{"id":21177,"date":"2009-09-19T06:28:16","date_gmt":"2009-09-19T04:28:16","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/los-intelectuales-y-la-politica-de-vuelta-a-la-realidad\/"},"modified":"2009-09-19T06:28:16","modified_gmt":"2009-09-19T04:28:16","slug":"los-intelectuales-y-la-politica-de-vuelta-a-la-realidad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/los-intelectuales-y-la-politica-de-vuelta-a-la-realidad\/","title":{"rendered":"Los intelectuales y la politica: de vuelta a la realidad"},"content":{"rendered":"<p>En octubre del a\u00f1o 2002 Umberto Eco redact\u00f3 un breve texto titulado \u00ab\u00bfDeben los intelectuales meterse en pol\u00edtica?\u00bb. Con independencia de los brillantes -aunque discutibles- argumentos del escritor italiano, la pregunta misma podr\u00eda inducir el rebote perplejo y casi dolorido de un ingenuo: \u00ab\u00bfEs que no debe meterse todo el mundo?\u00bb. El propio planteamiento de la cuesti\u00f3n, cuya legitimidad no podemos aceptar sin aceptar al mismo tiempo el fracaso inconsciente de la democracia, da por supuesto, en efecto, que los alba\u00f1iles, los funcionarios y los repartidores de butano no deben meterse en pol\u00edtica; y la incertidumbre acerca de los \u00abintelectuales\u00bb, a los que de esta manera se atribuir\u00eda un estatuto particular, admite como aconsejable o prudente el que tambi\u00e9n ellos, como los alba\u00f1iles, los funcionarios y los repartidores de butano, se mantengan al margen de la vida p\u00fablica, aislados en sus escritorios y sus despachos. En todo caso, en una sociedad en la que \u00abpublico\u00bb designa la coagulaci\u00f3n fugaz de egos estereotipados frente al televisor y \u00abpublicidad\u00bb el derecho de los intereses privados a invadir los espacios comunes, y en la que el destino pol\u00edtico de los ciudadanos se decide por encima y por debajo del Parlamento, podemos descontar todos los gremios y profesiones e incluso contestar con una indubitable negaci\u00f3n a esa pregunta que nos ahorrar\u00eda todas las dem\u00e1s: \u00ab\u00bfDeben los pol\u00edticos meterse en pol\u00edtica?\u00bb. Tampoco es aconsejable: algunos que lo han intentado, lo sabemos, han acabado por perder el cargo o la vida. <\/p>\n<p>Los ejemplos de \u00abintelectuales\u00bb que cita Eco llevan a pensar, sin embargo, que el t\u00edtulo del art\u00edculo no se corresponde exactamente con su contenido y que la cuesti\u00f3n a elucidar es m\u00e1s bien la de si deben los intelectuales ejercer funciones de gobierno. A partir de una definici\u00f3n m\u00e1s bien laxa y ahist\u00f3rica del concepto (la capacidad prometeica para crear algo nuevo, no importa en qu\u00e9 campo), Eco se permite el instructivo anacronismo, si acaso un poco agravioso, de considerar \u00abintelectuales\u00bb a Ulises, Plat\u00f3n y Arist\u00f3teles, lo que es tan leg\u00edtimo, a efectos de ilustrar su tesis, como lo ser\u00eda titular \u00abcapitalistas\u00bb a Cle\u00f3n o Alcib\u00edades (o al rey Creso) para demostrar los peligros de la colusi\u00f3n casi inevitable entre poder y riqueza. Pero incurre por eso -del otro lado- en un desliz muy \u00abintelectual\u00bb, ahora s\u00ed en t\u00e9rminos hist\u00f3ricos, al aceptar de este modo, sin darse cuenta, una consideraci\u00f3n igualmente abtracta y negativa de toda forma de gobierno. La \u00fanica alternativa impl\u00edcita que Umberto Eco reconoce a Ulises, Plat\u00f3n y Arist\u00f3teles, al servicio respectivamente del rey Agamen\u00f3n, el tirano Dionisos y el conquistador Alejandro, es la dimisi\u00f3n, la \u00abindependencia\u00bb soberanamente desconfiada respecto de cualquier poder terrenal, inmodificablemente injusto. \u00bfDeben los intelectuales ejercer funciones de gobierno? Depende del gobierno, dir\u00eda yo. Pero el