{"id":26933,"date":"2012-07-27T15:28:24","date_gmt":"2012-07-27T13:28:24","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/cuando-cae-el-rayo\/"},"modified":"2012-07-27T15:28:24","modified_gmt":"2012-07-27T13:28:24","slug":"cuando-cae-el-rayo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/cuando-cae-el-rayo\/","title":{"rendered":"Cuando cae el rayo"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<div style=\"font-size: 13px;\" id=\"cuerpo\">\n<p>Borges dijo  una vez que todo libro que no encierra su contralibro es un libro  incompleto. John Berger escribi\u00f3 de joven un libro en el que contaba  c\u00f3mo era la vida de un m\u00e9dico rural en la Inglaterra de posguerra, que  de d\u00eda atend\u00eda a pacientes y de noche se quemaba las pesta\u00f1as leyendo,  no s\u00f3lo para mantenerse al d\u00eda con los avances de la medicina, sino para  poder contestar las preguntas existenciales que le hac\u00edan sus humildes  pacientes (por qu\u00e9 morimos, qu\u00e9 es la enfermedad). Berger admiraba de  tal manera la vida de ese m\u00e9dico que titul\u00f3 su libro Un hombre  afortunado. Pero en la p\u00e1gina final, en un breve ep\u00edlogo, informaba que  aquel m\u00e9dico rural se hab\u00eda suicidado quince a\u00f1os despu\u00e9s. \u201cUn suicidio  no constituye necesariamente una cr\u00edtica de la vida a la que pone fin,  aun cuando nos haga mirar desde ah\u00ed la historia de esa vida\u201d, dec\u00eda  Berger. Hab\u00eda algo en esa fabulosa frase que abr\u00eda una cu\u00f1a de aire en  su libro, un puente hacia la nada. A veces un libro nos deja as\u00ed; a  veces pasa la vida entera sin que encontremos su contralibro.<\/p>\n<p>D\u00e9jenme contar hoy la historia de otro libro sobre otro m\u00e9dico  rural, otro m\u00e9dico de frontera. En el mundo colonial africano pod\u00edan  pasar cosas como \u00e9sta: nac\u00edas franc\u00e9s en las Islas Mauricio, que hab\u00edan  sido francesas despu\u00e9s de ser \u00e1rabes, holandesas y portuguesas, pero que  eran brit\u00e1nicas cuando los colonos europeos fueron invitados a  abandonar la isla, despu\u00e9s de la Primera Guerra. Tu familia se queda sin  nada, debe volver como pueda a Europa, pero no es Francia sino  Inglaterra la \u00fanica que les tira un hueso, y ese hueso es una beca del  gobierno para estudiar. Nuestro aspirante a m\u00e9dico sabe que s\u00f3lo cuenta  con eso, no puede permitirse fracasar, y no se lo permite. Pero el  llamado de la selva reverbera en su sangre. Cuando lo mandan a hacer la  residencia en el departamento de enfermedades tropicales del Hospital de  Southampton, se anota en cuanto puede de voluntario para ir a la  Guyana. Pasa dos a\u00f1os all\u00e1. Vuelve de licencia a Francia, conoce a su  prima hermana, se enamora de ella, parte a su nuevo destino: Nigeria, la  sabana africana. Espera pacientemente la primera licencia para volver y  poder casarse con ella y llev\u00e1rsela a Africa con \u00e9l (el tema de las  licencias es decisivo en esta historia: son quince d\u00edas cada dos a\u00f1os,  en el mejor de los casos, y ya hablaremos del peor).<\/p>\n<p>Dije que nuestro m\u00e9dico conoce y se enamora de su futura esposa en  quince d\u00edas, y que en otros quince, dos a\u00f1os despu\u00e9s, vuelve a casarse y  llev\u00e1rsela con \u00e9l a Africa. Pasan juntos ocho a\u00f1os felices. D\u00e9jenme dar  una sola imagen de esos a\u00f1os: nuestro m\u00e9dico est\u00e1 operando, en una  precaria sala de auxilios, cuando se levanta una de esas fabulosas  tormentas tropicales, el cielo se pone color de tinta, los rel\u00e1mpagos  rajan el cielo, uno puede contar los segundos que separan el rayo del  trueno, nuestro m\u00e9dico est\u00e1 interviniendo a un paciente cuando un rayo  entra por la puerta abierta, corre sin ruido por el piso de cemento,  funde las patas met\u00e1licas de la mesa de operaciones, quema las suelas de  los borcegu\u00edes del m\u00e9dico y huye por donde hab\u00eda entrado. El paciente  se salva por el hule en donde est\u00e1 acostado, el m\u00e9dico por sus suelas de  goma. La que ve entrar y salir el rayo, y se estremece con el trueno  unos segundos despu\u00e9s, es la esposa. As\u00ed se lo cuenta a sus dos hijos  peque\u00f1os, en Francia, en una buhardilla prestada donde deben apretarse  cinco (ella y los ni\u00f1os y los ancianos padres de ella) en la Francia de  P\u00e9tain durante la guerra. Ella es esposa de un m\u00e9dico militar brit\u00e1nico,  por ausente que est\u00e9 \u00e9l: pueden deportarla, y a los ni\u00f1os tambi\u00e9n, as\u00ed  que deben mantenerse ocultos, sobrevivir de la caridad ajena y de los  recuerdos africanos. El mayor de esos dos ni\u00f1os es Jean-Marie Le Clezio,  \u00e9l es el que cuenta la historia.