{"id":21150,"date":"2009-09-17T04:56:45","date_gmt":"2009-09-17T02:56:45","guid":{"rendered":"https:\/\/nabarralde.eus\/el-discurso-funebre-de-pericles\/"},"modified":"2009-09-17T04:56:45","modified_gmt":"2009-09-17T02:56:45","slug":"el-discurso-funebre-de-pericles","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nabarralde.eus\/es\/el-discurso-funebre-de-pericles\/","title":{"rendered":"El discurso f\u00fanebre de Pericles"},"content":{"rendered":"<p>Introducci\u00f3n y traducci\u00f3n de uno de los textos m\u00e1s importantes de teor\u00eda pol\u00edtica. \t\t\t<\/p>\n<p>Tuc\u00eddides naci\u00f3 aproximadamente 460 a .C. y muri\u00f3 400 a .C. Particip\u00f3 en la guerra que su obra cl\u00e1sica relata. La guerra del Peloponeso. Este c\u00e9lebre discurso aparece en el Libro II de dicha obra. <\/p>\n<p>El Discurso F\u00fanebre de Pericles, pronunciado el a\u00f1o 431 a .C. en el Cementerio del Cer\u00e1mico, en Atenas, es uno de los m\u00e1s altos testimonios de cultura y civismo que nos haya legado la Antig\u00fcedad. Por de pronto, es mucho m\u00e1s que un mero discurso f\u00fanebre. Las exequias de las v\u00edctimas del primer a\u00f1o de la guerra contra Esparta le brindan a Pericles la oportunidad de definir el esp\u00edritu profundo de la democracia ateniense, explay\u00e1ndose sobre los valores que presiden la vida de sus conciudadanos y que explican la grandeza alcanzada por su ciudad. El discurso no es, por cierto, trascripci\u00f3n fiel de lo efectivamente dicho por el pol\u00edtico y orador ateniense, sino la veros\u00edmil recreaci\u00f3n de su contempor\u00e1neo, el historiador Tuc\u00eddides, que lo incorpor\u00f3 al relato de sus Historias (II, 35-46), donde se narran las guerras entre Atenas y los peloponesios. Tambi\u00e9n es claro, por otra parte, que en esta pieza no hay una cabal exactitud hist\u00f3rica en la descripci\u00f3n de Atenas, cuya realidad aparece idealizada. Pero todo esto, en \u00faltima instancia, es irrelevante para la historia. Al menos, para la historia espiritual. Lo que a \u00e9sta le importa, en rigor, no es tanto saber lo que de hecho Atenas fue, sino m\u00e1s bien lo que ella cre\u00eda ser. <\/p>\n<p>Es preciso que el lector sepa que este discurso fue escrito por Tuc\u00eddides bastantes a\u00f1os despu\u00e9s de que fuera pronunciado y cuando ya Atenas hab\u00eda sido derrotada. As\u00ed, m\u00e1s que el discurso f\u00fanebre de Pericles a los ca\u00eddos durante el primer a\u00f1o de la guerra, \u00e9ste es el discurso f\u00fanebre de Tuc\u00eddides a la Atenas vencida que, aunque humillada en su derrota, se levantaba ya como un paradigma universal su cultura c\u00edvica. El paneg\u00edrico a los muertos en combate, pues, aparece casi como un pretexto para abordar el elogio de la gloriosa Atenas antigua y hacer la defensa de la eternidad de su patrimonio. <\/p>\n<p>El Discurso F\u00fanebre de Pericles es un texto fundacional. Enclavado en los or\u00edgenes mismos de nuestra historia, constituye un original\u00edsimo ejemplo de conciencia ciudadana y un modelo de reflexi\u00f3n pol\u00edtica alentada por una optimista confianza en las posibilidades del hombre y en el progreso de la cultura humana. <\/p>\n<p>Conservando el tono ret\u00f3rico del original, la traducci\u00f3n que aqu\u00ed ofrecemos ha procurado resolver con prudencia la oscuridad de ciertos pasajes de cuestionada interpretaci\u00f3n. Notas m\u00ednimas, en fin, intentan