
¿Quién atesora más valor, el que empuña un fusil para encañonar al semejante en un guerra de corruptos intereses y lejana, o el que se planta y arriesga a años de cárcel con la convicción de que no se le ha perdido nada en aquella carnicería que se libraba hace 90 años en el norte de Marruecos, en la región del Rif que peleaba por liberarse del yugo colonial que le sujetaba a España y Francia?

Un olitense de 1923, Cesáreo Azcárate Domingo, se vio involucrado en un motín ocurrido en Málaga en el que 74 soldados se negaron a embarcar hacia Melilla, primera línea del frente. Otros tres navarros más acabaron entre rejas como el paisano que no quería ser carne de cañón. En ello, posiblemente, también pesó la histórica reticencia que los naturales del Viejo Reyno a incorporarse a una milicia obligatoria que hasta la llegada de los Borbones eludió Navarra y también el indigno sistema que redimía de acudir a filas a quienes tenían dinero para pagarse un sustituto.

La portada de Diario de Navarra del 25 de marzo de 1926 recogió una nota de la Diputación Foral en la que reclamaba el indulto para los cuatro sublevados. Se dirigió al rey Alfonso XIII en solicitud de la gracia, algo que previamente había pedido el Ayuntamiento de Olite y los de los otros insumisos condenados en un consejo de guerra por la insurrección ocurrida cuando las tropas iban a África.

Además del olitense Cesáreao Azcárate, los navarros insubordinados fueron el ujuetarra Macelo Burgui Mateo, el cirbonero Francisco Cornago Igea y el vecino de Riezu, en el valle de Yerri, Marcelino Osinaga Goñi. Todos formaban en el Regimiento de Infantería de Navarra nº 25. La historia del buque Lázaro y los soldados amotinados el 23 de agosto de 1923 no tuvo un desenlace feliz para unos protagonistas que purgaron su pena a la sombra, como Marcelo Burgui en el penal militar de Ocaña, una historia que ha contado Mikel Burgui en el blog “Uxue, Ujué atalaya de Navarra”.

Los diarios de la época informaron que, en la trifulca, la tropa se negó a pasar a Marruecos y alguien mató a un sargento que intentó subirles al barco. El cabecilla fue condenado a muerte, pero finalmente le conmutaron la pena por la presión popular que suscitó el caso. El periódico monárquico ABC detalló que “poco antes de zarpar el buque Lázaro un grupo de soldados, según la voz general pertenecientes al regimiento Garellano, pronunció gritos subversivos al entonar la banda la Marcha Real. No contentos con esto sacaron los revoltosos una bandera de Vizcaya que intentaron hacer ondear…”. El corresponsal también narra que para dar pruebas de su “bizkaitarrismo” los reclutas arrojaron la munición al suelo.

“Tanto los soldados de Garellano como los que se insubordinarían al día siguiente hicieron el viaje hasta Málaga dando muestras de indisciplina…”, prosigue el relato del periodista, que también cuenta cómo hubo que reforzar la ciudad porque las autoridades temieron una sublevación mayor. El asunto se complicó al correr la sangre. “Al día siguiente de los sucesos en el buque Lázaro varios grupos de soldados expedicionarios salieron excitadísimos del cuartel de Segalerva. El suboficial de Ingenieros D. José Artoz, que intentó contenerlos, recibió dos balazos que le produjeron la muerte”.

Los amotinados, envalentonados, buscaron complicidad en el cuartel de Capuchinos, pero allí los contuvieron a tiros, momento en el que los rebeldes se dispersaron por distintos barrios de Málaga. El día 26 el ABC informa que cerca del puente de Tetuán un grupo de amotinados se enfrentó a sus perseguidores y que en los disturbios murió un suboficial. En las siguientes jornadas, las autoridades militares detuvieron a 74 soldados en la ciudad y sus alrededores, entre ellos a algunos de los navarros. Al cabo José Sánchez Barroso, del Regimiento de Navarra, le imputaron la dirección de la insurrección. Fue condenado a muerte, aunque finalmente le permutaron la pena. La guerra colonial del Rif fue uno de los conflictos más antipopulares con los que le tocó lidiar a Alfonso XIII. Un año antes del motín de Málaga, las familias de 35.000 reclutas se manifestaron en Madrid para reclamar su vuelta a casa. Periódicos como El Socialista, que entendía a que a sus lectores nada se les había perdido en África, reclamaban el “abandono total del territorio marroquí”. El Gobierno, desprestigiado por los casos de corrupción que tocaban al ejército colonial y al propio rey, impuso la censura.

En Catalunya, no obstante, se organizaron manifestaciones contra la guerra que denunciaron derrotas tan tremebundas como la del famoso “Desastre de Anual” (1921), en el que en unos días murieron masacrados 10.000 soldados españoles. Barcelona ya había vivido en 1909 los disturbios de la Semana Trágica. Los reservistas, la mayoría obreros y padres de familia, se negaron a embarcar. Se desataron incidentes en los que murieron 78 personas y 112 edificios fueron pasto de incendios provocados. También hubo protestas en el sur de Navarra. Por ejemplo, los empleados de la harinera de Tudela declararon una huelga y cortaron las vías del tren para impedir el envío de quintos al frente africano. Hasta 1841, los navarros estaban sujetos al Fuero en materia militar. Antiguamente solo tomaban las armas cuando el Reyno era invadido e, inicialmente, la obligación se prolongaba durante tres días.

La redención con dinero del servicio militar o, lo que es lo mismo, la compra por las personas acaudaladas de reclutas que sustituyeran a sus hijos a cambio de un precio también había desprestigiado una guerra en la que los más humildes estaban abocados a pegar tiros en un lejano desierto que conocía como la palma de la mano los rifeños rebeldes del temido Abd El Krim. En 1912, en tiempo de paz, la cuota que se pagaba para no ir la “mili” era de 1.000 pesetas por un servicio que duraba diez meses. Si se soltaban 2.000, el tiempo se reducía a la mitad.
La revuelta de Málaga en la que se vio implicado Cesáreo Azcárate y sus compañeros del Regimiento de Infantería de Navarra nº 25 también se dio en un contexto complicado. A penas unos días después, el general Primo de Rivera, con la anuencia del rey, dio un golpe de Estado que acabó con el sistema amañado en el que se turnaban en el poder los partidos conservador y liberal. El problema más urgente era la guerra del Rif, que el dictador resolvió con una alianza con Francia para repartirse la influencia en el norte de Marruecos. En 1925, con el desembarco en la bahía de Alhucemas, se acabó el entuerto. Ambas potencias dividieron en dos el territorio de los rifeños y España y Francia concluyeron la ocupación militar del Protectorado.










