{"id":25886,"date":"2012-01-23T16:31:04","date_gmt":"2012-01-23T14:31:04","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/la-catedral-y-el-aeropuerto-la-lucha-contra-el-cuerpo\/"},"modified":"2012-01-23T16:31:04","modified_gmt":"2012-01-23T14:31:04","slug":"la-catedral-y-el-aeropuerto-la-lucha-contra-el-cuerpo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/la-catedral-y-el-aeropuerto-la-lucha-contra-el-cuerpo\/","title":{"rendered":"La catedral y el aeropuerto: la lucha contra el cuerpo"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<p>El espacio es sin duda una condici\u00f3n, pero tambi\u00e9n una decisi\u00f3n. No es el vac\u00edo que queda cuando se han descontado todos los cuerpos que lo pueblan sino, al contrario, el aura o hueco que se revela entre ellos y que al mismo tiempo les impone sus complexiones y sus posturas. El espacio es\u00a0<em>cosa de dos<\/em> , y all\u00ed donde s\u00f3lo hay Uno -el eremita en el desierto, el insomne en su cama o Dios volando por encima de las aguas antes de la creaci\u00f3n-, no cabe nada, ni siquiera el propio cuerpo, que coincide con los l\u00edmites del universo, como coinciden los l\u00edmites del molusco con los de la valva que lo encierran. Por decirlo de alg\u00fan modo: nos reunimos para que haya sitio; nos juntamos para dejar lugar. Todo espacio es un espacio ocupado. Todo espacio ocupado es un espacio liberado. El ata\u00fad, involuci\u00f3n del hombre al mejill\u00f3n, retroceso del alma a almeja, es la negaci\u00f3n al mismo tiempo del cuerpo y de su espacio.<\/p>\n<p><strong>Po\u00e9tica del espacio<\/strong><\/p>\n<p>En 1957, el cient\u00edfico y fil\u00f3sofo Gaston Bachelard escribi\u00f3 un libro memorable,\u00a0<em>La po\u00e9tica del espacio, <\/em>en el que repasaba las im\u00e1genes m\u00e1s potentes de la intimidad espacial. A Bachelard le interesaba en este caso el trabajo de colonizaci\u00f3n individual de los recintos cerrados, las representaciones con las que la imaginaci\u00f3n puebla los interiores protegidos o, como \u00e9l mismo dice, el repertorio de \u201clos espacios felices\u201d. Su estudio de \u201ctopofilia\u201d se ocupa menos de los confines levantados por la geometr\u00eda y la arquitectura contra la inmensidad exterior que de la actividad vital desarrollada dentro de ellos; menos de las barreras y muros de contenci\u00f3n que \u201cdel ser que se concentra en el interior de los l\u00edmites protegidos\u201d. La felicidad, el bienestar, la memoria, la familiaridad ansiol\u00edtica, la introspecci\u00f3n, la intensidad, la realidad ontol\u00f3gica est\u00e1n atadas por una ra\u00edz po\u00e9tica a espacios subjetivamente elaborados, excavados desde hace siglos por la imaginaci\u00f3n humana, al menos por la imaginaci\u00f3n occidental: la casa, el cofre, el caj\u00f3n, el armario, el nido, la concha, el rinc\u00f3n. Todos esos espacios, a su vez, nos conducen a ciertas representaciones del cuerpo y a los verbos que las describen: agazaparse, acuclillarse, acurrucarse, acciones mediante las cuales los cuerpos, por as\u00ed decirlo, interiorizan el exterior; se adaptan al medio al mismo tiempo que lo\u00a0<em>cargan<\/em> de vida humana. Agazaparse, acuclillarse o acurrucarse son verbos notoriamente espaciales -el trabajo de ajustar los propios l\u00edmites a los del recinto ocupado o el de reducir los l\u00edmites del espacio a los del propio organismo\u00a0<em>en contracci\u00f3n<\/em> -, aunque pueden tambi\u00e9n