instructivo anacronismo de Eco, m\u00e1s all\u00e1 de un brillante y sordo fatalismo, escamotea las preguntas m\u00e1s elementales que todav\u00eda hoy -o sobre todo hoy- tenemos que levantar sin miedo: \u00bfDeben los reyes, los tiranos y los conquistadores ejercer funciones de gobierno? \u00bfDeben los intelectuales cooperar con los reyes, los tiranos y los conquistadores? \u00bfDeben cooperar los alba\u00f1iles, los funcionarios y los repartidores de butano? <\/p>\n<p>No me interesa aqu\u00ed denunciar los l\u00edmites de una intervenci\u00f3n circunstancial del inmenso Umberto Eco sino explorar la naturalidad de la pregunta (\u00ab\u00bfdeben los intelectuales meterse en pol\u00edtica?\u00bb), la cual reconoce rutinariamente, como dec\u00edamos, el estatuto particular de los llamados \u00abintelectuales\u00bb o, lo que es lo mismo, el car\u00e1cter espec\u00edfico de la relaci\u00f3n saber\/poder. La pregunta se puede interpretar, en efecto, en el sentido de que el saber debe defender su independencia en relaci\u00f3n con un poder siempre insuficientemente democr\u00e1tico; pero tambi\u00e9n puede interpretarse, al rev\u00e9s, para iluminar la necesidad en que se halla un poder insuficientemente democr\u00e1tico de defenderse de un saber independiente. Nadie escribir\u00eda un art\u00edculo titulado \u00ab\u00bfDeben los alba\u00f1iles meterse en pol\u00edtica?\u00bb, bien porque se da por supuesta la exclusi\u00f3n de los alba\u00f1iles de la esfera p\u00fablica, bien porque resultar\u00eda pol\u00edticamente incorrecto y hasta despreciativo -una suerte de segregaci\u00f3n social- cuestionar de forma particular un derecho conculcado universalmente de hecho. Si nos parece normal, en cambio, hacernos esta pregunta en el caso de los intelectuales, es porque son -o al menos lo han sido- depositarios de un poder que no se puede derrotar de una sola vez. Esto ha ocurrido hist\u00f3ricamente con otros \u00abcuerpos\u00bb o grupos sociales. Podr\u00edamos perfectamente imaginar, por ejemplo, un trabajo de t\u00edtulo \u00ab\u00bfDebe meterse la Iglesia en pol\u00edtica?\u00bb o \u00ab\u00bfDebe el ej\u00e9rcito meterse en pol\u00edtica?\u00bb. M\u00e1s all\u00e1 de los parentescos que esta coincidencia sugiere (la tentaci\u00f3n, por ejemplo, de una intervenci\u00f3n salv\u00edfica desde el exterior), lo cierto es que el Estado capitalista moderno se constituye contra la religi\u00f3n y contra el ej\u00e9rcito, separados formalmente de la gesti\u00f3n del gobierno; se configura como un poder civil centralizado que debe protegerse, al mismo tiempo, de las iglesias y de los cuarteles. Tambi\u00e9n de los intelectuales. Las guerras de religi\u00f3n que ensangrentaron la Europa de los siglos XVI y XVII -guerras entre reyes, entre clases y entre intelectuales- generaron por primera vez la necesidad de un Estado \u00abvac\u00edo\u00bb que reconociese y frenase el derecho de todos los fundamentalismos; y gener\u00f3 por eso, al tiempo que una sombra resignada de \u00abuniversalidad\u00bb, cristalizada en 1776 en la declaraci\u00f3n del Estado de Virginia, una figura nueva, la de un letrado independiente forjado fuera de los palacios como \u00abconciencia p\u00fablica\u00bb de las libertades del esp\u00edritu que ning\u00fan gobierno deb\u00eda atropellar: la pugna entre Castiello y Calvino inaugura y fija para siempre los modelos de esta tradici\u00f3n. Pero -m\u00e1s peligroso a\u00fan-, junto a este intelectual religioso que se desentiende, en cualquier caso, de las revueltas campesinas de la \u00e9poca (monstruosamente orientadas, seg\u00fan Lutero, \u00aba invertir la relaci\u00f3n entre la tierra y el cielo\u00bb) y el cual asume por tanto como natural el enfrentamiento secular letrados\/no letrados, la revoluci\u00f3n de 1789 en Francia (y \u00e9sta