Los últimos aconteceres de la política local -no menos que los de la global- parece ratificarnos en la observación recogida por Russell de la filosofía leibniziana de que «lo que hace un ser humano siempre tiene un motivo, pero la razón suficiente de su acción no tienen necesidad de lógica». Y así parece demostrarlo el continuo anecdotario protagonizado por nuestra clase política gobernante. Ellos participan de la condición global del político en general como un actor que representa la inutilidad del esfuerzo de mejora societaria. Un oficio de trujamán, cuando no directamente testaferro, de intermediar en lo que otros deciden lejos de la legitimidad democrática y de la participación popular tan solo respetada de manera formal. Troikas aparte, esta musicalidad no es la nuestra y ni tan siquiera llega a ser deseada si no es por el gravoso efecto para los más del deleite de unos pocos. Por lo cual, el desafío presente no debiera estar en poner orden al sistémico caos, cuanto, como casi siempre ha sido buscar la posibilidad de definición de otro nuevo orden, a ser posible desde las básicas premisas solidarias que desde centurias han estado entre nosotros como especie asignada a diversas tradiciones, yendo desde el multiculturalismo occidental hacia la multinaturalidad amerindia, por poner dos ejemplos extremos que tienden hacia la integración. Lo contrario es, o puede llevarnos hacia, la desintegración. Y en esto la lección dada por Leibniz aún nos puede ser útil, puesto que para el filósofo alemán, «lo existente puede ser definido como aquello que es compatible con más cosas que aquello que es incompatible con él» y, por ende, «lo existente es el ser que es compatible con más cosas». Esta integración, al menos en mi corta opinión, debe comenzar por casa.
La pluralidad de nuestro país, sea el que sea en su definición, se encuentra indefectiblemente basada en las diferencias, pero también en los encuentros. Lo contrario tampoco sería per se bueno. Es lección de la antropología el que lejos del cosmopolitismo fundamentado en la equívoca, por inexistente, unidad universal, la definición cosmopolítica surja «de la diferencia cualitativa en los modos de existencia y de las prácticas de conocimientos vinculadas a ellos y asociadas a actores distintos en lugares diferentes. En otras palabras, parte de ontologías plurales sobre las que se plantea una pregunta política, la de sus modos de coexistencia, asumiendo que las diferencias nunca pueden ser del todo pacificadas». (Montserrat Cañedo Rodríguez: 2013).
Por dar con un ejemplo, toda la pelea lingüística en nuestra comunidad parece dar con esta clave en los posicionamientos eufemísticamente denominados de pacificación liderados por el imperativo estatista, de un lado, y, por el otro, de un cierto voluntarismo tendente a la oficialización protagonizado por las personas que defienden la singularidad idiomática como bastión de esa suma de cosas que dé legitimación y reconocimiento de nuestra particular existencia comunitaria en el punto de encuentro idiomático con aquellos otros que participan de la misma, aún a veces de manera unívoca y tal vez reduccionista, sin contemplar, en ambos casos, el que la elección de la lengua debiera ser, en todo caso, una opción personal garantizada por la administración, en cualesquiera de las oficializadas y reconocidas, independientemente del lugar de procedencia, más si éste, como es el caso, constituye el mismo a un lado y otro de la artificial zonificación. La lengua no puede ser el equivalente único del territorio aun constituyendo elemento destacado de la identidad. Si por un azar del destino ahora mismo nos erigiésemos en Estado independiente, al menos deberíamos reconocer la naturaleza plurilingüe del mismo. Con lo cual, determinadas problemáticas de carácter sociolingüístico y educacional también, del mismo modo, se habrían de mantener. Por ello, no estaría de más el que, independientemente de las propuestas ideológicas sobre el destino y configuración del ente comunitario, tuviéramos bien claro algo que este pueblo siempre ha asumido con naturalidad su, en terminología ontológica, esencia plural.
Cabe aquí recordar, como lo hace Ferrater Mora, el que la pregunta a la que hay que dar repuesta, cuando de esencias se trata, es aquella referida al qué es, que traída a tema habrá de ser más bien la del etiquetado fundamentado en el qué se es (vasco, navarro, español o/y francés, europeo, etcétera). La interrogación sobre este qué se es, en todo momento y en todo lugar, deberíamos hacerla desde el modo reflexivo, que es aquél que, según John Dewey, consiste en el pensamiento elaborado a partir del «darle vueltas a un tema en la cabeza y tomárselo en serio con todas sus consecuencias». Así, los vascos, en general, pueden ser euskaldunak o erdaldunak, significando que ambos participarían de la naturaleza plural de su condición lingüística. En todo caso los derechos de los euskaldunes, de quienes poseen plenamente la lengua minorizada, independientemente de la comunidad a la que se adscriban, deben ser plenamente garantizados por la administración. Algo tan obvio, que muchas veces parece olvidarse, particularmente en la nuestra Navarra.
En un sociedad escindida como la nuestra, donde todos los asuntos son tratados de espalda a los otros, viene a cuento contar la anécdota relatada por Lévi-Strauss del encontronazo dado entre conquistadores españoles e indígenas americanos, puesto que si para los primeros se trataba de averiguar el que los segundos tuvieran alma, para los últimos, invirtiendo el orden de los escatológicos sumandos, se trataba más bien de demostrar que no eran seres divinos sino al menos tan humanos como ellos. Digo bien, escatológico, como equivalente a excrementicio, en una segunda acepción no teológica, pues en el caso indígena la demostración era palpable por la descomposición de los cuerpos caídos en la confrontación. Sea como fuere, lo que parece quedar diáfanamente explicitado es el hecho suficientemente contrastado recogido por Juan Carlos Moreno de E. Lizcano, en su obra El nacionalismo lingüístico, de que «el secreto de la dominación estriba en colonizar el imaginario del otro imponiéndole el mundo de uno como el único posible». Contra ello van de la mano perspectivismo amerindio y neomonadología europea. Visiones de la cosmopolítica.
NOTICIAS DE NAVARRA









