Ucrania

El peligro de una guerra en Ucrania es real

Vicent Partal

VILAWEB

La decisión de la OTAN de desplegar tropas desde el mar Báltico hasta Rumania, como respuesta al despliegue previo de tropas rusas en las fronteras orientales de Ucrania, ha hecho subir la tensión en Europa hasta niveles que hace decenios que no veíamos.

Es cierto que, tal y como explican Tatiana Maliarenko y Stefan Wolff en este artículo que hoy publicamos en VilaWeb (1), de hecho Rusia y Ucrania ya viven en un conflicto al menos desde 2014, cuando las protestas y manifestaciones expulsaron del poder al presidente pro-ruso Víktor Yanukovich. La anexión por Rusia y la separación de las dos repúblicas populares de Donetsk y Luhansk forman parte de esta guerra, hasta ahora limitada, que la OSCE (https://www.osce.org/es) monitoriza desde 2015.

Pero, a pesar de aceptar esto, hay que ser conscientes de que el despliegue de tropas que Rusia ha realizado estas últimas semanas en la frontera oriental de Ucrania y las maniobras conjuntas con el ejército bielorruso enfilan el conflicto a otro nivel. Mucho más peligroso. Más aún con el despliegue de tropas de la OTAN. La situación es muy volátil y en cualquier momento cualquier incidente puede desatar una escalada que, como un dominó, no afectaría tan sólo a Ucrania, sino seguramente a toda la frontera oriental de la Unión Europea, especialmente a los países bálticos y Polonia y la Unión Europea como tal.

Hay sectores políticos y mediáticos que se toman ese agravamiento del conflicto como una especie de teatro negociador. Dicen que la invasión de Ucrania por Rusia es un tema recurrente en estos últimos años y que al final no pasará nada, que todo es propaganda de unos u otros. Discrepo con ello abiertamente. Rusia ya controla Crimea y las dos repúblicas populares, que constituirían, por así decirlo, el corazón de la Ucrania rusófona y rusófila –que hay que avisar que de ninguna manera son la misma cosa. Por tanto, un despliegue de tropas de la dimensión que hace ahora no tiene sentido, a no ser que el Kremlin tenga en mente la voluntad de ir más allá de lo que siempre había considerado su interés por la defensa estricta de la población rusófona en estos territorios. Y la OTAN, por su parte, también ha dado un paso muy rotundo. Sabiendo, como sabemos, que la crisis tiene el epicentro y se alimenta en la obsesión rusa para que la OTAN no se extienda hasta las fronteras de Rusia, el despliegue que la Alianza Atlántica ha comenzado estas últimas horas es evidente que habrá disparado todas las alarmas en Moscú.

Creo, por tanto, que hay que tomarse muy en serio esta crisis y, pues, la posibilidad de que, más de treinta años después de la caída del Muro de Berlín y la guerra de los Balcanes, Europa vuelva a ser el escenario de un conflicto bélico internacional, si no mundial.

Y supongo que, como suele ocurrir, en nuestro país será inevitable que se formen bandos apasionados en defensa de unos u otros. Sin embargo, como catalanes, creo que en este conflicto tenemos una oportunidad única de denunciar la imposición de los trazados de las fronteras, por más absurdos que sean, y de denunciar la incapacidad de la sociedad internacional de encontrar un método aceptado por todos y democrático de cambiarlos donde la población lo reclame. De esta necesidad, hablaba recientemente en este diario el jurista Timothy William Waters (2), quien tiene una posición que debe irse abriendo paso porque es la única razonable. O bien el mundo encuentra una forma de permitir, de permitirnos, a las poblaciones rehacer las fronteras de acuerdo con nuestras aspiraciones democráticas y tan sólo por la vía democrática, o bien la tensión que implica mantenerlas a la fuerza y violentamente estallará en conflictos cada vez mayores.

(1) https://www.vilaweb.cat/noticies/ucraina-un-pais-ferit-per-vuit-anys-de-crisi/

(2) https://www.vilaweb.cat/noticies/timothy-william-waters-independencia-solucio-no-problema/

 

 

¿Ajedrez o parchís?

Rafael Poch

CTXT

Estamos asistiendo a una crisis de tonos militares particularmente peligrosa porque viene presidida por la general inestabilidad de todos sus actores. Un ejemplo, el presidente Biden, el 20 de enero. Con su prestigio en horas bajas, la posibilidad de que su presidencia sea un “paréntesis entre dos Trumps”, a un año de aquellos insólitos sucesos del 6 de enero de 2021 en el Capitolio que tanto se parecieron a una intentona golpista y con la derrota, la víspera en el Senado, de su reforma electoral que tan malos augurios sugiere para las elecciones midterm de noviembre, comparecía ese día, el jueves 20 de enero, ante la prensa. Y lo dijo: “Espero que Putin sea consciente de que se encuentra no muy lejos de una guerra nuclear”. “Putin quiere probar a Occidente y pagará por ello un precio que le hará arrepentirse de lo que ha hecho”.

El gran juego

En Moscú, en el programa Bolshaya Igrá (El gran juego) del primer canal de televisión, su presentador, Viacheslav Tíjonov, nieto de Mólotov, el ministro de Exteriores de Stalin, comenta el asunto diciendo: “Es la primera vez en sesenta años que un presidente amenaza con una guerra nuclear”. Se refiere, claro está, a la URSS y al 1962 cubano. “En 1962, el arsenal nuclear de Estados Unidos era diecisiete veces mayor que el soviético, ahora tenemos paridad”, observa con jactancia. A su lado está el General Vladímir Shamanov, famoso por un par de sonadas matanzas en Chechenia. ¿Qué va a hacer militarmente Moscú?, le preguntan. “La experiencia adquirida en Siria y otros lugares, y la tecnología de que dispone, permite a Rusia realizar acciones militares múltiples sin meter en Ucrania ningún tanque, utilizando recursos de las fuerzas aéreas y misiles que resuelvan la situación en profundidad”, dice. Una clara sugerencia de esos “golpes quirúrgicos” con misiles de precisión que los americanos practican con tanta frecuencia. “Vamos a actuar como los americanos”, anunció Putin no hace mucho.

En medio de toda esta insensatez nuclear, el puñetazo en la mesa de los rusos ha tenido ya alguna consecuencia. Biden ha dicho que está abierto a negociar el no despliegue de armas estratégicas en Ucrania y que la pertenencia de Ucrania a la OTAN no está en el orden del día. Eso quiere decir que Biden –el líder del país que se retiró unilateralmente del acuerdo antimisiles ABM de 1972 (en 2002), del relativo a las fuerzas nucleares tácticas INF de 1987 (en 2019),  del “Open Sky” de 1992 sobre vuelos de observación en territorio del otro (en 2020), y del que regulaba las fuerzas militares convencionales en Europa, firmado en 1990, actualizado en 1999 y ratificado en 2004 por Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán, pero no por los países de la OTAN (entre 2004 y 2015)– lanza alguna señal de diálogo, por débil que sea: esta semana habrá una respuesta por escrito al documento sobre “garantías de seguridad” de los rusos, exigido con puñetazo en la mesa precisamente porque su posición ha sido ignorada durante treinta años, y precisamente ahora porque perciben mucha inestabilidad en Occidente y creen que es un momento propicio para ser escuchados.

Hay espacio para la negociación, pero la “flexibilidad” es complicada en momentos de inestabilidad y de dilemas estratégicos. Y en el centro de esos dilemas, el siguiente: ¿qué hacer cuando el adversario real es China, pero entenderse con Rusia significa abrir la puerta de la soberanía a los vasallos europeos? Lo ideal sería mantener a los europeos del Este (Polonia, bálticos y otros) a cargo de la tensión con Rusia, mientras se embarca a los europeos del Oeste en la cruzada contra China, pero lo segundo no es fácil, porque resulta que China es el principal socio comercial de la UE.