es quiz\u00e1s su verdadera significaci\u00f3n como umbral de la modernidad) los pone por primera vez en relaci\u00f3n, generando una fuerza transformadora sin precedentes en la historia: Saint-Just, Robespierre, Marat, prefiguran esta alianza in\u00e9dita, asombrosa para todos, monstruosa para muchos, entre los \u00abintelectuales\u00bb y los \u00abmanuales\u00bb (entre la m\u00e1xima individualidad y la m\u00e1xima colectividad), alianza que marcar\u00e1 la historia de Europa hasta 1945. Contra ella, la burgues\u00eda dominante altern\u00f3 durante siglo y medio los golpes de Estado sangrientos con formas m\u00e1s o menos limitadas de democracia, cuyo colof\u00f3n fue, tras la segunda guerra mundial, la construcci\u00f3n de un r\u00e9gimen electoral solipsista completamente paralelo a las fuentes de decisi\u00f3n. <\/p>\n<p>El Estado moderno separ\u00f3 a la Iglesia, al ej\u00e9rcito y a los intelectuales para protegerse de ellos; pero separarlos era al mismo tiempo reconocer su autonom\u00eda. Una vez fuera, hab\u00eda que estar negociando con los tres permanentemente. El ej\u00e9rcito ten\u00eda el poder de las armas, cuya sombra pend\u00eda sutilmente sobre la sociedad civil, pero que pod\u00eda sentir la tentaci\u00f3n de emancipar su fuerza y rebelarse contra su misi\u00f3n ancilar. Las iglesias ten\u00edan el poder de la fe, muy funcional como tim\u00f3n antropol\u00f3gico de una poblaci\u00f3n mayoritariamente religiosa, pero a las que hab\u00eda que asegurar a cambio m\u00e1rgenes estables de soberan\u00eda institucional. Los intelectuales ten\u00edan el poder de la persuasi\u00f3n, inscrito selectivamente en el espacio p\u00fablico como fuente de legitimidad, pero cuya autoridad individual se revelaba por eso mismo potencialmente imprevisible. El \u00e9xito de esta estrategia de abducci\u00f3n fue notable, aunque desigual, como lo demuestra hoy la intromisi\u00f3n pol\u00edtica de un Vaticano que, si est\u00e1 de acuerdo con Bush y Berlusconi en la necesidad de contener la resistencia de los m\u00e1s pobres, tiene que competir en condiciones desfavorables con el islam y las sectas evang\u00e9licas. Lo que sin duda resulta extra\u00f1o es que todav\u00eda en nuestros d\u00edas -homenaje ideal e ilusi\u00f3n legitimadora- sigamos identificando a los intelectuales con la \u00abizquierda\u00bb y la \u00abrebeld\u00eda\u00bb cuando lo normal, lo rutinario, lo esperado, ha sido exactamente lo contrario: asociados objetivamente al poder econ\u00f3mico, la mayor parte de ellos ha cooperado siempre con los reyes, los tiranos y los conquistadores (lo que ha permitido perseguir y destruir mejor a las excepciones). S\u00f3lo en el convulso per\u00edodo comprendido entre 1917 y 1945, por efecto de ese \u00abcompromiso circunstancial\u00bb defendido por Bobbio, la mayor\u00eda letrada de Europa -con algunas ilustres y desazonantes excepciones- se meti\u00f3, o fue metida, en pol\u00edtica por la repentina \u00abdesnudez totalitaria\u00bb del capitalismo. La Guerra Fr\u00eda no hizo sino atizar una vitalidad al mismo tiempo tr\u00e1gica y falsa. La tradici\u00f3n \u00abliberal\u00bb de Castiello se acomod\u00f3 f\u00e1cilmente a los m\u00e1rgenes democr\u00e1ticos de los centros capitalistas; la tradici\u00f3n \u00abrevolucionaria\u00bb de Mart\u00ed, de Lu Xun, de Nazim Hikmat, escondi\u00f3 la cabeza en los m\u00e1rgenes socialistas del estalinismo. Tras la disoluci\u00f3n de la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica y la expansi\u00f3n sin apenas sujeciones legales de los EEUU, estas dos tradiciones, que deb\u00edan haberse encontrado en alg\u00fan punto, han quedado por igual fatalmente inutilizadas. Salvo poqu\u00edsimos nombres -y marginales- los intelectuales europeos no acaban de comprender que la postmodernidad ha