Vargas Llosa, ese reaccionario que escribía bien

 

La paradoja es tan vieja como la propia literatura: ¿cómo puede un espíritu sensible –porque crear buena literatura exige siempre tener una gran sensibilidad personal– contener simultáneamente dentro de su cerebro ideas tan reaccionarias y violentas como las que profesaba Vargas Llosa? O al revés, si lo prefiere: ¿cómo puede un cerebro anquilosado en posiciones de extrema derecha y envenenado por el odio producir de forma simultánea páginas brillantes, ágiles y profundas? No quiero liarme mucho ni ser especialmente dogmático, pero la cosa tiene intriga, al menos, para mí.

El caso de Vargas Llosa, recién fallecido, es quizás el más escandaloso de estos últimos tiempos: un escritor que comienza su vida pública como un fervoroso revolucionario comunista y lo acaba como el adalid batallador del neoliberalismo más reaccionario y socialmente destructivo. Un hombre que de joven adora el Tirant (lo Blanc) y lo populariza por todo el mundo y de viejo se convierte en un obseso contra el catalán, supremacista español como ningún otro, violento e irascible contra la lengua de Joanot Martorell. Caminos inversos a los que la lógica –o al menos la tradición de una cierta lógica humanística– haría esperar.

Cierto que no estaba solo, ni era el único: T.S. Eliot, Knut Hamsun, Ezra Pound, Céline, Borges, Gabriele D’Annunzio mismo… La lista es tan larga como incómoda. Todos, grandes entre los grandes de la letra impresa, todos –al mismo tiempo– unos enanos morales, al menos, según mi escala de valores.

La incapacidad para entender este fenómeno me ha perseguido toda la vida y me ha obsesionado. Yo hice unos meses de servicio militar en Rabassa, en Alicante, especialmente soporíferos. Había una biblioteca minúscula, dentro del cuartel, y pasé muchas horas matando el aburrimiento de unas tardes interminables sin nada que hacer. Entre los pocos libros –junto a varios tratados de artillería que leí, desesperado por la cantidad de horas muertas–, había un par de libros de Borges que rechazaba, militantemente, de hojear. Era la época más dura de las sanguinarias dictaduras militares en el cono sur americano y yo no podía soportar la idea, ni siquiera, de leer nada que hubiera salido de la pluma de un hombre que defendía explícita y abiertamente los asesinatos y a los asesinos, la represión brutal, el uso de la tortura, el régimen militar.

Pero llegó un día, cuando ya no me quedaba ni siquiera ninguno de esos estúpidos tratados de artillería por leer, que no tuve más remedio que coger los libros de Borges. Y no me lamenta decir que me impactaron. Me acuerdo a mí mismo, asomado contra un muro del cuartel, llorando de emoción después de haber leído ‘Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto’. Pero desesperado, al mismo tiempo, interrogándome en voz alta ¿cómo era posible que un hombre capaz de imaginar el Aleph –aquel punto del espacio que contiene todos los puntos y representa la tensión entre lo universal y lo particular– fuera al mismo tiempo un ser incapaz de ver la miseria evidente y el reduccionismo extremo de las dictaduras que aplaudía en público? Llámenme corto u obtuso, pero ni me sabía conciliar entonces, ni me sé conciliar todavía hoy.

No tengo, por tanto, ninguna respuesta al dilema. Pero eso no me impide, en cambio, constatar que el ejemplo de estas vidas –la de Mario Vargas Llosa, concretamente hoy–, al final nos afronta a todos a una evidencia indiscutible: el arte no necesariamente nos hace mejores personas. Que ésta es quizás una de las ilusiones románticas que todos tenemos más arraigadas y que deberíamos ir abandonando, para reconocer –como dijo alguien que ahora mismo lamento no recordar quién era– que la belleza es amoral y que en esto reside, precisamente, su poder y su peligro. Todo a la vez.

VILAWEB

 

¿Cuál fue la obra de Mario Vargas Llosa?

