{"id":25951,"date":"2012-02-06T17:34:38","date_gmt":"2012-02-06T15:34:38","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/el-saldo-de-la-lengua\/"},"modified":"2012-02-06T17:34:38","modified_gmt":"2012-02-06T15:34:38","slug":"el-saldo-de-la-lengua","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/el-saldo-de-la-lengua\/","title":{"rendered":"El saldo de la lengua"},"content":{"rendered":"\n<div>\n<p>La azucarada doctrina seg\u00fan la cual la lengua sirve sobre todo para entenderse es antiqu\u00edsima y muy apta para la oratoria edificante, pero no deber\u00eda d\u00e1rsele m\u00e1s cr\u00e9dito del quiz\u00e1 no muy generoso que le conceden los autores de esta clase de discursos. Cualquier observador atento sabe de sobra que el lenguaje no es casi nunca un medio para el acuerdo ni para la concordia, sino uno de los motivos de violencia m\u00e1s inagotables y traicioneros de que se tiene noticia. Y quien quiera consolarse creyendo que una lengua solo revela su rostro carnicero cuando se enfrenta a otras, har\u00e1 bien en acudir al libro de los Jueces (12, 4-6), donde se narra con la mayor naturalidad c\u00f3mo 42.000 efraimitas, que se esforzaban por disimular su condici\u00f3n, fueron degollados por los galaditas en los vados del Jord\u00e1n al ser incapaces de pronunciar adecuadamente el primer sonido de la palabra shibbolet y no saber decir m\u00e1s que sibbolet: cuando la lengua es un cuchillo, con una sola letra basta.<\/p>\n<p>La lengua fue durante siglos compa\u00f1era del Imperio y madre del guerrero, y todas las lenguas maternas lo son por alguna victoria militar, pr\u00f3xima o remota, que decidi\u00f3 sobre c\u00f3mo hablar\u00eda cierto n\u00famero de generaciones futuras. De manera inevitable, tambi\u00e9n las lenguas peque\u00f1as buscan un reino propio al que acompa\u00f1ar, y casi nunca renuncian a planes m\u00e1s o menos ambiciosos de expansi\u00f3n. En nuestros d\u00edas la lengua sigue siendo compa\u00f1era de imperios, rep\u00fablicas y principados, pero lo habitual es que se la aprecie m\u00e1s por su valor de cambio que por sus vibrantes resonancias marciales. A menudo se oye, por ejemplo, que las lenguas muy habladas y cuyo aprendizaje resulta atractivo son una fuente segura de ganancias, como el sol donde luce mucho, o como el nombre mismo de la naci\u00f3n (su marca, acostumbra a decirse, cambiando el ardor patri\u00f3tico por el orgullo mercantil) cuando goza de prestigio por alguna circunstancia o episodio notorio, y casi siempre deportivo (las victorias en esta clase de torneos son, sin duda, el suced\u00e1neo incruento de los triunfos guerreros).<\/p>\n<p>Para aumentar el valor de la marca del pa\u00eds, el ser la cabecera de una lengua universal constituye una ventaja de las m\u00e1s envidiables y un tesoro al que conviene sacar todo el partido (o, como suele decirse con la mayor solemnidad, aunando codicia y pedanter\u00eda, \u00abtodo el potencial\u00bb). Pero, naturalmente, no cabe montar una buena pol\u00edtica de la lengua tan solo a base de c\u00e1lculos contables. Del mismo modo que el orador guerrero o sagrado se desga\u00f1itar\u00e1 cada vez que se refiera a los m\u00e1rtires, el encargado de promocionar la lengua como referente de la marca nacional deber\u00e1 invocar a menudo las glorias literarias muertas y vivas, ventajosas sustitutas de los h\u00e9roes y los santos, y que constituyen, adem\u00e1s, un apreciad\u00edsimo hontanar de valores culturales (cosa tambi\u00e9n promocionable de por s\u00ed), e incluso de valores en general.<\/p>\n<p>No puede decirse que hayan faltado en Espa\u00f1a en los \u00faltimos tiempos agrias disputas ling\u00fc\u00edsticas. Y no faltar\u00e1n nunca porque, all\u00ed donde haya lenguas irredentas, las consabidas pendencias identitarias ser\u00e1n siempre entretenimiento obligado de la opini\u00f3n p\u00fablica y nadie podr\u00e1 permitirse el lujo de cancelarlas. Lo que resulta francamente llamativo ha sido la ausencia de todo debate en relaci\u00f3n con el hecho ling\u00fc\u00edstico de mayor envergadura producido en much\u00edsimo tiempo, a saber, la aceptaci\u00f3n del incontrovertible principio seg\u00fan el cual el llamado biling\u00fcismo (pero no el central-perif\u00e9rico, sino el referido al ingl\u00e9s) deber\u00eda ser el d\u00eda de ma\u00f1ana la condici\u00f3n normal de todos los s\u00fabditos. No se conoce, en efecto, a nadie que haya puesto en tela de juicio la bondad de dicho prop\u00f3sito, y lo \u00fanico que est\u00e1 permitido discutir es la manera de lograrlo (o, como dir\u00e1n los avisados, implementarlo) del modo m\u00e1s r\u00e1pido y eficiente, aunque al principio resulte un poco pintoresco.