reconducirnos, en lugar de a la casa o al nido, a la celda de aislamiento, a la c\u00e1mara de torturas o al quir\u00f3fano. Un cambio de postura en la cama, como en las primeras p\u00e1ginas de\u00a0<em>En busca del tiempo perdido <\/em>de Proust, puede abrir el vasto espacio \u00edntimo de la memoria; el dolor o el terror infligido en un s\u00f3tano, por su parte, pueden plegar un cuerpo en la postura fetal de la intimidad yacente y el reposo satisfecho. La po\u00e9tica del espacio es en cualquier caso una fenomenolog\u00eda de interiores, una cartograf\u00eda de paredes marcadas y huecos revividos: el cuerpo que define un territorio con sus secreciones y que al hacerlo separa del mundo, en un cuadrado, una intimidad universal.<\/p>\n<p><strong>Metaf\u00edsica del espacio<\/strong><\/p>\n<p>Por oposici\u00f3n a la po\u00e9tica del espacio, podemos concebir tambi\u00e9n una metaf\u00edsica del espacio, en la que es la inmensidad exterior la que toma las decisiones, rechazando sin parar toda tentativa de ocupaci\u00f3n. Son, digamos, las inmensidades naturales, cuyo repertorio puede reducirse a tres fundamentales: el desierto, el oc\u00e9ano y el bosque. Fracaso y reclamo de la arquitectura, los cuerpos viven ah\u00ed los tres peligros extremos que amenazan su existencia. En el desierto, la amenaza procede de arriba, del cielo despellejado, sin tapa, vertiginoso, cuyo sol incandescente y solitario impide alzar la mirada; no hay nada m\u00e1s que \u00e9l (no hay m\u00e1s sol que el sol) y la sombra inalcanzable del viajero que trata de escapar a su dominio. Quiz\u00e1s no es una casualidad que la interpretaci\u00f3n religiosa de esta inmensidad se llame\u00a0<em>monote\u00edsmo<\/em> , hist\u00f3ricamente asociado, en efecto, al desierto egipcio del Sina\u00ed.<\/p>\n<p>Luego tenemos el mar, desierto derretido -e invertido- en el que los peligros proceden de abajo, de esa masa l\u00edquida en perpetuo movimiento en la que desaparecen las piernas y el tronco del nadador, expuesto a ser absorbido en el abismo o arrastrado hacia abajo por una succi\u00f3n repentina. El barco se mantiene a flote por encima de un frenes\u00ed de vidas ciegas y terribles, cuerpos deformados por la oscuridad que se mueven mediante impulsos, restos de naufragios que revelan en un fogonazo la inhabitabilidad -la inhumanidad- del agua. No es una casualidad tampoco que Hermann Melville identifique el oc\u00e9ano con los tormentos de la\u00a0<em>teodicea<\/em>, disciplina que trata en vano de explicar el problema del Mal, o con el esc\u00e1ndalo del<em>ateismo<\/em>, carnoso, blanco, lleno de bultos, tan desprovisto de alma como una gran ballena. Lo Demasiado Grande de Arriba es un Esp\u00edritu; lo Demasiado Grande de Abajo es una Carne.<\/p>\n<p>Tenemos por fin el bosque, en el que los peligros -horizontales- provienen de la multiplicidad misma, de la autog\u00e9nesis sin l\u00edmite a ras de suelo. Reto\u00f1os, brotes, l\u00edquenes, zarzas, una proliferaci\u00f3n minuciosa de vidas particulares demasiado r\u00e1pidas para el ojo, audibles en forma de chasquido o cuchicheo, pero inasibles, escurridizas, fugitivas. Tampoco es una casualidad que el bosque sea el hogar religioso del paganismo o del\u00a0<em>polite\u00edsmo<\/em>, con su bullicio de criaturas supernaturales: s\u00edlfides, ninfas, s\u00e1tiros, duendes, gnomos, trasgos, elfos y todas las huestes de la Demasiada Vida, incluidas brujas y s\u00facubos, que no encuentran refugio entre los \u00e1rboles sino que crecen al mismo tiempo que ellos para invadir y devorar la civilizaci\u00f3n.