terminado, que la realidad ha vuelto (de otras tierras no se fue nunca) y que lo que est\u00e1 en juego no es ya el derecho de \u00abgustar y gustarse a s\u00ed mismo\u00bb; y por eso -cobardes o interesados- embragan tranquilamente (los que no lo hacen con rabia defensiva) la maquinaria de una destrucci\u00f3n total: de cuerpos, de futuro, de sentido. <\/p>\n<p>Comprender esto les obligar\u00eda a compartir la general insignificancia de la humanidad y a revisar modestamente su papel. Si \u00abintelectual\u00bb no es el que se dispensa del uso de las manos ni el que renueva creativamente una disciplina, si su autoridad no se define en el \u00e1mbito de la producci\u00f3n sino en el de la circulaci\u00f3n, si se le llama as\u00ed no en la medida en que su voz se inscribe en una tradici\u00f3n literaria o en una escuela cient\u00edfica sino porque est\u00e1 inscrita en el espacio p\u00fablico; si intelectual no es el que tiene el derecho a hablar sino la capacidad de persuadir, entonces hay que recordar que el saber general ha quedado hoy enteramente disuelto en el circuito de las mercanc\u00edas y el espacio p\u00fablico resume sus l\u00edmites, por tanto, en el mercado. Les guste o no, nos guste o no, el horizonte de la visibilidad parainstitucional, cuyo balc\u00f3n es la televisi\u00f3n, selecciona espont\u00e1neamente los acontecimientos ling\u00fc\u00edsticos; en \u00e9l, la capacidad de persuadir no se adquiere en las investigaciones tit\u00e1nicas o en las solitarias excavaciones literarias; los nuevos depositarios de persuasi\u00f3n est\u00e1n forjados dentro del propio mercado -h\u00e9roes del bal\u00f3n, presentadoras de quizz, cantantes de Eurovisi\u00f3n- y los escritores, los fil\u00f3sofos, los artistas est\u00e1n obligados a imitarlos (imitatio Ronaldo) en su batalla por el capital simb\u00f3lico. La corrupci\u00f3n medi\u00e1tica del espacio de visibilidad p\u00fablica ha disuelto definitivamente todos los lazos entre persuasi\u00f3n y saber; mucho m\u00e1s radical que la propaganda o la ret\u00f3rica, que despu\u00e9s de todo se disfrazaban de conocimiento, la completa objetualidad de la exposici\u00f3n televisiva produce ex nihilo un m\u00e1ximo de individualidad y, por lo tanto, un m\u00e1ximo de persuasi\u00f3n. El equivalente del fetichismo de la mercanc\u00eda en el terreno de la circulaci\u00f3n medi\u00e1tica es el prestigio, concebido como ese acto de prestidigitaci\u00f3n -en su sentido etimol\u00f3gico original- que convierte la p\u00e9rdida del alma en una personalidad (el servicio que la fotograf\u00eda ha prestado a la pol\u00edtica se traduce, a la inversa, en el terrible da\u00f1o que la pol\u00edtica ha hecho a la fotograf\u00eda). Precisamente en la medida en que han vendido incluso sus \u00abderechos de imagen\u00bb, Beckham o Ronaldo aparecen p\u00fablicamente como due\u00f1os de una individualidad superior. Esta definitiva ruptura entre persuasi\u00f3n y saber no ha hecho sino facilitar la labor de co-optaci\u00f3n de los persuasivos por parte de los gobiernos, como lo demuestra el hecho de que la reciente campa\u00f1a a favor de la constituci\u00f3n europea fuese encabezada por un futbolista y un cantante que confesaban no haberla le\u00eddo. Ellos son los \u00abintelectuales\u00bb de nuestra \u00e9poca. En un discurso de 1957, Mao Tsetung cifraba en cinco millones el n\u00famero de intelectuales de China, el 90% de los cuales -aseguraba- apoyaban en distinto grado la revoluci\u00f3n. Cinco millones de intelectuales chinos sometidos a la dictadura del Partido es una idea sin duda amenazadora. Pero la imagen de cinco millones de intelectuales europeos -estrellas del deporte, echadores de cartas, actores de culebr\u00f3n, presentadoras de televisi\u00f3n, periodistas de sal\u00f3n, c\u00f3micos y