Nos han enseñado que el crecimiento económico, aunque sometido a vaivenes cíclicos, puede perpetuarse de manera indefinida. Pero ¿y si esto no fuera cierto y llegados a cierto punto la economía no pudiera crecer tan rápido como en el pasado? ¿Y si ahora mismo estuviéramos ya topando con un límite impuesto por un suministro inadecuado de petróleo a bajo precio?
Bajo estas preguntas subyace mi sospecha de que la actual situación de crisis de deuda refleja un desajuste fundamental: tenemos un sistema financiero que necesita del crecimiento, pero el suministro mundial de petróleo no aumenta lo suficiente para mantener los precios bajos y este hecho supone un tope al desarrollo económico, muy especialmente al de los grandes países consumidores de petróleo, como Estados Unidos y la Unión Europea, entre otros.
El hecho de que la producción de petróleo (crudo y condensados) apenas ha aumentado desde el 2005 aparece claramente documentado en las estadísticas de la Energy Information Administration del Gobierno de Estados Unidos. Los datos para el periodo 2005-2011 muestran que ni los países productores de la OPEP ni los países ajenos al cártel han sido capaces de incrementar los volúmenes extraídos, incluso en un contexto tan favorable para sus intereses como el de la abrupta subida de precios del barril vivida en el 2007-2008.
Ciertamente, que la producción de petróleo se haya mantenido plana, o casi, en los últimos seis años no sería un problema si la demanda mundial no hubiera seguido creciendo. Pero, China, India y otras economías emergentes necesitan utilizar volúmenes crecientes de petróleo, incluso aunque el precio a pagar por el barril sea alto, y, al mismo tiempo, el consumo interno de los países exportadores no para de aumentar, fruto de su alta tasa de crecimiento económico y demográfico. El resultado es que los países desarrollados estamos asistiendo impotentes a una nueva realidad: el suministro abundante y a buen precio de petróleo se está desvaneciendo.
¿Y qué le pasa a una economía bajo estas condiciones?
Pues, básicamente, que se contrae y, en el peor de los casos, entra en recesión. O al menos eso es lo que ha venido sucediendo hasta ahora: la historia muestra una cierta correlación entre crecimiento económico y aumento del consumo de petróleo y, por otra parte, diez de las once recesiones más recientes (incluida la del 2008) se han visto precedidas por importantes aumentos del precio del barril.
Quizá se pregunten qué habría que hacer para inundar de petróleo el mercado y de esta manera reflotar nuestras maltrechas economías. Las respuestas tampoco invitan al optimismo.
Una posibilidad inmediata es llamar a las puertas de la OPEP y pedirles que nos echen una mano, recordándoles que no conviene matar la gallina de los huevos de oro, es decir, que si la economía de los países consumidores no va viento en popa, la demanda de petróleo y el precio del barril caerán y con ello también lo harán sus beneficios. Pero muchos de los países del cártel están atravesando una coyuntura interna particularmente complicada, de forma que el cortoplacismo más absoluto prima sobre cualquier otra consideración: los presupuestos estatales, que incluyen múltiples y cuantiosas subvenciones necesarias para contener el creciente descontento de la población, dependen de los beneficios derivados de las exportaciones de crudo, y dichos presupuestos están calculados sobre la base de un precio medio del barril en torno a los cien dólares.
Otra posibilidad, cuyos efectos se dejarían sentir a medio plazo, es aumentar los esfuerzos para explotar los abundantes recursos de petróleo convencional y no convencional que todavía alberga el planeta. Sin embargo, el problema es que buena parte del petróleo de extracción fácil y barata ya ha sido utilizado. Y el que queda, más difícil de extraer y con un menor contenido energético neto, será más caro. Para movilizarlo, la industria necesita efectuar grandes inversiones con retornos a diez años vista. Pero esto requiere unos precios del barril elevados y que estos se mantengan así durante suficiente tiempo. Y aquí es cuando el pez se muerde la cola: porque los precios altos del petróleo lastran el crecimiento económico.
Mariano Marzo Carpio es catedrático de Recursos Energéticos en la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona