De ideas extremistas, el asesor de Donald Trump se ha convertido en una de las figuras
más influyentes de la Casa Blanca
No habían pasado ni 24 horas de la captura de Nicolás Maduro y una imagen causaba
escalofríos en Europa: la del mapa de Groenlandia coloreado con la bandera de EE.UU.
La había publicado en X Katie Miller, esposa de uno de los principales asesores de
Donald Trump, Stephen Miller. Un hombre que ostenta un cargo aparentemente
modesto dentro del organigrama de la Casa Blanca –subjefe de Gabinete–, pero que
estos días está viendo elevado su perfil hasta cotas insospechadas.
El lunes, una intervención suya en la CNN se hizo viral en las redes. En ella, Miller
daba alas al mensaje difundido por su mujer al afirmar que las aspiraciones
estadounidenses sobre Groenlandia son bien legítimas y que Washington puede
apoderarse del territorio semiautonónomo danés si así lo desea.
“Nadie va a enfrentarse militarmente a EE.UU. por el futuro de Groenlandia”, dijo.
“Para que EE.UU. asegure la región ártica, proteja y defienda a la OTAN y sus
intereses, obviamente Groenlandia debería ser parte de EE.UU.”, agregó el funcionario,
quien además hizo un retrato crudo de la nueva era geopolítica: “Vivimos en un mundo
que se rige por la fuerza, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del
mundo desde el principio de los tiempos”.
Esta visión descarnada de las relaciones internacionales es la que impregna la operación
estadounidense en Venezuela, en la que Miller ha participado de forma muy activa: no
solo siguió la incursión de los Delta Force desde la situation room improvisada en Mar-
a-Lago, sino que forma parte del equipo encargado de supervisar la transición del país
caribeño, según anunció Trump el lunes.
Hasta ahora, parecía que el papel de Miller quedaba circunscrito al ámbito domestico: él
ha sido el gran arquitecto de la política migratoria de Trump. Sin embargo, los últimos
acontecimientos evidencian que su influencia se extiende más allá de las fronteras
estadounidenses. El nuevo imperialismo de Washington lleva también su firma.
A Miller se le nota cómodo en su papel de halcón. De hecho, lleva prácticamente toda la
vida defendiendo que EE.UU. opte por la mano dura a la hora de tratar con el resto del
mundo.
Nacido en 1985 en Santa Mónica, California, en el seno de una familia judía
acomodada, Miller ya era conocido por sus posiciones extremistas en el instituto.
Compañeros suyos de clase han explicado que se burlaba de los inmigrantes, que se
indignaba si oía hablar español en las aulas. Incluso llegó a cortar relaciones con un
amigo por ser latino. Los que le conocieron entonces también cuentan que le encantaba
verse envuelto en debates, llevar la contraria. Una actitud que mantuvo en su etapa
universitaria –estudió Ciencias Políticas en Duke–, cuando vivió su primer momento de
gloria mediática al defender a unos jugadores de lacrosse acusados de violación. Según
él, solo los culpaban por ser hombres blancos –al final, los deportistas fueron
absueltos–.
Apadrinado por el activista neoconservador David Horowitz, tras graduarse se mudó a
Washington para trabajar para la congresista republicana Michele Bachmann. Después,
a partir del 2009, pasó a formar parte del equipo de Jeff Sessions, senador por Alabama
y una especie de Trump antes de Trump: este político sureño defendía la construcción
del muro con México, se oponía a la llegada de extranjeros –sobre todo si eran
musulmanes– y, en definitiva, despreciaba todo aquello que supusiera una amenaza para
la América blanca. Miller fue su director de comunicaciones, y ya en esa andadura hizo
de la inmigración uno de sus caballos de batalla. También fue en esos años cuando trabó
relaciones con Steve Bannon, colaborando en el proyecto Breitbart News, portal de
referencia de la ultraderecha estadounidense.
Cuando Trump se lanzó a la carrera presidencial en el 2015, Miller no lo dudó: aquel
era el candidato por el que valía la pena luchar. Se sumó a su campaña como asesor y
comenzó a redactarle discursos. En ellos introducía sus obsesiones: la inmigración, el
islamismo… Tras ganar las elecciones, Trump nombró a Miller asesor principal. Luego
llegaría la dolorosa derrota ante Joe Biden en el 2020, pero Miller se mantendría al lado
del republicano. Su fidelidad tendría recompensa: el magnate contó de nuevo con él
para su regreso a la Casa Blanca y le dejó las manos libres para diseñar la agresiva
agenda migratoria del Gobierno.
Ahora, cuando se está a punto de cumplir el primer año del segundo mandato de Trump,
Miller vive su momento más dulce. Sus fantasías de deportaciones masivas de
inmigrantes se han hecho realidad, el presidente le ha confiado el destino de Venezuela
y sus declaraciones amenazantes sobre Groenlandia siembran pavor en una Europa
incapaz de plantar cara al nuevo expansionismo estadounidense.
LA VANGUARDIA