Sanciones y respuestas XXL 

En Europa Occidental, la clave es Alemania. Estados Unidos amenaza a Rusia con unas sanciones XXL, nunca vistas, demoledoras para Rusia y su economía: excluir a Rusia del sistema global de pagos SWIFT, cortar el gasoducto Nord Stream 2, recién concluido, etc. Putin responde diciendo que eso significaría la “completa ruptura de relaciones” con Estados Unidos. Desde Alemania, el presidente electo de la CDU, Friedrich Merz, dice que excluir a Rusia del SWIFT será “una bomba nuclear para el mercado de capitales y también para las relaciones comerciales y los servicios”. Por ejemplo, no se podrá pagar por el gas, y por tanto no habrá suministro. En tal caso hay que esperar fuertes aumentos del precio del gas, dice Alexander Libman, profesor de relaciones con Rusia y Europa del Este de la Universidad Libre de Berlín (FU). Los bancos occidentales tienen 56.000 millones de dólares en empresas rusas. Las empresas europeas tienen 310.000 millones de euros colocados en empresas rusas, estima The Economist. Esos millones se convertirían, automáticamente, en objeto de la respuesta rusa a las sanciones. Una venganza XXL. Además, eso aceleraría procesos ya en marcha, en Rusia y en China, para emanciparse del sistema americano de pagos financieros convertido en arma política. Los rusos ensayan su propio sistema (SPFS, se llama). El sistema de los chinos, mucho mejor dotado (se llama CIPS), ya conoce un volumen de alrededor de una octava parte del que circula por el sistema SWIFT.

Alemania ha vetado la entrega de armas de la antigua RDA (Alemania del Este) a Ucrania que pretendían algunas repúblicas bálticas. Los vuelos militares británicos que estos días están llevando armas a Ucrania eluden sobrevolar territorio alemán. Entre un montón de despropósitos se escuchan en el país algunas voces sensatas, no de “periodistas” y “expertos” sino de militares: “Los medios de comunicación están echando leña al fuego de un conflicto; tengo la impresión de que nadie se da cuenta de lo que una guerra significa en realidad”, dice el General Harald Kujat, ex inspector general del Bundeswehr. “No puede ser que solo hablemos de guerra en lugar de cómo impedir una guerra”. Pero, ¿y Rusia?

Rusia (3% del gasto militar global) está jugando a la ruleta rusa con la crisis de una OTAN en estado de “muerte cerebral” (Macron dixit), arriesgándose a que su jugada logre reanimar al enfermo. Es un país, no solo un Estado, ni un régimen, sino también una sociedad, repleta de complejos, contradicciones y reflejos de un imperio venido a menos. Necesita volver a ser temida y respetada, y necesita que se tengan en cuenta sus prioridades de seguridad en su entorno más inmediato. Esa es la diferencia con sus adversarios (56% del gasto militar global) que juegan bien lejos de su casa. No es el peor malo de la película. Como dice Oskar Lafontaine, “en el mundo hay muchas bandas de asesinos pero si contamos los muertos que causan, la cuadrilla criminal de Washington es la peor”.

A Rusia hay que dejarla tranquila. Cuanto más tranquila se la deje, antes se derretirá su autocracia. Una generación, treinta años, en estado de sosiego, sin sobresaltos ni amenazas militares, cambiaría por completo su fisonomía política y su psique imperial colectiva para mucho mejor. Con un estatuto de neutralidad para Ucrania, Georgia y otros países de su entorno, la soberanía de esos países no peligraría, si mediara un pacto, claro y escrito, como el que Moscú está pidiendo ahora. De paso Europa podría librarse de las armas nucleares. La “finlandización” no convirtió a Finlandia en un vasallo de la URSS en una época en la que Moscú y el Kremlin eran mucho más poderosos que hoy. Por todas sus características internas (sociales, religiosas, culturales), el mejor estatus para Ucrania es el de colchón intermedio entre Rusia y la UE, precisamente lo que ésta destruyó en 2014 de la mano de Estados Unidos y de la histeria de los polacos, aprovechando la oportunidad de un genuino movimiento popular que en su apuesta geopolítica no representaba, ni de lejos, al conjunto del país.

En la actual situación, Moscú tiene a su favor los precios del petróleo, su principal ingreso, que están al alza y seguirán estándolo parece que por bastante tiempo. Cuenta con unas reservas en divisas de más de 600.000 millones de dólares, la cuarta mayor del mundo. Todo eso jugaría claramente a su favor… si no fuera por la debilidad de su régimen.

