Desde hace un cierto tiempo, a raíz de la posibilidad de que esta vez acertemos y tengamos un Estado propio, algunas voces ya se han alzado y han anunciado que una Cataluña independiente no tendrá ejército. Este tipo de proclamas son hechas con la ilusión del científico que piensa que ha descubierto un remedio milagroso y se sorprende de que ningún otro investigador lo haya pensado antes. Como suele ocurrir en estos casos, resulta que el resto de científicos ya consideraron este invento y lo descartaron. Un clásico: cuando los catalanes vamos, el resto ya vuelve. Por eso sería bueno empezar el debate lo antes posible, de manera que cuando llegue el momento no cometamos, como siempre, errores históricos de los que nos tengamos que arrepentir.
Algunos políticos catalanes se hacen los entendidos y aseguran que la defensa armada de Cataluña irá a cargo de la Unión Europea (UE), apelando a los conceptos de la defensa mutua y de la solidaridad europea. Olvidan, o no entienden, que la defensa mutua se basa precisamente en que es mutua, es decir, que si queremos que el ejército de Irlanda, Alemania o Dinamarca nos ayude en caso de ataque, bien querrán ellos que nosotros les ayudemos si alguna vez tienen problemas. Esperar que los demás te defiendan sin aportar nada a cambio es una actitud poco fiel al carácter catalán e, intuyo, adoptada de la manera castellana de hacer las cosas. Los catalanes hemos sido históricamente un pueblo belicoso, pero ahora pecamos de un pacifismo radical cultivado durante el último medio siglo y motivado por unos batacazos nacionales antológicos. Hemos construido una serie de dogmas según los cuales un país europeo moderno y democrático no necesita una fuerza armada.
Suiza, que es un modelo en tantos y tantos aspectos, tiene el segundo ejército más grande del mundo en número de soldados por habitante, sólo detrás de Israel. Más de un millón y medio de suizos forman su ejército, evidentemente en la reserva. Este «pueblo en armas» inmenso, sin embargo, tiene un coste muy económico: menos de un 1 por ciento del PIB, uno de los porcentajes más bajos de Europa. El resultado de esta política es que, en los casi ocho siglos de independencia suiza, los conflictos armados con los vecinos han sido mínimos y el país prácticamente nunca ha sido ocupado, convirtiendo su neutralidad en su tesoro más sagrado. Los catalanes, con los dos vecinos que tenemos, no nos podemos permitir el lujo de confundir el pacifismo con la imprudencia temeraria. Si Catalunya fuera Nueva Zelanda, Islandia o Madagascar no sería necesario que tuviéramos ejército, lo admito. Pero compactados entre Francia y España, que históricamente no han desaprovechado ninguna ocasión de aniquilarnos, creo sinceramente que no tenemos otra opción.
Después, claro, está toda la industria y empleo que genera un ejército, por pequeño y operativo que sea. La relación entre la investigación tecnológica universitaria y las fuerzas armadas es directa y se genera un sector económico innovador, que puede ser regido, como hacen algunos países, por un estricto código ético.
Tener un Estado propio implica una serie de obligaciones y compromisos que habrá que asumir con madurez y responsabilidad. En esta línea, también he oído voces que dicen que una Cataluña independiente no tendrá embajadas porque usaremos las legaciones de la UE, lo que, significativamente, no hace ningún Estado europeo. ¿Por qué renunciamos, ya de entrada, a la diplomacia internacional y a la posibilidad de participar en misiones de paz bajo bandera de las Naciones Unidas? ¿No podríamos comportarnos, si algún día somos un Estado, como el resto de países europeos?