vips, sex\u00f3logos, cocineros, modistos, y sus imitadores fil\u00f3sofos- la imagen de cinco millones de intelectuales europeos -digo-sometidos a la dictadura del Mercado, deber\u00eda parecernos no menos aterradora. <\/p>\n<p>El problema, en todo caso, no es la banalidad, derecho inalienable de los humanos, sino en la medida en que normaliza el encubrimiento y la reproducci\u00f3n de un peligro mortal. La banalidad que mata y que se mata es nihilismo. \u00bfY no es ese, queramos o no, el caso de nuestro mundo? Porque el problema no es la separaci\u00f3n entre persuasi\u00f3n y saber ni la concomitante entre persuasi\u00f3n y poder sino -indisociable de ambas como su causa misma- la fusi\u00f3n sider\u00fargica entre poder y saber en la ra\u00edz misma de la reproducci\u00f3n social y material de nuestra existencia. El problema es que la pregunta \u00ab\u00bfdeben los intelectuales meterse en pol\u00edtica?\u00bb es ya un falso problema, el feliz interrogante de un mundo incompleto, imperfecto, a menudo salvaje, pero en todo caso ya desaparecido, como lo era el del caballeresco Don Quijote entre los molinos de finales del siglo XVI. Estamos todos metidos en pol\u00edtica y lo estamos parad\u00f3jicamente porque -o al mismo tiempo que- desaparecen los escuetos y precarios espacios de participaci\u00f3n pol\u00edtica conquistados al mismo tiempo por la tradici\u00f3n \u00abliberal\u00bb de Castiello y por la tradici\u00f3n \u00abrevolucionaria\u00bb de Saint-Just. Los alba\u00f1iles, los funcionarios, los repartidores de butano, los intelectuales -todos sin distinci\u00f3n- hemos sido conducidos a una situaci\u00f3n en la que cada uno de nuestros actos individuales, los m\u00e1s banales o inocentes, constituyen al mismo tiempo un robo, un suicidio y un enga\u00f1o. En un texto de 1989 Cornelius Castoriadis avanzaba un proceso que en los \u00faltimos quince a\u00f1os se ha acelerado vertiginosamente y que determina una relaci\u00f3n directamente proporcional entre el aumento del poder impersonal de la humanidad (tecnol\u00f3gico, productivo, biogen\u00e9tico) y el de nuestra impotencia individual para controlarlo: cuanto m\u00e1s somos capaces de hacer, menos somos capaces de decidir y menos a\u00fan de predecir esas consecuencias que, de poder representarnos, no podr\u00edamos de ninguna manera querer. La biopol\u00edtica de Foucault, el desnivel prometeico de Anders, la miseria simb\u00f3lica de Stiegler, el mundo humano converge cada vez m\u00e1s deprisa hacia la guerra total. A nuestros intelectuales europeos puede no parecerles suficientemente grave o suficientemente real este peligro: el retroceso de las libertades en todo el mundo tras el 11-S, el expansionismo armado de los EEUU, la violaci\u00f3n sistem\u00e1tica de los derechos humanos m\u00e1s elementales, la inducci\u00f3n irresponsable de una falsa confrontaci\u00f3n entre culturas -todo esto aceptado con una naturalidad patol\u00f3gica- se produce en el seno de una red material totalitaria, al mismo tiempo tecnol\u00f3gica y econ\u00f3mica, en la que no se dejan de fabricar armas nucleares, qu\u00edmicas y biol\u00f3gicas, en la que las amenazas han anidado sin posible retorno en las condiciones mismas de la vida (la cadena alimentaria, la respiraci\u00f3n), en la que cadenas inasibles de decisiones individuales atmosf\u00e9ricas o intramusculares producen regularmente \u00abaccidentes\u00bb catstr\u00f3ficos (sin que podamos distinguir ya entre el hundimiento del Prestige y el tsunami de Indonesia)y en la que, en definitiva, la locura de la m\u00edstica de destrucci\u00f3n estructural del capitalismo, que ha superado ya los l\u00edmites de la raz\u00f3n, la imaginaci\u00f3n y la memoria, amenaza con chocar con el \u00faltimo l\u00edmite insuperable: la finitud de la tierra misma. En 