<\/p>\n<p>Como es l\u00f3gico, tal biling\u00fcismo se habr\u00e1 de procurar sobre todo por medio de la ense\u00f1anza, y el que esta deba cursarse, de principio a fin, en ingl\u00e9s constituir\u00e1 un dogma incuestionado sobre el que ser\u00eda muy poco aconsejable expresar dudas: si el ingl\u00e9s llega a ser la lengua de la escuela, nuestra competitividad y excelencia dar\u00e1n un paso de gigante, porque no cabe ninguna duda de cu\u00e1l es la lengua de la innovaci\u00f3n, de la tecnolog\u00eda, de la globalizaci\u00f3n y, en general, del futuro. Ninguna escuela ni universidad podr\u00e1 competir aceptablemente si no se proclama biling\u00fce, y lo que eso significa es que el ingl\u00e9s ser\u00e1 la lengua en la que los s\u00fabditos aprender\u00e1n lo mucho o poco que lleguen a saber, y aquella en la que habr\u00e1 de hablarse cuando se quiera transmitir seriamente cualquier clase de conocimiento. Puede que tal hallazgo traiga como consecuencia la reducci\u00f3n del castellano a una lengua de uso familiar (o, en el mejor de los casos, tambi\u00e9n literario), y quiz\u00e1 no haya nada de malo en ello. Es cierto que lo anterior se parece m\u00e1s a la diglosia que al biling\u00fcismo propiamente dicho, pero no procede en absoluto que nos pongamos ahora sutiles ni apocal\u00edpticos porque, como deber\u00eda saberse, con el futuro no se juega.<\/p>\n<p>Que ninguno de los participantes en las recias campa\u00f1as de defensa del castellano frente a las pol\u00edticas ling\u00fc\u00edsticas perif\u00e9ricas haya dicho una sola palabra sobre la imposici\u00f3n escolar y universitaria del ingl\u00e9s no es algo que deba sorprender a nadie, porque los guardianes del espa\u00f1ol y las instituciones del ramo han practicado, por activa o por pasiva, el mismo asentimiento complaciente que el resto del p\u00fablico. Y poco importa que el llamado biling\u00fcismo resulte casi siempre rid\u00edculo. La mayor parte de los maestros y profesores no saben, en efecto, suficiente ingl\u00e9s (ni es, por cierto, su obligaci\u00f3n) y ense\u00f1an de manera tristemente balbuciente, pero se supone que este reto, como todos, se superar\u00e1 con el tiempo. Adem\u00e1s, nadie ha dicho que el docente tenga que ser Dem\u00f3stenes, y en esto radica seguramente lo decisivo de la cuesti\u00f3n: a nadie parece inquietar el que la ense\u00f1anza se lleve a cabo en las condiciones de indigencia verbal propias de una lengua que no dominan ni el profesor ni los alumnos, algo quiz\u00e1 poco importante en las m\u00faltiples actividades recreativas que llenan el horario escolar, pero no muy recomendable a la hora de ense\u00f1ar, por ejemplo, historia o filosof\u00eda.<\/p>\n<p>Oponerse, por un lado, al llamado biling\u00fcismo y sentir, por otro, un poco de rubor o de risa floja al o\u00edr hablar con unci\u00f3n de la \u00abmarca Espa\u00f1a\u00bb son se\u00f1ales inequ\u00edvocas de inadaptaci\u00f3n a los tiempos y de poco esp\u00edritu competitivo. Aceptado sea. Pero puede que convenga tener en cuenta un peque\u00f1o detalle: si el producto que con tanto empe\u00f1o se quiere promocionar en el exterior es una lengua cuyo mero uso denotar\u00e1 para sus hablantes maternos que no se est\u00e1 practicando ninguna actividad verdaderamente seria, entonces puede que una mercanc\u00eda tan averiada pierda la mayor parte de su inter\u00e9s, y que la marca en cuesti\u00f3n no est\u00e9 en condiciones de competir muy ventajosamente en el mercado global. Estudiar una lengua no empleada para nada tenido por provechoso y que se reduce a la literatura y al habla coloquial es como aprender una extravagante mezcla de lat\u00edn y de cal\u00f3, exquisito lujo inmejorable para eruditos sofisticados, pero no muy prometedor en un mundo competitivo. Semejante lengua no solo ser\u00eda una mala compa\u00f1era de cualquier imperio, sino tambi\u00e9n un producto nada f\u00e1cil de colocar en el mercado y un p\u00e9simo logotipo para cualquier marca nacional. Lograr vender a otros lo que uno no quiere para s\u00ed exige mucha labia, mucha astucia y mucho disimulo; de lo contrario, tan solo se podr\u00e1 ser competitivo en el mercado de segunda mano o de ocasi\u00f3n, donde las marcas tienen, qu\u00e9 duda cabe, mucha menos importancia.<\/p>\n<p>Antonio Valdecantos es catedr\u00e1tico de Filosof\u00eda de la Universidad Carlos III de Madrid. Su \u00faltimo libro publicado es La clac y el apuntador (Abada).<\/p>\n<p><strong>El Pa\u00eds<\/strong><\/p>\n<\/p><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La azucarada doctrina seg\u00fan la cual la lengua sirve sobre todo para entenderse es antiqu\u00edsima y muy apta para la oratoria edificante, pero no deber\u00eda d\u00e1rsele m\u00e1s cr\u00e9dito del quiz\u00e1 no muy generoso que le conceden los autores de esta clase de discursos. 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