{"id":21259,"date":"2009-09-21T08:31:49","date_gmt":"2009-09-21T06:31:49","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/chesterton-y-la-leptopimelomaquia-o-batalla-de-los-gordos-y-los-flacos\/"},"modified":"2009-09-21T08:31:49","modified_gmt":"2009-09-21T06:31:49","slug":"chesterton-y-la-leptopimelomaquia-o-batalla-de-los-gordos-y-los-flacos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/chesterton-y-la-leptopimelomaquia-o-batalla-de-los-gordos-y-los-flacos\/","title":{"rendered":"Chesterton y la leptopimelomaquia (o batalla de los gordos y los flacos)"},"content":{"rendered":"<p>  <!--more-->  <br \/>Calicles: <strong>Est\u00e1 muy bien ser delgado en la medida en que se est\u00e1 creciendo y no es por tanto una verg\u00fcenza mostrarse escueto de carnes mientras se es joven; pero, si cuando uno es ya hombre de edad sigue siendo delgado, el hecho resulta rid\u00edculo, S\u00f3crates, y yo experimento la misma impresi\u00f3n ante los que no han engordado que ante los que pronuncian mal o juguetean. Viendo a un joven delgado me complazco, me parece adecuado y considero que este hombre es un ser libre. Pero, en cambio, cuando veo a un hombre de edad que no ha ganado peso y sigue empe\u00f1ado en mantenerse esbelto, creo, oh S\u00f3crates, que este hombre debe ser azotado.<\/strong> <\/p>\n<p>Plat\u00f3n, Gorgias \t\t\t<\/p>\n<p>Kafka, que destap\u00f3 hacia adentro el universo, era un hombre delgado inexorablemente atra\u00eddo hacia su propio cuerpo como hacia el centro de una batalla moral. Siempre atento a un ascetismo alimentario que fue puliendo y extremando con los a\u00f1os, ambigua penitencia mediante la que proteg\u00eda al mundo al tiempo que se proteg\u00eda de \u00e9l, conceb\u00eda su vegetarianismo como una pr\u00e1ctica de autofagia expiatoria, el h\u00e1bito de un carn\u00edvoro introspectivo que se limitaba a comerse al culpable de su apetito. \u00abLos vegetarianos\u00bb, le dec\u00eda Kafka al joven Gustav Janouch ya al final de su vida, \u00abs\u00f3lo vivimos de nuestra propia carne\u00bb, y es dif\u00edcil no oponer esta amarga apolog\u00eda de la delgadez, como pureza resignada e inconclusa, a otro pasaje, citado tambi\u00e9n por Janouch, en el que Kafka comenta de esta manera un dibujo de George Grosz: \u00abEl hombre gordo con el sombrero de copa persigue a los pobres: eso es correcto. Pero el hombre gordo es el capitalismo, y eso ya no es tan correcto. El hombre gordo domina al hombre pobre dentro de un sistema determinado, pero \u00e9l no es el sistema. Al contrario: el hombre gordo tambi\u00e9n lleva cadenas que no est\u00e1n representadas en el dibujo. El capitalismo es un sistema de dependencias que van de dentro a fuera, de fuera a dentro, de arriba abajo y de abajo arriba. Todo depende de todo, todo est\u00e1 atado. El capitalismo es un estado del mundo y del alma\u00bb. Pero no nos enga\u00f1emos: entre el hombre flaco que se alimenta de su propia carne y el hombre gordo que se alimenta de la carne ajena (prisioneros ambos de \u00abun estado del mundo y del alma\u00bb), la oposici\u00f3n s\u00f3lo es aleg\u00f3rica. Kafka, atado a su delgadez como a los remordimientos de un delito, viv\u00eda en la verg\u00fcenza de un cuerpo que evitaba los espejos y al que humillaban los sastres; ese pu\u00f1ado de miembros dispersos unidos por un alambre (en el que \u00abno hay suficiente sangre para regar las extremidades\u00bb) se interpon\u00eda, como una diferencia de raza o de clase, en su compromiso con Felice , y la desconfianza de la Sra. Bauer, maternalmente inquieta por la felicidad de su hija, sospechaba menos de las rarezas del escritor que de la endeblez de su constituci\u00f3n. Kafka, que no beb\u00eda ni fumaba, que evitaba el te como un veneno, siempre pendiente de la alimentaci\u00f3n de su novia (cuya dieta analizaba y vigilaba minuciosamente desde lejos), no conceb\u00eda sin embargo esta disciplina diet\u00e9tica como un principio general sino, al contrario, como la regla desdichada de una supervivencia individual. En una carta fechada en enero de 1913, escribe a Felice con una mezcla de nostalgia y de iron\u00eda: \u00abMis relaciones con las comidas y bebidas de las que jam\u00e1s comer\u00eda ni beber\u00eda salvo en caso de extrema necesidad no son las que cabr\u00eda esperar. Nada me produce mayor placer que contemplar a los dem\u00e1s comer esas cosas. Si estoy sentado a una mesa con diez amigos y los diez toman caf\u00e9 solo, al verles me entra una especie de sensaci\u00f3n de beatitud. Ya puede humear la carne a mi alrededor, las jarras de cerveza ser vaciadas a grandes tragos, esas jugosas salchichas jud\u00edas (al menos aqu\u00ed en Praga se estilan as\u00ed, son rollizas como ratas de agua) ser cortadas en