{"id":23823,"date":"2010-12-30T09:54:49","date_gmt":"2010-12-30T07:54:49","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/coraje-de-la-verdad\/"},"modified":"2010-12-30T09:54:49","modified_gmt":"2010-12-30T07:54:49","slug":"coraje-de-la-verdad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/coraje-de-la-verdad\/","title":{"rendered":"Coraje de la verdad"},"content":{"rendered":"<p> <\/p>\n<p><strong>La parrhes\u00eda, tal como la estudi\u00f3 Michel Foucault, era, en la Antig\u00fcedad, la pr\u00e1ctica de decir la verdad \u201csin esconderla con nada\u201d, bajo el riesgo del rechazo o la ira del interlocutor. Esta pr\u00e1ctica se sit\u00faa en \u201cla prehistoria de algunas parejas c\u00e9lebres: el penitente y su confesor, el enfermo y el psiquiatra, el paciente y el psicoanalista\u201d.<\/strong><\/p>\n<p>Este a\u00f1o querr\u00eda continuar el estudio del hablar franco, de la parrhes\u00eda como modalidad del decir veraz. Llegu\u00e9 a la noci\u00f3n y la pr\u00e1ctica de la parrhes\u00eda a partir de la cuesti\u00f3n, tradicional en la filosof\u00eda occidental, de las relaciones entre sujeto y verdad. Grande fue la importancia en la moral antigua, en toda la cultura griega y romana, del principio \u201chay que decir la verdad sobre uno mismo\u201d. Pueden mencionarse pr\u00e1cticas como el examen de conciencia prescrito entre los pitag\u00f3ricos o los estoicos, del que S\u00e9neca dio ejemplos tan elaborados y que volvemos a encontrar en Marco Aurelio. Tambi\u00e9n esas correspondencias, esos intercambios de ep\u00edstolas morales, espirituales, cuyo ejemplo tambi\u00e9n puede hallarse en S\u00e9neca. Han dejado menos huellas otras pr\u00e1cticas como las libretas de notas, especies de diarios que se aconsejaba llevar, ya fuera para el registro y la meditaci\u00f3n sobre las experiencias vividas o las lecturas hechas, ya fuera para contarse uno mismo, al despertar, los propios sue\u00f1os.<\/p>\n<p>Hay cierta tendencia a analizar esas pr\u00e1cticas del decir veraz sobre uno mismo en relaci\u00f3n con el principio socr\u00e1tico del \u201ccon\u00f3cete a ti mismo\u201d: en ellas se ve la plasmaci\u00f3n de ese principio. Pero me parece interesante resituar esas pr\u00e1cticas, esa incitaci\u00f3n a decir la verdad sobre uno mismo, en un contexto m\u00e1s amplio definido por un principio, el del cuidado de s\u00ed. Este precepto tan antiguo en la cultura griega y romana \u2013y que encontramos, en los textos plat\u00f3nicos, asociado al \u201ccon\u00f3cete a ti mismo\u201d\u2013 dio lugar al desarrollo de lo que podr\u00edamos llamar un cultivo de s\u00ed, en el cual vemos la transmisi\u00f3n de todo un juego de pr\u00e1cticas de s\u00ed. Al estudiar estas pr\u00e1cticas, vi perfilarse un personaje, presentado como el socio indispensable de la obligaci\u00f3n de decir la verdad sobre uno mismo. No hace falta esperar al cristianismo, la institucionalizaci\u00f3n a comienzos del siglo XIII de la confesi\u00f3n, para que la pr\u00e1ctica del decir veraz sobre uno mismo se apoye en la presencia del otro que escucha, que exhorta a hablar y habla. En la cultura antigua, el decir veraz sobre uno mismo fue una actividad con los otros, y m\u00e1s precisamente aun una actividad con otro, una pr\u00e1ctica de a dos.<\/p>\n<p>Conocemos relativamente bien a ese otro en la cultura cristiana, en la que adopta la forma institucional del confesor o el director de conciencia; tambi\u00e9n en la cultura moderna se puede se\u00f1alar a ese otro indispensable para que yo pueda decir la verdad sobre m\u00ed mismo, sea el m\u00e9dico, el psiquiatra, el psic\u00f3logo o el psicoanalista. En la cultura antigua su estatus es m\u00e1s variable, m\u00e1s vago, est\u00e1 institucionalizado con menos claridad: puede ser un fil\u00f3sofo de profesi\u00f3n, pero tambi\u00e9n una persona cualquiera.<\/p>\n<p>Galeno, en su texto sobre la cura de los errores y las pasiones, se\u00f1ala que, para decir la verdad sobre s\u00ed mismo y conocerse, uno necesita a otro a quien debe buscar un poco en cualquier parte, con la sola condici\u00f3n de que sea un hombre de edad y serio. Puede ser un profesor, que en mayor o menor medida participe de una estructura pedag\u00f3gica institucionalizada (Epicteto dirig\u00eda una escuela), pero puede ser un amigo personal, puede ser un amante. Puede ser un gu\u00eda provisorio para el hombre joven que todav\u00eda no ha tomado sus decisiones fundamentales, que todav\u00eda no es completamente due\u00f1o de s\u00ed mismo, pero tambi\u00e9n puede ser un consejero permanente, que siga a alguien a lo largo de su existencia y lo conduzca hasta su muerte. Demetrio el C\u00ednico era el consejero de Tr\u00e1sea Peto, un hombre importante en la v\u00eda pol\u00edtica romana de mediados del siglo I, y lo sirvi\u00f3 como consejero hasta el d\u00eda mismo de su muerte por su suicidio: asisti\u00f3 al suicidio de Tr\u00e1sea Peto y convers\u00f3 con \u00e9l, a la manera del di\u00e1logo socr\u00e1tico, sobre la inmortalidad del alma hasta su \u00faltimo suspiro.<\/p>\n<p>El estatus de ese otro es, por tanto, variable. Y su papel, su pr\u00e1ctica misma, tampoco son tan f\u00e1ciles de definir. Ese papel tiene que ver con la pedagog\u00eda, se apoya en \u00e9sta, pero es tambi\u00e9n una direcci\u00f3n del alma; puede ser asimismo una suerte de consejo pol\u00edtico. Pero ese papel tambi\u00e9n se metaforiza y quiz\u00e1s se manifiesta en una especie de pr\u00e1ctica m\u00e9dica, porque se trata del tratamiento del alma y de la determinaci\u00f3n de un r\u00e9gimen de vida, que comporta, por supuesto, el r\u00e9gimen de las pasiones, pero igualmente el r\u00e9gimen alimentario, el modo de vida en todos sus aspectos.<\/p>\n<p>Ese otro, indispensable para el decir verdad de uno mismo, debe tener una calificaci\u00f3n determinada, que, a diferencia de la cultura cristiana, no est\u00e1 dada por la instituci\u00f3n y el ejercicio de ciertos poderes espirituales espec\u00edficos. Tampoco es, como en la cultura moderna, una calificaci\u00f3n institucional que garantice determinado saber psicol\u00f3gico, psiqui\u00e1trico, psicoanal\u00edtico. La calificaci\u00f3n necesaria para ese personaje incierto, un poco brumoso y fluctuante, es cierta pr\u00e1ctica, cierta manera de decir que se llama parrhes\u00eda: hablar franco.<\/p>\n<p>El tratado de Plutarco sobre la adulaci\u00f3n, \u201cC\u00f3mo distinguir un adulador de un amigo\u201d, es un an\u00e1lisis de la parrhes\u00eda o, mejor dicho, de esas dos pr\u00e1cticas opuestas que son la adulaci\u00f3n y la parrhes\u00eda. Aquel texto de Galeno dedica toda una exposici\u00f3n a la elecci\u00f3n de aquel de quien se dice que puede y debe usar ese hablar franco para que el individuo pueda, a su vez, decir la verdad sobre s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>El a\u00f1o pasado emprend\u00ed el an\u00e1lisis de la pr\u00e1ctica de la parrhes\u00eda y del personaje que es capaz de utilizarla, a quien se denomina parrhesiast\u00e9s. El estudio de la parrhes\u00eda y del parrhesiast\u00e9s durante la antig\u00fcedad, en el cultivo de s\u00ed, es una suerte de prehistoria de las pr\u00e1cticas que se organizan en torno de algunas parejas c\u00e9lebres: el penitente y su confesor, el enfermo y el psiquiatra, el paciente y el psicoanalista.