Rusia es menos que una democracia de baja intensidad como las establecidas en Occidente (“baja intensidad”, por la contradicción esencial entre capitalismo y democracia). Su régimen es una coalición burocrático-oligárquica ni siquiera capaz de someterse a unas elecciones creíbles, algo que con todos los defectos sí ha sucedido en Ucrania en diversas ocasiones. A diferencia de China, donde el poder político manda sobre la economía de forma incontestable, controla las finanzas y la integración del país en la globalización, Rusia es extremadamente vulnerable. Esa fue la trampa en la que su élite se metió en los años noventa a cambio de llenarse los bolsillos mediante el saqueo del país. Sus oligarcas, que tienen intereses en Occidente y fortunas en paraísos fiscales, perderán mucho dinero con el actual desafío. Ellos están vinculados a Occidente vía el “internacionalismo de los ricos” y eso incrementa las posibilidades de un cisma en el interior de su poder. En esta jugada insensata, todo el mundo está expuesto, pero Rusia, la que más.

Más allá de Ucrania

Por doquier se escuchan interpretaciones “inteligentes” sobre la habilidad de Putin, e incluso sobre el motivo de fondo del envío de la fragata española Blas de Lezo (¡Ay, si levantara la cabeza el heroico mutilado de Cartagena de Indias!), “¡Ajá, es por Marruecos!”, se dice para justificar el vasallaje. Mostrar buena aplicación servil ante el Gran Padre de Washington para que cuando Rabat amenace Ceuta y Melilla, Estados Unidos no se ponga de su parte. Pero, señores, esto no es una inteligente jugada de ajedrez: es una vulgar y cutre partida de parchís entre truhanes de la más baja categoría, con el riesgo de que alguno de ellos le de una patada al tablero y desenfunde el colt nuclear, de forma consciente, por accidente o para no perder la cara. Al carajo Washington, Moscú, Filadelfia, Krasnoyarsk, y, por supuesto, “Ceuta y Melilla” y el “gobierno de coalición” y el “procés”: todos “incinerados e incineradas” y resuelto el problema del calentamiento global.

No se trata de Ucrania, sino del mundo, del orden mundial: de la reacción occidental a la emergencia de nuevas potencias que antes no contaban para nada en el mapa. La tensión con Rusia es una mera bisagra de esa puerta. Pero una bisagra nuclear, lo que convierte el actual juego en una completa insensatez.

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Este artículo se ha publicado también en catalán en Crític.

https://ctxt.es/es/20220101/Firmas/38545/ajedrez-rusia-ucrania-guerra-eeuu-rafael-poch.htm

 

 

Para Putin, Ucrania bien vale una guerra

Lluís Foix

https://www.foixblog.com/2022/01/20/para-putin-ucrania-bien-vale-una-guerra/

Las guerras se cuecen despacio, con mucha propaganda, amenazas veladas, exhibición de fuerza y todo el ambiente enrarecido que precede a un gran conflicto. Las dos guerras mundiales del siglo pasado estallaron por el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en 1914 y por la invasión de Polonia por Hitler en 1939. Aquellos hechos concretos fueron las cerillas que encendieron dos grandes hogueras humanas.

Cuando los soviéticos invadieron Afganistán en las Navidades de 1979 parecía que la Unión Soviética había ganado la batalla militar e ideológica. Jimmy Carter era un presidente buenista que tenía a toda la delegación diplomática secuestrada en Teherán y había fracasado en su intento de rescatarlos a la fuerza. Breznev entró en Kabul para quedarse con diez batallones que cruzaron los Himalayas y acamparon en los puntos neurálgicos del país. Aquella decisión fue el cementerio del imperio soviético. Como lo fue también para los norteamericanos y previamente lo había sido para los británicos que perdieron tres guerras en Afganistán en el siglo XIX. Es mejor no tocar Afganistán, si nos atenemos a la historia.

Putin, 69 años, controla el poder con autoridad y sin escrúpulos en un régimen sin libertades. Su objetivo fundamental es recuperar todo o parte del imperio cuarteado al romperse la Unión Soviética en 1991. No juega al póker sino al ajedrez. Ha tejido la alianza militar con cuatro países del entorno geográfico de Rusia. Tiene sometidos los regímenes de Bielorusia y de Kazajistán. Se quedó Crimea con un zarpazo en 2014 y controla dos provincias de Ucrania donde la cultura y la lengua rusas son mayoritarias.

Putin observa al viejo enemigo de la guerra fría sin complejos. La presidencia de Donald Trump y su “América primero” debilitó el liderazgo occidental. Joe Biden ha vuelto a la escena internacional con un país dividido y con una Alianza Atlántica desconcertada. Piensa que es el momento de recuperar Ucrania.

