Ucrania está a medio camino entre el que fue imperio austro-húngaro de los Habsburgo -la primera familia de Europa- y Rusia. No en vano Galitzia, la región más oriental del imperio habsbúrgico -en la que precisamente nació Joseph Roth, autor de su elegía final-, está hoy dividida entre Ucrania y Polonia. Ucrania es, por tanto, tierra de frontera; pero no de una frontera política de quita y pon, que se traslada por un simple accidente de la historia fruto de una caprichosa decisión política. Se trata -al igual que la que partía a la antigua Yugoslavia, a la altura de Bosnia-Herzegovina- de una frontera profunda, con hondas raíces culturales y un marcado atavismo social. Dos mundos, en fin: uno que mira a Oriente, a Rusia, y otro que lo hace a Occidente, a Europa. Si se olvida este dato crucial, se corre el peligro de no entender nada y de actuar en consecuencia, es decir, con error manifiesto. Como pasa ahora.
Hay que tener en cuenta, además, dos factores. En primer lugar, un dato geopolítico: Ucrania es, visto el mapa desde Rusia, el pasillo de acceso a Europa central -y viceversa-, así como la ruta preferente al mar Negro y al Mediterráneo. Por consiguiente, zona crítica. Y, en segundo término, que, si bien Ucrania ha tenido un historial de independencia, proclamada por última vez y perdida inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, también ha estado vinculada por largos períodos a la historia de Rusia, hasta el punto de que, para muchos rusos, Kievan Rus (la Rusia de Kíev) -el reino del siglo XIII cuya capital estaba en Kíev y se extendía de los Cárpatos al Volga- era y es tan esencial para la identidad rusa como la propia Rusia. Añádase a ello -todo hay que decirlo- que, si bien Ucrania sólo constituía el 2,7% del territorio de la Unión Soviética, albergaba el 18% de su población y producía casi el 17% del PIB del país, lo que la situaba justo detrás de la misma Rusia. En los últimos años de la URSS, Ucrania tenía el 60% de las reservas de carbón de la URSS y gran parte de las de titanio (imprescindible para la producción de acero). Además, a la gran riqueza de sus terrenos se debía más del 40% de la producción agrícola soviética.
Todo esto viene a cuento por una razón: antes de tomar una decisión política de alcance, hay que tener muy en cuenta todos los factores en juego. Tiene por ello sentido la afirmación del antiguo canciller alemán Gerhard Schröder, efectuada en mayo del pasado año, mientras se reavivaban los combates entre los separatistas rusos y las fuerzas de seguridad leales al Gobierno de Kiev, según la cual “el error de base ha estado en la política de asociación de la Unión Europea. La Unión ignoró que Ucrania es un país con una profunda división cultural. Históricamente, la gente del sur y del este está más orientada hacia Rusia. Y la del oeste más hacia la Unión Europea”. El exjefe del Gobierno alemán también tildó de “desacierto” la decisión de imponer medidas punitivas a Rusia: “Ahora se debería hablar menos sobre sanciones y más sobre los intereses de seguridad rusos”, recordando que la idea de que Ucrania se una a la OTAN es “inaceptable” para Moscú. “Lo cierto es que con el aislamiento de Rusia no se conseguirá nada”, concluyó.
Quizá se objete a lo dicho por Schröder que está a sueldo de Putin, como consejero de la compañía Nord Stream, AG -filial del coloso ruso Gazprom, por cuyo viaducto fluye gas ruso hacia Alemania-, cargo al que accedió tras salir del Gobierno alemán que impulsó su construcción. Pero no es éste el caso del expresidente francés Nicolas Sarkozy, quien acaba de decir que “Ucrania no está destinada a unirse a la Unión Europea”, ya que “debe conservar su vocación de puente entre Europa y Rusia”, y que “no se puede reprochar a Crimea que haya elegido Rusia”. Insistió también en la idea de que “tenemos una civilización en común con Rusia; los intereses de los estadounidenses con los rusos no son los intereses de Europa con Rusia”. E insistió en que “no queremos que resurja una guerra fría entre Europa y Rusia”.
No parece aventurado imaginar que la posición y los argumentos de Schröder y Sarkozy (un socialdemócrata y un conservador) son compartidos por muchos europeos, sin que ello signifique abdicación o relajamiento de un ideal europeísta que tan grandes logros ha alcanzado para Europa durante el último medio siglo. Más bien se trata de lo contrario: de la creciente constatación de que, a causa de la ausencia de unas instituciones comunitarias capaces de definir y llevar a cabo un proyecto de política exterior en función del interés general europeo, no subordinado a la política norteamericana, las decisiones se toman al servicio del interés particular de quien ostenta de hecho el liderazgo de la Unión. No sería la primera vez. Por lo que tal vez pueda resultar útil, para quien lo dude, una sugerencia: que se formule la pregunta que tantas veces permite, en el ámbito del derecho, llegar hasta el fondo de la cuestión planteada: cui prodest, esto es, ¿a quién aprovecha lo sucedido?
LA VANGUARDIA








