«No estamos presenciando un auge en el fascismo, sino más bien un cambio de paradigma, una profunda transformación de la sensibilidad civil y las cosmovisiones»
El 15 de marzo de 1968, el periodista Pierre Viansson-Ponté, publicaba, en ‘Le Monde’, un artículo: «La France s’ennuie» –’Francia se aburre’–. Este habitual editorialista del diario más prestigioso de la prensa parisina describía a una Francia dominada por la apatía y el inmovilismo, una cierta sensación de parálisis y un clima de una calma que precede a la tormenta, y que sería protagonizado por las generaciones más jóvenes que desbordarían el sistema social con su rebeldía juvenil. Los historiadores contemporáneos vemos en este texto de hace cincuenta y ocho años una especie de precursor, de profecía de los acontecimientos que, seis semanas después, estallarían bajo la fórmula del mayo francés, una revolución cuyos efectos son hoy claramente perdurables en la cosmovisión, en la forma de pensar y actuar del mundo occidental.
Ciertamente, nuestra forma de vivir en occidente son fruto de aquella verdadera revolución con barricadas y sin sangre, que entró a formar parte más del mito que del análisis, y que conformó las coordenadas sociales y morales que todavía funcionan en la sociedad europea. Más allá de los lemas ocurrentes y recurrentes pintados en las paredes de la capital de Francia –con réplicas en todas partes–, nos quedó una ética y estética marcada por una concepción hedonista de la libertad, una idea de autorrealización vital, un individualismo radical… y el efecto colateral bajo la fórmula de un nihilismo omnipresente en el pensamiento. La izquierda experimentó una mutación probablemente irreversible, en la que la lucha de clases y la emancipación de la clase trabajadora fue sustituida, primero por la consideración de la juventud como grupo oprimido, como una opa hostil a los valores tradicionales, y a un descuartizamiento de las instituciones que habían caracterizado las sociedades occidentales modernas: la familia, la comunidad. Transformó las categorías políticas convencionales, e incluso la misma idea de convencionalismos. Representó una verdadera subversión de las prácticas y creencias en temas íntimos y personales como la sexualidad, el género, la cuestión racial o la religión. Y ya nada fue igual.
Evidentemente, en estas seis décadas ha habido tiempo suficiente para analizar y discutir este verdadero cambio de paradigma, así como para relativizar y poner en cuestión algunas de las ideas y transformaciones derivadas del mismo. En Francia y Europa de la década de 1960, poco menos de uno de cada ocho jóvenes llegaban a la universidad –la inmensa mayoría, procedente de los estratos acomodados–, por lo que la representatividad de aquellos jóvenes era más bien discutible. Tanto es así que, entre buena parte de quienes buscaban la playa bajo los adoquines, veinte años después encontramos a los arquitectos y urbanistas del neoliberalismo, una ideología que, en un principio, se dedicó a desregular y privatizar la economía, y finalmente, expandió sus ámbitos también a los aspectos más íntimos de la privacidad. Puede parecer una frivolidad, sin embargo, aquellos jóvenes de la ‘rive gauche’ mostraron a la perfección aquel programa político expresado por Margaret Thatcher cuando, a la hora de imponer las medidas draconianas que trincharon el pacto social de 1945, expresó aquella frase de “no se trata tanto de cambiar la economía, sino de transformar los cuerpos y las almas”. Y, efectivamente, cuestiones como la fragilidad de las familias, la interiorización de la globalización, la caída de la natalidad, el hedonismo como fundamento existencial, el exhibicionismo público de la fama y la riqueza o la actitud de ser empresarios de nosotros mismos ha sido interiorizado muy profundamente en el imaginario colectivo, como una especie de norma no escrita y modos de comportarse de manera privada y pública.
Al fin y al cabo, la globalización podría ser la hija engendrada en las barricadas festivas de la primavera parisina del 68. Y una vida de excesos refleja en el cuerpo, en el rostro y el alma de esta señora que se aproxima a la tercera edad, con cierta sensación de agotamiento personal. Si me permiten la conexión literaria, Michel Houellebecq, quizás el novelista francés que mejor ha sabido ejercer de cronista de la decadencia occidental vigente, fue el hijo no deseado de dos padres de vida bohemia que lo abandonaron cuando era un bebé y lo entregaron a los abuelos para que le cuidaran.
No creo que hoy Francia se aburra. Tampoco creo que haya una especie de calma que preceda a la tormenta. Sin embargo, sí encontramos varios indicios que nos llevan a pensar en unas transformaciones profundas que operan en las sociedades europeas. Las jóvenes generaciones, desde su diversidad, incluso su creciente polarización, apuntan a modos más conservadores. Se constata cierto renacimiento religioso… con una religión más política que espiritual, y desde concepciones con elementos reaccionarios. También asistimos, a nivel más general, a una preocupación creciente por la ley y el orden. En otros términos, parece que el “prohibido prohibir” ha envejecido mal, y las propuestas de endurecer penas y tratamiento a delincuentes se van generalizando, especialmente cuando las redes sociales nos inundan con casos reales de indisciplina social y que actúan en una fase expansiva de desestabilización. Existe una creciente preocupación por el deterioro de instituciones como la familia o de la dejadez de las obligaciones gubernamentales respecto a la seguridad pública. La fiesta de la diversidad ha terminado, y parece que no demasiado bien, con millones de personas que, no es que no acaben asimilando los valores, prácticas y creencias de la sociedad de acogida, sino que se refuerzan burbujas identitarias con un rechazo poco sutil a los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Hay una sensación de que el nihilismo moral ha propiciado cierta esterilidad civil. El individualismo ha disuelto a las comunidades, que tradicionalmente han sido las redes subsidiarias de seguridad y confort. La gente está cabreada, está preocupada respecto del futuro, tiene miedo y se siente insegura. Y empieza a manifestarlo políticamente, dispuesto a alquilar su malestar al primer oportunista que se acerque.