Los cien mil soldados acampados en la frontera entre Rusia y Ucrania alarman a Estados Unidos y a Europa que no pueden tolerar un nuevo cambio de fronteras en Europa central y oriental. No hay ganas de luchar en Occidente, como no la había en las dos guerras mundiales del siglo pasado. Pero si Putin entra en Ucrania con tropas, muchas o pocas, invadiendo un país soberano, el conflicto es más probable. El Kremlin juega la baza de la energía que consume Europa y que viene de la Rusia profunda.

Las guerras empiezan por incidentes que parecen poco relevantes. Pero una vez se mueven las piezas militares se entra en una espiral de terror y violencia cuyo final es impredecible. Es urgente evitar que las tropas rusas crucen la frontera. Si Putin da este paso puede ser muy doloroso y perjudicial para Europa y Estados Unidos. Pero igualmente catastrófico sería para Rusia y para Putin. La cuestión dramática es que para Putin y para muchos rusos, la recuperación de Ucrania bien vale una guerra. No se olvide que fue en Kiev donde nació el gran Rus y la fundación de la Rusia.

 

 

 

Ucrania: un país herido por ocho años de crisis

Stefan Wolff y Tatiana Malyarenko

VILAWEB

La guerra ruso-ucraniana comenzó en 2014 tras el derribo por manifestantes pro-europeos del gobierno del presidente Víctor Yanukovich, que estaba apoyado por Moscú. Esto condujo a una rápida escalada de la crisis que desembocó en la anexión de Crimea por Rusia en marzo de 2014 y el establecimiento de dos estados ‘de facto’ protegidos por Rusia en el este de Ucrania: las llamadas repúblicas populares de Donetsk y Luhansk (DPR, LPR).

Cuando todo aquel territorio acabó de consolidarse con la ayuda rusa, en febrero del 2015, unas diez mil personas habían perdido la vida a consecuencia directa de los combates. Desde entonces, el número de víctimas ha aumentado a más de trece mil, incluidos casi trescientos pasajeros del vuelo MH17 de Malaysia Airlines.

En los últimos siete años, la guerra en Ucrania ha continuado. La lucha es entre las fuerzas armadas de Ucrania y las fuerzas de la RPD y la LPR con el apoyo de Rusia, de arriba abajo de la línea de alto el fuego de 2015, supervisada por una misión especial de observadores de OSCE (https://www.osce.org/es).

En la guerra, existe una dimensión económica, centrada en la pérdida de Ucrania como país de tráfico de gas ruso hacia la UE, lo que le ha costado más o menos el 1% del PIB, más de mil millones de dólares.

Pero también existe una dimensión diplomática, estrechamente relacionada con las tensiones no resueltas entre Moscú y Occidente. Aquí intervienen entes internacionales como la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) de cincuenta y siete miembros; y el Cuarteto de Normandía, que reúne a Ucrania, Rusia, Francia y Alemania. Hasta ahora, estos estados han impedido una importante escalada de la guerra y una crisis humanitaria multitudinaria.

Sin embargo, la situación en la línea de contacto en el este de Ucrania es muy volátil. Además, Rusia ha aumentado paulatinamente la presión sobre Ucrania y sus aliados occidentales. Ha habido violaciones constantes del alto el fuego, presión económica, ciberataques –algunos ya en 2014 –, guerra de información … Y ahora, una vez más, la amenaza de una invasión a gran escala, dependiendo de las garantías occidentales para una “zona de influencia” rusa en el espacio postsoviético.

Más allá de Rusia y el oeste

Pero a menudo, en la información de la crisis ucraniana, se pasa por alto el coste acumulado que ha habido sobre el estado y la sociedad ucranianos. La posición geopolítica de Ucrania la mantiene en el punto de mira de las grandes potencias rivales y el gobierno ucraniano tiene una capacidad de actuación limitada.

Todo esto ha obstaculizado considerablemente los esfuerzos de reforma. Los avances en la reducción de la corrupción, el fortalecimiento del estado de derecho, la descentralización y otras reformas de gobierno se han dejado en suspenso o se han reducido a resultas de una eventual invasión rusa, que ahora no tan sólo es posible, sino cada vez más probable.

