Éste ha sido el año en que se han derrumbado los pilares que aún sostenían el orden de finales del siglo XX, dejando al descubierto el núcleo vacío de lo que pasaba por un sistema global. Tres choques han sido suficientes.
El primero ha sido la victoria –inminente– de Rusia en Ucrania, por encima del liderazgo europeo. Durante casi cuatro años, la Unión Europea y la OTAN jugaron un doble juego peligroso. Por un lado, se comprometían retóricamente con una victoria ucraniana que no estaban dispuestos a financiar. Por otro, explotaban sin fin esta guerra para impulsar un nuevo consenso político y económico interno: el keynesianismo militar sería el último recurso contra la desindustrialización europea.
En un continente en el que las constricciones políticas asfixiantes prohíben políticas sociales ambiciosas e inversiones verdes significativas, financiadas con el déficit, la guerra de Ucrania ha proporcionado una justificación poderosa para canalizar la deuda pública hacia el complejo industrial de la defensa. Lo cierto no era que la guerra perpetua cumplía una función crítica: era el motor perfecto para el estímulo keynesiano de una economía europea estancada.
La contradicción ha sido fatal: si la guerra de Ucrania terminaba con un acuerdo de paz, ese estímulo económico sería difícil de sostener. Pero conseguir una victoria que justificara el gasto se consideraba demasiado costoso financieramente y demasiado arriesgado desde el punto de vista geoestratégico. Así, Europa optó por la peor estrategia posible: enviar suficiente equipamiento a Ucrania para alargar la sangría sin alterar su curso.
Ahora que Rusia está a punto de vencer (un resultado previsible que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, simplemente, ha avanzado), los planes más cuidadosamente trazados de la UE han fracasado. Europa no tiene plan B para la paz, porque toda su postura estratégica había pasado a depender de la continuidad de la guerra. Sea cual sea el acuerdo de paz sucio que el Kremlin y los hombres de Trump acaben imponiendo en Ucrania, hará más que redibujar una frontera. Tanto si Rusia sigue siendo una amenaza para Europa como si no, Europa está a punto de perder el pretexto de su incipiente ‘boom’ industrial y militar, lo que augura una nueva etapa de austeridad.
El segundo choque ha sido la victoria de China en la guerra comercial contra Estados Unidos. La estrategia estadounidense, iniciada durante el primer mandato de Trump e intensificada bajo Joe Biden, era un movimiento en pinza: barreras arancelarias para estrangular el acceso chino a los mercados y embargos sobre semiconductores avanzados y herramientas de fabricación para frenar su ascenso tecnológico. En 2025 esta estrategia ha encontrado su Waterloo, y Europa ha vuelto a ser su principal afectada colateralmente.
China respondió con una réplica magistral en dos partes. Primero, convirtió en arma su dominio sobre las tierras raras y los minerales críticos, desencadenando una parálisis de las cadenas de suministro que inmovilizó no tanto la manufactura verde estadounidense como la europea y la esteasiática. Segundo, y de forma especialmente lesiva para el prestigio de Estados Unidos como líder tecnológico global, China movilizó su “sistema de toda la nación” hacia un único objetivo: la autarquía tecnológica. El resultado fue una aceleración vertiginosa de la producción propia de chips, con SMIC y Huawei logrando unos avances que hicieron que el embargo occidental liderado por EE.UU. no sólo quedara obsoleto, sino que sería contraproducente.
Probablemente sea el choque con repercusiones más duraderas. En 2025 Estados Unidos ha demostrado su incapacidad para frenar el ascenso de China y, en cambio, ha empujado involuntariamente al sector tecnológico chino hacia la independencia plena. Y Europa, después de haber impuesto obedientemente a China las sanciones dictadas por la Casa Blanca, se ha quedado con el peor de los mundos posibles: cada vez más excluida del lucrativo mercado chino para sus bienes de alto valor añadido, pero sin recibir ninguna de las subvenciones generosas ni los beneficios de reindustrialización del ahora revocado ‘inflation reduction act’ de EE.UU. Al optar por actuar como subcontratista estratégico de Washington, la UE ha acelerado su propia desindustrialización. No ha sido una derrota en una guerra comercial; ha sido un jaque mate geopolítico, y Europa ha aparecido sólo como un peón del bando perdedor.
El tercer choque ha sido la facilidad con la que Trump ha ganado la guerra arancelaria contra la UE. Al término de su reunión en uno de los clubes de golf de Trump en Escocia, coreografiada por sus hombres para maximizar su humillación, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, tuvo dificultades para presentar un documento de rendición como un «acuerdo histórico». Los aranceles sobre las exportaciones europeas a Estados Unidos saltaron de aproximadamente del 1,2% al 15%, y en algunos casos al 25% y al 50%. Los aranceles de larga duración de la UE sobre las exportaciones estadounidenses fueron anuladas. Por último, la Comisión se comprometió a otorgar 600.000 millones de dólares de inversión europea a la industria estadounidense en suelo de EEUU, un dinero que sólo puede salir de desviar, principalmente, inversiones alemanas hacia fábricas químicas en Texas y plantas automovilísticas en Ohio.
Esto fue algo más que un mal acuerdo. Fue un tratado de extracción de capital sin precedentes, que formaliza la transición de la UE de competidor industrial a suplicante. Europa debe ser una fuente de capital, un mercado regulado para los bienes estadounidenses y un socio junior tecnológicamente dependiente. Por si fuera poco, esta nueva realidad quedó codificada en un compromiso vinculante que los 27 estados miembros de la UE han aceptado y que desnudó el bloque de cualquier apariencia de soberanía. Parte del capital que Trump necesita para consolidar su visión de un mundo G-2 estructurado en torno al eje Washington-Pekín queda ahora contractualmente obligado a fluir de Europa hacia el oeste.
Estos tres choques forman una trilogía sinérgica. La derrota europea en Ucrania ha revelado sus puntos ciegos estratégicos y ha pinchado su proyecto de keynesianismo militar. La acomodación de Trump con el presidente chino, Xi Jinping, ha desatado un alud de exportaciones chinas hacia la UE. La extorsión en Escocia ha costado a Europa el capital acumulado y cualquier esperanza residual de paridad.
En el mundo G-2, el pueblo global imaginado es una arena de gladiadores donde la UE y Reino Unido vagan ahora sin rumbo. Un nuevo orden mundial, más duro y más frío, se ha erigido sobre la tumba de la ambición europea. La lección perdurable del año es que, en una era de contiendas existenciales, la dependencia estratégica es el preludio de la irrelevancia.
* Exministro de Finanzas de Grecia
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