Tocqueville en época de transición nacional

Nunca el españolismo había movilizado a tanta gente en defensa de la represión como el 8 de octubre, ni lo ha vuelto a hacer. No tiene ninguna necesidad

«Hay una fuerza prodigiosa en la expresión de la voluntad de todo un pueblo. Cuando sale a la luz, ahoga incluso la imaginación de quienes quisieran negarla». No son palabras mías, sino de Alexis de Tocqueville, quien añade que, siempre que pueden, los partidos ponen en duda su mayoría. Si no la han conseguido ellos, aseguran tenerla entre los abstencionistas, y si ni aun así lo logran, la suponen entre quienes no tienen el derecho de voto. Todo esto se vio el Primero de Octubre, con la abrumadora mayoría a favor de la independencia. Enseguida, los contrarios intentaron descalificar el resultado alegando participación insuficiente y contabilizando a su favor los votos no emitidos. Ante el naufragio de este argumento, porque la participación no fue menor que en otras contiendas, declararon nula la mayoría obtenida con la especie de que todos los españoles tenían derecho a votar sobre una cuestión que les afectaba. Los hay tan jacobinos que no se dan cuenta de que no se hacen referendos de dominación, y los que lo son en la práctica, como el de anexión de Crimea a Rusia, son simulacros en los que los anexionados expresan la voluntad de los anexionadores.

Que la mayoría abrumadora del ‘sí’ el Primero de Octubre dio fuerza moral al independentismo lo sabían los mismos que la negaban. Por esta razón se apresuraron a destruirla al día siguiente del referéndum. Nunca el españolismo había movilizado tanta gente en defensa de la represión como el 8 de octubre, ni lo ha vuelto a hacer. No tiene ninguna necesidad. ¿Por qué debía hacerlo si el Estado ya vuelve a dominar la situación?

La democracia no es más que el traslado al pueblo de la soberanía que antes residía en el monarca o en una élite. La democracia es el gobierno de la mayoría. Y no de una mayoría apoderada de la voluntad de una minoría, como en los regímenes populistas, sino de una mayoría capaz de gobernarse ella misma. La gran contradicción del españolismo es tener la esencia anticatalana. Supeditar la razón del Estado a este prejuicio impide alcanzar la unidad deseada. El primer presidente de Estados Unidos, George Washington, expresó una verdad geopolítica que también es válida en el interior de los estados: «La nación que odia a otra por costumbre o ama a otra por costumbre es esclava en alguna medida. Esclava de su animosidad o de su afecto». La intensidad del odio español contra los catalanes explica su dependencia y al revés, de la dependencia sale el odio. Es como aquel personaje de ‘El extranjero’, de Camus, que no puede dejar de maltratar a su perro viejo y sarnoso, y cuando el perro se le ha escapado entonces resulta inconsolable. España no puede prescindir de Cataluña, porque echaría de menos un objeto conmensurable con su odio. Y al mismo tiempo, le odia con una intensidad proporcional a la dependencia en la que se encuentra.

El Estado ha logrado destruir la mayoría del Primero de Octubre. Primero desactivó su representación parlamentaria y a continuación empezó a erosionarla en la sociedad. No hace falta repasar cada uno de los episodios de la trama deconstructiva que empezó con la disolución de ‘Junts pel Sí’ y acaba con la elección de Salvador Illa con el concurso de ERC. Hace ocho años, la consolidación de una mayoría españolista liderada por los socialistas en las principales instituciones del país era impensable. La causa del descalabro no es única ni principalmente la intensidad de la represión. Ni Llarena ni Marchena deciden qué vota la gente. El voto es libre y los resultados están a la vista. Y no es sólo la intención de voto de ERC la que, por una reacción comprensible, cae estrepitosamente. También cae la de Junts, sin que lo compensen las opciones más minoritarias del independentismo, como la CUP, Aliança Catalana y Alhora. Es decir, el independentismo –y ahora no entro en el debate de si ERC se ha situado fuera de esa corriente– cae en su conjunto.

De cerca del 50% de apoyo que tenía en 2019, el independentismo ha descendido este año al 40% en el Barómetro de Opinión Pública del Centro de Estudios de Opinión (CEO). Es verdad que las encuestas oscilan según las circunstancias y que existe una franja volátil de la opinión que se inclina de acuerdo con las perspectivas, que en este momento no son buenas para el independentismo. ¿Qué pasaría si, por ejemplo, las bases de ERC se sublevaran contra el liderazgo destructivo y pusieran rumbo hacia una gran solidaridad catalana? ¿Qué pasaría si los chiquitos de la CUP aceptaran que el sentido de la democracia consiste en trabajar por el bienestar de la gente, y que esto implica mejorar la competitividad de las empresas y asegurar el empleo? ¿Qué pasaría si todos se dieran cuenta de que un país nunca se independizará fomentando el faccionalismo, sino con una mayoría consolidada en la que todo el mundo reconozca el propio interés? Son demasiados interrogantes de carácter retórico para fiar respuestas con perspectiva de realidades.