enriquecer la comprensi\u00f3n del texto y satisfacer la curiosidad del lector. Antonio Arbea <\/p>\n<p>El discurso f\u00fanebre de Pericles (Tuc\u00eddides)  \t\t\t<\/p>\n<p>I. La mayor parte de quienes en el pasado han hecho uso de la palabra en esta tribuna, han tenido por costumbre elogiar a aquel que introdujo este discurso en el rito tradicional, pues pensaban que su proferimiento con ocasi\u00f3n del entierro de los ca\u00eddos en combate era algo hermoso. A m\u00ed, en cambio, me habr\u00eda parecido suficiente que quienes con obras probaron su valor, tambi\u00e9n con obras recibieran su homenaje -como este que veis dispuesto para ellos en sus exequias por el Estado-, y no aventurar en un solo individuo, que tanto puede ser un buen orador como no serlo, la fe en los m\u00e9ritos de muchos. <\/p>\n<p>Es dif\u00edcil, en efecto, hablar adecuadamente sobre un asunto respecto del cual no es segura la apreciaci\u00f3n de la verdad, ya que quien escucha, si est\u00e1 bien informado acerca del homenajeado y favorablemente dispuesto hacia \u00e9l, es muy posible que encuentre que lo que se dice est\u00e1 por debajo de lo que \u00e9l desea y de lo que \u00e9l conoce; y si, por el contrario, est\u00e1 mal informado, lo m\u00e1s probable es que, por envidia, cuando oiga hablar de algo que est\u00e9 por encima de sus propias posibilidades, piense que se est\u00e1 cayendo en una exageraci\u00f3n. Porque los elogios que se formulan a los dem\u00e1s se toleran s\u00f3lo en tanto quien los oye se considera a s\u00ed mismo capaz tambi\u00e9n, en alguna medida, de realizar los actos elogiados; cuando, en cambio, los que escuchan comienzan a sentir envidia de las excelencias de que est\u00e1 siendo alabado, al punto prende en ellos tambi\u00e9n la incredulidad. Pero, puesto que a los antiguos les pareci\u00f3 que s\u00ed estaba bien, debo ahora yo, siguiendo la costumbre establecida, intentar ganarme la voluntad y la aprobaci\u00f3n de cada uno de vosotros tanto como me sea posible. <\/p>\n<p>II. Comenzar\u00e9, ante todo, por nuestros antepasados, pues es justo y, al mismo tiempo, apropiado a una ocasi\u00f3n como la presente, que se les rinda este homenaje de recordaci\u00f3n. Habitando siempre ellos mismos esta tierra a trav\u00e9s de sucesivas generaciones, es m\u00e9rito suyo el hab\u00e9rnosla legado libre hasta nuestros d\u00edas. Y si ellos son dignos de alabanza, m\u00e1s a\u00fan lo son nuestros padres, quienes, adem\u00e1s de lo que recibieron como herencia, ganaron para s\u00ed, no sin fatigas, todo el imperio que tenemos, y nos lo entregaron a los hombres de hoy. <\/p>\n<p>En cuanto a lo que a ese imperio le faltaba, hemos sido nosotros mismos, los que estamos aqu\u00ed presentes, en particular los que nos encontramos a\u00fan en la plenitud de la edad (1), quienes lo hemos incrementado, al paso que tambi\u00e9n le hemos dado completa autarqu\u00eda a la ciudad, tanto para la guerra como para la paz. Pasar\u00e9 por alto las haza\u00f1as b\u00e9licas de nuestros antepasados, gracias a las cuales las diversas partes de nuestro imperio fueron conquistadas, como asimismo las ocasiones en que nosotros mismos o nuestros padres repelimos ardorosamente las incursiones hostiles de extranjeros o de griegos, ya que no quiero extenderme tediosamente entre conocedores de tales asuntos. Antes, empero, de abocarme al elogio de estos muertos, quiero se\u00f1alar en virtud en qu\u00e9 normas hemos llegado a la situaci\u00f3n actual, y con qu\u00e9 sistema pol\u00edtico y gracias a qu\u00e9 costumbres hemos alcanzado nuestra grandeza. No considero inadecuado referirme a asuntos tales en una ocasi\u00f3n como la actual, y creo que ser\u00e1 provechoso que toda esta multitud de ciudadanos y extranjeros lo pueda escuchar. <\/p>\n<p>III. Disfrutamos de un r\u00e9gimen pol\u00edtico que no imita las leyes de los vecinos (2); m\u00e1s que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos (3). En cuanto al nombre, puesto que la administraci\u00f3n se ejerce en favor de la mayor\u00eda, y no de unos pocos, a este r\u00e9gimen se lo ha llamado democracia (4); respecto a las leyes, todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a los honores, cualquiera que se distinga en alg\u00fan aspecto puede acceder a los cargos p\u00fablicos, pues se lo elige m\u00e1s por sus m\u00e9ritos que por su categor\u00eda social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posici\u00f3n le impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de hacerlo. <\/p>\n<p>Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos p\u00fablicos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con nuestro vecino cuando \u00e9l act\u00faa espont\u00e1neamente, ni exteriorizar nuestra molestia, pues \u00e9sta, aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los asuntos privados somos indulgentes, en los p\u00fablicos, en cambio, ante todo por un respetuoso temor, jam\u00e1s obramos ilegalmente, sino que obedecemos a quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las dictadas en favor de los que son v\u00edctimas de una injusticia, y las que, aunque no est\u00e9n escritas, todos consideran vergonzoso infringir. <\/p>\n<p>IV. Por otra parte, como descanso de nuestros trabajos, le hemos procurado a nuestro esp\u00edritu una serie de recreaciones. No s\u00f3lo tenemos, en efecto, cert\u00e1menes p\u00fablicos y celebraciones religiosas repartidos a lo largo de todo el a\u00f1o, sino que tambi\u00e9n gozamos individualmente de un digno y satisfactorio bienestar material, cuyo continuo disfrute ahuyenta a la melancol\u00eda. <\/p>\n<p>Y gracias al elevado n\u00famero de sus habitantes, nuestra ciudad importa desde todo el mundo toda clase de bienes, de manera que los que ella produce para nuestro provecho no son, en rigor, m\u00e1s nuestros que los for\u00e1neos (5). <\/p>\n<p>V. A nuestros enemigos les llevamos ventaja tambi\u00e9n en cuanto al adiestramiento en las artes de la guerra, ya que mantenemos siempre abiertas las puertas de nuestra ciudad y jam\u00e1s recurrimos a la expulsi\u00f3n de los extranjeros para impedir que se conozca o se presencie algo que, por no hallarse oculto, bien podr\u00eda a un enemigo resultarle de provecho observarlo (6). <\/p>\n<p>Y es que, m\u00e1s que en los armamentos y estratagemas, confiamos en la fortaleza de alma con que naturalmente acometemos nuestras empresas. Y en cuanto a la educaci\u00f3n, mientras ellos procuran adquirir coraje realizando desde muy j\u00f3venes una ardua ejercitaci\u00f3n, nosotros, aunque vivimos m\u00e1s regaladamente, podemos afrontar peligros no menores que ellos (7). <\/p>\n<p>Prueba de esto es que los espartanos no realizan sin la compa\u00f1\u00eda de otros sus expediciones militares contra nuestro territorio, sino junto a todos sus aliados; nosotros, en cambio, aun invadiendo solos tierra enemiga y