<\/p>\n<p><strong>Pol\u00edtica del espacio<\/strong><\/p>\n<p>La po\u00e9tica del espacio proporciona las im\u00e1genes del cuerpo entrometido; la metaf\u00edsica del espacio las del cuerpo rechazado. Pero hay tambi\u00e9n\u00a0<em>una pol\u00edtica del espacio<\/em>, a la que corresponde decidir, por su parte, los lugares privilegiados de la representaci\u00f3n social, el recinto donde los cuerpos interiorizan los valores de una sociedad concreta y con ellos su propio valor individual. Todas las culturas construyen espacios artificiales en los que se imaginan a s\u00ed mismas como sistema; es decir, en los que materializan la ideolog\u00eda dominante, entendiendo por ideolog\u00eda -con Althusser- \u201cla representaci\u00f3n necesariamente imaginaria de las propias condiciones materiales de existencia\u201d. En este sentido, viene al caso recordar la interesante clasificaci\u00f3n que, a partir de esta definici\u00f3n, propone el fil\u00f3sofo marxista Etienne Balibar. Si toda ideolog\u00eda es una \u201crepresentaci\u00f3n imaginaria\u201d y por lo tanto \u201cenga\u00f1osa\u201d de la base econ\u00f3mica, las diferentes sociedades se habr\u00edan distinguido por su diferente manera de \u201cenga\u00f1arse\u201d a s\u00ed mismas. As\u00ed, el enga\u00f1o propio de la Grecia cl\u00e1sica, en el per\u00edodo de la\u00a0<em>polis<\/em> democr\u00e1tica, habr\u00eda sido la\u00a0<em>politica<\/em>; el enga\u00f1o propio de las sociedades cristianas feudales habr\u00eda sido la\u00a0<em>religi\u00f3n<\/em>; y lo parad\u00f3jico de las sociedades capitalistas industriales es que su espec\u00edfica forma de enga\u00f1arse -acerca de las condiciones econ\u00f3micas- es precisamente\u00a0<em>la econom\u00eda<\/em>.<\/p>\n<p>Habr\u00eda que a\u00f1adir que a cada una de estas formas espec\u00edficas de \u201cautorrepresentaci\u00f3n\u201d corresponde un espacio f\u00edsico privilegiado, foco de construcci\u00f3n y reproducci\u00f3n del imaginario social y fragua de los cuerpos normalizados. El urbanismo y la arquitectura son tambi\u00e9n ideolog\u00eda. As\u00ed, podr\u00edamos decir que el centro espacial de la\u00a0<em>polis<\/em> griega era el\u00a0<em>\u00e1gora<\/em>, donde la igualdad ante la ley y la igualdad de palabra (<em>isonom\u00eda <\/em>e<em> <\/em><em>isegor\u00eda<\/em>), reconocidas entre ciudadanos, iban acompa\u00f1adas de una determinada inscripci\u00f3n del cuerpo en el espacio p\u00fablico. Frente a las mujeres y los esclavos, que permanec\u00edan ocultos en la erg\u00e1stula y el gineceo y que s\u00f3lo pod\u00edan salir vestidos a la calle, el\u00a0<em>agora<\/em> impon\u00eda la comparecencia de cuerpos desnudos, elaborados al margen del trabajo, en el gimnasio y en la guerra, que expon\u00edan ante la vista el sistema de proporciones por el que se reg\u00eda la libertad pol\u00edtica de la ciudad. Lo propio del espacio pol\u00edtico es el cuerpo como revelaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Al espacio pol\u00edtico del\u00a0<em>\u00e1gora<\/em> responden las sociedades feudales cristianas con un centro espacial de car\u00e1cter religioso: la catedral. Expresi\u00f3n de la desigualdad apabullante entre Dios y sus criaturas, prolongaci\u00f3n y anulaci\u00f3n de un orden jer\u00e1rquico que cede ante la Muerte, el empuje por elevar las b\u00f3vedas, culminado con el arco ojival y los arbotantes del g\u00f3tico, determina un esfuerzo proporcional por rebajar los cuerpos, toscas herramientas de un orden superior y obstinados estorbos para una felicidad m\u00e1s alta. Lo propio del espacio religioso es el cuerpo como obst\u00e1culo.