Sin embargo, es indiscutible que entre el primero y el 8 de octubre de 2017 el abismo ideológico era un abismo nacional más que social. El referendo no trataba de proletarios y burgueses. La defensa de las urnas fue una exhibición de patriotismo de gente mayoritariamente de habla y cultura catalana. Un golpe de dignidad como éste no se había visto en mucho tiempo, quizás desde la huelga de los tranvías de 1951. Si ésta fue el primer signo de vitalidad popular en el punto álgido del franquismo, el referéndum fue el estallido de la indignación acumulada durante las décadas de la transición. Y al mismo tiempo fue una manifestación de amor al país que aún vive en las historias y los recuerdos familiares de una parte de la población, y así mismo fue, por la forma en que se preparó y se ejecutó, una exhibición de sensatez y cultura democrática. Por eso era execrable el lema “Recuperamos ‘el seny’ (la cordura)” de Sociedad Civil Catalana en la manifestación del día 8 en apoyo de la violencia policial.

El Primero de Octubre marca un hito histórico en el reconocimiento internacional de la lucha catalana. Un hito brillante pero de resultados efímeros. Y la pregunta angustiosa que muchos se hacen es si con una franja de población identificablemente catalana cada vez más estrecha se pueden alcanzar resultados duraderos. El cambio demográfico tiende a reducir la catalanidad en medio de una población que ya no comparte la relación con la tierra, las costumbres, la cultura o la historia y, en consecuencia, tampoco tiene interés alguno en defenderlas. Más bien al contrario: ve impedimentos para la aspiración a alterar las condiciones de usufructo del territorio, empezando por la lengua, continuando por las costumbres y eventualmente incluyendo la religión con todas las exigencias sociales y políticas que se derivan de todo ello.

Testigo de los cambios a los que la Revolución arrastró a la antigua nación francesa, Tocqueville confiaba en una nueva forma de patriotismo basado ya no en la tradición sino en la ley y los derechos, un patriotismo que él llamó ilustrado. Últimamente hemos oído hablar mucho de este patriotismo, que ahora Junqueras reinventaba en la clausura del congreso de ERC, proponiendo una patria de derechos como receta contra el retroceso nacional. El problema, como ocurre a menudo con los pensamientos de los estrategas de ERC, es la contradicción entre el sentido ordinario de “nación”, que implica lengua, cultura, costumbres, historia y memorias compartidas, y el patriotismo constitucional, que Jürgen Habermas teorizó hace más de un cuarto de siglo precisamente para oponerlo a la nación. En cualquier caso, ¿de qué derechos habla Junqueras? ¿De los derechos que el parlamento catalán no es capaz de defender ante el Tribunal Constitucional? ¿De los derechos derogados con la aplicación del artículo 155? ¿De los derechos de los ciudadanos de habla catalana, que la Generalitat ignora, las autoridades pisan y los tribunales conculcan día tras día? En el terreno de la ley, que es y sólo puede ser española y que tiene un origen muy poco ilustrado, con derechos políticos inciertos y restringidos para los catalanes, el patriotismo es un dudoso sentimiento. De las épocas nebulosas entre un régimen al alza y otro obsoleto, Tocqueville decía que el patriotismo ya no se centra en la tierra, que ya no es más que arcilla inanimada, ni en las costumbres, que las personas consideran un yugo, ni en las leyes, que no dependen de su mezcla, ni en los políticos. Llega un tiempo, dice, que la gente ya no reconoce su país y se refugia en un egoísmo estrecho de miras, procurar para uno mismo en medio de la confusión y malestar generales.

En esta situación, ¿qué hacer? Para Tocqueville, la respuesta era obvia: retirarse. Sin embargo, reconocía que las naciones, como las personas, no pueden recuperar a la juventud. Puesto que el patriotismo espontáneo y desinteresado –y el del Primero de Octubre lo era– difícilmente volverá nunca más, es necesario avanzar y hacer entender a la gente que el interés personal es inseparable del interés del país. Para ser justos, hay que reconocer que antes del Primero de Octubre el independentismo se había hartado de explicar que el expolio fiscal no sólo afecta al bolsillo de cada ciudadano, al margen del origen y la cultura, sino también a las instituciones, públicas y privadas, e incluso a los servicios y las infraestructuras, de las que dependen la competitividad económica y el bienestar. Ahora bien, si fuera suficiente con el interés personal para infundir patriotismo en la gente, el escándalo diario de los trenes de Cercanías ya lo habría inducido. Evidentemente, es necesario algo más que la residencia y un trabajo para sentirse y quererse integrado.

Tocqueville propone que la única forma de interesar a la gente en la marcha del país es comprometerla en su gestión. El espíritu cívico, visiblemente deteriorado en Cataluña incluso en los representantes de la voluntad popular, es inseparable del ejercicio de los derechos políticos. Y este ejercicio, que es ante todo un compromiso, no se profesa con el expediente de votar con cierto intervalo unas listas de gente mayormente desconocida, sobre la que el elector no tendrá control alguno. El civismo sólo puede venir del aprendizaje de las virtudes cívicas, y éstas derivan directamente de la responsabilidad participativa de los ciudadanos en la vida institucional. Soberanía popular significa que las personas gobiernen activamente, determinando la actividad legislativa de los representantes y la administración ejecutiva de presidencia y consejeros con la mirada fija en la prosperidad general como condición de la prosperidad de cada uno. Sin implicación personal en la gobernabilidad de un país que ya no sea el buey al que las moscas se comen a picaduras, no habrá ningún patriotismo de los derechos, porque los derechos permanecerán lo que han sido hasta ahora: promesas vanas y eslóganes de partido. Los derechos no arraigan en el aire sino en el único suelo donde pueden arraigar: en las obligaciones mutuas que conforman una ciudadanía y soportan la vida de cualquier comunidad que tenga vocación de permanencia.

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