<\/p>\n<p>Pero, en su origen, la parrhes\u00eda es fundamentalmente una noci\u00f3n pol\u00edtica. Con la noci\u00f3n de parrhes\u00eda, arraigada originariamente en la pr\u00e1ctica pol\u00edtica y la problematizaci\u00f3n de la democracia, y derivada hacia la esfera de la \u00e9tica personal y la constituci\u00f3n del sujeto moral, puede verse el entrelazamiento del an\u00e1lisis de los modos del decir veraz, el estudio de las t\u00e9cnicas de gubernamentalidad y el se\u00f1alamiento de las formas de pr\u00e1ctica de s\u00ed. Presentar este estudio en una tentativa de reducir el saber al poder, de hacer del saber la m\u00e1scara del poder en estructuras en que el sujeto no tiene cabida, no puede ser otra cosa que una caricatura. Se trata, al contrario, de las relaciones complejas entre tres elementos distintos, cuyas relaciones son mutuamente constitutivas: los saberes, estudiados en la especificidad de su decir veraz, su veridicci\u00f3n; las relaciones de poder, no como la emanaci\u00f3n de un poder sustancial e invasor, sino en los procedimientos por los cuales se gobierna la conducta de los hombres, y los modos de constituci\u00f3n del sujeto a trav\u00e9s de las pr\u00e1cticas de s\u00ed.<\/p>\n<p>La parrhes\u00eda, etimol\u00f3gicamente, es la actividad consistente en decirlo todo: pan rhema. El parrhesiast\u00e9s es el que dice todo. As\u00ed, en el discurso \u201cSobre la embajada fraudulenta\u201d, Dem\u00f3stenes advierte que es necesario hablar con parrhes\u00eda, sin retroceder ante nada, sin ocultar nada.<\/p>\n<p>Pero la palabra parrhes\u00eda puede emplearse con dos valores. Con un valor peyorativo \u2013como la encontramos en Arist\u00f3fanes, y luego de manera muy habitual hasta la literatura cristiana\u2013, la parrhes\u00eda consiste en decirlo todo en el sentido de decir cualquier cosa: cualquier cosa que pueda ser \u00fatil para la causa que uno defiende o que pueda valer para la pasi\u00f3n o el inter\u00e9s que anima a quien habla. El parresiasta se torna entonces el charlat\u00e1n impenitente, aquel que no es capaz de ajustar su discurso a un principio de racionalidad o de verdad. En el libro VIII de la Rep\u00fablica encontrar\u00e1n la descripci\u00f3n de la mala ciudad democr\u00e1tica, una ciudad heterog\u00e9nea, dislocada, dispersa entre intereses diferentes, pasiones diferentes, individuos que no se entienden. Esta mala ciudad democr\u00e1tica practica la parrhes\u00eda: todo el mundo puede decir cualquier cosa.<\/p>\n<p>En su valor positivo, la palabra parrhes\u00eda consiste en decir la verdad sin disimulaci\u00f3n ni reserva ni cl\u00e1usula de estilo ni ornamento ret\u00f3rico que pueda cifrarla o enmascararla. El \u201cdecirlo todo\u201d es: decir la verdad sin ocultar ninguno de sus aspectos, sin esconderla con nada. Pero esto no basta para definir la noci\u00f3n de parrhes\u00eda en el sentido positivo; hacen falta dos condiciones complementarias. Es preciso no s\u00f3lo que esa verdad constituya a las claras la opini\u00f3n personal de quien habla, sino tambi\u00e9n que \u00e9ste la diga en cuanto es lo que piensa. El parresiasta da su opini\u00f3n, dice lo que piensa, \u00e9l mismo signa la verdad que enuncia, se liga a esa verdad y, por consiguiente, se obliga a ella y por ella.<\/p>\n<p>Pero esto no es suficiente. Despu\u00e9s de todo, un profesor, un gram\u00e1tico, un ge\u00f3metra pueden decir, con respecto a la gram\u00e1tica o la geometr\u00eda, una verdad en la cual creen y, sin embargo, no se dir\u00e1 que eso es parrhes\u00eda. Para que haya parrhes\u00eda es menester que el sujeto, al decir una verdad que marca como su opini\u00f3n, su pensamiento, su creencia, corra cierto riesgo, un riesgo que concierne a la relaci\u00f3n que \u00e9l mantiene con el destinatario de sus palabras; es menester que, al decir la verdad, afrontemos el riesgo de ofender al otro, encolerizarlo y suscitar conductas que pueden llegar a la m\u00e1s extrema de las violencias. En la \u201cPrimera fil\u00edpica\u201d, Dem\u00f3stenes agrega: \u201cS\u00e9 que al valerme de esta franqueza ignoro lo que se deducir\u00e1 para m\u00ed de las cosas que acabo de decir\u201d.