Los continuos problemas de seguridad de Ucrania en los últimos ocho años han agotado las instituciones del Estado y han mermado aún más su eficacia. Además, el gasto militar ha aumentado constantemente: de 1.600 millones de dólares en 2013 (1,6% del PIB) a 4.100 millones de dólares en 2020 (4% del PIB). Sólo el gasto en adquisiciones se prevé que pase de 838 millones de dólares el pasado año a poco más de 1.000 millones de dólares en 2022. Esto ha disminuido aún más la capacidad del Estado de invertir en servicios públicos e infraestructuras y, por lo mismo, el atractivo del país para la inversión extranjera se ha resentido aún más.

Tras las fuertes caídas a consecuencia de la crisis financiera de 2008 y el comienzo de la crisis actual a finales de 2013, la inversión extranjera directa en 2019 fue de poco más de 5.800 millones de dólares, en contraste con los 8.200 millones de dólares de 2012 y los 10.700 millones de 2008. Aunque el país ha vuelto a ver un crecimiento económico constante desde 2016, el PIB de 2020 (155.000 millones de dólares) todavía es muy inferior al máximo alcanzado tras la independencia del 2013 (190.000 millones de dólares). En 2020 disminuyó todavía más, un 4%. Esto ha sido en parte por la pandemia de Covid, pero, según las perspectivas económicas del Banco Mundial de enero de 2022, las perspectivas de crecimiento a largo plazo de Ucrania se encuentran limitadas por el impulso lento de las reformas, que ha dificultado la competencia y el desarrollo del sector privado.

La sociedad ucraniana y los socios occidentales de Kiev también se han vuelto más tolerantes con las restricciones a los derechos humanos, que pueden ser una respuesta comprensible, aunque miope, a la aguda amenaza externa a la que se enfrenta el país. Sin embargo, están destinadas a perjudicar al gobierno tanto en el interior como en el extranjero y pueden afectar a la ayuda de la UE. Es probable que esto implique una presión aún mayor sobre las instituciones ucranianas, que podrían llegar al punto ruptura.

Crisis de legitimidad e identidad

En respuesta a la última escalada de la crisis, Ucrania ha adoptado la doctrina de la «resistencia nacional». En su virtud, todos los menores de sesenta años quedan sujetos a movilización para el servicio militar. Si los sondeos de opinión muestran que el 33% de los ucranianos están dispuestos a ofrecer resistencia armada a Rusia en caso de una invasión, otro 21% ofrecería una resistencia no violenta. El 14,3% preferiría emigrar a un lugar seguro dentro de Ucrania, y el 9,3% abandonaría Ucrania en caso de una invasión rusa. Casi un ucraniano de cada cinco (18,6%) no se resistiría a la agresión rusa.

Sólo en 2021 emigraron del país seiscientas mil personas (un 1,5% de la población), la mayor cifra anual desde la independencia. Esto es un indicativo de una gran crisis demográfica y al mismo tiempo de la continua crisis de legitimidad e identidad del Estado.

La necesidad de instituciones resilientes

Por tanto, la crisis de Ucrania no es sólo militar y geopolítica. Éstos, claro, son los principales problemas de los responsables políticos y deben abordarse con rapidez y determinación. Sin embargo, más allá de estas crisis –y muy relacionadas–, también ha habido una crisis doméstica que requiere una atención sostenida. Sin instituciones resilientes, Ucrania seguirá siendo dependiente del soporte externo y vulnerable a los cambios geopolíticos.

La situación interna de Ucrania es una contribución tan importante a la seguridad europea y mundial a largo plazo como es imperativo disuadir de inmediato la agresión rusa.

Stefan Wolff es profesor de seguridad internacional de la Universidad de Birmingham. Tatiana Maliarenko es profesora de relaciones internacionales de la Universidad Nacional “Odesa Law Academy”. Este artículo fue publicado originalmente en ‘The Conversation’ (1).

