{"id":26832,"date":"2012-07-04T14:40:11","date_gmt":"2012-07-04T12:40:11","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/holandeses-molinos\/"},"modified":"2012-07-04T14:40:11","modified_gmt":"2012-07-04T12:40:11","slug":"holandeses-molinos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/holandeses-molinos\/","title":{"rendered":"Holandeses: molinos"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<p>El viajero curioso deber\u00e1 hacer poco m\u00e1s de veinte minutos en tren desde Amsterdam (toda Holanda es una densa y extensa red de trenes de cercan\u00edas), seguir el curso del r\u00edo Zaan, y bajar en la peque\u00f1a estaci\u00f3n de Zaandijk. Puede visitar el pueblo, que comenz\u00f3 con las primeras casas construidas a orillas de los diques, all\u00e1 por el a\u00f1o 1500, para cultivar aquellos famosos campos rectangulares entre canales, los polders o tierras ganadas al agua, una de las obras m\u00e1s admirables en toda la historia de la agricultura. Despu\u00e9s hay que pasar un puente moderno, resistir un poco la fuerza del viento que no cesa, y contemplar uno de los paisajes m\u00e1s c\u00e9lebres y reproducidos de este pa\u00eds de Holanda: las construcciones de madera pintadas y pulidas, y sobre todo estos molinos de viento monumentales que son como el emblema del pa\u00eds entero. Al otro lado del puente, en efecto, est\u00e1 el pueblecito hist\u00f3rico (e inevitablemente tur\u00edstico) de Zaanse Schans, que quiere decir aproximadamente &#8216;el terrapl\u00e9n del Zaan&#8217;, construido, seg\u00fan dicen, para detener el avance de los espa\u00f1oles en las guerras que aqu\u00ed llamamos de Flandes y all\u00ed de Independencia. En todo caso, all\u00ed mismo, a orillas del r\u00edo, se construyeron los primeros molinos industriales de Europa, unos ingenios prodigiosos. Quiz\u00e1s aquella comarca del r\u00edo Zaan, en medio del agua, los canales y de los p\u00f3lders, fue en t\u00e9rminos absolutos la primera regi\u00f3n propiamente industrial del planeta: la primera dedicada a la producci\u00f3n intensa y masiva a base de instalaciones mec\u00e1nicas complejas. Y se asegura que, sin la invenci\u00f3n del molino de sierra en 1594, no habr\u00eda habido ninguna Compa\u00f1\u00eda Holandesa de las Indias Orientales, ninguna Compa\u00f1\u00eda de las Indias Occidentales, ni ninguna edad de oro de los Pa\u00edses Bajos: estos molinos serraron, de manera eficaz y barata, la madera de los grandes barcos que recorr\u00edan los oc\u00e9anos de oriente y de occidente y convirtieron Holanda en el gran centro del comercio mundial. Pero no s\u00f3lo eso: los nuevos molinos de viento fueron tambi\u00e9n adaptados para toda aplicaci\u00f3n imaginable, desde la molienda tradicional de los cereales (aqu\u00ed se produc\u00eda la harina con que se hac\u00edan las galletas para alimentar las tripulaciones de la flota) o el bombeo de agua de los polders, hasta la producci\u00f3n de c\u00e1\u00f1amo para las velas, la fabricaci\u00f3n de papel, de cal o de pigmentos. Toda una industria poderosa que encontraba salida a sus productos a trav\u00e9s de la cercana ciudad de Amsterdam. Los molineros se hicieron ricos, los comerciantes tambi\u00e9n, y se hicieron casas de belleza y confort incomparables. Aqu\u00ed vino el zar Pedro el Grande de Rusia, a finales del siglo XVII, a observar los fundamentos de la construcci\u00f3n naval holandesa.