Suiza, Canarias, Cataluña

Guste el resultado o no, Suiza ha votado a favor de imponer cuotas de entrada de inmigrantes provenientes de la Unión Europea. Gracias a este referéndum celebrado el pasado fin de semana ha sido posible recordar dos cosas: que los suizos votan lo que les da la gana cuando les da la gana y que un país europeo no miembro de la Unión Europea dispone, al menos hasta ahora, de los dos principales beneficios de serlo: la libre circulación de personas y la libre circulación de mercancías (es decir, ausencia de aranceles). El motivo de que exista esta libre circulación es que en la Unión Europea y en Suiza les conviene que así sea. Tanto es así que ahora, la Unión Europea se está replanteando levantar esta libertad como represalia por los resultados del referéndum.

Sin entrar en el fondo de la cuestión (la inmigración, la ultraderecha, los sueldos de los europeos, etc, etc…), lo que sí está claro es que el funcionamiento cotidiano de Europa (como continente, no como institución) depende mucho más de la realpolitik que de la estricta literalidad de los tratados. De hecho, la Unión Europea está negociando la entrada al club de Serbia y Kosovo aunque hay cinco países de la UE (entre los cuales, oh sorpresa, España) no es que estén en contra de su entrada, sino que directamente no reconocen su existencia. Pero la voluntad de pacificar para siempre los Balcanes ha prevalecido a la rigurosidad que exige unanimidad de los socios.

Pero esta semana no sólo ha habido un referéndum en Suiza (para los suizos la noticia está en su resultado, no en el hecho de que se haga), sino en que las Islas Canarias haya pedido hacer uno. El gobierno de Paulino Rivero ha pedido al de Mariano Rajoy que autorice una consulta para pedir a sus ciudadanos si están de acuerdo con que Repsol haga prospecciones de petróleo en aguas canarias. Desconozco los motivos íntimos que han llevado al ejecutivo isleño a convocar este referéndum. Posiblemente se haya visto atrapado entre el debate de lo ecológicamente correcto y la presión empresarial con la consiguiente lluvia de inversiones en el territorio. Es igual, este no es el debate: el caso es que forzado por contradicciones internas o simplemente movido por un instinto sobrevenido de democracia, Paulino Rivero ha decidido hacer descansar esta importante decisión en el pueblo. Sería fácil ahora utilizar la demagogia en forma de boomerang. Por ejemplo:

– Si Canarias es España, supongo que la decisión de si en Canarias se realizarán prospecciones la tomarán todos los españoles, incluidos los vecinos de Calatayud.

– Los canarios que están a favor de que se les pregunte son unos nazis. O unos terroristas.

– O unos hobbits. Han perdido la capacidad de razonar y se han dejado llevar por el liderazgo mesiánico de un presidente que les quiere llevar hacia un bosque de plataformas petrolíferas.

– Me imagino que los socialistas canarios deben ser contrarios a la convocatoria de la consulta porque al Gobierno canario se le ha ocurrido plantearla sin solicitar el permiso de Madrid. Lo han hecho justo al revés: han planteado la consulta y ahora están a la espera de la autorización, mira que llegan a ser extraños.

– Seguramente surjan canarios por la tercera vía: que ni se pongan plataformas ni se dejen de poner, sino que lo resuelvan los gobiernos canario y español en un despacho pero en el que la última palabra sea lo que diga Madrid y la Constitución.

Bien mirado, mejor que no hagan la consulta. Lo digo para evitar que la Navidad próxima, los familiares favorables a la instalación de las plataformas dejen de hablar con los familiares que son contrarios a ellas.

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