(1) https://theconversation.com/ukraine-a-country-wounded-by-eight-years-of-crisis-175296

 

 

 

 

 

 

 

No habrá guerra

Josep Ramoneda

ARA

  1. Más niebla.

Aún bajo la tupida niebla del cóvid pesando sobre nuestras cabezas, de repente la palabra guerra, que trae más que cualquier otra la angustia incorporada, recorre Europa. Y la ciudadanía lo acusa. De repente, la pandemia ya no es tema único de las conversaciones con amigos y conocidos: ¿y tú crees que habrá guerra? Parece inverosímil, pero las imágenes de los tanques rusos cerca de las heladas fronteras de Ucrania desvelan las angustias. Ciertamente, la historia nos enseña que cuando hay tensiones entre las potencias y pugnas por el control de determinados territorios la guerra puede desencadenarse por pequeños acontecimientos inesperados. Y, por tanto, puede parecer atrevido decir que no la habrá. Pero creo que hay poco riesgo de equivocarse. No debemos hacer mucha memoria –ocurrió hace ocho años (febrero-marzo de 2014)– para recordar que Rusia se zampó a Crimea y el mundo occidental no disparó un solo tiro. Como tampoco hicieron nada cuando sometió a Chechenia.

Rusia es el país más extenso del mundo, tiene 146 millones de habitantes, es 11º en el ranking por volumen de PIB, pero ocupa el puesto 66 en PIB per cápita, señal inequívoca de fracturas sociales enormes. No es raro que la vía autoritaria sea imperante en un país inmensamente diverso y desequilibrado, como ha explicado mejor que nadie Karl Schlögel en ‘El siglo soviético’. Y Putin, encaramado sobre una oligarquía que capitaliza la transición, se ha asegurado la posibilidad legal de estar en el poder hasta el 2036. ¿Cómo mantener la tensión de un país que ve cómo China le ha tomado el papel de potencia alternativa? Evidentemente, apelando a la razón patriótica, cultivando el mito de la gran Rusia, exhibiendo capacidad de amenaza, arrojando todo tipo de operaciones perturbadoras en el espacio digital y sometiendo a los países de su entorno inmediato. Sin embargo, él sabe que todo tiene unos límites. Y que tiene un cierto margen para moverse sin que Estados Unidos vaya más allá de las amenazas y de algún pellizco en forma de sanción económica.

  1. Diplomacia.

Aunque se trate del escenario global, los políticos se mueven en clave nacional. Y los faisanes aliados han desplegado las plumas. Un Joe Biden, en apuros tras la salida de Afganistán y del fracaso parlamentario de sus propuestas estelares, quiere aprovechar la circunstancia para compensar la imagen de debilidad que da. Levantar la bandera y mover soldados señalando al enemigo de turno siempre es una tentación en estos casos. Y, al mismo tiempo, convocar a Europa y a los aliados habituales renueva la doctrina de la Alianza Atlántica. Sin embargo, sabe que no encontrará mucho entusiasmo. Evidentemente, Johnson ha visto una oportunidad de hacer olvidar por un tiempo sus disparates. A los británicos siempre les gusta mirar hacia el Oeste. Pero Emmanuel Macron acaba de llegar a la presidencia europea y tiene elecciones en abril. Y recibe de regalo una oportunidad para hacer de contrapeso y de carcoma, si es necesario, de los americanos, que es un ejercicio de distinción (con Alemania en el retrovisor) que suele agradar a los franceses y que obliga a los demás partidos a ‘ponerse’ bien. Una conducta inscrita por el general De Gaulle en el código de honor de la presidencia de la V República, que, de hecho, sólo Nicolas Sarkozy transgredió. Y aún más se puede decir de Alemania, que no tiene mucho margen, como Olaf Scholz ya ha dejado entender, por su dependencia energética y su relación económica con Rusia. Y dónde el militarismo es tabú.

En fin, un apunte sobre Pedro Sánchez, que ha querido aprovechar la ocasión para marcar algo de perfil internacional, un terreno que ha pisado poco. Un intento probablemente alimentado por la fantasía de creer que le permitiría por una vez llegar más allá de la mayoría del gobierno de coalición sin cuestionarle. Él mismo lo ha arruinado con una imagen para el esperpento. La solemne foto de una solitaria fragata navegando hacia el mar Negro, como símbolo del compromiso militar de España. Sencillamente, patético.