Laura Arroyo

DIARIO RED

14/04/25

La memoria es el ejercicio de responsabilidad democrática que ha de ejercerse precisamente en los momentos importantes y por eso hoy toca decir la verdad de lo que significó Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa, el escritor y premio nobel peruano, ha fallecido a los 89 años. Y como peruana, como lectora acérrima de algunas de sus novelas, como una adolescente que creció leyendo ‘La ciudad y los perros’ o ‘Conversación en la catedral’, pero sobre todo como una demócrata con memoria, veo importante completar algunos epitafios que lamentablemente están obviando –voluntariamente o no– algunos aspectos de este personaje que no sólo fue escritor, sino un intelectual orgánico que hizo política activamente desde todas las tribunas que tuvo a su disposición. El debate sobre si hay que separar al autor de su obra, en este caso específico, no tiene ningún sentido porque esto con Mario Vargas Llosa se hace de facto. No hay nadie que considere que no ha sido un gran escritor, guste más o menos, pero me parece injusto creer que su obra es sólo literaria cuando hablamos de un personaje que ha hecho política activamente desde hace muchos años y especialmente en los últimos. Su obra es por tanto literaria y política. No creo que quisiera que no se le recordara por lo que ardientemente defendió en los últimos años de su vida.

Mario Vargas Llosa fue un peruano que representa bastante bien el declive de los valores democráticos a nivel mundial cuando los pueblos eligen, democráticamente, transformaciones en lugar de continuismo. Esta mañana que las loas se reproducen acríticamente, conviene recordar que Mario Vargas Llosa no generó “polémicas” como lo llaman de forma abstracta, sino que apostó políticamente por ciertos personajes, discursos y proyectos. Mario Vargas Llosa, como hace la academia muchas veces, desempeñó un rol de legitimación de personajes políticos en mi región y no sólo en ella. Su aval a Keiko Fujimori –la hija del dictador asesino Alberto Fujimori– para que, cito, “salvara al Perú de caer en manos del totalitarismo”, habla del proyecto político de quien, repito, no fue sólo un escritor. Porque como sabemos, la política está en todos lados, y muchas veces bajo la excusa de la separación del escritor y su obra obviamos que algunos personajes se hacen reconocidos por sus obras para luego desempeñar importantes papeles políticos y, por tanto, esa separación, han decidido no hacerla ellos mismos en vida.

Mario Vargas Llosa fue un defensor del proyecto de la internacional reaccionaria con sus avales a José Antonio Kast en Chile o a Bolsonaro en Brasil, de quien dijo que lo prefería a Lula y que sus acciones, su negacionismo al llamar “gripecinha” a la COVID, sus políticas depredadoras de los territorios brasileños y sus pueblos, su lawfare y su utilización de las instituciones para encerrar a adversarios políticos, eran nada menos que “payasadas”.

Mario Vargas Llosa ha sido uno de los principales –si no el más– emblemas intelectuales en lengua española de los think tanks ultrareaccionarios que aupan a personajes como Isabel Díaz Ayuso. Porque la ultraderecha, la internacional reaccionaria como decimos, necesita de intelectuales orgánicos que, desde la atalaya que muchas veces se construye en torno a lo que se entiende por “academia”, da una validez con un peso mayor a quienes la ocupan. Pero Vargas Llosa no sólo la ocupó, sino que la usó para desplegar un clasismo que es también tan lamentablemente habitual en esa academia eurocéntrica y blanca, contra sus propios hermanos y hermanas.

Sí, Mario Vargas Llosa fue el creador de maravillosas historias o el relator de algunas muy necesarias como La Fiesta del Chivo, pero fue también un representante del clasismo más perverso que lo llevó a calificar de “salvajes” a ciudadanos de la comunidad de Uchuraccay en Perú, llamar “analfabeto” a un presidente elegido por el voto popular como Pedro Castillo, considerar que la obra de José María Arguedas no constituía literatura sino antes bien “etnología” o “folclore” y que lo importante en democracia no era votar, sino hacerlo bien. Y sabemos lo que significa “hacerlo bien” para quienes creen que sólo algunos saben hacerlo. “Bien” es una forma de decir que tal vez algunos, los salvajes, los otros, los analfabetos, los pobres, los plebeyos, los que no tienen un título académico universitario, los choferes de combis, las mujeres aymaras o quechuas, las comunidades que mantienen vivas sus lenguas originarias, etcétera… a lo mejor no deberían votar, porque lo harán, para Vargas Llosa, necesariamente mal.

