{"id":25175,"date":"2011-09-05T07:37:01","date_gmt":"2011-09-05T05:37:01","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/eric-hobsbawm-principios-y-convicciones\/"},"modified":"2011-09-05T07:37:01","modified_gmt":"2011-09-05T05:37:01","slug":"eric-hobsbawm-principios-y-convicciones","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/eric-hobsbawm-principios-y-convicciones\/","title":{"rendered":"Eric Hobsbawm: principios y convicciones"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<h3>El viento de la Historia<\/h3>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>El ni\u00f1o Eric Hobsbawm pasea con su ni\u00f1era por las calles de Alejandr\u00eda en el a\u00f1o 1918. Un pordiosero chino les pide una moneda. La ni\u00f1era se la niega. El chino ignora a la ni\u00f1era, mira fijamente a la criatura y le dedica una exquisita maldici\u00f3n de su pa\u00eds milenario: \u201cOjal\u00e1 te toquen vivir tiempos interesantes\u201d. Ochenta y cinco a\u00f1os despu\u00e9s, cuando es un venerable historiador y se sienta a escribir sus memorias, sabe que ya tiene el t\u00edtulo: Tiempos interesantes. En esas memorias, hace una breve enumeraci\u00f3n de las cosas que presenci\u00f3 a lo largo del siglo que le toc\u00f3 vivir y uno no puede dejar de pensar en aquel mon\u00f3logo que recitaba el replicante en el final de Blade Runner, con la mirada perdida en la lluvia \u00e1cida que ca\u00eda del cielo y el af\u00e1n de dejar al menos ese testimonio de los in\u00e9ditos fen\u00f3menos que hab\u00edan contemplado sus ojos: \u201cHe visto atardeceres de dos lunas en J\u00fapiter&#8230;\u201d A los 86 a\u00f1os, Hobsbawm dice: \u201cHe visto c\u00f3mo se extingu\u00edan de la faz de la tierra todos los imperios coloniales europeos, incluido aquel que lleg\u00f3 a ser el m\u00e1s vasto y poderoso de ellos durante mis a\u00f1os de infancia. He visto grandes potencias mundiales relegadas a jugar en las ligas inferiores. He visto la irrupci\u00f3n y la ca\u00edda de un estado alem\u00e1n que esperaba durar mil a\u00f1os, y tambi\u00e9n el nacimiento y el final de un poder revolucionario que amenazaba extenderse al mundo entero. He visto un tiempo en que la palabra capitalismo contaba con tan pocos votos como la palabra comunismo en la actualidad. Dudo de que llegue a ver el fin del imperio americano, pero puedo asegurar que algunos lectores de este libro habr\u00e1n de presenciarlo\u201d.<\/p>\n<p>Como aquel replicante de Blade Runner, Eric Hobsbawm pertenece a una especie que deb\u00eda ser eliminada (primero por mitteleuropeo, despu\u00e9s por jud\u00edo, despu\u00e9s por marxista). Tuvo m\u00e1s suerte que el replicante de Blade Runner: sobrevivi\u00f3 largamente a la eliminaci\u00f3n a sus compa\u00f1eros de especie. Su inesperada longevidad termin\u00f3 por darle status de venerable rara avis. El adjudica esa longevidad tan activa a que lo obligaron a arrancar tarde. Le cobraron peaje por sus \u201canomal\u00edas\u201d: ser jud\u00edo pobre en la Rep\u00fablica de Weimar y en la Alemania de Hitler, inmigrante indeseado en la Inglaterra en guerra con el Reich, marxista durante toda la Guerra  Fr\u00eda, antisovi\u00e9tico y antichino dentro del PC, antiespecialista en un mundo de especialistas, pol\u00edglota en un mundo cada vez m\u00e1s angl\u00f3fono, intelectual desvelado por los no intelectuales, anomal\u00eda dentro de anomal\u00eda dentro de anomal\u00eda. \u201cTodo ello complic\u00f3 mi vida como ser humano y paraliz\u00f3 mi carrera durante a\u00f1os, pero me ha representado una ventaja considerable como historiador\u201d, dice \u00e9l.<\/p>\n<p>Agnes Heller dice que la Historia habla de los hechos vistos desde afuera y las memorias hablan de los hechos vistos desde adentro. Dos hechos marcaron tempranamente la vida de Hobsbawm: aquella maldici\u00f3n china y el descubrimiento entre los papeles de su padre (que muri\u00f3 quebrado cuando \u00e9l ten\u00eda trece a\u00f1os, en plena hiperinflaci\u00f3n berlinesa) de un cuestionario \u00edntimo en donde el progenitor se preguntaba qu\u00e9 era la felicidad, esa entelequia que hab\u00eda perseguido sin \u00e9xito durante toda su corta vida, y se contestaba: la suerte de no tener mala suerte. Tiempos interesantes y mala suerte. De esa ecuaci\u00f3n sale Hobsbawm. O, mejor dicho, de los inesperados beneficios de ambas cosas.