<\/p>\n<p>En cuanto al capitalismo, entendido como r\u00e9gimen destituyente de cuerpos y de cosas, su lugar ideal es el pasillo, por el que circulan permanentemente las mercanc\u00edas, sustituy\u00e9ndose unas a otras en un proceso de renovaci\u00f3n que, como he escrito otras veces, no distingue entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar, pues las destruye (consume) todas por igual. El conjunto de todos los pasillos capitalistas se conoce con el nombre de Mercado, dentro del cual, desde el principio, los cuerpos s\u00f3lo son el\u00a0<em>resto<\/em> de una acumulaci\u00f3n de riqueza abstracta. En el mundo m\u00e1gico de las mercanc\u00edas, donde nada se usa y nada envejece, los cuerpos se esfuerzan por parecerse a sus electrodom\u00e9sticos y a sus coches; son metonimias tr\u00e1gicas de sus propios artefactos que tratan in\u00fatilmente de reducir la Carne y de ampliar la Imagen. Lo propio del espacio econ\u00f3mico capitalista, como del bombardeo a\u00e9reo, es el cuerpo como\u00a0<em>residuo<\/em>.<\/p>\n<p><strong>Santa Sof\u00eda y la Terminal 4<\/strong><\/p>\n<p>La pol\u00edtica, como reprochaban los persas a los griegos, se materializa espacialmente en un\u00a0<em>agujero<\/em>: la plaza p\u00fablica. El contrario l\u00f3gico de la plaza es el pasillo y una sociedad compuesta s\u00f3lo de pasillos -un mundo puramente alimenticio de mondos impulsos biol\u00f3gicos- deber\u00eda ser incompatible no s\u00f3lo con la pol\u00edtica sino con toda construcci\u00f3n arquitect\u00f3nica. Pero el capitalismo tiene tambi\u00e9n sus propias catedrales fugaces, como todos los imperios que quieren proclamar la eternidad de sus fundamentos (aunque se trate, en este caso, de la eternidad del\u00a0<em>pasaje<\/em>). Las construcciones arquitect\u00f3nicas parad\u00f3jicas del capitalismo son lo que el antrop\u00f3logo Marc Aug\u00e9 llam\u00f3 hace quince a\u00f1os \u201clos no-lugares\u201d, esos espacios de transici\u00f3n en los que s\u00f3lo es posible identificarse como consumidor. Pues bien, entre los no-lugares del capitalismo -pasillos de mercanc\u00edas y de sus accesorios corporales- el que mejor se\u00f1ala la continuidad arquitect\u00f3nica con el espacio religioso es el aeropuerto. Y ning\u00fan aeropuerto es m\u00e1s catedralicio ni expresa m\u00e1s depuradamente la \u201cautorrepresentaci\u00f3n\u201d de la sociedad mercantil que la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas de Madrid.<\/p>\n<p>Se construye una casa o un nido -po\u00e9tica del espacio- contra la metaf\u00edsica de las intemperies sin l\u00edmites. Pero las catedrales no se construyen contra la Inmensidad, como refugio \u00edntimo frente a la tormenta, sino con la convicci\u00f3n de que el universo mismo cabe en una de sus partes; y de que es posible agrandar el cielo. Santa Sof\u00eda, la catedral de Constantinopla, asombra ya desde el exterior: es como una gran ara\u00f1a que se a\u00fapa -y se a\u00fapa- por encima de la ciudad o como un dios-bizcocho que se hincha sin parar en el horno del mundo. La impresi\u00f3n visual es de crecimiento, de inflamaci\u00f3n y hasta de palpitaci\u00f3n. Pero el milagro se produce al entrar. Porque