‘Utrimque Roditur’, por todas partes me roen

Este es el lema que bien puede simbolizar la suerte de Navarra a través de los tiempos. Su autor fue Carlos, primer Príncipe de Viana (1421-1461), quien lo incluyó en su escudo de armas junto a dos lebreles que se pelean entre sí por un hueso. Palabras e imagen que hacen alusión al ansia y voracidad de castellanos y aragoneses por conquistar y controlar nuestro Viejo Reino.

 

A lo largo de la historia son numerosas las ocasiones en las que las navarras y navarros hemos padecido las consecuencias a las que hace referencia este irónico lema, incluida la época actual.

 

La historia ha demostrado que a Navarra no le ha ido bien durante todos estos siglos en los que, por imposición, ha rotado en la órbita castellana, especialmente en los últimos 500 años. Pero hagamos un breve repaso.

 

La muerte de Sancho III el Mayor en la batalla de Atapuerca, en 1054, supone el comienzo de una etapa de agresiones por parte de los castellanos que, siglo y medio más tarde, llevarán a Alfonso VIII de Castilla a adueñarse, por la fuerza de las armas, de los territorios de Araba, Gipuzkoa y parte de Nafarroa. Vitoria-Gasteiz capitulaba tras un asedio de nueve meses con permiso del rey navarro. El mismo rey, Sancho VII el Fuerte, que se vio obligado a luchar en 1212 en las Navas de Tolosa so pena de ser excomulgado y desposeído de su Reino.

 

Alfonso VIII prometió a Sancho el Fuerte que devolvería los territorios ocupados por la fuerza. Promesa que nunca cumplió. Así pues, gipuzkoanos y alaveses dejaron de ser navarros para ser solo vascos. Los lebreles haciendo de las suyas.

 

A mediados del siglo XV, Carlos Príncipe de Viana y su madre Blanca de Navarra morían envenenados. Utrimque Roditur, los intereses de potencias extranjeras se cebaban una vez más con Navarra, sembrando la discordia y el odio y dividiendo el Reino en agramonteses y beamonteses.

 

Llegamos así a 1512, año en que los ejércitos de una emergente España invaden y conquistan una debilitada Navarra, a la que tras años de guerras civiles hacía poco que había llegado la paz. Esta apenas duró como consecuencia de la invasión.

 

El Reino se intenta recuperar en varias ocasiones, 1515 y 1521. Sin embargo, los navarros fueron derrotados en Noáin, Irun y Hondarribia. En 1522 los que aún resistían en Amaiur, en su mayoría roncaleses, se rindieron a cuenta de que se les perdonase la vida. Una mentira más. El lebrel volvió a actuar. El alcaide, Vélaz de Medrano, y su hijo son asesinados, y los hermanos de Francisco de Jaso, apresados.

 

En 1529 los navarros expulsaban a los españoles de Ultrapuertos. Sin embargo, la posibilidad de recuperar la independencia se disipa con la paz de los Pirineos en 1616.

 

La condición de Reino y buena parte de la estructura y las competencias que configuraban a Navarra como Estado se pierden con la Ley Paccionada en 1841. De nuevo los lebreles royendo a una, cada vez más débil, Navarra. Las guerras carlistas, las dictaduras y la violencia de ETA y otras organizaciones traen más dolor y sufrimiento a nuestro pueblo.

 

La actual crisis económica y la destrucción del Estado de Bienestar tampoco auguran nada bueno. La nueva ola recentralizadora que parece traernos Rajoy, utilizando la crisis como coartada, no es sino más de ese Utrimque Roditur. En estos momentos difíciles, cuando asoman una vez más sus colmillos los mismos de siempre, debemos ser conscientes de que más autogobierno no solo nos acerca a lo que un día fuimos, sino que bien empleado nos ayudará a conservar y lograr más bienestar para nosotros y para nuestros hijos.

 

Una vez hubo un sueño llamado Navarra, al paso que vamos poco queda para que éste quede diluido, como un azucarillo, en un turbio café entre autonómico y recentralizador. Está en nuestras manos cambiar la tendencia. «Navarra será la maravilla del mundo», dejó escrito Shakespeare. De nosotros depende que así sea.

 

Construir un futuro distinto y mejor, entre todos y para todos, sin exclusiones, es posible. Pongámonos manos a la obra para que 2012 no sea solo el aniversario de una triste derrota, sino el principio de un futuro esperanzador.

 

Diario de Noticias