combatiendo en suelo extra\u00f1o contra quienes defienden lo suyo, la mayor parte de las veces nos llevamos la victoria sin dificultad. Adem\u00e1s, ninguno de nuestros enemigos se ha topado jam\u00e1s en el campo de batalla con todas nuestras fuerzas reunidas, pues simult\u00e1neamente debemos atender la manutenci\u00f3n de nuestra flota y, en tierra, el env\u00edo de nuestra gente a diversos lugares. Sin embargo, cada vez que en alg\u00fan lugar ellos se trenzan en lucha con una facci\u00f3n de los nuestros y resultan vencedores, se ufanan de habernos rechazado a todos, aunque s\u00f3lo han vencido a algunos, y si salen derrotados, alegan que lo fueron ante todos nosotros juntos. Pero lo cierto es que, ya que preferimos afrontar los peligros de la guerra con serenidad antes que habi\u00e9ndonos preparado con arduos ejercicios, ayudados m\u00e1s por la valent\u00eda de los caracteres que por la prescrita en ordenanzas, les llevamos la ventaja de que no nos angustiamos de antemano por las penurias futuras, y, cuando nos toca enfrentarlas, no demostramos menos valor que ellos viven en permanente fatiga. <\/p>\n<p>Pero no s\u00f3lo por \u00e9stas, sino tambi\u00e9n por otras cualidades nuestra ciudad merece ser admirada.  \t\t\t<\/p>\n<p>VI. En efecto, amamos el arte y la belleza sin desmedirnos, y cultivamos el saber sin ablandarnos. La riqueza representa para nosotros la oportunidad de realizar algo, y no un motivo para hablar con soberbia; y en cuanto a la pobreza, para nadie constituye una verg\u00fcenza el reconocerla, sino el no esforzarse por evitarla. Los individuos pueden ellos mismos ocuparse simult\u00e1neamente de sus asuntos privados y de los p\u00fablicos; no por el hecho de que cada uno est\u00e9 entregado a lo suyo, su conocimiento de las materias pol\u00edticas es insuficiente. Somos los \u00fanicos que tenemos m\u00e1s por in\u00fatil que por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad. <\/p>\n<p>Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa p\u00fablica, pues no creemos que lo que perjudica a la acci\u00f3n sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusi\u00f3n antes de llevar a cabo lo que hay que hacer. Y esto porque tambi\u00e9n nos diferenciamos de los dem\u00e1s en que podemos ser muy osados y, al mismo tiempo, examinar cuidadosamente las acciones que estamos por emprender; en este aspecto, en cambio, para los otros la audacia es producto de su ignorancia, y la reflexi\u00f3n los vuelve temerosos. Con justicia pueden ser reputados como los de mayor fortaleza espiritual aquellos que, conociendo tanto los padecimientos como los placeres, no por ello retroceden ante los peligros. <\/p>\n<p>Tambi\u00e9n por nuestra liberalidad somos muy distintos de la mayor\u00eda de los hombres, ya que no es recibiendo beneficios, sino prest\u00e1ndolos, que nos granjeamos amigos. El que hace un beneficio establece lazos de amistad m\u00e1s s\u00f3lidos, puesto que con sus servicios al beneficiado alimenta la deuda de gratitud de \u00e9ste. El que debe favores, en cambio, es m\u00e1s desafecto, pues sabe que al retribuir la generosidad de que ha sido objeto, no se har\u00e1 merecedor de la gratitud, sino que tan s\u00f3lo estar\u00e1 pagando una deuda. Somos los \u00fanicos que, movidos, no por un c\u00e1lculo de conveniencia, sino por nuestra fe en la liberalidad, no vacilamos en prestar nuestra ayuda a cualquiera (8). <\/p>\n<p>VII. Para abreviar, dir\u00e9 