 

 

Paz en Europa

Ferran Sáez Mateu

El pasado viernes, 30 de septiembre de 1938, se hizo público en Munich el acuerdo alcanzado el día anterior el primer ministro francés, señor Edouard Daladier, su homólogo británico, señor Neville Chamberlain, el canciller del Reich, señor Adolf Hitler, y el jefe del gobierno italiano, señor Benito Mussolini. Según nuestro corresponsal en Berlín, desplazado a la capital bávara para cubrir este importante acontecimiento, el acuerdo permitirá resolver de forma definitiva la crisis de los Sudetes, que ahora mismo es la principal amenaza para la paz en Europa. Esperamos, naturalmente, que este espíritu conciliador llegue también en breve a nuestra castigada República. Aunque a veces parezca imposible de llevar a cabo, la paz debe prevalecer siempre sobre el odio y el resentimiento. En el acuerdo firmado el pasado viernes, los cuatro mandatarios dieron un ejemplo al mundo de que con buena voluntad y una actitud leal las cosas más aparentemente difíciles pueden dar un giro inesperado. Europa vive con ilusión este gran triunfo de la diplomacia y espera encarar la década de 1940 en un clima de pacífica prosperidad.

Sin embargo, resulta entre sorprendente e indignante oír las voces que acusan tanto a Daladier como a Chamberlain de haber «cedido» ante un supuesto expansionismo alemán en vez de plantarle cara. En un tono exagerado y apocalíptico, afirman que Europa, y quizás incluso el resto del mundo, pagarán muy cara esta actitud que una parte de la prensa británica ha calificado de ‘appeasement policy’ o política de calmar los ánimos. En nuestro país, una persona cercana al presidente Lluís Companys ha declarado al ARA que «es tan inadmisible una guerra sin motivos como una paz a cualquier precio». Parece que el presidente de la República, señor Azaña, se ha expresado hace pocas horas en términos similares. ¿Por qué no pueden admitir que la paz es posible siempre que todo el mundo respete su parte del acuerdo?

 

La segunda crítica tiene que ver con la naturaleza de la crisis de los Sudetes. El Reich no podía permitir que los alemanes que vivían en territorio checoslovaco fueran separados poco a poco de su patria. Las concentraciones de tropas a lo largo de la frontera norte y oeste de Checoslovaquia estaban totalmente justificadas. Son los mismos habitantes de ese territorio donde no se habla checo, sino alemán, quienes han pedido ayuda. Lo que ocurre es que tanto en Europa como en Estados Unidos reina una clara germanofobia y un odio profundo hacia el führer. Pero resulta que Hitler ha devuelto la dignidad a los alemanes tras el Tratado de Versalles y la gravísima crisis económica y social que provocó. Muchos europeos son incapaces de entenderlo, en parte debido a los rumores y falsedades expandidas por el judaísmo internacional.

La tercera crítica es la más delirante de todas. Algunos afirman, sin aportar ninguna prueba, que si la anexión de los Sudetes se hace efectiva sin ningún tipo de resistencia por parte de las otras potencias europeas, el Reich culminará la política que llaman de ‘Lebensraum’ (espacio vital) tanto hacia el este como hacia el oeste. Alucinante: ¿alguien puede imaginarse de verdad que dentro de un año, pongamos por caso, el 1 de septiembre de 1939, Alemania pueda invadir Polonia? ¿No lo encuentran ridículo? Seamos claros: quienes albergan esta absurda fantasía son unos irresponsables belicistas que no creen en la diplomacia, ni en la política, ni tienen ningún respeto por las personas. Afortunadamente, el ministro de Exteriores de la República, señor Julio Álvarez del Vayo, ha declarado a través de su portavoz José Manuel Albares: «Lo que está encima de la mesa es el diálogo. Hay un camino. Construyamos medidas de confianza. Despejemos las dudas que puede tener cualquier país. Establezcamos un marco en el que ese tipo de tensiones no se vuelvan a producir».

Faltan menos de dos años para iniciar la década de 1940. Es fácil prever que el Acuerdo de Munich constituirá el primer paso para iniciar la década más próspera de lo que llevamos de siglo XX. Superamos la Gran Guerra. Superamos igualmente la terrible pandemia de gripe de 1918. El futuro es esperanzador. El führer nunca ha faltado a su palabra, y es impensable que personas de la talla política de Mussolini, Daladier o Chamberlain traicionen el acuerdo que acaban de firmar. La anexión de los Sudetes es justa, y las concentraciones de tropas cerca de la frontera checoslovaca también: de la propaganda judía internacional no debemos hacer caso. La paz en Europa es ya una realidad gracias a la generosidad y el sentido común del Acuerdo de Munich. Que nadie nos quite la esperanza, que nadie nos usurpe una paz que ha de durar décadas.