Hace cinco o seis años, el Instituto de Estudios Catalanes celebró un simposio sobre un tema recurrente, actual y confuso: sobre «nosotros y Europa», que tantas fantasías despierta, y tantas esperanzas frustradas. Sin ganas de ser original, y con un punto de melancolía, yo recordé, en mi ponencia, lo que sabe todo el mundo: que esta Europa, o más exactamente la Unión Europea, se ha construido y como un espacio hecho de naciones, no anulador de las naciones. De las naciones-estados, claro, hasta ahora y previsiblemente. La Europa de los mercaderes y la Europa de las instituciones de Bruselas, difícilmente se convertirá la «Europa de los pueblos», si entendemos los «pueblos» como realidades independientes de los estados constituidos. El europeísmo, sin embargo (tan antiguo y tan sólido en la historia del catalanismo), es un valor y un proyecto superior al de los antiguos estados cerrados y en conflicto, es el fundamento de una deseable identidad europea que todavía tardará mucho, si llega a ser equivalente a un solo espacio de identidad de carácter nacional. Hay, sin embargo, una cuestión crucial: en el proceso de construcción institucional de la Unión Europea, la soberanía clásica (real y simbólica) de los estados se fundamenta cada vez menos sobre sus atributos históricos, como fronteras político-policíacas, moneda y finanzas, relaciones exteriores absolutamente autónomas, o ejércitos nacionales. Hay, sin embargo, un conjunto de atributos que se mantendrán como específicos de los estados, como son los campos de la cultura, la educación y la lengua, los espacios y medios de comunicación de masas, y el intríngulis simbólico específico. Posiblemente, estos atributos y campos de acción ideológica y política tendrán una creciente importancia relativa: es aquí, sobre todo, donde cada estado miembro de la UE buscará preservar y proyectar su especificidad nacional, y donde funcionará a pleno rendimiento el habitual e histórico nacionalismo de estado. A muchas cosas pueden o podrán renunciar los estados, pero nunca renunciarán, al contrario, a preservar, reforzar y proyectar su especificidad cultural y, en su caso, lingüística: justamente porque saben que es aquí donde se fundamenta y donde se juega la realidad, la percepción y la proyección de la propia identidad distintiva. Los ministros del ramo, como el inefable señor Wert, eso lo saben de sobra, y actúan en consecuencia.
Por lo tanto, es también en estos campos donde los pueblos sin Estado (sus instituciones de autogobierno, sus entidades cívicas, sus intelectuales, sus medios de comunicación…) deben llevar adelante una acción contundente y eficaz . Porque aceptar como propio el marco cultural, educativo y lingüístico del Estado es -para estas naciones que no lo tienen- aceptar la propia inexistencia, o una existencia parcial, subalterna y subordinada, y en definitiva abocada a la extinción. La lengua, la cultura, la comunicación, la definición simbólica en términos propios, son los campos donde se juega la continuidad (la visibilidad consciente, adentro y afuera) del propio espacio nacional. Y todo esfuerzo en este terreno debe ser, como mínimo, tan decidido y claro y «sin complejos» como el que hacen los mismos estados. Si Cataluña debe ser, o puede ser, o quiere ser, «una nación de Europa» (que pretende ser también un Estado), debe presentarse y definirse como tal nación, como todo, no como en parte, porque si la independencia política no fuera por ahora posible, la independencia cultural y simbólica es del todo imprescindible. «Ser» es «ser percibido», y ser percibido en Europa como nación debe ser resultado de presentarse y proyectarse como tal: como nación-todo, no como parte de la nación española. Y eso, simplemente, las instituciones catalanas nunca lo habían hecho en serio. Hasta ahora. Porque ahora, el hecho de aparecer ante Europa y del mundo como una nación que pretende ser un Estado empieza a tener efectos nunca vistos. Cataluña, por primera vez en tiempos contemporáneos, ocupa ya un lugar propio en diarios y televisiones de todo el mundo: ya puede ser vista, por fin, como un país con cara propia. Es decir, ya empieza a existir, ya empieza a ocupar un espacio con un nombre. Y sólo por eso, todo lo que está pasando, arriesgado como es, ya valía la pena.