que nuestra ciudad, tomada en su conjunto, es norma para toda Grecia, y que, individualmente, un mismo hombre de los nuestros se basta para enfrentar las m\u00e1s diversas situaciones, y lo hace con gracia y con la mayor destreza. Y que estas palabras no son un ocasional alarde ret\u00f3rico, sino la verdad de los hechos, lo demuestra el poder\u00edo mismo que nuestra ciudad ha alcanzado gracias a estas cualidades. Ella, en efecto, es la \u00fanica de las actuales que, puesta a prueba, supera su propia reputaci\u00f3n; es la \u00fanica cuya victoria, el agresor vencido, dada la superioridad de los causantes de su desgracia, acepta con resignaci\u00f3n; es la \u00fanica, en fin, que no les da motivo a sus s\u00fabditos para alegar que est\u00e1n inmerecidamente bajo su yugo. <\/p>\n<p>Nuestro poder\u00edo, pues, es manifiesto para todos, y est\u00e1 ciertamente m\u00e1s que probado. No s\u00f3lo somos motivo de admiraci\u00f3n para nuestros contempor\u00e1neos, sino que lo seremos tambi\u00e9n para los que han de venir despu\u00e9s. <\/p>\n<p>No necesitamos ni a un Homero que haga nuestro paneg\u00edrico, ni a ning\u00fan otro que venga a darnos moment\u00e1neamente en el gusto con sus versos, y cuyas ficciones resulten luego desbaratadas por la verdad de los hechos. Por todos los mares y por todas las tierras se ha abierto camino nuestro coraje, dejando aqu\u00ed y all\u00e1, para bien o para mal, imperecederos recuerdos. <\/p>\n<p>Combatiendo por tal ciudad y resisti\u00e9ndose a perderla es que estos hombres entregamos notablemente sus vidas; justo es, por tanto, que cada uno de quienes les hemos sobrevivido anhele tambi\u00e9n bregar por ella. <\/p>\n<p>VIII. La raz\u00f3n por la que me he referido con tanto detalle a asuntos concernientes a la ciudad, no ha sido otra que para haceros ver que no estamos luchando por algo equivalente a aquello por lo que luchan quienes en modo alguno gozan de bienes semejantes a los nuestros y, asimismo, para darle un claro fundamento al elogio de los muertos en cuyo honor hablo en esta ocasi\u00f3n. <\/p>\n<p>La mayor parte de este elogio ya est\u00e1 hecha, pues las excelencias por las que he celebrado a nuestra ciudad no son sino fruto del valor de estos hombres y de otros que se les asemejan en virtud. No de muchos griegos podr\u00eda afirmarse, como s\u00ed en el caso de \u00e9stos, que su fama est\u00e1 en conformidad con sus obras. Su muerte, en mi opini\u00f3n, ya fuera ella el primer testimonio de su valent\u00eda, ya su confirmaci\u00f3n postrera, demuestra un coraje genuinamente varonil. Aun aquellos que puedan haber obrado mal en su vida pasada, es justo que sean recordados ante todo por el valor que mostraron combatiendo por su patria, pues al anular lo malo con lo bueno resultaron m\u00e1s beneficiosos por su servicio p\u00fablico que perjudiciales por su conducta privada. <\/p>\n<p>A ninguno de estos hombres lo abland\u00f3 el deseo de seguir gozando de su riqueza; a ninguno lo hizo aplazar el peligro la posibilidad de huir de su pobreza y enriquecerse alg\u00fan d\u00eda. Tuvieron por m\u00e1s deseable vengarse de sus enemigos, al tiempo que les pareci\u00f3 que ese era el m\u00e1s hermoso de los riesgos. Optaron por correrlo, y, sin renunciar a sus deseos y expectativas m\u00e1s personales, las condicionaron, s\u00ed, al \u00e9xito de su venganza. Encomendaron a la esperanza lo incierto de su victoria final, y, en cuanto al desaf\u00edo inmediato que ten\u00edan por delante, se confiaron a sus propias fuerzas. <\/p>\n<p>En ese trance, tambi\u00e9n m\u00e1s resueltos a resistir y padecer que a salvarse huyendo, evitaron la deshonra e hicieron frente a la situaci\u00f3n con sus personas. <\/p>\n<p>Al morir, en ese brev\u00edsimo instante arbitrado por la fortuna, se hallaban m\u00e1s en la cumbre de la determinaci\u00f3n que del temor.  \t\t\t<\/p>\n<p>IX. Estos hombres, al actuar como actuaron, estuvieron a la altura de su ciudad. Deber de quienes les han sobrevivido, pues, es hacer preces por una mejor suerte en los designios b\u00e9licos, y llevarlos a cabo con no menor resoluci\u00f3n. No s\u00f3lo oyendo las palabras que alguien pueda deciros deb\u00e9is reflexionar sobre el servicio que prest\u00e1is -servicio que cualquiera podr\u00eda detenerse a considerarse ante vosotros, que muy bien lo conoc\u00e9is por propia experiencia, se\u00f1al\u00e1ndoos cu\u00e1ntos bienes est\u00e1n comprometidos en el acto de defenderse de los enemigos-; antes bien, deb\u00e9is pensar en \u00e9l contemplando en los hechos, cada d\u00eda, el poder\u00edo de nuestra ciudad, y prend\u00e1ndoos de ella. Entonces, cuando la ciudad se os manifieste en todo su esplendor, parad mientes en que \u00e9ste es el logro de hombres bizarros, conscientes de su deber y pundonorosos en su obrar; de hombres que, si alguna vez fracasaron al intentar algo, jam\u00e1s pensaron en privar a la ciudad del coraje que los animaba, sino que se lo ofrendaron como el m\u00e1s hermoso de sus tributos. Al entregar cada uno de ellos la vida por su comunidad, se hicieron merecedores de un elogio imperecedero y de la sepultura m\u00e1s ilustre. <\/p>\n<p>Esta, m\u00e1s que el lugar en que yacen sus cuerpos, es donde su fama reposa, para ser una y otra vez recordada, de palabra y de obra, en cada ocasi\u00f3n que se presente. <\/p>\n<p>La tumba de los grandes hombres es la tierra entera: de ellos nos habla no s\u00f3lo una inscripci\u00f3n sobre sus l\u00e1pidas sepulcrales; tambi\u00e9n en suelo extranjero pervive su recuerdo, grabado no en un monumento, sino, sin palabras, en el esp\u00edritu de cada hombre. <\/p>\n<p>Imitad a \u00e9stos ahora vosotros, cifrando la felicidad en la libertad, y la libertad en la valent\u00eda, sin inquietaros por los peligros de la guerra. Quienes con m\u00e1s raz\u00f3n pueden ofrendar su vida no son aquellos infortunados que ya nada bueno esperan, sino, por el contrario, quienes corren el riesgo de sufrir un rev\u00e9s de fortuna en lo que les queda por vivir, y para los que, en caso de experimentar una derrota, el cambio ser\u00eda particularmente grande. <\/p>\n<p>Para un hombre que se precia a s\u00ed mismo, en efecto, padecer cobardemente la dominaci\u00f3n es m\u00e1s penoso que, casi sin darse cuenta, morir animosamente y compartiendo una esperanza. <\/p>\n<p>X. Por tal raz\u00f3n es que a vosotros, padres de estos muertos, que est\u00e1is aqu\u00ed presentes, m\u00e1s que compadeceros, intentar\u00e9 consolaros. Puesto que hab\u00e9is ya pasado por las variadas vicisitudes de la vida, deb\u00e9is de saber que la buena fortuna consiste en estar destinado al m\u00e1s alto grado de nobleza -ya sea en la muerte, como \u00e9stos; ya en el dolor, como vosotros-, y en que el fin de la felicidad que nos ha sido asignada coincida con el fin de nuestra vida. S\u00e9 que es dif\u00edcil que acept\u00e9is esto