rodajas por todos mis parientes en torno m\u00edo, todas esas cosas, e incluso peores, no me contrar\u00edan lo m\u00e1s m\u00ednimo, sino que, por el contrario, me provocan un verdadero bienestar\u00bb. Tras entretenerse en describir muy literariamente el sonido que produce el cuchillo al pinchar \u00abla tensa piel\u00bb de las salchichas, ac\u00fastica reminiscencia de su infancia, y admitir que ser\u00eda \u00abuna locura no ceder a su atracci\u00f3n\u00bb, Kafka insiste en \u00abla serenidad totalmente desprovista de envidia que la contemplaci\u00f3n del placer de los dem\u00e1s provoca en m\u00ed\u00bb y en \u00abla admiraci\u00f3n ante un paladar que se da en mis parientes y amistades m\u00e1s pr\u00f3ximas y que para m\u00ed, en cambio, es absolutamente extravagante\u00bb. Kafka, pues, no se sent\u00eda orgulloso de su delgadez ni despreciaba a los gordos. Hacerlo no formaba parte de las convenciones de su \u00e9poca y, mucho menos, de su intranquilo universo mental. En una entrada de su diario o en otra de las cartas dirigidas a su novia -no recuerdo bien- cuenta c\u00f3mo al salir un d\u00eda de casa tras un enfrentamiento con su padre tropez\u00f3 en la calle con uno de esos gordos luminosos, felices, vegetales, hijo de la tierra y no de una clase -ejemplar de una era hoy desaparecida- y se sinti\u00f3 \u00abrega\u00f1ado\u00bb por la salud f\u00edsica y moral que irradiaban a su alrededor, como un medio ambiente m\u00e1s habitable, sus anchos mofletes colorados. Mientras administraba su enfermedad en l\u00edmites cada vez m\u00e1s angostos y daba de comer espinacas al alambre sobre el que se sosten\u00eda, Kafka aspiraba a una \u00abgordura moral\u00bb que no se alimentase ni de s\u00ed misma ni de los otros: una gordura -para \u00e9l inalcanzable- alimentada, a trav\u00e9s de los ojos y de las manos, de viento, hojas, elefantes, pechos, chistes, hogueras; una gordura alimentada, en definitiva, por la gran despensa del mundo com\u00fan. <\/p>\n<p>Que la literatura conserva una misteriosa autonom\u00eda despu\u00e9s de que el psicoan\u00e1lisis, la sociolog\u00eda y la pol\u00edtica hayan vaciado sus obras lo demuestra el hecho de que podamos admirar los libros de Kafka y, al mismo tiempo, los de Chesterton y Dickens sin sentirnos obligados a tomar partido. \u00bfQu\u00e9 enigm\u00e1tica \u00abra\u00edz com\u00fan\u00bb comparten en nuestro gusto estos rec\u00edprocos extranjeros y c\u00f3mo nombrarla sino del modo m\u00e1s primitivo e insatisfactorio, a trav\u00e9s de esa especie de advocaci\u00f3n mariana que llamamos \u00abgenio\u00bb o \u00abgrandeza literaria\u00bb? En todo caso, podemos aventurar quiz\u00e1s que Kafka admiraba a Chesterton y Dickens por algo que a \u00e9l le faltaba y que los dos formidables ingleses pose\u00edan por igual, algo que proced\u00eda o al menos se escenificaba en sus distintas y respectivas maneras de acarrear un cuerpo por este mundo y que podr\u00edamos describir sumariamente diciendo que, si Kafka destap\u00f3 hacia adentro el universo, Chesterton y Dickens, como s\u00f3lo se puede hacer con las botellas de vino en buen estado, lo descorcharon hacia el cielo y sobre el mantel. \u00abLa vida es tan inconmensurablemente grande y profunda\u00bb, confes\u00f3 Kafka a Janouch durante uno de sus paseos al anochecer, \u00abcomo el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. S\u00f3lo podemos mirarla a trav\u00e9s de la peque\u00f1a mirilla de nuestra propia existencia, aunque con ella sentimos m\u00e1s de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia\u00bb. Pues bien, Kafka comprend\u00eda, un poco contra s\u00ed mismo y a favor de su extraordinaria escritura, lo que nosotros tambi\u00e9n percibimos apenas nos dejamos caer por los locales del club Pickwick o por la taberna de El Viejo Nav\u00edo; que Dickens y Chesterton eran, sobre todo, dos \u00abmirillas limpias\u00bb en dos cuerpos redondos. <\/p>\n<p>En alg\u00fan momento de su juventud, Franz Kafka declar\u00f3 su prop\u00f3sito de convertirse en un Dickens en lengua alemana y El Fogonero debe mucho, seg\u00fan propia confesi\u00f3n, a Tiempos dif\u00edciles , aunque lo cierto es que su obra prolonga m\u00e1s bien, y deforma en sombras metaf\u00edsicas, las zonas menos solares de los temas dickensianos: la ley inextricable, el tribunal vagaroso, la condena inapelable. En cuanto a Chesterton, que fue belicoso pero nunca sombr\u00edo, Kafka penetr\u00f3 en \u00e9l como un rayo de sol: \u00abEs tan gracioso que casi se podr\u00eda pensar que ha encontrado a Dios\u00bb. No estoy seguro de que el jocoso gigante que invent\u00f3 al Padre Brown no se inventase tambi\u00e9n a Dios, o lo fabricase, como se fabrica una lente especial para ver grandes las cosas grandes