El lector paciente y la lectora benévola me permitirán que les ahorre la definición de “etnia”, que pueden consultar en todo tipo de fuentes de información. Me centraré, en cambio, en el uso que suele hacerse.
Sólo desde una posición política dominante, suele tildarse de etnia a un grupo determinado: tú, indígena no civilizado, formas parte de ella porque lo digo yo, ciudadano de una nación o Estado nacional encargado de civilizarte. Es el uso banal –falsamente despolitizado– de etnia al servicio del colonialismo. Bajo la etnicidad asignada al sometido, se esconde la política racista del dominador en nombre de la civilización, o sea, el exterminio lento o traumático del dominado, que, en la medida en que no merece convertirse en sujeto político, sólo puede ser disuelto en una unidad nacional superior.
En cambio, cuando eres tú quien se proclama parte de una etnia, lo haces por voluntad expresa de pertenencia histórica al territorio donde se ha desplegado una comunidad –la tuya–, donde te reconoces por una lengua, cultura y costumbres que otorgan y actualizan aquella pertenencia sin tropiezos. Es desde esa posición como puedes constituirte en sujeto político de una nación o Estado nacional; y es desde esa posición desde donde quieres y puedes liberarte de la dominación política de quien te niega el derecho legítimo a hacerte sujeto político. Tras el uso fuerte –voluntariamente politizado– de la etnia, está la afirmación de la personalidad propia frente a quien te niega y te quiere aniquilar.
Pero, ¿qué sucede cuando se pretenden negar los parámetros que caracterizan una dominación colonial para disolver los rasgos étnicos del dominado bajo el título de “ciudadano” con el sello humillante del Estado dominador (“eres español porque lo pone tu DNI”)? En estas circunstancias, cobijarse voluntariamente bajo el rótulo de “etnia” genera una contradicción: lo que sirve al dominado para diferenciarse del dominador, le hace minoría en tu tierra y le niega –simbólicamente, por lo pronto: es como admitir formar parte de una reserva étnica– la posibilidad material de recuperar el territorio histórico –ser incapaz de convertir la nación en Estado y darse por vencidos antes de tiempo. Para entendernos: las distintas naciones indígenas estadounidenses libraron batallas muy sangrientas antes de pasar a las reservas.
Está claro que la autoproclamación de etnia puede significar la ventaja de ser protegida como una minoría, o como un grupo aparte más (recordemos a los GOI -Grupo Objetivamente Identificable-), por instancias supranacionales, pero, justamente, esta condición de “merecedor de protección” te hace un menor de edad político para siempre. Desde el momento en que aceptas la protección de unas instancias superiores, tú mismo te cortas las alas: ¿quién, que necesite protección, podrá levantarse algún día por la independencia usando todos los recursos al alcance y con todos los reconocimientos necesarios?
Por otra parte, hay que tener presente que, en un país abarrotado de inmigrantes que podrían ser inducidos a reclamar la consideración de etnias, el Estado español haría del componente hispanófilo de los inmigrantes una forma de racismo discriminador de la catalanidad –la catalanofobia lingüística es su piedra de toque- en favor de una pretendida integración en una unidad colonial superior, la ‘Hispanidad’. Este nuevo uso banal de la etnicidad, permitiría crear el imaginario de una población catalana dividida en “tribus” que pasarían a engrosar la no menos imaginaria “variedad regional española”. Pero ya sabemos que, hoy por hoy, las batallas por el relato tienen lugar en el terreno de las múltiples recreaciones de la estupidez. Del lado del independentismo, por cierto, el uso fuerte de la etnicidad forma ya parte del utillaje de las corrientes populistas como herramienta de exclusión.
Todos estos conflictos de la adopción de la etnia como herramienta defensiva, afectan, igualmente, a las estrategias de elaboración de un censo catalán, que pretenderían disponer de una base firme sobre la que levantar, en un momento dado, la legitimidad histórica, nunca extinguida, de la república independiente en acto. (¿Qué mejor censo en acto, por cierto, que el del Primero de Octubre?). La debilidad de estas estrategias radica en su idealismo, que conduce a la pretensión de fundar un sujeto político mediante un recurso meramente administrativo y, consecuentemente, a la renuncia implícita de que el independentismo se convierta en hegemónico en el conjunto de la sociedad al negar la lección universal que se desprende de la historia del pequeño mundo de nuestra nación entera.
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