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Hubo m\u00e1s de mil molinos prodigiosos de \u00e9stos, antes de que llegara la m\u00e1quina de vapor que deber\u00eda sustituirlos, y como esto es Holanda, en 1925 se fund\u00f3 una asociaci\u00f3n para preservarlos de la desaparici\u00f3n. Ahora los molinos salvados, en perfecto estado de funcionamiento, se extienden a orillas del ancho r\u00edo formando un paisaje tranquilo y perfecto. El visitante, si no tiene prisa (y aqu\u00ed ciertamente no deber\u00eda tenerla), puede pasar un rato fruct\u00edfera observando, tal como debi\u00f3 hacer Pedro el Grande, c\u00f3mo funciona un molino que es, \u00e9l solo, como una peque\u00f1a f\u00e1brica entera. Si hace, como es habitual, un viento regular suficiente, s\u00f3lo dos aspas de las cuatro tienen la vela puesta, y la potencia resultante es tan grande que hace girar vivamente las cuatro muelas enormes, dos de 7.000 kilos y dos de 5.000: las m\u00e1s grandes muelen cal fina para pinturas, las m\u00e1s peque\u00f1as muelen pigmentos, y el visitante solitario las ve girar y no llega a explicarse c\u00f3mo es posible el prodigio. Subiendo a los pisos superiores, el engranaje central aparece como el mecanismo de un reloj gigante, ejes, palancas, engranajes y ruedas dentadas, todo de madera, todo exactamente tal como era y como funcionaba hace tres siglos o cuatro. En la planta inferior, las muelas verticales giran incesantemente, una en la parte de dentro y otra en la de fuera, con un ingenio que pasa el surco de cal o de pigmento mineral de una rueda a otra, para hacer una doble pasada con un solo movimiento. La maravilla, para quien la contempla, resulta interminable. Y de ah\u00ed ha salido Holanda, la industria, las naves, el comercio de occidente y de oriente, el admirable pa\u00eds que han construido los holandeses.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><strong>Holandeses: Vermeer<\/strong><\/p>\n<p><strong>Joan Francesc Mira<\/strong><\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>El visitante del Rijksmuseum de Amsterdam, si tiene suficiente capacidad contemplativa y suficiente sensibilidad ante la perfecci\u00f3n absoluta, puede pasar horas enteras mirando los tres (hay cuatro, pero faltaba La carta de amor, seguramente prestada a alguna exposici\u00f3n) peque\u00f1os cuadros de Vermeer que, ellos solos, pueden llenar de felicidad una ma\u00f1ana entera. All\u00ed est\u00e1 la lechera, de cuerpo compacto y robusto, ciertamente una mujer del pueblo, derramando con una jarra de barro cocido aquel chorro de leche prodigioso, el chaleco de cuero amold\u00e1ndose suavemente el pecho, el delantal recogido, la cabeza con aquella inclinaci\u00f3n concentrada, y sobre todo el aire de la c\u00e1mara o cocina, las paredes, la atm\u00f3sfera, esa sensaci\u00f3n indefinible de realidad sutil. Y la joven vestida de azul ante dos sillas y una mesa y un gran mapa colgado en la pared, con la cabeza tambi\u00e9n ligeramente inclinada y un gesto de concentraci\u00f3n en la lectura, no sabemos si penosa o alegre porque el gesto de la mujer es et\u00e9reo y, si el lector me disculpa, sublime. Y el callej\u00f3n de Delft, que es la presencia real, inmediata, de una escena de vida modesta y tranquila. Miles y miles de pinturas de aquella Holanda incre\u00edble del siglo XVII, como las treinta o cuarenta que produjo el inmenso Jan Vermeer, son de dimensiones reducidas, para poder colgar en cualquier habitaci\u00f3n popular o discretamente burguesa, y para poder transportar en un comercio de arte abundante y activ\u00edsimo, y el visitante contemplativo va de un peque\u00f1o cuadro a otro, pasa peque\u00f1as eternidades de belleza ante una mujer y de la otra, observando el espesor de los