Unas elecciones nada inocuas

1. NUEVO MAPA.

Desde el soberanismo se tiende a minimizar las elecciones del 26-J para seguir alimentando la idea de que cada vez estamos más lejos de la política española. Pero se mire como se mire, ya sea con las lentes del realismo de la inteligencia o del optimismo de la voluntad, aún queda tiempo teniendo que navegar dentro de España. Y estas elecciones tendrán efectos dentro del sistema político catalán y podrían tener en la relación Cataluña-España.

La crisis del régimen político de la Transición llegó aquí mucho antes que a la política española. Arrancó al final del pujolismo, cuando se rompió el bipartidismo no competitivo entre Convergencia y el PSC. La formación del tripartito fue su primera expresión. Pero la acumulación de poder que inicialmente consiguieron los socialistas catalanes (municipal, autonómico y apoyo masivo en las legislativas de los tiempos de Zapatero) y la exitosa travesía del desierto que llevó a Convergencia a una clara victoria después de siete años de gobierno de izquierdas, enmascararon la profundidad del cambio. Al final del tripartito, el PSC ya se desangraba y no ha logrado recuperarse. El paso al independentismo ha terminado desestabilizando a Convergencia, que ya venía tocada. Su electorado ha vivido mal un cambio estratégico tan grande como acelerado (y la emergencia de las miserias del pujolismo ha terminado de generar el desconcierto). A medida que el proceso crecía, CDC se desinflaba. La lista única se convirtió en la tabla de salvación (y se terminó cargando a Mas, su promotor).

Convergencia se ha desdibujado en este magma. Pero Esquerra también sufre las consecuencias de una alianza contra natura, porque la política en una sociedad compleja no se hace sobre un solo eje (el identitario, en este caso) y la unidad siempre es más eficaz si se construye sobre el pluralismo que si conlleva la decoloración de unos y otros. Convergencia ha perdido el perfil de moderación tan útil en un país conservador en muchas cosas (el nacionalismo tiende a ello), y ERC se ha descolorido y se arriesga a perder la oportunidad de liderar la reconstrucción del espacio de izquierdas tras la bajada del PSC. Los comunes le están quitando la cartera. El 26-J, pues, puede ser el final de Juntos por el Sí y el soberanismo puede entrar en una nueva etapa en la que la unidad estratégica para la independencia tenga que convivir con la afirmación del perfil de cada uno. Y los comunes se convertirán en actores ineludibles para el soberanismo. La recomposición del espacio político que comenzó con la desaparición de Unió de la escena entrará en la fase decisiva: un nuevo mapa.

 

2. RIGIDECES Y RECELOS.

Menos evidentes son las consecuencias del voto de junio en la relación Cataluña-España. Me cuesta ver a alguien en la política española capaz de hacer suyos los consejos de Maquiavelo: que los ciudadanos que hablan lenguas y tienen culturas diferentes son los más difíciles de conservar, y que «quien no descubre los males cuando nacen no es sabio de verdad». Si fueran sabios ya hace tiempo que habrían convocado el referéndum y habrían ganado unos cuantos años de cuello. Pero la idea castellana del poder es demasiado rígida para entender el sentido democrático del riesgo. Es mejor aguantar un conflicto que crear un precedente. Un gobierno de la derecha, debilitado y con mucha oposición, sólo puede dar algún caramelo, y vendido como una gran concesión. Sería obviamente un gobierno en el que participara Podemos el que podría abrir alguna expectativa. Los partidos soberanistas ven a los podemitas con recelo, algunos por razones ideológicas y todos juntos porque les están comiendo terreno. Pero cuando no hay suficiente yendo solos y la dificultad de progresar genera señales de agotamiento, es haciendo aliados como se avanza. A corto plazo, la única manera de salir del enfangamiento es jugar las pocas cartas abiertas que hay sobre la mesa. Y poner a Podemos, si llega a algún lugar, frente a los compromisos adquiridos, que también lo son de sus socios de aquí. Si han leído Maquiavelo les honrarán, porque les puede salir bien. Y para el soberanismo no sería malo: aunque se perdiera, se habría roto un tabú y se habrían abierto las puertas del futuro.

ARA