El libro «El arte contemporáneo en Navarra» sintetiza los últimos 250 años de creación artística en ese herrialde, un tomo de 650 páginas publicado por el Gobierno navarro y en el que se ofrece la evolución que han experimentado en ese tiempo disciplinas como la arquitectura, la escultura, la pintura o la fotografía.

«Cristo amordazado», de Xabier Morrás. (EL ARTE CONTEMPORÁNEO EN NAVARRAAYUNTAMIENTO DE IRUÑEA)
El libro “El arte contemporáneo en Navarra”, publicado por el Ejecutivo navarro, realiza una síntesis de los dos últimos siglos y medio de creación artística en ese herrialde, y ofrece, a través de numerosas imágenes, la evolución de diversas disciplinas.
Según explica el coordinador del volumen, Javier Azanza, a la hora de delimitar el tramo temporal que abarcaría se optó por dar continuidad a la colección que la Dirección de Cultura del Gobierno viene dedicando a la historia del arte en Nafarroa y que se había quedado en el Barroco. De ahí que arranque su análisis con la irrupción, a finales del siglo XVIII, del Academicismo, que tenía como objetivo «desterrar el Barroco tardío en favor de un clasicismo en consonancia con los ideales ilustrados».
EXPORTAR ARQUITECTURA
Partiendo de ese momento, nueve autores analizan la evolución de las diferentes disciplinas, comenzando por la arquitectura, con Ventura Rodríguez y dos de sus obras: la traída de aguas a Iruñea y la reforma de la fachada de la catedral, explica Azanza.
Ya en el siglo XIX, el clasicismo se manifestó en trabajos como el palacio de Diputación, de José de Nagusia; la plaza nueva de Tafalla, de Martín de Saracibar; varios edificios religiosos de Florencio Ansoleaga y el Instituto Provincial de Iruñea y la decoración el Salón del Trono del palacio, de Maximiano Hijón. Por su parte, el modernismo encontró «su hábitat en el Primer Ensanche de la capital».
La siguiente centuria vino marcada por el acero laminado y el hormigón armado, y con la figura destacada de Víctor Eusa, miembro de la Junta de Guerra Carlista, que firmó a lo largo de 50 años centenares de proyectos.
El auge del racionalismo en la arquitectura se vio interrumpido por la contienda del 36 y una posguerra caracterizada por «la pervivencia del clasicismo y la recuperación de estilos historicistas que reflejan la estética oficial del régimen», señala el coordinador de la obra. Uno de sus principales exponentes fue José Yárnoz, con el Monumento a los Caídos.
En la segunda mitad del siglo XX la arquitectura de Nafarroa adquirió «identidad propia» de la mano de Fernando Redón, Javier Guibert, Patxi Mangado, Francisco Javier Sáenz de Oiza y el premio Pritzker 1996 Rafael Moneo, como una muestra del alto nivel que ha alcanzado esta disciplina en el herrialde, que de tener que recurrir a arquitectos de otros lugares ha pasado a “exportarlos”.
Su huella se aprecia en la Clínica Ubarmin, el Club de Golf de Ultzama, Fundación Museo Oteiza de Altzuza, Baluarte o el Archivo General de Nafarroa.
LOS LENGUAJES EN LA ESCULTURA
En la disciplina de la escultura se recoge en el libro que Nafarroa no contó con una escuela local en los siglos XVIII y XIX, por lo que hay que adentrarse en el XX, que arrancó con el monumento a los Fueros y que como “símbolo de nuestras libertades”, cuenta con una iconografía «original y única».
Esa centuria supuso «un punto de inflexión, con la aparición de una primera generación de escultores navarros que consolidará una tradición propia» en el herrialde y a la que pertenecieron Ramón Arcaya y Fructuoso Orduna.
A partir de las décadas centrales de ese siglo, experimentará «una diversificación de lenguajes» con, entre otros escultores destacados, «la polifacética personalidad» de Joxe Ulibarrena, el «artista de proyección internacional» Carlos Ciriza, «los juegos de luz y sombra» de José Ramón Anda, «las articulaciones flotantes» de Faustino Aizkorbe, el trabajo en madera de Xabier Santxotena, el collage de Dora Salazar o un escultor más apegado a la tradición como Rafael Huerta, autor del “Monumento al encierro”.
PINTURA CON UNA IDENTIDAD PROPIA
En lo que respecta a la pintura, en el volumen se recuerda que «desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta la Guerra Civil», esta disciplina «vendrá marcada por la confluencia de influencias foráneas y por la progresiva consolidación de una identidad propia». Con la apertura de la Escuela de Artes y Oficios de Iruñea en 1873 «la enseñanza artística se reglamentó», a lo que se sumaron las becas de la Diputación y ayuntamientos, y más adelante la organización de certámenes, como el del cartel de San Fermín desde 1900.
Con la llegada del siglo XX, «la pintura navarra empezó a consolidar una identidad propia», con una primera generación de creadores que «explora temáticas rurales con una fuerte carga identitaria», como en el caso de Javier Ciga, y en la que destaca el paisaje de Jesús Basiano.
La influencia de los movimientos artísticos internacionales se reflejó en los trabajos de artistas como Julio Bruñol, Emilio Sánchez Cayuela “Gutxi”, Enrique Zubiri, Francisco Eugenio Menaya, Gerardo Lizarraga, Leocadio Muro, Pedro Lozano y César Muñoz Sola.
Tras la guerra del 36 entró en «una etapa de silencios», con artistas relegados al olvido o al exilio, como Lizarraga o Juan Viscarret, y otros adaptando «su estilo a las exigencias del régimen franquista», con el «cartelismo y el muralismo poniendo la nota cromática».
La década de 1970 trajo consigo «un mayor dinamismo» con la aparición de la Escuela de Pamplona, con una renovación estética a la que se sumó el Pop Art, y con figuras como Isabel Baquedano, Pedro Osés, Xabier Morrás, Juan José Aquerreta, Pedro Salaberri y Pello Azketa.
En los 80 llegaron nuevos lenguajes y nuevas narrativas de la mano, entre otros, de Javier Balda y Patxi Buldain, junto al «caso excepcional» de Elena Asins.
Como fenómeno destacado en este terreno se pone de relieve el auge del grafiti, que vive a comienzos del siglo XXI «una edad dorada».
TERRENO FÉRTIL PARA LA FOTOGRAFÍA
Sobre la fotografía, en el libro se recoge que desde su invención, en 1839, encontró en Nafarroa «un terreno fértil para su desarrollo». En la década de 1880 abrieron sus estudios Félix Mena y José Roldán, que iniciaron sendas dinastías de fotógrafos.
En paralelo surgieron los primeros fotógrafos no profesionales, que sentaron las bases del documentalismo, como Vicente Istúriz, Julio Altadill, Luis Rouzaut, los hermanos Butini y José Joaquín Arazuri. Y el reporterismo gráfico tuvo como exponentes a Rafael Bozano y José Galle, con Nicolás Ardanaz como paisajista y autor de imágenes bélicas.
La fundación de la Agrupación Fotográfica y Cinematográfica de Navarra (AFCN) en 1955 formó a nuevos profesionales e impulsó la organización de concursos, exposiciones y talleres.
Esta disciplina se modernizó con Koldo Chamorro y Miguel Bergasa, se comprometió con la denuncia social con Fermín Ezcurdia y José Luis Larrión y Enrique Pimoulier, y vio la luz y el color de Xabi Otero. En los 80 siguió en auge el documental con Clemente Bernad, Joseba Zabalza y Pío Guerendiain, hasta alcanzar una gran diversidad con la irrupción de la tecnología digital en el siglo XXI.
CINE CON PRODUCCIÓN NAVARRA
Desde la primera proyección de cinematógrafo en Nafarroa, en 1896, esta disciplina se fue difundiendo gracias a la proliferación de salas de exhibición por todo el herrialde, como el Olimpia de la capital.
Además de ser escenario de numerosos rodajes desde los años 60, su producción empezó a desarrollarse con «la aparición de directores y productoras locales que se abrieron camino en la industria cinematográfica», con nombres destacados como Montxo Armendariz, Helena Taberna o Mirentxu Purroy, entre otros.
También ha reforzado su presencia en certámenes como el Festival Internacional de Cine Documental Punto de Vista o el Festival Ópera Prima, de Tutera, junto a la creación, por parte del Gobierno, de Navarra Film Commission para facilitar rodajes en el herrialde.
UN GRAN TALENTO MUSICAL
En el ámbito de la música se recuerda en la obra que en el siglo XIX los compositores más conocidos a nivel estatal eran navarros, como Hilarión Eslava, Emilio Arrieta y Joaquín Gaztambide, aunque las figuras más reconocidas fueron el violinista Pablo Sarasate y el tenor Julián Gayarre.
Ya en el siglo XX, destacó Fernando Remacha, el compositor más brillante de la Generación del 27 y al que la guerra del 36 llevó a un «exilio interior» en Tutera. También figuran nombres como Agustín González-Acilu, el guitarrista Sabicas, el maestro Turrillas y el saxofonista Pedro Iturralde. Y junto a ellos, la soprano María Bayo y el barítono Iñaki Fresán.
Y se ha registrado «una mayor difusión del repertorio local» que han impulsado el rock y otros géneros contemporáneos.
LOS ENCUENTROS DE 1972
La obra “El arte contemporáneo en Navarra” se completa con los apartados dedicados a las artes escénicas, teatro y danza, a la orfebrería y joyería, y a un evento especial y muy recordado: los Encuentros de Pamplona 1972.
Sobre estos últimos, el coordinador del volumen apunta que fueron «un intento de abrir nuevas vías de expresión en un contexto aún dominado por el franquismo». Organizados por Luis de Pablo y José Luis Alexanco, y con el respaldo de la familia Huarte, reunieron a más de trescientos artistas de diversas disciplinas.
Fueron «un éxito» y su impacto se reflejó en las décadas siguientes «en la consolidación del tejido cultural navarro, con la apertura de espacios expositivos, la profesionalización del sector artístico y la integración de las prácticas experimentales en la escena local», destaca Azanza.
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