<\/p>\n<p>La parrhes\u00eda implica cierto coraje, cuya forma m\u00ednima consiste en el hecho de que el parresiasta corre el riesgo de poner fin a la relaci\u00f3n con el otro que, justamente, hizo posible su discurso. El parresiasta siempre corre el riesgo de socavar la relaci\u00f3n que es condici\u00f3n de posibilidad de su discurso. Lo vemos con claridad en la parrhes\u00eda como gu\u00eda de conciencia, que s\u00f3lo puede existir si hay amistad y donde el uso de la verdad amenaza poner en tela de juicio y romper la relaci\u00f3n amistosa.<\/p>\n<p>Ese coraje adopta una forma m\u00e1xima cuando quien habla se ve en la necesidad de arriesgar su propia vida. Plat\u00f3n, cuando va a ver a Dionisio el Viejo, le dice una serie de verdades que ofenden a tal punto al tirano que \u00e9ste concibe el proyecto \u2013no lo llevar\u00e1 a la pr\u00e1ctica\u2013 de matar al fil\u00f3sofo. Pero Plat\u00f3n lo sab\u00eda y hab\u00eda aceptado el riesgo. La parrhes\u00eda no s\u00f3lo arriesga la relaci\u00f3n entre quien habla y la persona a la que se dirige la verdad, sino que, en \u00faltima instancia, hace peligrar la existencia misma del que habla, al menos si su interlocutor tiene alg\u00fan poder sobre \u00e9l y no puede tolerar la verdad que se le dice.<\/p>\n<p>Con la salvedad de que la parrhes\u00eda puede organizarse, desarrollarse y estabilizarse en lo que cabr\u00eda llamar un juego parresi\u00e1stico. Porque aquel a quien el parresiasta dice esa verdad \u2013tr\u00e1tese del pueblo reunido y que delibera sobre las decisiones que debe tomar, o del pr\u00edncipe a quien hay que dar consejos, o del amigo a quien se gu\u00eda\u2013 ese interlocutor, si quiere cumplir el papel que le propone el parresiasta, debe aceptarla, por ofensiva que sea para las opiniones de la asamblea, para las pasiones o los intereses del pr\u00edncipe, para la ignorancia o la ceguera del individuo. El pueblo, el pr\u00edncipe, el individuo deben reconocer que quien corre el riesgo de decirles la verdad tiene que ser escuchado. El juego de la parrhes\u00eda se establece a partir de esa suerte de pacto. La parrhes\u00eda es el coraje de la verdad en quien habla y asume el riesgo, pero es tambi\u00e9n el coraje del interlocutor que acepta recibir como cierta la verdad ofensiva.<\/p>\n<p>La pr\u00e1ctica de la parrhes\u00eda se opone al arte de la ret\u00f3rica. La ret\u00f3rica, tal como se la defin\u00eda y practicaba en la Antig\u00fcedad, es una t\u00e9cnica, un conjunto de procedimientos que permiten al hablante decir algo que tal vez no sea en absoluto lo que piensa, pero que tendr\u00e1 por efecto producir convicciones, inducir conductas, establecer creencias. La ret\u00f3rica no implica ning\u00fan lazo del orden de la creencia entre quien habla y lo que \u00e9ste enuncia. Desde este punto de vista, la ret\u00f3rica es exactamente lo contrario de la parrhes\u00eda. El r\u00e9tor puede perfectamente ser un mentiroso eficaz que obliga a los otros. El parresiasta, al contrario, ser\u00e1 el decidor valeroso de una verdad.<\/p>\n<p>A diferencia del r\u00e9tor, el parresiasta no es un profesional. Y la parrhes\u00eda es algo distinto a una t\u00e9cnica o un oficio, aun cuando en ella haya aspectos t\u00e9cnicos. La parrhes\u00eda es una actitud, una manera de ser que se emparienta con la virtud, es una manera de hacer. Son procedimientos pero es tambi\u00e9n un rol, un rol \u00fatil, precioso, indispensable para la ciudad y los individuos.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>* Extractado de El coraje de la verdad (Curso en el Coll\u00e8ge de France, 1983-84), de reciente aparici\u00f3n (Ed. Fondo de Cultura Econ\u00f3mica).<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<h3>Publicado por P\u00e1gina 12-k argitaratua<\/h3>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La parrhes\u00eda, tal como la estudi\u00f3 Michel Foucault, era, en la Antig\u00fcedad, la pr\u00e1ctica de decir la verdad \u201csin esconderla con nada\u201d, bajo el riesgo del rechazo o la ira del interlocutor. 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