La, al parecer, interesada acusación de la inasistencia de la Corporación a los actos de la salve y procesión de las fiestas de la Hermandad de la villa, actos en los que el Ayuntamiento viene tradicionalmente acudiendo en Corporación a la iglesia, bien pudiera dar lugar a poner un cierto orden de cosas, si se me permite intentarlo, terciando en el debate. Primeramente, porque deberíamos matizar la afirmación que dice tratarse de una cuestión de tradición religiosa, ya que esto nos llevaría a cuestionarnos por el hecho de si somos o no cristianos, católicos o protestantes, o no tenemos adscripción alguna y nos consideramos bien agnósticos o ateos, por poner varios ejemplos. Se trata, en todo caso, de un acto del protocolo municipal de asistencia a actos religiosos (como bien queda recogido en programas oficiales desde la década de los sesenta), cuyo origen debería ser investigado, hundiendo sus raíces en épocas anteriores a la nuestra, del Antiguo Régimen y de regímenes dictatoriales, donde resultaría muy difícil no ser cristiano e incumplir con las pertinentes obligaciones que tal condición conllevara. Esto, gracias a Dios, de un tiempo a esta parte no tiene por qué ser así, y de ahí la opción personal y no obligatoriedad de lo que ahora sí podemos considerar ser un acto tradicional, aunque sólo sea debido a su perdurabilidad a través de los tiempos.
La fiesta de la Hermandad fue instituida como un acto religioso de la cofradía de labradores el tercer lunes de septiembre coincidente, al parecer, con una feria de ganado. Por tanto, no se trata de unas fiestas patronales, como es común en otros lugares, puesto que los nuestros san Juan Evangelista y san Esteban Protomártir lo son, consecutivamente, el 26 y 27 de diciembre. Contrariamente, su remoto origen nos traslada primero a finales del siglo XVI, año 1592, fecha de fundación de la cofradía del Santísimo Nombre del Niño Jesús, en una de sus dos parroquias, la de San Esteban, situada en el barrio de Ugalaldea, y en la cual se celebraba desde 1649, dada la indulgencia plenaria concedida a la misma por Inocencio X, una misa de difuntos el antedicho tercer lunes. Es de suponer que esta misa de difuntos se celebrara en el actual templo una vez se hubo consumado la fusión de ambas parroquias en el año de 1775. Quienes han escrito de estas cuestiones participan del consenso, en todo caso, de que el origen de la fiesta de la Hermandad como fiestas del pueblo surgiera con tal motivo. Y con ocasión de una de mis publicaciones recogí el trabajo realizado por el entonces grupo de danzas Ortzondo en torno al baile denominado como Iturridanza, donde se aportaba el siguiente clarificador testimonio:
Se bailaba, como bien nos indica Juanito Ahechu (Gaizparro), “en la plaza donde se ponen los autobuses, en el Navarro alrededor de la fuente grande, antes era muy popular”.
Como fechas, cabe indicar que era lo habitual ejecutar la danza en las fiestas patronales, siendo éstas en un principio en el mes de diciembre (26 y 27 de diciembre, coincidiendo con San Esteban y San Juan). Posteriormente se trasladaron al tercer lunes de septiembre como fiestas de la Hermandad. “La fiesta empezaba el lunes y las cofradías, la del Niño y la de la Virgen, se hermanaban ese día”, nos aclara Juanito Ahechu.
Las fiestas de la Hermandad se celebran bajo la advocación de “nuestra excelsa patrona la Virgen Blanca”, según recordaba Marino Oroz, exalcalde, en el pregón del programa de 1969.
Por tanto, ya podemos adelantar que para que se dé una tradición se requiere de un consenso previo. Este, a tenor de lo relatado, se produjo a raíz de la coincidencia de dos hechos relevantes para la villa: la doble celebración del mercado así como del día de la Hermandad que incluía un acto religioso relevante: fiestas y feria (pues así rezaba en los programas de fiestas más antiguos de que dispongo, de los años 1962, 1965 y 1966, impresos por El Secretariado Navarro). Mas, en mi opinión, se daba una razón más para la asistencia corporativa a los actos religiosos reseñables, y esta no es otra que la de la existencia de un patronato único y merelego de la villa desde tiempos inmemoriales, recogido documentalmente, al menos desde el XVI, sobre ambas parroquias, asumiendo todos sus gastos, suficientemente comentado en otros escritos y que justifica la presencia del escudo de armas de la misma a ambos lados del presbiterio.
Las fiestas mismas eran denominadas en nuestro folklore y tradición hasta no hace mucho como mecetas. Iribarren, en su Vocabulario navarro, nos aclara que es así como se conocen las fiestas patronales en los pueblos de la montaña, proviniendo del vascuence meza, con significado de misa, dada la abundancia de celebraciones de esta índole durante las mismas. Pérez Goyena recoge, en sus Apuntes históricos de la Villa de Huarte, breve reseña de un vocabulario en vascuence hablado por los uhartearras, el que esa fuera la denominación que se le daba a las fiestas. Y aún Javier Oroz desde su Evocación del ayer folklórico comentaba: “Nadie sabe decir qué se hicieron de las encantadoras mecetas con gaita y tamboril y baile suelto en revueltos de jota. No se estilan ahora mayordomos, con cintas de seda multicolor cerquillando la boina, cintas que las mayordomas cosieran, en artísticos frunces, la víspera a la tarde, cuando más acelera su ritmo la impaciencia”. “Las mezetas –recuerda Iribarren-, a pesar de ser abundantes en misas, se prohibieron al menos dos veces: en 1553 (porque en algunas partes de este reyno se ha costumbra juntar a cierta fiesta que se llama mecetas y no espera otro efecto sino para comer, beber, jugar y destruir haziendas…), y en 1757 donde se recomendaba el que en todo caso no excedieran de un día”.
En fin, si la fiesta en sí misma fuese tradición religiosa, dado el contenido del intercambio epistolar entre exalcalde y alcalde, habría que tomar en consideración la recomendación que en el programa del año 1968 era dada, seguramente, por un clérigo uhartearra bajo el epígrafe de Fiesta y culto de Dios: Y así, la fiesta volverá, una y mil veces, a poner en claro la radical ordenación de las cosas; que Dios es dominador por esencia, y nosotros por gracia y bajo El (Guardini). Añadiendo en el siguiente de Por una religión festiva: Nuestra religión tiene que sacralizar todos los ocios festivos. En la antigüedad, la religión era casi enteramente una religión de fiestas. Y la edad media, por ejemplo, disponía las vicisitudes del año al ritmo de la fe.
Todo lo demás, en torno de este inesperado debate, parecen ser cuestiones alrededor de cómo encrespar un asunto que el devenir de la historia hace tiempo dejara definitivamente zanjado.
NOTICIAS DE NAVARRA