y peque\u00f1as las cosas peque\u00f1as, y ver verde la hierba y la nieve blanca, seg\u00fan ese milagro del realismo que \u00e9l precisamente atribuye a su admirad\u00edsimo Dickens: \u00absue\u00f1a algo disparatado\u00bb, prescribe, \u00absue\u00f1a que la hierba es verde\u00bb. Pero lo imagino muy bien -a Chesterton- a las puertas del cielo luciendo con orgullo en la pechera esta divisa (\u00abes tan gracioso que casi se podr\u00eda pensar que ha encontrado a Dios\u00bb) como recomendaci\u00f3n para ese Juez supremo que su propia risa habr\u00eda creado a su imagen y semejanza, tan barrigudo y festivo como para perdonarle su paso por la ouija, su catolicismo pagano y sus falstaffianos excesos de ogro del Bien. <\/p>\n<p>Confieso que a veces confundo a Dickens y a Chesterton en mi cabeza, de lo que sin duda tiene la culpa la extraordinaria biograf\u00eda que uno de ellos escribi\u00f3 sobre el otro: Charles Dickens-G.K. Chesterton , y la propia sucesi\u00f3n de los dos nombres en la portada del libro ha contribuido siempre a esta aleaci\u00f3n singular que me impide ya saber si fue Chesterton el que escribi\u00f3 la biograf\u00eda de Dickens o, al contrario, Dickens el que escribi\u00f3 la biograf\u00eda de Chesterton; si Chesterton fue uno de los personajes de Dickens (habr\u00eda hecho un gran papel en el Par\u00eds revolucionario de Historia de dos ciudades o como compa\u00f1ero de Dick, el estrafalario hu\u00e9sped de la estrafalaria t\u00eda de David Copperfield) o si fue m\u00e1s bien Chesterton el que cre\u00f3 retrospectivamente a Dickens para que \u00e9ste escribiera los libros que \u00e9l iba a leer m\u00e1s tarde y sobre los que iba a escribir una de sus mejores obras. En todo caso, hay que decir que esta confusi\u00f3n tiene un fundamento m\u00e1s serio. Si Kafka era un hombre delgado, Chesterton y Dickens eran, cada uno a su manera, dos hombres \u00abgordos\u00bb. Chesterton, claro, era un gordo cl\u00e1sico, natural, majestuoso, un gordo monumental, un gordo mitol\u00f3gico, el gordo por antonomasia, el eidos de gordo pase\u00e1ndose con bast\u00f3n, como la nariz de Gogol, por las calles de Londres. Era tan gordo que sol\u00eda repetir una broma en torno a su generosa cortes\u00eda, que le hab\u00eda llevado a ceder su asiento en el metro a tres se\u00f1oras; era tan gordo que, m\u00e1s que vestirse, se cubr\u00eda como un mueble con esa capa kilom\u00e9trica y ese sombrero de ala ancha que lo inmortalizaron para siempre; era tan gordo que, tras su muerte, hubo que sacar el f\u00e9retro que conten\u00eda su cuerpo por la ventana (\u00abno soy tan gordo como parezco\u00bb, se burl\u00f3 de s\u00ed mismo durante una de sus famosas conferencias, \u00abes que me ven ustedes amplificado por el micr\u00f3fono\u00bb). Como es sabido, su interminable pol\u00e9mica con el \u00edntimo enemigo Bernard Shaw compromet\u00eda oposiciones decisivas para la humanidad, socialismo o distribucionismo, ate\u00edsmo o religi\u00f3n, Nietzsche o San Francisco, pero presupon\u00eda sobre todo un choque de temperamentos, escenificado en la irreconciliable diferencia de dos men\u00fas y dos tama\u00f1os. Algunas an\u00e9cdotas partidistas ilustran este combate de especies -las razones de la grulla y las del hipop\u00f3tamo- al tiempo que el extraordinario volumen de nuestro Chesterton. Los secuaces de Shaw cuentan que en una ocasi\u00f3n aqu\u00e9l abord\u00f3 al maestro burl\u00e1ndose de su delgadez: \u00abAl verte, se dir\u00eda que no hay suficiente comida en este mundo\u00bb; a lo que Shaw habr\u00eda contestado: \u00abAl verte, se dir\u00eda, en efecto, que te la has comido toda t\u00fa\u00bb. Los secuaces de Chesterton, en cambio, contamos otra historia en la que el vencedor es nuestro palad\u00edn; Shaw se habr\u00eda burlado de su obesidad con una interpelaci\u00f3n un poco truculenta: \u00abSi yo estuviera tan gordo como t\u00fa, me ahorcar\u00eda\u00bb, y Chesterton habr\u00eda contestado como un rayo: \u00abSi llegase alg\u00fan d\u00eda a pensar en ahorcarme, te usar\u00eda a ti como soga\u00bb. Podr\u00e9 parecer parcial, pero lo cierto es que la r\u00e9plica de Shaw es, por as\u00ed decirlo, mec\u00e1nica mientras que la de Chesterton es paral\u00f3gica y, por lo tanto, tiene mucha m\u00e1s gracia, mucha m\u00e1s \u00abcomicidad\u00bb o, seg\u00fan la intuici\u00f3n de Kafka, mucho m\u00e1s Dios en su interior. <\/p>\n<p>Dickens, por su parte, no fue exactamente gordo. M\u00e1s bien delicado y flacucho en su infancia y adolescencia, supo sin embargo corregirse con el tiempo y, como en la cita del Gorgias ama\u00f1ada en el encabezamiento, se fue redondeando y recauchutando poco a poco hasta conquistar esa silueta de alubia o de haba con sombrero que asociamos al