1936 Bertolt Brecht rega\u00f1aba melanc\u00f3licamente a aquellos de sus amigos que cre\u00edan que pod\u00edan estar al mismo tiempo en contra de la tortura y a favor del capitalismo; quince a\u00f1os despu\u00e9s de la ca\u00edda del muro comenzamos a saber que, en efecto, no es posible estar al mismo tiempo a favor de la democracia y del capitalismo. Pero hoy empieza a ser necesario rega\u00f1ar melanc\u00f3licamente -si no sacudir desesperadamente- a aqu\u00e9llos de nuestros amigos que, esc\u00e9pticos respecto de la democracia, distantes de la pol\u00edtica, siguen creyendo que se puede estar a favor de la supervivencia humana y a favor del capitalismo. Un reciente, riguroso y terrible estudio de Dale Allen Pfeiffer -para no hablar s\u00f3lo de bombas y uranio empobrecido- demuestra que la dependencia alimenticia de los combustibles f\u00f3siles obligar\u00e1 a medidas dr\u00e1sticas en el futuro: \u00abpara lograr una econom\u00eda sostenible y evitar el desastre\u00bb, es decir, si se quieren mantener los mismos niveles de consumo y crecimiento, EEUU deber\u00e1 reducir su poblaci\u00f3n en 92 millones de personas; el resto del mundo deber\u00e1 deshacerse de 4.320 millones de seres humanos. Podemos estar tranquilos: esta necesidad no empezar\u00e1 a plantearse seriamente hasta el a\u00f1o 2020 y no llegar\u00e1 a su punto cr\u00edtico -hambrunas, guerras por el agua, epidemias- hasta el 2050. Todos, de derechas o de izquierdas, estamos metidos en pol\u00edtica; ser de izquierdas es sencillamente darse cuenta. O que nos importe. Ya el propio Castoriadis explic\u00f3 la diferencia entre un realista de derechas y un ut\u00f3pico de izquierdas: el realista se plantea las cosas para los dos pr\u00f3ximos a\u00f1os, el ut\u00f3pico para los pr\u00f3ximos veinte o cincuenta (el m\u00e1s all\u00e1 de los laicos). <\/p>\n<p>\u00bfDeben los intelectuales meterse en pol\u00edtica? Creo que si ha habido un momento de la historia del hombre en el que se ha exigido de ellos un \u00abcompromiso circunstancial\u00bb -para ganarse el derecho a la normalidad y antes de volver a sus investigaciones tit\u00e1nicas y sus excavaciones literarias, tan necesarias para la humanidad- es desgraciada y precisamente \u00e9ste. Podemos verlo, deprimirnos y reaccionar; o podemos no verlo, seguir tranquilos y condenar (o incluso perseguir y matar) a los que lo ven. <\/p>\n<p>En este sentido, en cuanto que trabajadores del pensamiento y militantes del lenguaje, los as\u00ed llamados intelectuales europeos deber\u00edan elaborar un programa de intervenci\u00f3n conjunta al que contribuyo modestamente con algunas sugerencias. <\/p>\n<p>&#8211; En un marco sociol\u00f3gico de \u00abnihilismo normalizado\u00bb, est\u00e9tico y moral, el cometido del intelectual debe ser el de demostrar -y hacer sentir- que las cosas ocurren realmente. <\/p>\n<p>&#8211; Para ello est\u00e1n obligados, en el plano te\u00f3rico, a localizar e investigar los focos de construcci\u00f3n de la realidad, exponiendo la complejidad del mundo sin incurrir en la tantas veces fraudulenta \u00abret\u00f3rica de la complejidad\u00bb. No deben olvidar que trabajan para la mayor\u00eda \u00abind\u00edgena\u00bb del planeta, de la que depende la salvaci\u00f3n de la humanidad. <\/p>\n<p>&#8211; En el plano est\u00e9tico, los intelectuales deben recuperar el esp\u00edritu vanguardista de las primeras d\u00e9cadas del siglo XX, asumiendo la dificultad asociada al hecho de que el \u00abarte burgu\u00e9s\u00bb ha asimilado, agotado e instrumentalizado todas las rupturas -y todos los g\u00e9neros- como estuches de la realidad. <\/p>\n<p>&#8211; Por ello mismo, los intelectuales deben renunciar, no importa el coste en prestigio o en bienestar que ello entra\u00f1e, a todo capital simb\u00f3lico extra\u00eddo