{"id":26884,"date":"2012-07-20T17:04:10","date_gmt":"2012-07-20T15:04:10","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/taxi-driver\/"},"modified":"2012-07-20T17:04:10","modified_gmt":"2012-07-20T15:04:10","slug":"taxi-driver","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/taxi-driver\/","title":{"rendered":"Taxi driver"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<p style=\"font-size: 13px;\" id=\"cuerpo\">A nada  temen m\u00e1s los escritores que al famoso bloqueo de escritor. Y, a la vez,  pocas cosas les despiertan tan m\u00f3rbido inter\u00e9s. De todos los casos que  conozco yo, el m\u00e1s extraordinario me parece el de Fran Lebowitz, que  lleg\u00f3 jovencita a Nueva York, escribi\u00f3 como escupidas una serie de  brillantes ensayitos que junt\u00f3 en dos libros muy cortos (Vida  metropolitana y Estudios sociales), que la convirtieron en una leyenda  de la noche a la ma\u00f1ana, cuando ten\u00eda veintisiete a\u00f1os y desde entonces  lleva m\u00e1s de treinta tratando de escribir una l\u00ednea m\u00e1s que la convenza,  y nada. Uno la oye hablar y es como si la estuviera leyendo, como si  tuviera delante un texto de asombroso filo y gracia y elocuencia, pero  Fran Lebowitz ya no escribe. El sensei Leopoldo Marechal acu\u00f1\u00f3 de viejo  una frase que deber\u00eda ser el mantra de los escritores en problemas: \u201cDe  todo laberinto se sale por arriba\u201d. Hay quienes creen que Fran Lebowitz  logr\u00f3 romper por elevaci\u00f3n la l\u00f3gica de su encierro; hay quienes la ven  a\u00fan cautiva en ese laberinto, como un todav\u00eda man\u00edaco pero ya avejentado  cobayo de laboratorio.<\/p>\n<p>Fran Lebowitz ten\u00eda cinco a\u00f1os cuando descubri\u00f3 que a los libros no  los hab\u00eda hecho todos una misma persona, como pasaba con los \u00e1rboles y  las nubes y los animales. Cuando su madre se lo explic\u00f3 (\u201cDios no hizo  los libros, Frances\u201d) estuvo toda la tarde sigui\u00e9ndola de una punta a la  otra de su cocina en Nueva Jersey, repiti\u00e9ndole: \u201c\u00bfQu\u00e9 quieres decir?  \u00bfQue los puede hacer cualquiera? \u00bfQue yo puedo hacer uno?\u201d. Como nadie  en el mundo (es decir, en su casa y en el jard\u00edn de infantes) quer\u00eda  ense\u00f1arle todav\u00eda los rudimentos b\u00e1sicos del oficio, la peque\u00f1a Fran  decidi\u00f3 ponerse a escribir libros tal como los consum\u00eda: por v\u00eda oral.  Despu\u00e9s aprendi\u00f3 las letras, descubri\u00f3 el saborcito de la tinta contra  el papel, y le gust\u00f3 cantidad, pero qued\u00f3 esclava para siempre de su  mito de origen: se pod\u00eda escribir oralmente. Su familia y el sistema  educativo de Nueva Jersey trataron durante a\u00f1os de disuadirla (\u201c\u00a1Te  puedes callar de una vez, Fran Lebowitz!\u201d), pero ella persever\u00f3. Logr\u00f3  que la echaran en tercer a\u00f1o de la secundaria, que la consideraran un  caso perdido en casa, escap\u00f3 a Nueva York a los diecisiete, manejaba un  taxi para pagar el alquiler del cuchitril donde viv\u00eda, esquivaba yonquis  por las calles y se pasaba las noches afilando la lengua y la mente en  bares llenos de humo donde oficiaban las mentes m\u00e1s brillantes, las  lenguas m\u00e1s afiladas de Nueva York.<\/p>\n<p>En esos bares, en esas contiendas verbales de trasnoche perfeccion\u00f3  Fran Lebowitz su manera de escribir oralmente; aprendi\u00f3 a tallar y pulir  y corregir oralmente, y al volver de aquellos bares a su covacha en la  madrugada transcrib\u00eda lo que quedaba. As\u00ed fue escribiendo esos ensayitos  que le publicaban las revistas de los amigos (amigos como Andy Warhol,  revistas como Interview) y que junt\u00f3 en los dos libros que la  convirtieron en la voz por excelencia de Nueva York: si Oscar Wilde  manejara un yellow cab, si Truman Capote fuera lesbiana, si Susan Sontag  tuviera iron\u00eda, as\u00ed escrib\u00eda Fran Lebowitz. Ning\u00fan tema la intimidaba, y  en todos deslumbraba. Su plan era ir quemando las hormonas juveniles  con esos ensayitos, prepar\u00e1ndose para la magna tarea, una novela, un  gran fresco de su \u00e9poca donde convergieran el filo, la elocuencia y la  gracia que ya ten\u00eda con el advenimiento de su voz \u201cmadura\u201d, que en su  humilde opini\u00f3n se le estaba avecinando a buen paso. Y entonces le  sucedi\u00f3 algo completamente inesperado: un d\u00eda descubri\u00f3 que hablar no  era escribir, que hablar ya no la hac\u00eda escribir.