caballero medio del siglo xix . Pero la \u00abgordura moral\u00bb decantada en las citas nost\u00e1lgicas de Kafka -incluida la de las \u00abtensas salchichas\u00bb y las \u00abcarnes humeantes\u00bb- cubre con su levadura piscol\u00f3gica el conjunto de la narrativa dickensiana. Junto a piezas por contraste mucho m\u00e1s d\u00e9biles, Charles Dickens escribi\u00f3 cinco novelas extraordinarias ( Tiempos dif\u00edciles , Grandes esperanzas , Historia de dos ciudades , David Copperfield y Casa desolada ) y una catedral o una pir\u00e1mide, una de esas obras cuyo personaje, a igual t\u00edtulo que D. Quijote, Pantagruel, D. Juan o Ulises, eclipsan de tal manera a su autor que acaban por convertirse en creadores de su creador o en creaciones colectivas: me refiero, claro, a Los papeles p\u00f3stumos del club Pickwick , el primerizo y ya insuperable follet\u00edn de un joven de 24 a\u00f1os al que los editores Chapmann&amp;Hall escogieron casi al azar en 1836 para que \u00abilustrara\u00bb literariamente las caricaturas del dibujante Seymour. Podemos dividir las novelas en general -y habr\u00eda que extraer de esa diferencia conclusiones literarias muy serias- entre aquellas en las que los personajes comen y aquellas otras en las que los personajes no comen. En todas las novelas de Dickens, e incluso en los pasajes m\u00e1s severos, hay una tregua alimenticia en la que sus criaturas, de vuelta de un desastre o a punto de sumergirse en una encrucijada, miden toda la tragedia de lo que pueden perder o toda la alegr\u00eda de lo que pueden ganar. Pero en Pickwick la comida y la bebida pertenecen -mucho m\u00e1s- al orden de los acontecimientos, se inscriben en la trama como la ocasi\u00f3n y el colof\u00f3n de todas las aventuras. Novela de un solter\u00f3n itinerante que \u00abbusca antig\u00fcedades y encuentra siempre novedades\u00bb -dir\u00e1 Chesterton-, Los papeles p\u00f3stumos del club Pickwick relata en realidad una sucesi\u00f3n de paradas en ventas, posadas, tabernas, fondas de estaci\u00f3n, casas de campo, restaurantes y figones -e incluso la s\u00f3rdida prisi\u00f3n de deudores en la que Pickwick repara con dignidad kantiana el rid\u00edculo episodio de la viuda Bardell-, en cuyos caldeados locales, protegidos contra la mon\u00f3tona lluvia inglesa, las criaturas m\u00e1s extravagantes, las m\u00e1s nobles, las m\u00e1s c\u00f3micas, las m\u00e1s pat\u00e9ticas, las m\u00e1s simp\u00e1ticas, beben sin parar vino malo, cerveza tibia y ponche caliente (\u00a1y hasta aguardiente con especias!) y engullen sin parar tambi\u00e9n cabezas de cerdo, pasteles de pich\u00f3n, lenguas de vaca y jam\u00f3n cocido, todas esas porquer\u00edas con las que Inglaterra se ha ganado la incomprensi\u00f3n del resto del mundo pero que se presentan aqu\u00ed, en el centro de muchas humanidades convergentes, tan apetecibles y atractivas como El Dorado para un conquistador, lo que s\u00f3lo puede ocurrir en virtud de esa forma de voluptuosidad que Chesterton, al analizar los ambientes dickensianos, prefiere llamar cosiness que comfort y que incluye, como su elemento m\u00e1s irreductible, \u00abel amor a lo que es peque\u00f1o por su peque\u00f1ez misma\u00bb. El que quiere ponerse alegre, dice Chesterton, \u00abnecesita un agradable cuarto de estar; no dar\u00eda dos perras gordas por todo un Continente delicioso\u00bb, a lo que a\u00f1ade con su irresistible tendencia a extraer conclusiones pol\u00edticas de todos los rincones donde se ocultara una: \u00abPero en estos tiempos de dificultades se ha hecho necesario luchar por m\u00e1s espacio. En lugar de apetecer m\u00e1s cerveza o un pedazo mayor de tarta de Navidad, sentimos hambre de m\u00e1s aire. En condiciones anormales, no es improcedente esta apetencia; nada conviene mejor a gente nerviosa que la estepa ilimitada. Pero nuestros padres se sent\u00edan con suficiente capacidad vital y con bastante salud para humanizar las cosas; el que fuesen o no higi\u00e9nicas no les importaba para nada. Eran tan grandes, que pod\u00edan meterse en cuartos peque\u00f1os\u00bb. La vida del itinerante Pickwick y de sus inefables amigos transcurre toda ella en cuartos peque\u00f1os con las ventanas cerradas, en veinte metros cuadrados iluminados por el fuego de una chimenea y cargados del humo del tabaco y del vapor que se levanta de entre las ruinas de alg\u00fan pobre animal estofado alegremente en la cocina. Ah\u00ed dentro, el mundo es mucho m\u00e1s amplio, rico e interesante que en los mares del Sur o en el coraz\u00f3n de las Tinieblas. <\/p>\n<p>Pero es que adem\u00e1s la mayor parte de los personajes del Pickwick , al menos los que reclaman y obtienen nuestra amistad, son gordos o llegar\u00e1n a serlo. En una sociedad casi inmaterial como