi por la misma \u00e9poca descubri\u00f3 que su cuerpo hab\u00eda perdido todo inter\u00e9s en el contacto sexual: \u201cTal vez no pareciera tan vieja, pero de pronto supe que ya no era un ser sexual, una sensaci\u00f3n que hab\u00eda pasado por distintas etapas y no siempre me hab\u00eda hecho feliz, pero me hab\u00eda parecido central en mi existencia. Leer un libro y hacer el amor con un hombre era para m\u00ed como esos barcos con casco de vidrio transparente: me permit\u00edan ver el fondo\u201d.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Por haberle o\u00eddo decir de repente cosas como \u00e9sta (y tambi\u00e9n para ayudarla a pagar las cuentas, en especial la internaci\u00f3n de su madre en un geri\u00e1trico), los de la revista Granta le ofrecieron que escribiera sus memorias, por entregas, a su ritmo. Athill empez\u00f3 a hacerlo s\u00f3lo por el dinero, intentando no violar el mandato cultural que hab\u00eda regido su vida (nada es de peor gusto que llamar la atenci\u00f3n sobre uno mismo). Se propuso que el tr\u00e1mite fuese lo m\u00e1s indoloro posible y en cambio encontr\u00f3 una voz literaria que a los de Granta les pareci\u00f3 adictiva, \u00fanica: una voz que hac\u00eda instant\u00e1neamente real todo lo que tocaba. Le rogaron que siguiera escribiendo, y ella sigui\u00f3 haci\u00e9ndolo. A sus memorias como editora (genialmente tituladas Vale lo tachado), siguieron dos libros extra\u00f1\u00edsimos, uno sobre el largo e infeliz matrimonio de sus padres (t\u00edtulo: Ayer a la ma\u00f1ana), y otro sobre un joven escritor egipcio que hab\u00eda tenido viviendo en su casa y se suicid\u00f3 (Despu\u00e9s de un funeral). El ejercicio de la confesi\u00f3n honesta, la mirada panor\u00e1mica y de pronto milim\u00e9trica de la vida, los cincuenta a\u00f1os pasados mirando a grandes escritores hacer su peque\u00f1a magia, y la vieja regla de hierro, nunca hacerse notar, todo eso est\u00e1 milagrosamente ah\u00ed, en su prosa: no importa de qu\u00e9 est\u00e9 hablando, siempre se ve el fondo.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Coron\u00f3 a los noventa, cuando public\u00f3 su libro sobre la vejez (Antes de que esto se termine). Sobre la vejez y el amor y la muerte y la humillaci\u00f3n y la gracia y las posibilidades de ver llegar otra primavera a su jard\u00edn. Una biblia en 130 p\u00e1ginas. Coquetamente, ella dec\u00eda: \u201cSi hubiera escrito estos libros a los sesenta, hubieran llamado mucho menos la atenci\u00f3n. Pero a los noventa, una come un huevo pasado por agua y se lo celebran\u201d. Cuenta en el libro que cuando su amante hist\u00f3rico se enferm\u00f3 mal, ella pens\u00f3 que no ser\u00eda capaz de cuidarlo. Pero para su sorpresa: \u201cEl espanto, aunque fuera muy palpable, no pasaba de ser algo m\u00e1s bien superficial, mientras que, por debajo, algo que ni siquiera pens\u00e9 dio por decidido lo que hab\u00eda que hacer. No hubo rechazo, ni repugnancia, lo hice sin esfuerzo, de manera profesional. Me parece que las obligaciones que han nacido a partir del amor, por poco que se parezcan a aquello de lo que han brotado, forman parte de lo mismo\u201d. Dice Athill en su libro que, en el sexo, una mujer se entrega y se consume y da mucho m\u00e1s de s\u00ed que un hombre, y que por esa raz\u00f3n la mujer debe superar la plenitud f\u00edsica para empezar a entender qu\u00e9 clase de persona es realmente. Dice Athill en su libro: \u201cAunque he sido toda mi vida m\u00e1s pobre que rica, hay en alg\u00fan lugar de m\u00ed una criatura irrecuperable que cree que el dinero deber\u00eda ser como la lluvia, y nosotros como el hombre de campo, que cuando no llueve apechuga la sequ\u00eda, o cae por su causa, cosa que es desdichada pero no tan desdichada como arruinarse la vida pensando cada d\u00eda en el dinero. Naturalmente siempre supe que uno debe ocuparse, y hasta cierto punto lo hice, pero s\u00f3lo hasta el punto m\u00ednimo indispensable. Esto significa que aunque nunca llegu\u00e9 tan lejos como para no trabajar, me ha sido imposible hacer algo que no me gusta. No s\u00e9 si es que no puedo o que no quiero. La sensaci\u00f3n es que no puedo\u201d.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Dice Athill en su libro que Jean Rhys le confes\u00f3 una vez: \u201cDebo escribir. Si no lo hago, mi vida ser\u00e1 un abyecto fracaso. Ya lo es para mucha gente, pero ser\u00eda un fracaso abyecto para m\u00ed. No me habr\u00eda ganado la muerte\u201d. Agrega Athill: \u201c\u00bfGanarse la muerte? A veces, no muchas, una frase suena en mi o\u00eddo como si no fuese de nadie, como si se pronunciara sola. Hay que ganarse la muerte. \u00bfComo una recompensa? S\u00ed\u201d. Diana Athill muri\u00f3 pocos meses despu\u00e9s de publicar Antes de que esto se termine.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><a title=\"P\u00e1gina 12\" href=\"http:\/\/www.pagina12.com.ar\/diario\/contratapa\/13-202804-2012-09-07.html\"> http:\/\/www.pagina12.com.ar\/diario\/contratapa\/13-202804-2012-09-07.html<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El gran Elias Canetti rechazaba la muerte. Literalmente. Cre\u00eda que, si se lo propon\u00eda en serio, si enfrentaba el asunto con todo su ser, con toda la potencia de su personalidad, que era mucha, quiz\u00e1 lograra salirse con la suya. Salirse con la suya era no morir. 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