Hay quien dice que cuando alguien muere corresponde no hablar mal de esa persona. No estoy de acuerdo. Hacer memoria no es hablar mal de una persona: lo que habla de una persona es precisamente su legado, aquello que recordamos de él o de ella, porque la memoria es el ejercicio de responsabilidad democrática que ha de ejercerse en los momentos importantes y por eso hoy toca decir la verdad de lo que significó Vargas Llosa. Y decir esa verdad supone hablar no solo de su historial como escritor, un historial que le trascenderá y donde hay maravillosas novelas escritas con una pluma que merece reconocimiento, sino también de lo otro que le trasciende, que es el papel político que desempeñó en un momento en que el mundo veía el retorno de los fascismos en sus nuevas versiones y donde su país, mi país, nuestro Perú, necesitaba de intelectuales más comprometidos con la democracia y los pueblos, que con las élites y sus privilegios, ya sea en una columna de opinión como la que tuvo todos los meses en el País o El Comercio, o en su versión más macabra, con el menosprecio con el que se refirió a un pueblo que merecía un premio nobel comprometido y no desterrado voluntariamente de sus raíces para asumir un papel en esta Corte de España.

Cuando me dicen que hoy toca pensar en la familia, lo hago. Siento mucho lo que debe ser despedir a un padre, a un hermano, a un esposo, a un amigo. Pero el deber del periodismo es mostrar empatía por igual con todos y todas. Porque no pensaron en las familias de esos 50 peruanos muertos por la dictadura de Boluarte que condecoró a Vargas Llosa a los meses de asumir la Presidencia porque, insisto, Vargas Llosa fue un personaje político y no solo un escritor y era útil para legitimar la dictadura que hoy sigue en Palacio de Gobierno. Nadie pensó tampoco en las familias víctimas de la dictadura pinochetista cuando Vargas Llosa dijo públicamente que era muy importante que José Anotnio Kast, negacionista de la dictadura pinochetista, ganara las elecciones en Chile.  Pensemos en las familias, sí, pero en todas.

Y como migrante peruana en España, una del estribo. Durante mucho tiempo, si migrabas a España debías intentar, si tenías la capacidad para ello –es decir, si contabas ya con un cierto privilegio–, entrar en el círculo de Vargas Llosa, su think tank, su argolla social, pues eso te abría puertas para desarrollar tu propio arte o labor con mayor facilidad en un país que no es especialmente abierto con las y los migrantes a menos que sea para realizar las labores que no quieren realizar los españoles. Tal vez sea un buen día para recordar que ese tiempo de cierto vasallaje ante Vargas Llosa y su entorno por el peso que tenía y que usaba para hacer política, insisto, ha cambiado. La comunidad migrante peruana en España hoy no tiene solo un referente, se organiza y autoconvoca en torno a una comunidad que ha construido también otros referentes y múltiples redes. Una comunidad que hace plantones en la embajada contra el representante de la dictadura peruana en Madrid, que organiza charlas para discutir una nueva Constitución, que se organiza para defender el voto como en las últimas elecciones, que se movilizó contra el nefasto indulto al dictador Fujimori y que crea y consume arte, arte migrante, arte plebeyo, muchas veces alejado de esa academia de Babel tan divorciada de los pueblos. Arte marrón, sin apellidos compuestos, sin dádivas aristocráticas, sin entrar en los cánones de lo impuesto desde una atalaya. Reconociendo y creando como el Tayta Arguedas que nos regaló literatura andina y que fue menospreciado por personajes como Vargas Llosa. Creando pueblo peruano en cualquier código postal.

Mario Vargas Llosa ha fallecido y quienes crecimos con su pluma nos quedaremos con la obra que le trasciende, pero su obra no está solo en las estanterías de nuestros hogares o de las bibliotecas, sino también en algunos gobiernos y en la batalla cultural que disputamos en mi región por su papel político activo que, divorciado del pueblo, porque a lo mejor nunca lo terminó de entender, lo llevó a posicionarse con las ultraderechas al alza en todo el mundo. Los epitafios incompletos, me temo, son también negacionismo. Que sirva este para equilibrar al menos un poco y de manera responsable, la balanza precisamente por una migrante peruana que sabe de la responsabilidad que se tiene con un pueblo cuando ocupas, aunque sea un ratito, un altavoz. Por suerte, los referentes democráticos de mi Perú existen y están en las calles antes que, en la academia, pero están haciendo también academia y arte popular. Y aunque no ocupen las primeras planas mainstream están ya cambiando el mundo y esa obra es eterna. Hasta mañana.

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