la nuestra, en la que lo decisivo se ha vuelto microsc\u00f3pico, en la que el capitalista con sombrero ha adelgazado hasta la invisibilidad mientras nuestros j\u00f3venes s\u00f3lo pueden seguirle hasta la anorexia y en la que la \u00abclase ociosa\u00bb ha dejado de emitir signos corporales, se nos olvida f\u00e1cilmente que en la \u00e9poca de Dickens -en la que a\u00fan viv\u00edan Kafka y Chesterton, casi coet\u00e1neos entre s\u00ed- era todav\u00eda el cuerpo el que med\u00eda y ordenaba simb\u00f3licamente, y en el que se reflejaban, las relaciones m\u00e1s abstractas. El \u00e9xito de la falsa ciencia llamada \u00abfisiogn\u00f3mica\u00bb es s\u00f3lo una de las manifestaciones de este empirismo social que define tambi\u00e9n los c\u00e1nones de la novela del xix , cuyas descripciones idiosincr\u00e1sicas parecen seguir a Lavater y Lombroso -volumen, narices, bocas, cejas- a la hora de proporcionar al lector una imagen moral de los personajes. En el siglo xix , que s\u00f3lo acaba definitivamente con la segunda guerra mundial, no s\u00f3lo el Poder es gordo; tambi\u00e9n la Dignidad, la Simpat\u00eda, la Cultura, la Virtud, la Belleza y la Salud son gordas o, al menos, voluminosas. En esa \u00e9poca las madres, como la de Felice Bauer, no casaban a sus hijas con hombres delgados y los hombres, por su parte, no escog\u00edan a mujeres flacas como esposas y, mucho menos, como amantes. En este sentido, la bulliciosa galer\u00eda de los personajes pickwickianos se divide tajantemente en dos facciones que s\u00f3lo raramente mezclan sus rasgos. Los miembros de la odiosa clase togada, siempre maquinando contra la humanidad desde sus despachos, no s\u00f3lo no tienen alma: tampoco tienen carne. As\u00ed, por ejemplo, Mr. Perker, el procurador de Mr. Wardle, es un \u00abhombrecito enjuto\u00bb; por su parte, Mr. Fogg, el p\u00e9rfido abogado que extorsiona a Pickwick, es un viejo enflaquecido, lleno de granos y \u00abcon aspecto de vegetariano\u00bb; y si Mr. Dodson, el socio terrible de Fogg, es un hombre gordo, Dickens lo precipita enseguida con un adjetivo inequ\u00edvoco al b\u00e1ratro de \u00ablos capitalistas gordos con sombrero que persiguen a los pobres\u00bb: Dodson, en efecto, es un gordo \u00abgrasiento\u00bb. Tambi\u00e9n la clase pol\u00edtica, poco apreciada por Dickens, est\u00e1 representada en su novela por hombres delgados, como lo son Fizkin y Slumkey, los dos absurdos candidatos enfrentados en las elecciones de Eatansville, o el no menos rid\u00edculo editor de la gaceta de la ciudad, Mr. Pott. Tambi\u00e9n Jingle y Trotter, los dos granujas que hacen la vida imposible al bueno de Pickwick, son \u00abflacos y de ojos hundidos\u00bb (o de cara ancha, pero esmirriados de cuerpo), y van adelgazando a\u00fan m\u00e1s a medida que avanza la narraci\u00f3n, hasta que nuestro h\u00e9roe con polainas los salva, en el \u00faltimo momento, de la consunci\u00f3n. En cambio, del otro lado, Pickwick, el simpatiqu\u00edsimo Wardle y el fiel Tupman son francamente gordos; Snodgrass es \u00abfornido\u00bb; Winkle, el m\u00e1s joven del club, se las da de deportista; a Sam Weller, el ingenios\u00edsimo, inigualable, m\u00edtico criado y protector de Mr. Pickwick, lo dejamos a\u00fan joven a punto de casarse, pero la magn\u00edfica silueta de su padre, el cochero Weller, prefigura su destino corporal; Benjamin Allen, el extravagante estudiante de medicina, es un \u00abtosco y corpulento mozo\u00bb y, en cuanto a su amigo Bob Sawyer, no conservar\u00e1 mucho tiempo su figura de dandy : \u00abSi con la precisi\u00f3n que puede poner un matem\u00e1tico y las conclusiones que puede sacar un m\u00e9dico\u00bb, escribe alborozadamente Chesterton, \u00abllev\u00e1semos la cuenta de los vasos de cerveza y las copas de cognac que se toma Mister Bob Sawyer, nos anegar\u00eda la suma como a una playa la marea\u00bb. El extremo de la gordura, ya un poco enfermiza, como para marcar tambi\u00e9n la mesopotamia -o l\u00ednea media- de la normalidad, lo encarna Jos\u00e9, el criadito de mr. Wardle, el cual no deja de ser, en todo caso y a pesar de su glotoner\u00eda insaciable, un paradigma de inocencia hilarante. <\/p>\n<p>La cuesti\u00f3n alimenticia no es, como podr\u00eda creerse, un simple recurso narrativo; al contrario, esta batalla entre gordos y flacos -y quien lo afirma es un gordo fallido o un flaco arrepentido- recubre y conduce una batalla total, un combate que es al mismo tiempo filos\u00f3fico, pol\u00edtico y social. Dickens y Chesterton eran dos mirillas limpias en dos cuerpos redondos que compartieron una misma sensibilidad para con los fabulosos logros antropol\u00f3gicos del Hombre Com\u00fan, esa especie ahora en extinci\u00f3n que, en relaci\u00f3n con la