<\/p>\n<p>Por ser pelirrojo y de ojos azules, en Viena no le dec\u00edan Jude sino Englander. En Inglaterra, en cambio, adonde lo enviaron cuando muri\u00f3 su madre (un a\u00f1o despu\u00e9s que el padre), es simplemente \u201cEl Feo\u201d. Pero si se hubiera quedado en Viena, habr\u00eda terminado gaseado en los campos. El joven Hobsbawm refugia su fealdad afili\u00e1ndose al PC brit\u00e1nico (donde cantan: \u201cHasta que llegue la revoluci\u00f3n, el amor es un sentimiento antibolchevique\u201d). Pero cuando estalla la guerra es el \u00fanico de sus camaradas de estudios y de militancia al que no eligen para el servicio secreto: no por extranjero ni por marxista; es el \u00fanico que no sabe hacer el crucigrama del Times. Eso lo alejar\u00e1 providencialmente del caso de los dobles esp\u00edas Kim Philby y Guy Burgess, pero lo dejar\u00e1 sin trabajo durante a\u00f1os. Cuando condena en un plenario del PC la represi\u00f3n sovi\u00e9tica en Hungr\u00eda en 1956, cree que el partido va a expulsarlo, pero son tantas las bajas que no le hacen nada. Y a \u00e9l le da verg\u00fcenza abandonar el barco cuando todos lo hacen, as\u00ed que conserva el carnet. \u201cQuitarme de encima el sambenito de pertenecer al PC habr\u00eda mejorado mis perspectivas profesionales. Pero sencillamente no quise hacerlo. Yo quer\u00eda alcanzar el reconocimiento como comunista confeso. No defiendo esta forma de orgullo, pero no puedo negar su fuerza.\u201d<\/p>\n<p>Hobsbawm vio convertirse en pret\u00e9rito casi todos los signos que defin\u00edan y reg\u00edan su presente, pero se descubri\u00f3 providencialmente equipado para relatarlos porque, a diferencia de tantas otras v\u00edctimas de la Historia, \u00e9l tuvo, como jud\u00edo mitteleuropeo y como marxista an\u00f3malo, \u201ctiempo de reflexionar acerca de la desintegraci\u00f3n de un imperio y de una \u00e9poca, al ser una muerte largamente anunciada, en ambos casos\u201d. Cuando todos los historiadores de su generaci\u00f3n se retiraban o se mor\u00edan, \u00e9l sigui\u00f3 publicando libros, cada vez m\u00e1s sabios. En pleno auge del pensamiento neoconservador, cuando se aseguraba que hab\u00edamos llegado al fin de la Historia, Hobsbawm dijo que lo que hab\u00eda terminado era el siglo veinte nom\u00e1s y logr\u00f3 que se hiciera can\u00f3nica su manera marxista de ver el siglo (cuyo inicio fij\u00f3 en 1917, con la Revoluci\u00f3n de Octubre y su cierre, en la ca\u00edda de la URSS en 1989). Despu\u00e9s de la ca\u00edda de las Torres Gemelas en 2001, dijo algo que repiti\u00f3 cuando mataron a Bin Laden hace meses: \u201cEl mundo necesita m\u00e1s que nunca a los historiadores, especialmente a los esc\u00e9pticos\u201d. Si el pasado es otro pa\u00eds, era de rigor que un expatriado m\u00faltiple como \u00e9l se convirtiera en su historiador por antonomasia.<\/p>\n<p>Hobsbawm usa el raro prisma de su experiencia personal para buscar la real dimensi\u00f3n de las cosas en el laberinto de la Historia. De ah\u00ed su anomal\u00eda, su heterodoxia, su excentricidad; de ah\u00ed su ecuanimidad por momentos exquisita y por momentos casi inveros\u00edmil. En sus memorias, en sus reportajes, en su Era de los extremos, Hobsbawm nos cuenta el siglo veinte como si el propio siglo hablara de s\u00ed mismo, en una de esas sobremesas de trasnoche en que de golpe llega la hora de la sinceridad m\u00e1s descarnada: el siglo habla y todos sentimos que habla de nosotros. La \u00fanica manera de que nos entre de verdad la Historia es entender que no es letra muerta, sino experiencia viva: que eso que pas\u00f3 nos pas\u00f3 a todos. Ese es el Efecto Hobsbawm para m\u00ed: alguien que sopla suavemente en nuestro o\u00eddo y nos hace entender de golpe qu\u00e9 es el famoso viento de la Historia, c\u00f3mo se vive en tiempos interesantes.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<h5>Publicado por P\u00e1gina 12-k argitaratua<\/h5>\n<p>\u00a0<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El viento de la Historia \u00a0 El ni\u00f1o Eric Hobsbawm pasea con su ni\u00f1era por las calles de Alejandr\u00eda en el a\u00f1o 1918. Un pordiosero chino les pide una moneda. La ni\u00f1era se la niega. 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