Wert o la obsesión francesa

Este domingo David Miró nos recordaba, en un artículo excelente sobre el ministro de Educación español, que, en plena batalla estatutaria, Wert escribió para la FAES el informe ‘España: ¿la Nación deconstruida?’, en el que pedía fortalecer el Estado y la «nación unitaria» contra «la insaciable demanda de unos pocos». Un documento programático que, finalmente, se ha convertido en proyecto de ley de educación. Leyendo el informe de la FAES, he encontrado, por un lado, un nacionalista aterrado por la posibilidad de que la nación pura que él ha imaginado pueda llegar a morir («evaporarse» es la expresión que, tomada de su admirado Zarzalejos, usa Wert) a manos de sus enemigos internos y otros seres extraños. Un nacionalista, efectivamente, y no un patriota, porque mientras el nacionalista es un individuo crucificado internamente por la deriva de su nación, ensimismado en su dolor hacia la Madre gravemente herida, el patriota es un individuo optimista, exuberante, convencido de la fuerza de atracción de su país, americano por más señas. Por el otro, en el informe he visto también un estatista (escrito con dos tes) obsesionado, convencido de la capacidad del Estado para construir nación donde antes sólo había una masa informe de ciudadanos portadores de ‘patois’.

 

Es evidente que la combinación de nacionalista puro y de estatista que diseña naciones es contradictoria porque, si hay nación originaria, entonces no hace falta Estado para construirla. Y si, en caso contrario, hay que recurrir al Estado para españolizar a sus súbditos, entonces es que no había nación pura. Pero, claro, quizá es excesivo pedir al ministro de Educación que piense en términos estrictamente lógicos en estas materias de identidad nacional que tanto le escuecen.

 

El nacionalismo español siempre se ha reflejado en el proyecto nacional francés -desde la Real Academia de la Lengua y una estructura de comunicaciones radiales hasta la escuela como agente creadora de la nación francesa-. Si Francia cuajó como país unitario, lo hizo, dicen, de la mano del maestro rural y del prefecto departamental. Por tanto, si España ha de sobrevivir, sobre todo en esta fase de crisis económica gravísima, es necesario que el Estado controle y homogeneice la enseñanza. En el siglo XIX también se vendió modernización económica, supervivencia nacional y lengua única como un paquete inextricable.

 

Todos hemos oído hablar de la potencia disciplinaria de la escuela francesa, de su capacidad de reprimir y ridiculizar a los niños de provincias y de purificarlos de su ‘patois’ incomprensible e inútil. Sin embargo, esta visión contiene una buena parte de desconocimiento y de mito. Si Francia triunfó, lo hizo porque, como explica Eugene Weber en ‘De campesinos a franceses’ (Stanford University Press, 1976) (‘La fin des terroirs’, Paris 1983) el mejor libro hasta la fecha sobre el proceso de construcción nacional de Francia, París ofreció muchas más cosas más allá de una sola lengua.

 

La Francia contemporánea nació de un impulso modernizador. El Estado francés creó una sociedad burguesa, con movilidad social, con una estructura igualitaria en derechos y libertades. A Francia la parieron la Ilustración y la Revolución de 1789. Francia tuvo una economía expansiva y un imperio colonial. En España, en cambio, no pasó nada de eso. En España, como en Austria-Hungría, Rusia y Turquía, el tren de modernidad no llegó a tiempo cuando se estaban forjando los grandes estados burocráticos del siglo XIX. España quedó en manos de una élite premoderna, antiliberal, absolutista, decadente.

 

Los políticos catalanes fueron los únicos que, en el XIX, hubieran podido crear una nación hispánica moderna y, por eso mismo, única (que no quiere decir unitaria), como en Italia lo hicieron los savoyanos y los lombardos. Pero, con poca fuerza numérica y nunca dispuestos a renunciar a unos referentes históricos y lingüísticos de mal digerir por el resto del Estado, fracasaron.

 

El resultado fue una Península incómoda para todos. El centro no pudo ofrecer un proyecto liberal para asimilar la periferia. La periferia no tuvo la fuerza para transformar el centro. Esta historia de fracasos dio a luz identidades no solamente diferentes (que ya estaban) sino anímicamente opuestas. Una vez cristalizadas como realidades políticas específicas, no podía haber marcha atrás, como ha escrito Keith Darden en ‘Resisting occupation’ (Cambridge University Press) examinando las identidades nacionales de Europa Oriental. La única solución era la propuesta orteguiana de «conllevancia», que el mismo Wert cuestiona en su informe ‘Los españoles ante el cambio’, publicado en 2012.

 

La historia de los últimos dos siglos lleva una lección clara. Como estrategia para crear españoles, la propuesta Wert fracasará porque las identidades políticas ya están plenamente formadas. Su única justificación parece, pues, la de exaltar al votante popular para tapar la deriva económica de España. Esperamos que aquí también fracase.

 

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