universalidad que contiene, es quiz\u00e1s tan genuinamente inglesa como es franc\u00e9s el Hombre Rebelde o alem\u00e1n el Hombre Filosofante. La diferencia estriba en que mientras Dickens pudo limitarse a describirlo -al Hombre Com\u00fan-, llevando a su cima el g\u00e9nero novel\u00edstico con una obra para todos los p\u00fablicos, \u00abtan llana que incluso los doctos exquisitos pueden entenderla\u00bb, Chesterton tuvo que dedicarse ya a defenderlo, porque estaba en peligro, dando as\u00ed al panfleto, por primera vez, una verdadera dignidad literaria. Dickens no admite adaptaciones porque trabaj\u00f3 con la cursiler\u00eda, el melodrama, la payasada, el sentimentalismo -los cuatro elementos de la cultura popular- para desmentir las jerarqu\u00edas de g\u00e9nero mediante las cuales las clases altas monopolizan, al mismo tiempo que la riqueza y la justicia, la \u00abcalidad art\u00edstica\u00bb. Chesterton, por su parte, no admite lecturas s\u00f3lo placenteras porque oblig\u00f3 a leer con irresistible placer, y en todos los registros, una especie de desternillante libelo a favor de las casas, los cuerpos y la cerveza. Pero, \u00bfde qu\u00e9 hab\u00eda que defenderlos? De todas las formas de misticismo -religiosas, pol\u00edticas o morales-, pero sobre todo de ese misticismo armado, constituyente, imparable, avasallante y mortal que abriga en su propia naturaleza la superaci\u00f3n permanente de todos los l\u00edmites: el capitalismo. El Hombre Com\u00fan no est\u00e1 ni al principio ni al final de la historia sino en el medio, como resultado o descubrimiento hist\u00f3rico que la Historia est\u00e1 a punto de sobrepasar y que hay que proteger no porque sea m\u00e1s antiguo o m\u00e1s tradicional o m\u00e1s natural , sino porque es mucho m\u00e1s sensato; y a cuyos enemigos hay que combatir no porque sean m\u00e1s nuevos o m\u00e1s heterodoxos o m\u00e1s artificiales , sino porque son -con su combinaci\u00f3n de terror material y de higienismo desintegrador- mucho m\u00e1s irracionales y destructivos. <\/p>\n<p>Pero la cuesti\u00f3n alimenticia, \u00bfno es precisamente la cuesti\u00f3n del capitalismo? Digamos que hay tres formas posibles de comer, tal y como analizamos sumariamente a continuaci\u00f3n: <\/p>\n<p>1) Por debajo del Hombre est\u00e1 el hambre. Basta pensar en las pel\u00edculas de Charlot (el Dickens del cine) para calibrar en toda su tragedia hasta qu\u00e9 punto el hambre se alimenta siempre en solitario y a toda velocidad, porque si se re\u00fane con otras hambres o sencillamente se detiene, inmediatamente aparece la polic\u00eda . La comicidad muda de Chaplin a 18 fotogramas por minuto ilumina, m\u00e1s que amortigua, la inquietante sombra que acecha los ansiosos banquetes de su personaje, siempre a la carrera, comiendo plato tras plato en el restaurante que no podr\u00e1 pagar o devorando al pie de un arbolito urbano o de una cadena de montaje un muslo de pollo -a sus espaldas ya la porra erguida o la aguja del reloj apuntando el cero- o dando dentelladas a una manzana que le quieren quitar y que tiene que acabarse sin dejar de correr contra ese fondo negro de peatones acelerados y casas repetidas. La obra de Dickens est\u00e1 tambi\u00e9n poblada de hombres delgados que se mueren de hambre y que comen solos, deprisa y con miedo, en las calles de Londres: los obreros de Tiempos dif\u00edciles , los j\u00f3venes rotos de Oliver Twist o el conmovedor Joe de Casa desolada , al que los bobbys obligan siempre a circular y circular (\u00abcircule\u00bb, \u00abcircule\u00bb, \u00abcircule\u00bb, como las norias y las mercanc\u00edas) cada vez que se para a tomar aliento, ese Joe (como ese Charlot) en el que quiz\u00e1s pensaba Chesterton cuando escribi\u00f3 acerca de uno de sus propios personajes: \u00abtuvo disgustos con la polic\u00eda, lo cual es en s\u00ed mismo casi un signo de santidad\u00bb. Lo parad\u00f3jico, en cualquier caso, es que esta experiencia de la comida solitaria y a la carrera , propia del hambre, se ha generalizado en nuestras sociedades occidentales como la caracter\u00edstica espec\u00edfica del consumo, el cual lleva a millones de hombres y mujeres en esta parte del mundo, perseguidos no ya por la polic\u00eda sino por la Civilizaci\u00f3n, a comer con la vista baja, sin dejar de correr y sin compa\u00f1\u00eda, los nefandos condumios del fast food . Como parad\u00f3jico resulta tambi\u00e9n que esta experiencia de la comida r\u00e1pida y solitaria, propia del hambre, entre nosotros produzca gordos (aunque no del tipo satisfecho, luminoso, vegetal, que era Chesterton, admiraba Kafka y describ\u00eda Dickens , sino un nuevo tipo de gordo, enfermizo y desdichado, inducido y al mismo tiempo condenado por su sociedad, tan centrado en