<\/p>\n<p>Lo descubri\u00f3 como se descubren esas cosas: primero de a poco y  despu\u00e9s de repente, como dijo famosamente Hemingway. Seg\u00fan ella fueron  dos los momentos fat\u00eddicos: el d\u00eda en que por primera vez le pagaron por  escribir y el d\u00eda en que por primera vez le pagaron por hablar. \u201cEn  cuanto se volvi\u00f3 trabajo empez\u00f3 a dejar de gustarme, porque por  principio y religi\u00f3n estoy en contra del trabajo. Eleg\u00ed escribir para no  trabajar. Y por supuesto hablar es m\u00e1s f\u00e1cil que escribir. Casi  cualquier cosa es m\u00e1s f\u00e1cil que escribir, he descubierto. Salvo no  escribir, que es la tarea m\u00e1s ardua que conozco.\u201d Cuando todas las  revistas empezaron a pedirle alguno de esos ensayitos que ella destilaba  gota a gota (\u201cEscribo tan lento que podr\u00eda usar mi propia sangre como  tinta sin debilitarme\u201d, dijo una vez), fue dejando de publicar. Cuando  todas las universidades y todos los programas de televisi\u00f3n y de radio  quisieron tenerla de invitada, dej\u00f3 de aparecer en p\u00fablico. Pero hab\u00eda  sido durante demasiado tiempo un taxi intelectual, como se defini\u00f3  alguna vez a s\u00ed mismo Sir Isaiah Berlin (\u201cMe ponen el dinero en la mano,  me dicen hacia d\u00f3nde, y all\u00e1 vamos\u201d); para muchos, su verba ya no ten\u00eda  contenido; la ve\u00edan como un cobayo viejo repitiendo su man\u00edaca rutina  en su jaula de cristal.<\/p>\n<p>Para demostrar lo contrario, Martin Scorsese hizo un documental  sobre Lebowitz: Public Speaking. Las mejores partes son las largas  escenas en que est\u00e1n sentados los dos solos (Scorsese detr\u00e1s de c\u00e1mara) a  una mesa del Waverly Inn, el bar preferido de ambos. Filman cuando el  bar ya ha cerrado sus puertas, desde la medianoche hasta las cinco de la  ma\u00f1ana, los dos son noct\u00e1mbulos y se nota gloriosamente: hay un  biorritmo de trasnoche en esos mon\u00f3logos de Lebowitz, hay un peso  especial en sus palabras, una gr\u00e1vitas, que yo no le hab\u00eda visto nunca.  Le\u00ed despu\u00e9s que el \u00fanico hueco que ten\u00eda Scorsese para filmar fue cuando  se pospuso por dos semanas el rodaje de La isla siniestra en la costa  de Boston. Lebowitz acept\u00f3 las fechas sin decirle a nadie que su padre  estaba en ese momento muy enfermo en Nueva Jersey, una enfermedad s\u00fabita  pero benigna que lo ir\u00eda apagando sin dolor a lo largo de las  siguientes semanas. De manera que llegaba cada noche a filmar al Waverly  Inn luego de haberse pasado la tarde acompa\u00f1ando la mansa agon\u00eda de su  padre en un hospital de Nueva Jersey. El padre ya no pod\u00eda decirle que  hiciera el favor de callarse por favor; no quedaba nadie m\u00e1s de la  familia que pudiera decirlo, y ella, como sabemos, no logr\u00f3 nunca  aprender ese dispositivo b\u00e1sico de las relaciones humanas llamado  silencio. De manera que Fran Lebowitz le habla a su padre. Le habla y le  habla. Le cuenta por qu\u00e9 escap\u00f3 de ellos y se fue a Nueva York, qu\u00e9  buscaba, qu\u00e9 encontr\u00f3, qu\u00e9 perdi\u00f3 en el camino y en qu\u00e9 se convirti\u00f3.  Fran Lebowitz habla y habla y de pronto est\u00e1 escribiendo de nuevo, est\u00e1  por fin escribiendo su novela, el fresco de su \u00e9poca, el relato de su  vida, en esa habitaci\u00f3n de hospital de Nueva Jersey. Quiz\u00e1 nunca  lleguemos a leerla, quiz\u00e1 nunca lleguemos a conocer el estilo tard\u00edo de  Fran Lebowitz, pero nos queda el eco, el reflejo que alcanza a  vislumbrarse en esos mon\u00f3logos de trasnoche en el Waverly Inn filmados  por Scorsese. Es un m\u00ednimo fulgor, pero alcanza para transmitirnos que  hubo un d\u00eda en que Fran Lebowitz logr\u00f3 por fin salir de su laberinto.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><a title=\"P\u00e1gina 12\" href=\"http:\/\/www.pagina12.com.ar\/diario\/contratapa\/13-199107-2012-07-20.html\">http:\/\/www.pagina12.com.ar\/diario\/contratapa\/13-199107-2012-07-20.html<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A nada temen m\u00e1s los escritores que al famoso bloqueo de escritor. Y, a la vez, pocas cosas les despiertan tan m\u00f3rbido inter\u00e9s. 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