en realidad, cuando se entra en Santa Sof\u00eda, uno tiene m\u00e1s bien la impresi\u00f3n de salir; se pasa de un mundo muy grande bajo el sol a un mundo mucho m\u00e1s grande bajo la b\u00f3veda central. En ning\u00fan desierto, en ning\u00fan oc\u00e9ano, en ning\u00fan bosque se tiene la revelaci\u00f3n de extensi\u00f3n, de vastedad, de altura, que nos golpea en Santa Sof\u00eda; la inmensidad, como la intimidad, es tambi\u00e9n un Interior y hay que entrar al exterior para sentirse un poco m\u00e1s protegido. Bajo ese cielo m\u00e1s alto que el cielo, el cuerpo comprende cuanto hay de pecaminoso en su incapacidad de volar, en su necesidad de comer, en su af\u00e1n de abrazar.<\/p>\n<p>Podr\u00eda decirse que aeropuerto y catedral mantienen una relaci\u00f3n con el cielo, pero eso ser\u00eda poco m\u00e1s que una broma. Lo interesante de la Terminal 4 de Madrid es que, como Santa Sof\u00eda, trasciende materialmente los l\u00edmites del universo; sus excesos arquitect\u00f3nicos, funcionales a un mundo que no funciona, imponen una autoconciencia del cuerpo muy ajustada a la din\u00e1mica destituyente de los mercados. Es catedral, pero es pasillo, y el tiempo que contiene no es el de la salvaci\u00f3n del alma sino el de la espera in\u00fatil, el tiempo-basura de un cuerpo residual que no encuentra m\u00e1s justificaci\u00f3n, mientras transita de un pa\u00eds a otro, que la que le ofrecen las tiendas libres de impuestos. Esa combinaci\u00f3n de altura catedralicia y tiempo residual consum\u00edstico imponen una noci\u00f3n del cuerpo radicalmente religiosa: all\u00ed uno percibe su propio cuerpo como un freno a la evoluci\u00f3n humana, como una excrecencia primitiva, como un s\u00edntoma de invencible subdesarrollo. Mientras la tecnolog\u00eda avanza, mientras en las pantallas se suceden las im\u00e1genes, mientras las salas inmensas de cristal y acero parecen a punto de despegar del suelo, el cuerpo es un\u00a0<em>atraso<\/em>, nos mantiene siempre\u00a0<em>retrasados<\/em>. El aeropuerto, como pasillo-catedral donde el capitalismo imagina su perfecci\u00f3n, quintaesencia la lucha tenaz del mercado <em>contra los cuerpos<\/em>.<\/p>\n<p>Podemos decir que, bajo el capitalismo,\u00a0<em>todo progresa salvo los hombres<\/em>, y que por lo tanto el progreso mismo del capitalismo excluye todo aquello que ha caracterizado hist\u00f3ricamente las relaciones antropol\u00f3gicas entre los seres humanos. Hay que librarse de ellos. Los no-lugares son tambi\u00e9n no-cuerpos.\u00a0<em>El deseo circulante sin cuerpo <\/em>es el motor mismo del mercado. Frente a \u00e9l, hay que recuperar la po\u00e9tica del espacio, la metaf\u00edsica de la intemperie, la pol\u00edtica de las\u00a0<em>\u00e1goras<\/em>, donde los cuerpos, acurrucados o batidos por el viento, palabra contra palabra, puedan defender valientemente su mortalidad, proteger audazmente su imperfecci\u00f3n y construir colectivamente su dignidad humana.<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/www.revistabostezo.com\/\"><strong>Bostezo<\/strong><\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El espacio es sin duda una condici\u00f3n, pero tambi\u00e9n una decisi\u00f3n. No es el vac\u00edo que queda cuando se han descontado todos los cuerpos que lo pueblan sino, al contrario, el aura o hueco que se revela entre ellos y que al mismo tiempo les impone sus complexiones y sus posturas. 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