su cuerpo y tan poco en el mundo como les ocurre a los que se est\u00e1n muriendo de hambre). La pobreza mental y antropol\u00f3gica, al contrario que la econ\u00f3mica, genera obesidad y, al igual que la econ\u00f3mica, genera m\u00e1s hambre. <\/p>\n<p>2) Por encima del Hombre est\u00e1 tambi\u00e9n el hambre, pero ese hambre de aire y de espacio, como dec\u00eda Chesterton, o de lebensraum , como lo llamaba Hitler, o de nuevos mercados , como dir\u00eda Bush: el hambre sobrehumana de los que se comen pa\u00edses enteros al tiempo que vigilan su l\u00ednea o importan espiritualidad superior de las mismas culturas que materialmente aniquilan. Que los vegetarianos \u00abgordos\u00bb, entre los cuales tengo algunos amigos que admiro, no se inquieten; si el viejo Chesterton defendi\u00f3 \u00abla instituci\u00f3n de la chuleta y la cerveza\u00bb, lo hizo tambi\u00e9n o sobre todo contra el superhombre ; es decir, contra el hambriento elitista que s\u00f3lo se proh\u00edbe los gustos de los pobres y s\u00f3lo renuncia a lo que sus v\u00edctimas pueden comer. Contra este \u00abvegetarianismo de los ricos\u00bb escribi\u00f3 su hilarante La taberna errante , donde el lector avisado observar\u00e1 que nunca se come carne; Patrick Dalroy y Humphrey Pump, los dos fugitivos que razonan de un modo tan ingenioso contra los nuevos pitag\u00f3ricos que se han apoderado de Inglaterra y han cerrado las tabernas, s\u00f3lo comen queso y algunas verduras recogidas al galope y cocinadas en un fuego de campamento, convertido ahora en el refugio de urgencia de la Humanidad. En Alarmas y digresiones , por lo dem\u00e1s, Chesterton cuenta su experiencia gastron\u00f3mica durante un gira de conferencias a trav\u00e9s de Inglaterra, gira en la que se vio obligado a comer cuatro d\u00edas sucesivos en cuatro posadas diferentes donde s\u00f3lo serv\u00edan pan y queso; \u00aby no puedo imaginarme\u00bb, dice, \u00abpor qu\u00e9 un hombre puede desear m\u00e1s que pan y queso, si puede hallar bastante cantidad de ambos\u00bb. Lo que en realidad Chesterton no pod\u00eda soportar eran las galletas . A su regreso del mencionado viaje, acudi\u00f3 a un refinado restaurante de Londres en el que, adem\u00e1s de muchas y muy variadas viandas, le sirvieron tambi\u00e9n queso -como \u00e9l esperaba y deseaba- pero cortado en \u00abdespreciables pedacitos\u00bb y acompa\u00f1ado de&#8230; \u00a1galletas! \u00ab\u00a1Galletas para alguien que ha comido el queso en nuestras campi\u00f1as! \u00a1Galletas para alguien que ha vuelto a probar la santidad de los antiguos esponsales del pan y del queso! Me dirig\u00ed al camarero con c\u00e1lidas y conmovedoras palabras. Le pregunt\u00e9 qui\u00e9n era \u00e9l para separar lo que la humanidad hab\u00eda unido. Le pregunt\u00e9 si, como artista, no sent\u00eda que una sustancia s\u00f3lida pero d\u00f3cil como el queso armonizaba naturalmente con una sustancia s\u00f3lida y d\u00f3cil como el pan; comerlo con galletas era como comerlo con trozos de pizarra\u00bb. Como el propio Chesterton declara, fue en parte esta historia de las galletas la que le llev\u00f3 a elevar su voz contra la sociedad moderna, para evitar \u00abeste enorme mal moderno y sin par\u00bb de que el pan sea sustituido por galletas, las manos de medir por aparatos de calcular y el hombre \u00abr\u00edgido\u00bb de las tabernas por el hombre \u00abflexible\u00bb de las maquiladoras. El superhombre -o superhambre- come pa\u00edses y galletas; y las galletas las come, sentado al extremo de una larga mesa, barricada contra el mundo, no porque le gusten o le parezcan m\u00e1s sanas sino porque el pan, como la democracia, es cosa de todos . \u00c9sta es la revuelta de Chesterton: la ligera galleta -de los que sobrevuelan el mundo com\u00fan para comerse, como Rhodes, las estrellas- es el privilegio sectario de los que roban el pan a los dem\u00e1s. <\/p>\n<p>3) Entre el hambre infrahumano y el hambre sobrehumano, entre la inhumanidad del consumo y la sobrehumanidad de la guerra, el Hombre Com\u00fan, u Hombre A Secas, constituye la mesopotamia de la evoluci\u00f3n, la tierra entre los dos r\u00edos en la que deber\u00edamos quiz\u00e1s pararnos , si es que estamos todav\u00eda a tiempo, para salvar no s\u00f3lo las categor\u00edas antropol\u00f3gicas que han conservado hasta hoy este mundo de pie, aunque sea malo, sino tambi\u00e9n las categor\u00edas pol\u00edticas (pueblo, contrato, asamblea) que nos permitir\u00e1n mejorarlo. El hombre com\u00fan es, sobre todo, un hombre limitado : come mucho, pero no muchas veces; come sentado y, por lo tanto, en un territorio; come en compa\u00f1\u00eda y, por lo tanto, en un territorio com\u00fan. La salud misma de eso que los griegos llamaban syskenia -la reuni\u00f3n