<\/p>\n<p>Le Clezio conocer\u00e1 a su padre al llegar a Africa, a los ocho a\u00f1os.  Cuando su madre qued\u00f3 embarazada, ella y el padre decidieron que el ni\u00f1o  naciera en Francia. Ella viaj\u00f3 primero. En una licencia de quince d\u00edas,  \u00e9l viaj\u00f3 a conocer al hijo, que ya ten\u00eda meses, dej\u00f3 nuevamente  embarazada a su esposa y parti\u00f3, con el prop\u00f3sito de volver a  llev\u00e1rselos a los tres en su siguiente licen-<\/p>\n<p>cia. Pero estall\u00f3 la guerra. El trat\u00f3 de cruzar el desierto y llegar  hasta Argel para reunirse con ellos, pero fracas\u00f3. No le qued\u00f3 otro  remedio que refugiarse en su oficio en la sabana africana, sin  medicamentos, sin material, sin contacto con su mujer y sus hijos,  mientras en el mundo la gente se mataba entre s\u00ed. Ese es el padre que Le  Clezio conoce en Africa: un hombre que fue muy feliz, y luego muy  infeliz, y ya nadie sabe lo que siente ahora. Siete a\u00f1os vive con ese  extra\u00f1o Le Clezio, hasta que le llega el momento de viajar a Francia a  empezar el Liceo. Su padre ya no pide licencias para ir a verlos. Cuando  llega, por fin, es porque ha sido dado de baja de su puesto. Es la  tercera vez que pisa Francia en treinta a\u00f1os, pero en este caso no por  quince d\u00edas; ha vuelto porque lo mandaron de vuelta, porque no tiene  ad\u00f3nde ir.<\/p>\n<p>Le Clezio va un d\u00eda a visitarlo. Lo describe as\u00ed: cocin\u00e1ndose y  comiendo en los mismos cacharros de metal esmaltado azul y blanco que  usaba en Africa, con el mismo blus\u00f3n azul que se pon\u00eda en cuanto volv\u00eda a  su casa en Africa, pero usando su instrumental quir\u00fargico africano para  cocinar, el escalpelo para cortar el pollo, la pinza clamp para  servirlo. Ese hombre que hab\u00eda sido entrenado ambidiestro como cirujano,  para ser capaz de operarse a s\u00ed mismo con un espejo si hac\u00eda falta, en  el territorio que le tocara en suerte, usa ahora su instrumental para  trozar y servir el pollo que comer\u00e1 solitariamente en su departamento de  jubilado. Ese hombre que estuvo treinta a\u00f1os atendiendo desde el parto  hasta la autopsia a tres generaciones de africanos, ahora, cuando lo  internan para hacerle unos an\u00e1lisis, no s\u00f3lo no dice a nadie en el  hospital que es m\u00e9dico, sino que tampoco pide conocer los resultados: ya  no se identifica con los facultativos de delantal blanco, sino con los  pasivos yacentes en las camas. Ha dejado de ser el que enfrenta la  enfermedad, ahora la padece.<\/p>\n<p>Para Le Clezio, Africa era los cuentos de su madre y, despu\u00e9s, fue  la libertad que ten\u00edan \u00e9l y su hermano corriendo descalzos por la sabana  africana mientras su padre estaba fuera de casa, curando gente, la  mayor parte del d\u00eda (la llegada del padre era la llegada de la  autoridad, de las prohibiciones, de los castigos, del silencio). Le  Clezio sinti\u00f3 que le deb\u00eda Africa a su madre hasta que vio a su padre  vivir como en un campamento africano, en un an\u00f3nimo monoambiente  parisino. Titul\u00f3 as\u00ed su libro, El africano, y es un gran t\u00edtulo y un  hermoso libro: uno oye el clamor de Africa y el de la orfandad en sus  p\u00e1ginas. Pero lo que yo vi en ese libro, lo que agradezco haber por fin  vislumbrado, como un rayo que baja s\u00fabito del cielo, electrifica lo que  encuentra a su paso y se esfuma tal como hab\u00eda llegado, es lo que  necesitaba saber desde hac\u00eda a\u00f1os sobre aquel m\u00e9dico rural ingl\u00e9s que se  suicid\u00f3 en la p\u00e1gina final del libro de Berger.<\/p>\n<\/p><\/div>\n<p><a title=\"P\u00e1gina 12\" href=\"http:\/\/www.pagina12.com.ar\/diario\/contratapa\/13-199702-2012-07-27.html\">http:\/\/www.pagina12.com.ar\/diario\/contratapa\/13-199702-2012-07-27.html<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Borges dijo una vez que todo libro que no encierra su contralibro es un libro incompleto. 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