colores, la maravilla indefinible del conjunto, y no llega a entender que sea la obra de un buen hombre de Delft, que pint\u00f3 poco y vivi\u00f3 pocos a\u00f1os, con beneficios modestos y escasos. Tres veces, a fin de contrastar, el visitante del museo pasa a la sala vecina, dedicada a la mucho m\u00e1s famosa Ronda de noche (es decir, La compa\u00f1\u00eda de Frans Banning Cocq y Willem de Ruytenburch) del mucho m\u00e1s c\u00e9lebre Rembrandt. La pintura es enorme, ocupa todo un lienzo de pared, y representa la exaltaci\u00f3n casi militar del nuevo orden burgu\u00e9s triunfante. Los personajes no son generales o capitanes de oficio, no son guerreros: son comerciantes, tejedores, tintoreros, son la aristocracia de un orden social, el orden del comercio y la industria, no de la nobleza guerrera o de corte. Parece, a primera vista, extra\u00f1o, pero los peque\u00f1os cuadros de Vermeer y el enorme de Rembrandt se complementan perfectamente: la exhibici\u00f3n triunfal y enf\u00e1tica del poder burgu\u00e9s, la vida dom\u00e9stica amable de los ciudadanos, la exaltaci\u00f3n exterior, la densidad de los interiores.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>La misma densidad que he podido observar ante la encajera y el astr\u00f3nomo del Louvre, ante el pintor (la dignidad del oficio propio) del Kunsthistorisches de Viena, y de algunos otros que tambi\u00e9n he tenido ocasi\u00f3n de contemplar largamente en Nueva York o Londres. No soy el \u00fanico visitante de museos que ha pasado momentos gloriosos de contemplaci\u00f3n ante uno de los escasos cuadros de Vermeer, maravillas peque\u00f1as de la perfecci\u00f3n m\u00e1s alta del arte de la pintura. Como El ge\u00f3grafo, hace pocos a\u00f1os, el museo St\u00e4del de Frankfurt. El ge\u00f3grafo de Vermeer, hermano de otras figuras que reciben tambi\u00e9n la luz p\u00e1lida de una ventana de vidrios plomados, como el astr\u00f3nomo, como la mujer del la\u00fad, como la lechera, calcula algo con un comp\u00e1s encima de un plano abierto sobre una mesa. Hay, como en otras escenas similares, un globo terr\u00e1queo, un armario, un mapa encima de la pared del fondo. Hay, por tanto, el \u00abinterior holand\u00e9s\u00bb que adivinamos confortable, la luz tamizada, y la presencia del mundo exterior en un mapa, del mundo entero en un globo terr\u00e1queo. Esto era Holanda, y esa ha sido siempre su grandeza. La misma experiencia de peque\u00f1o pa\u00eds que quiere ser a la vez un domicilio amable y c\u00e1lido y un espacio abierto a la tierra entera, y que en aquella segunda mitad del XVII, liberada de la intolerancia espa\u00f1ola, dio, entre otras cosas, la mayor concentraci\u00f3n de pintura que se haya visto nunca en tan poco tiempo. Siempre he so\u00f1ado, in\u00fatilmente, que mi pa\u00eds fuera como una Holanda mediterr\u00e1nea imposible. Donde un Vermeer nuestro habr\u00eda pintado una mujer con una jarra de leche, leyendo una carta o tocando un instrumento musical, y un joven ge\u00f3grafo contemplando no se sabe qu\u00e9, m\u00e1s all\u00e1 de unos cristales transl\u00facidos y blancos.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><a title=\"El Temps\" href=\"http:\/\/www.eltemps.net\/web\/\">El Temps<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El viajero curioso deber\u00e1 hacer poco m\u00e1s de veinte minutos en tren desde Amsterdam (toda Holanda es una densa y extensa red de trenes de cercan\u00edas), seguir el curso del r\u00edo Zaan, y bajar en la peque\u00f1a estaci\u00f3n de Zaandijk. 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