en torno a un plato de comida- se manifiesta en el hecho de que \u00abla chuleta y la cerveza\u00bb, as\u00ed separadas de la reproducci\u00f3n biol\u00f3gica, presuponen y afirman las condiciones mismas de esa humanidad que estamos a punto de superar: la protecci\u00f3n del tiempo, la seguridad del espacio, la renuncia al canibalismo, la pasi\u00f3n del relato. La batalla de los gordos y los flacos es, en realidad, la batalla entre los id\u00f3latras que tropiezan y los iconoclastas que allanan, entre los rebeldes adoradores de s\u00f3lidos y los puritanos adoradores de l\u00edquidos, entre una religi\u00f3n de algo y una religi\u00f3n de infinito . \u00abNadie quisiera de verdad\u00bb, dice Chesterton en uno de sus muchos elogios del paganismo, \u00abque una canci\u00f3n durara siempre, o que una funci\u00f3n religiosa durara siempre, y ni siquiera que un vaso de buena cerveza durara siempre. Y en esto estriba seguramente la raz\u00f3n de que los hombres hayan seguido hacia la idea de santidad el curso que han seguido, de por qu\u00e9 le han se\u00f1alado espacios particulares, la han limitado a d\u00edas especiales, la han adorado en una estatua de marfil, la han adorado en una masa de piedra\u00bb. El hambre de aire, de lebensraum o de nuevos mercados, espolea la m\u00edstica sobrehumana del capitalismo y su destrucci\u00f3n infinita . Frente a ella, tenemos que volver a una destrucci\u00f3n limitada . El Superhombre -o superhambre- sacrifica todos los d\u00edas decenas de pa\u00edses, millones de recursos, cuatro mil millones de hombres. Quiz\u00e1s el Hombre Com\u00fan podr\u00eda conformarse con espinacas -a condici\u00f3n de que sean abundantes-, pero Chesterton se pregunta si no podr\u00edamos dejarle sacrificar de vez en cuando un pollo, si la adoraci\u00f3n de un pollo muerto alrededor de una mesa -acompa\u00f1ada de salmos de queso y efusi\u00f3n de vino- no es la condici\u00f3n irrenunciable para que sigamos creyendo en el verdor de la hierba, en la verdad del lenguaje, en la honradez del m\u00e9dico, en la independencia del juez, en la pasi\u00f3n de la novia y, en general y por eso mismo, en la igualdad moral de todos los hombres. \u00bfO acaso no es m\u00e1s \u00abfranciscano\u00bb criar a una bestia, ponerle nombre, pasearla con un lazo entre los vecinos y luego matarla como a una amiga, tal y como hacen los musulmanes en su Aid, que no quitarle a un enemigo sus riquezas, bombardear su casa, negarle el nombre y luego matarlo como a una bestia? <\/p>\n<p>En una sociedad cuya ley es precisamente el cambio ininterrumpido, los que queremos cambiarla deber\u00edamos empezar quiz\u00e1s por preguntarnos qu\u00e9 nos gustar\u00eda conservar. Dickens nos ofrece un buen muestrario, incluidas la cursiler\u00eda, las payasadas y el sentimentalismo. Chesterton, por su parte, debe guiarnos hacia la recuperaci\u00f3n literaria del panfleto, cuya decadencia en nuestros d\u00edas es inversamente proporcional a su necesidad. Los dos nos demuestran, en cualquier caso, que si las revoluciones han acabado siempre por fracasar se debe quiz\u00e1s a que una y otra vez las han hecho sobre todo hombres delgados -figuradamente al menos, aunque no s\u00f3lo. Nuestra obligaci\u00f3n a partir de ahora debe ser, pues, la de engordar&#8230; <\/p>\n<p>* Santiago Alba Rico es autor de Galer\u00eda de gente victoriosa (Valencia, Soroll, 2003), Torres m\u00e1s altas (Valencia, Numa, 2003), La ciudad intangible. Ensayos sobre el fin del neol\u00edtico (Fuenterrab\u00eda, Hiru, 2001) y Las reglas del caos (Barcelona, Anagrama, 1995). En Archipi\u00e9lago puede leerse \u00abAstucia y racismo\u00bb (n\u00ba 15), \u00abChesterton: la revuelta del hombre com\u00fan\u00bb (n\u00ba 56), \u00abTelevisi\u00f3n: cinco ilusiones y una propuesta\u00bb (n\u00ba 60). Sobre Chesterton, puede leerse tambi\u00e9n su pr\u00f3logo a La taberna errante (Madrid, Acuarela Libros, 2004), \u00abDefensa del sedentarismo andante\u00bb (http:\/\/www.sindominio.net\/biblioweb\/pensamiento\/prologochest.html). <\/p>\n<p>Este art\u00edculo se publica sujeto a la Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 2.0 (http:\/\/creativecommons.org\/licenses\/by-nc-sa\/2.0\/deed.es).<\/p>\n<h3>Publicado por Archipielago-k argitaratua<\/h3>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"","protected":false},"author":2,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[81],"tags":[],"class_list":["post-21259","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-eztabaida"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v28.4 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>Chesterton y la leptopimelomaquia (o batalla de los gordos y los flacos) - 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