Nunca me ha convencido, ni mucho ni poco, la corta moda que ha circulado muchos años (bueno, no tantos años, por fortuna) del pensamiento llamado «postmoderno», mezcla de pasta filosófica espesa y de afición al espectáculo frívolo y a la novela popular. No negaré que esta moda, que ya empieza a ser una moda pasada, haya tenidos puntos de interés saludablemente crítico, ni que poner en solfa algunas ideas recibidas como ciertas haya tenido una cierta gracia: la historia no es una narración única y teorizable, el imperio de la ciencia no lo es todo en este mundo, ningún sistema de valores morales es siempre y absoluto para todas partes, un cierto relativismo es siempre bienvenido, y las realidades -o los textos, o las teorías- a menudo cambian según las interpretamos. Todo esto, y algunas cosas más, está muy bien. Pero me hace poca gracia el intento de reventar el legado de la Ilustración (sí, ya sé que de aquello también nacieron después proyectos funestos y totalitarios, pensando en un futuro feliz para la humanidad), me hace menos gracia todavía la devaluación de los avances de la razón metódica y de la ciencia y la técnica, y encuentro inaceptable la afirmación de que esa «modernidad» (las «luces», la libertad, la ciencia y la fe en alguna forma de progreso) sea algo antiguo y superado, y que por tanto hemos entrado, o debemos entrar, en una fase histórica definida por el vacío y la nada: ser «postmoderno» no tiene ningún contenido propio, se limita a afirmar que ya no somos modernos, que simplemente vivimos «después» de la modernidad. Pues, no señor: yo no he dejado nunca (o eso pienso) de ser lo que se entendía por moderno, nunca he dejado de compartir esa idea de fondo, aquel pensamiento, aquellas actitudes y aquella estética que en esta parte del mundo comenzó con el Renacimiento, y continuó con el ‘Discours de la méthode’ y con Newton, con la máquina de vapor, con la ‘Encyclopédie’, con la química, con los derechos humanos y con el sufragio universal. Si ésto (y algunas cosas más…) era la modernidad, que no me digan que ya se ha acabado, que no me digan que debemos sustituirla con algo flojo, blando y diferente, que simplemente llamaremos «post». Y de todas las formas del post (en gran parte derivadas de una logorrea narcisista, en la que el pensador o el sociólogo contemplan el reflejo de su ombligo con una lente de aumento, y a eso llaman pomposamente «el hombre» o «el hombre contemporáneo»), la que he encontrado siempre más exhibicionista y banal, más cargada de verborrea y de barnices de colores llamativos, es la que su fundador Gianni Vattimo bautizó como «pensamiento débil». Fuera las grandes ideologías absolutas, proclama, y me parece de primera. Fuera las verdades indudables del «pensamiento fuerte», fuera la imposición de proyectos -de presente o de futuro- que se aplican desde la certeza. Y así más afirmaciones sensatas, que por otra parte no tienen nada nuevo.
Ahora, sin embargo, en la presentación de un nuevo libro (de título también llamativo: ‘Comunismo hermenéutico, de Heidegger a Marx’), el pensamiento débil de Vattimo llega a conclusiones sorprendentes. Ahora supone que la libertad de mercado, efecto la ciencia, que a su vez controla y domina la política, provoca la indiferencia ciudadana: «No sé si alguien sale de casa un día de lluvia para votar y salvar el libre mercado. Por eso hablo del comunismo: sólo un ideal fuerte, en el sentido igualitario, democrático, es un ideal posible». Amén: como conclusión de tantos años de «pensamiento débil», no está nada mal. «Comunismo en el sentido de Lenin», concreta, «es decir, electrificación y soviets. O sea, desarrollo y asambleas lo más democráticas posible». Maravillosa actualización de la experiencia soviética. El entrevistador le pregunta si Chávez, Evo Morales y, con algunas dudas, Fidel Castro, serían ejemplos positivos de este comunismo. El pensador débil contesta que sí, y que es una elección hecha a conciencia: «Chávez y Morales han creado un nuevo mercado, un nuevo sistema, que es una alternativa», afirma Vattimo, entre otras loas emocionadas. No estoy seguro si, para el filósofo, el petróleo inagotable de Venezuela, los discursos patrióticos, el «bolivarismo», el socialismo del siglo XXI, el eslogan militar obligado «patria, socialismo o muerte», y otros pequeños detalles, son elementos de una forma peculiar de pensamiento débil, de la posmodernidad, o bien de un proyecto muy fuerte, fortísimo, del que ya hemos conocido los resultados.