de condiciones irrealizantes (el fetichismo medi\u00e1tico de la personalidad desalmada). <\/p>\n<p>&#8211; En un mundo en el que lo bueno, lo bello y lo verdadero se han revelado destructivos y particulares, los intelectuales deben ense\u00f1ar a los hombres a conformarse con, y luchar por, lo regular, lo bonito y lo aproximado. En la medida en que s\u00f3lo lo regular, lo bonito y lo verdadero son universalizables, lo regular es m\u00e1s bueno, lo bonito es m\u00e1s bello y lo aproximado es m\u00e1s verdadero. Para ense\u00f1ar esto, los intelectuales primero tendr\u00e1n que aprenderlo fuera de los centros capitalistas desarrollados (de los millones de hombres y mujeres normales cuya vida se rige ya por esos conceptos). <\/p>\n<p>&#8211; En un mundo en el que el trayecto de la raz\u00f3n parece haberse agotado desde dentro de ella misma y en el que la historia sin embargo sigue, a merced ahora de una irracionalidad de hecho que lo sacude todo (como para demostrar que no hay en ella nada de hegeliano), los intelectuales deben elaborar las categor\u00edas que permitan evitar que la huida de la postmodernidad conduzca a la pre-modernidad o, peor a\u00fan, a la prehistoria. <\/p>\n<p>&#8211; En un mundo caracterizado por el colapso de la imaginaci\u00f3n, sumergida en un contexto econ\u00f3mico y tecnol\u00f3gico totalitario, y por la consecuente incapacidad para representarnos las consecuencias de nuestras acciones, los intelectuales tendr\u00e1n que dedicar sus fuerzas a establecer meticulosamente el mapa de las l\u00edneas que unen las acciones individuales a las consecuencias generales, elaborando para ello un nuevo concepto de responsabilidad moral, \u00e9tica y jur\u00eddica a partir del cual deber\u00e1n -para empezar- juzgarse a s\u00ed mismos. <\/p>\n<p>&#8211; En un mundo caracterizado por el colapso de la memoria, cancelada por la sucesi\u00f3n acelerada de acontecimientos-mercanc\u00eda y por la propia capacidad t\u00e9cnica de archivarlos, los intelectuales tienen que recordar permanentemente que real no es s\u00f3lo lo que sucede sino tambi\u00e9n lo que ha sucedido, para poder as\u00ed recuperar lo que hay todav\u00eda de aprovechable en la tradici\u00f3n \u00abliberal\u00bb de Castiello y en la tradici\u00f3n \u00abrevolucionaria\u00bb de Saint-Just y Lenin. <\/p>\n<p>&#8211; En un mundo, en fin, en el que lo m\u00e1s f\u00e1cil es tomar partido por la nada, los intelectuales est\u00e1n obligados a posicionarse a favor de la realidad, que -por decirlo con Ren\u00e9 Char- s\u00f3lo se hace visible all\u00ed de donde yo desaparezco; y tienen que sumarse, por tanto, como psicoanalistas de la acci\u00f3n com\u00fan y no como vanguardia revolucionaria, a todas las luchas, locales e internacionales, que se oponen a la aparatosa nada del imperialismo y la globalizaci\u00f3n (incluida la lucha de los galos de Asterix que resisten en Cuba). <\/p>\n<p>Bertolt Breht escribi\u00f3: \u00abcuando la rama est\u00e1 a punto de quebrarse, todo el mundo se pone a inventar sierras\u00bb. Los intelectuales deben elegir entre inventar su propia sierra y dejarse aplaudir por ello o incorporarse a la lucha de todos aqu\u00e9llos que, sobre todo fuera de Europa, est\u00e1n tratando de plantar \u00e1rboles. <\/p>\n<h4>Publicado por Archipi\u00e9lago-k argitaratua<\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En octubre del a\u00f1o 2002 Umberto Eco redact\u00f3 un breve texto titulado \u00ab\u00bfDeben los intelectuales meterse en pol\u00edtica?\u00bb. Con independencia de los brillantes -aunque discutibles- argumentos del escritor italiano, la pregunta misma podr\u00eda inducir el rebote perplejo y casi dolorido de un ingenuo: \u00ab\u00bfEs que no debe meterse todo el mundo?\u00bb. 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