La paradoja es que el mundo de mayo de 1968 es hoy ‘establishment’. Y como todo ‘establishment’ comienza a sentir temor a ser desplazado, no sólo del poder, sino de perder la hegemonía moral y espiritual construida durante las últimas décadas. De modo que acaba utilizando el comodín de la ultraderecha para tratar de neutralizar la amenaza. Que se pretenda resucitar la familia, la identidad, la comunidad, o una convivencia fundamentada en la ley y el orden es ultraderecha, es resucitar el fascismo y la Europa traumatizada de hace un siglo, es la narrativa que repiten como un robot. Sin embargo, las comparaciones históricas las carga el diablo. Y aunque la idea de progreso hegeliano y marxista ya han quedado bastante desacreditadas de acuerdo con la experiencia colectiva, la historia cíclica y la ley del péndulo no necesariamente implica volver al mismo sitio de un pasado poco ideal. La propia evolución histórica siempre está marcada por tendencias que neutralizan los órdenes anteriores buscando nuevas o viejas soluciones a problemas pasados o actuales. Y si para algo sirve la historia, es para entender que es mejor abordar los retos de forma colectiva, dejando los prejuicios ideológicos encerrados en el cajón, que como hasta ahora, tratando de desautorizar las opiniones contrarias sin aspirar a una más que necesaria dialéctica. Ante los problemas de la descomposición familiar, del cuestionamiento de la identidad, de los problemas crecientes de las desigualdades, o de una inmigración con más fracasos que logros, es mejor aplicar la máxima hegeliana de la síntesis en la dialéctica entre tesis y antítesis, que el “sostenella y no enmendalla” actual.
Hoy en día, el gran problema que determina la agenda política es la cuestión de la seguridad. La caída progresiva de todos los gobiernos “llamados” de izquierda en Latinoamérica frente a las propuestas de multiplicar a los Bukele en el continente, tiene que ver con ello. Algunos logros notables en la redistribución de la renta y la ampliación de derechos sociales no fueron acompañados, por prejuicios o impotencia, de impedir que la delincuencia siguiera siendo un poder fáctico que actúa con impunidad. La expansión de los delitos (especialmente contra las personas, y especialmente contra la libertad sexual) en Europa, está creando un grave problema de legitimidad de los estados, que conllevan, no tanto la expansión de la ultraderecha, como una creciente sensación de caos, indisciplina social y rabia acumulada. El gran tema hoy de las sobremesas de los europeos es el de la sensación de una inmigración poco o nada controlada, en decisiones tácitas de los poderes transnacionales en los que la ciudadanía no ha sido consultada, y donde hay ventajas para unos pocos e inconvenientes para otros muchos. La misma idea de que alguien puede permanecer en el país sin el permiso para residir es comparable a unas carreteras donde existe un elevado porcentaje de conductores que no disponen de permiso de conducir, o que no respetan las normas de tráfico. El efecto sobre la cohesión es brutal e incita a la mayoría a rebajar la autoexigencia a la hora de circular. O, peor aún, si se percibe que quien tiene todos los papeles en regla puede experimentar el peso de la ley por sus transgresiones, mientras se permite circular a quien no tiene carnet, propicia un sentimiento de ira y resentimiento, que, efectivamente, intoxica la convivencia.
La idea de tachar de ultraderecha a quien no comulga con las propias convicciones es una fórmula de privatizar el lenguaje y expulsar de la discusión pública a quien pretende participar de las decisiones políticas. No estamos asistiendo a un auge de un fascismo, al menos tal y como podemos entender un movimiento político del siglo pasado de naturaleza muy diferente a lo que muestran los cambios ideológicos actuales, sino más bien a un cambio de paradigma, a una transformación en profundidad de las sensibilidades y cosmovisiones civiles. De la misma manera que los políticos conservadores de la época en que Viansson-Ponté escribía sus editoriales en ‘Le Monde’, criticando a los “greñudos, bohemios y drogados” que impugnaban el mundo austero, colectivista y conservador de 1945, hoy los antiguos greñudos –hoy con menos cabello– tratan de desautorizar las preocupaciones legítimas de la mayoría con una retórica caduca. Haríamos bien en esforzarnos en comprender los problemas sin apriorismos, y sobre todo, sin descalificaciones. Apelar a ese diálogo es una de las responsabilidades sociales de los historiadores.
El Mon










