Vino, estatuas, cuervos, santos

Cuando la semana pasada estalló la noticia de que alguien había ordenado camuflar las estatuas clásicas de los Museos Capitolinos de Roma a fin de que la desnudez del mármol antiguo no ofendiera la mirada de Hasan Rohani, y cuando supe que se excluyó el vino de la cena que Matteo Renzi ofreció al presidente de Irán, en vez de rasgarme las vestiduras por el orgullo occidental herido como han hecho tantos prestigiosos articulistas de Barcelona, París y Washington, pensé en dos cosas muy distintas. Pensé en el monasterio de San Elías de Mosul, el más antiguo de Iraq, que hace pocos días fue asolado por los bárbaros del Estado Islámico; y pensé en el gran poeta árabe del vino y del amor homosexual, Abu Nuwas, tan famoso en los primeros tiempos de la era musulmana que aparece incluso en los cuentos de Las mil y una noches.

Oriundo de la antigua Mesopotamia, Abu Nuwas vivió entre los siglos VIII y IX, durante las primeras décadas del califato abasí. Considerado un clásico, cuenta incluso con una estatua dedicada en una calle de Bagdad, en la que muestra una copa (de vino, naturalmente). Se estudia (o se estudiaba) en las escuelas árabes como ejemplo de refinamiento expresivo, aunque las antologías que se publican tienden a censurar sus versos homoeróticos y satíricos contra el Ramadán y a favor del vino.

Desde que leí la traducción que Jaume Ferrer y Anna Gil hicieron en castellano para la editorial Cátedra, me ha quedado grabado un poema, que transcribo casi completo: “Siéntate junto al narciso, deja atrás las espinas, / túmbate al lado del mirto, olvídate de las zarzas, / y por la mañana empieza a beber el vino. / ¡Que ninguna prohibición te lo impida! / Quien combate los placeres que el vino acompaña / vive una extenuante vida de aflicción”.

Abu Nuwas describe a los perseguidores del vino como “los cuervos negros de la división”. No divide quien propone una idea o defiende una creencia, sugiere el poeta. Tampoco divide quien practica, propaga o fomenta una determinada religión (o una ideología). Divide quien la impone y, en su imposición, convierte en malos, pecadores o infieles a aquellos que no la aceptan. Es este el cuervo que separa: el que exige obediencia, el que pretende imponer su verdad a los demás.

Abu Nuwas era un tipo muy risueño y hedonista, lo que le costó prisión y exilio. Tiene un verso escrito en aquellos remotos siglos del inicio de la era musulmana que suena hoy en día muy irreverente: “Busca refugio del Ramadán / en el buen vino de las tinajas”. Esta filosofía vital, que a un creyente musulmán de hoy podría parecerle una pérfida influencia occidental, es pura tradición persa. Abu Nuwas era de origen persa como el presidente Rohani. En otro poema reclama algo más que vino a un amigo: “Sírveme el vino sin tregua, / a la vista de todo el mundo / y hagamos como los de Sodoma”. Los desnudos chicos de mármol de los Museos Capitolinos que el presidente Rohani no vio nos parecen ingenuos, además de castos, a la luz de aquellos versos de su antiguo compatriota.

Desde el siglo VIII hasta ahora ha pasado mucho tiempo. Y los cuervos negros de la división se han impuesto. En vez de matizar su poder, el integrismo ha fomentado la serpiente del fanatismo, de cuyos huevos emergen los bárbaros. No sólo prohíben beber vino, sino que, en muchas zonas de Siria e Iraq (por no hablar de los otros territorios imprecisos que consiguen dominar, sea en Oriente Próximo, Asia o África) están realizando una verdadera limpieza étnica, especialmente cruel y dolorosa con los cristianos, algunas de cuyas comunidades, arraigadas mucho antes de la presencia musulmana, están desapareciendo entre la total indiferencia de unos europeos que, habiendo expulsado complacidos la religión cristiana de sus vidas, se desinteresan completamente de la extirpación violenta del cristianismo en tierras lejanas.

El Vaticano ayuda en lo que puede a los perseguidos, pero, en una prueba admirable de radicalidad cristiana, no sólo no promueve el fuego de la guerra o no clama por la revancha, sino que propugna una y otra vez el discurso del perdón y la diplomacia del diálogo con el islam. Bergoglio piensa que un conflicto de tanta complejidad geoestratégica como este necesita el perdón y el diálogo, igual que el fuego necesita la lluvia para ser apagado. No son pocos los fundamentalistas cristianos que abominan de Francisco. Y suman su indignación a la de los integristas laicistas, que aumentan sin cesar, y a la extrema derecha excluyente, cada vez más a sus anchas. Todos ellos pusieron el grito en el cielo por la desaparición de Palmira, pero no parecen haberse preocupado mucho por la desaparición del monasterio más antiguo de Iraq.

San Elías estaba situado en una colina fértil y suave, rodeado de prados, cerca de Mosul. Fundado en el 595 por el monje asirio Mar Elia, los persas islamizados ya lo habían destruido una vez, en 1743, cuando todos los monjes fueron asesinados. Reconstruido a principios del siglo XX, ahora vuelve a ser una ruina desolada que no ha provocado ni una sola lágrima en Occidente.

LA VANGUARDIA