trat\u00e1ndose de vuestros hijos, de quienes muchas veces os acordar\u00e9is al ver a otros gozando de la felicidad de que vosotros mismos una vez gozasteis. El hombre no experimenta tristeza cuando se lo priva de bienes que a\u00fan no ha probado, sino cuando se le arrebata uno al que ya se hab\u00eda acostumbrado. Pero es preciso que sep\u00e1is sobrellevar vuestra situaci\u00f3n, incluso con la esperanza de tener otros hijos, si es que est\u00e1is a\u00fan en edad de procrearlos. En lo personal, los hijos que nazcan representar\u00e1n para algunos la posibilidad de apartar el recuerdo de los que perdieron; para la ciudad, entretanto, su nacimiento ser\u00e1 doblemente provechoso, pues no s\u00f3lo impedir\u00e1 que ella se despueble, sino que la har\u00e1 m\u00e1s segura, ya que nadie puede participar en igualdad de condiciones y equitativamente en las deliberaciones pol\u00edticas de la comunidad, a menos que, tal como los dem\u00e1s, tambi\u00e9n \u00e9l exponga su prole a las consecuencias de sus resoluciones. <\/p>\n<p>Y aquellos de vosotros que hab\u00e9is llegado ya a la ancianidad, tened por ganancia el haber vivido felizmente la mayor parte de vuestra vida, considerad que la que os queda ha de ser breve, y consolaos con la fama alcanzada por \u00e9stos vuestros hijos. Lo \u00fanico que no envejece, en efecto, es el amor a la gloria; y cuando la edad ya declina, no es atesorar bienes lo que m\u00e1s deleita, como algunos dicen, sino recibir honores. <\/p>\n<p>XI. Y en cuanto a vosotros, hijos o hermanos, aqu\u00ed presentes, de estas v\u00edctimas de la guerra, veo grande el desaf\u00edo que ten\u00e9is por delante, porque solamente aquel que ya no existe suele concertar el elogio de todos; a duras penas podr\u00e9is conseguir, por sobresalientes que sean vuestros m\u00e9ritos, ser considerados no ya sus iguales, sino incluso sus cercanos \u00e9mulos. La envidia de los rivales la sufren quienes est\u00e1n vivos; el que, en cambio, ya no representa un obst\u00e1culo para nadie, es honrado con generosa benignidad. <\/p>\n<p>Y si, para aquellas esposas que ahora quedan viudas, debo tambi\u00e9n decir algo acerca de las virtudes propias de la mujer, lo resumir\u00e9 todo en un breve consejo: grande ser\u00e1 vuestra gloria si no desmerec\u00e9is vuestra condici\u00f3n natural de mujeres y si consegu\u00eds que vuestro nombre ande lo menos posible en boca de los hombres, ni para bien ni para mal. <\/p>\n<p>XII. En conformidad con nuestras leyes y costumbres, pues, queda dicho en mi discurso lo que me parec\u00eda pertinente. Ahora, en cuanto a los hechos, los hombres a quienes estamos sepultando han recibido ya nuestro homenaje. <\/p>\n<p>De la educaci\u00f3n de sus hijos, desde este momento hasta su juventud, se har\u00e1 cargo la ciudad. Tal es la provechosa corona que ella impone a estas v\u00edctimas, y a los que ellas dejan, como premio de tan valerosas haza\u00f1as. Cuando los m\u00e1s preciados galardones que una ciudad otorga son los que recompensan la valent\u00eda, entonces tambi\u00e9n posee ella los ciudadanos m\u00e1s valientes. <\/p>\n<p>Y ahora, despu\u00e9s de haber llorado cada uno a sus deudos, pod\u00e9is marcharos.  \t\t\t<\/p>\n<p>Notas:  \t\t\t<\/p>\n<p>1 Por entonces, Pericles ten\u00eda aproximadamente 64 a\u00f1os.  \t\t\t<\/p>\n<p>2 Alusi\u00f3n a Esparta, cuya constituci\u00f3n -se dec\u00eda- era imitaci\u00f3n de la de Creta. El tema de la oposici\u00f3n entre el esp\u00edritu espartano y el ateniense reaparecer\u00e1, impl\u00edcita o expl\u00edcitamente, en muchos pasajes de este retrato ideal de Atenas que aqu\u00ed comienza y que ocupa los cinco cap\u00edtulos centrales del discurso, desde el III al VII. <\/p>\n<p>3 Probablemente alude a Roma, que algunos a\u00f1os antes hab\u00eda enviado emisarios a Atenas con el prop\u00f3sito de aprender de su desenvolvimiento c\u00edvico. <\/p>\n<p>4 Desde antiguo, al parecer, llam\u00f3 la atenci\u00f3n esta definici\u00f3n de democracia, y ya un par de manuscritos medievales corrigieron el texto griego tradicionalmente transmitido, cambiando oike\u00een por h\u00e9kein, de modo de hacerlo decir: \u00ab&#8230;puesto que la administraci\u00f3n est\u00e1 en manos de (en vez de: se ejerce en favor de ) la mayor\u00eda y no de unos pocos&#8230;\u00bb. La correcci\u00f3n satisface tambi\u00e9n, ciertamente, las expectativas del lector de hoy, y muchos traductores modernos la han acogido. Me parece claro, sin embargo, que no se trata sino de una f\u00e1cil y hasta anacr\u00f3nica acomodaci\u00f3n del original, desautorizada por la lectura de los principales manuscritos. Al caracterizar el r\u00e9gimen democr\u00e1tico como aquel en que se gobierna en el inter\u00e9s de la mayor\u00eda y no de unos pocos, Pericles (o Tuc\u00eddides) no hace sino -con cierta ingenuidad, es cierto- afirmar que los gobiernos favorecen b\u00e1sicamente a quienes lo ejercen. Y en esto, la propia historia de Atenas lo respaldaba. No debemos olvidar, adem\u00e1s, que estamos ante un texto constituyente, instaurador, donde la reflexi\u00f3n pol\u00edtica est\u00e1 reci\u00e9n dando sus primeros pasos. \u00a1Si hasta la palabra misma democracia no ten\u00eda entonces medio siglo de vida todav\u00eda! <\/p>\n<p>5 En Esparta, por el contrario, la posesi\u00f3n de riquezas estaba oficialmente prohibida.  \t\t\t<\/p>\n<p>6 Alusi\u00f3n a Esparta, que no ten\u00eda metecos, esto es, colonos o extranjeros naturalizados. En Esparta, tradicionalmente xen\u00f3foba, los extranjeros permanec\u00edan como tales, y pod\u00edan ser desterrados al arbitrio de los \u00e9foros. <\/p>\n<p>7 La disciplina espartana en la educaci\u00f3n de los j\u00f3venes era proverbial. nos rechazado a todos, aunque s\u00f3lo han vencido a algunos; y si salen derrotados, alegan que lo fueron ante todos nosotros juntos. Pero lo cierto es que, ya que preferimos afrontar los peligros de la guerra con serenidad antes que habi\u00e9ndonos preparado con arduos ejercicios, ayudados m\u00e1s por la valent\u00eda de los caracteres que por la prescrita en ordenanzas, les llevamos la ventaja de que no nos angustiamos de antemano por las penurias futuras, y, cuando nos toca enfrentarlas, no demostramos menos valor que ellos viven en permanente fatiga. <\/p>\n<p>Pero no s\u00f3lo por \u00e9stas, sino tambi\u00e9n por otras cualidades nuestra ciudad merece ser admirada.  \t\t\t<\/p>\n<p>8 Un bello cap\u00edtulo sobre esta materia nos ofrece Arist\u00f3teles en su \u00c9tica a Nic\u00f3maco, IX, 7.  \t\t\t<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/ddooss.org\/articulos\/textos\/Tucidides.htm\">http:\/\/ddooss.org\/articulos\/textos\/Tucidides.htm<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Introducci\u00f3n y traducci\u00f3n de uno de los textos m\u00e1s importantes de teor\u00eda pol\u00edtica. 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