Durante estas últimas semanas, el país ha estado muy pendiente de una conversación privada de poco más de dos horas. Muchos han buscado información secreta, en la confianza de que lo que se decía en la intimidad debía ser más verdad que lo que se confiesa en público. Y el disgusto ha sido de dimensiones siderales. De creer que se sabría qué se escondía debajo de algunas alfombras, quienes la han escuchado han encontrado, con permiso de Kundera, con «la insostenible levedad del hablar». Las conversaciones privadas pueden contener tanta verdad y tanta mentira como los discursos en público, y sólo detrás de la aparente ligereza de las palabras se esconde la evidencia de unos hechos contundentes.
Efectivamente, desde las conferencias de JL Austin dichas en Harvard en 1955 y publicadas en 1962 con el título ‘How to do things with words’ [‘Cómo hacer cosas con palabras’], sabemos que lo que decimos no sólo -ni siempre- tiene una intención descriptiva (enunciados Constatativos), sino que también tiene una dimensión performativa. Para entendernos: hablar también es una manera de hacer. Esto es trascendental para la comprensión de los usos del habla y, en particular, para entender qué pasó realmente en este encuentro financiado, parece, por una agencia de espionaje.
Es sólo desde esta perspectiva de entender el hablar como una manera de hacer como toma todo su sentido la conversación camarguiana a la que hacemos referencia. Cuando la conversación en cuestión es estudiada desde un punto de vista performativo, cuando ya no nos interesa saber qué dijeron sino qué hicieron, las dos horas largas de charla se pueden convertir en una buena fuente de documentación para un trabajo de final de carrera, bien sea de unos estudios de sociolingüística, de comunicación o incluso de ciencia política. Véanse sólo algunos apuntes.
Hay una primera circunstancia que hay que consignar: lo que realmente ha hecho interesante la conversación mencionada no es lo que se dice sino el hecho de que haya sido desvelada. Porque hay cosas que decimos que sólo son eficaces si, precisamente, son secretas. De ahí la fuerza de los rumores que se esparcen rápidamente bajo el empuje de un «no se lo digas a nadie». Hablar «en secreto de confesión» crea una apariencia de verdad sincera que fuerza al interlocutor a corresponder con la misma generosidad. Cada intimidad que explica uno fuerza una del otro. Es una forma de tortura sutil y dulce para conseguir hacer cantar a alguien sin que se dé cuenta. La catástrofe se produce si, como es el caso, resulta que el interrogado no tiene nada que decir, de modo que el torturador inexperto termina vertiendo mucha más información de la que es capaz de recoger.
Otra de las constataciones que se pueden hacer de este diálogo privado al que hacemos referencia es lo que expresa tan bien la frase hecha ‘ningún jorobado se ve la joroba’. Es fantástico que, en medio de una conversación banal y frívola, alguien pueda exclamar: «No soporto la gente tronada» o «La gente está hasta los huevos de gilipolleces». Son frases que pueden parecer contradictorias con el mismo contenido tronado del diálogo y de las gilipolleces que se dicen. En cambio, hay que entenderlas como la necesidad de autoatribuirse un estatus superior al que realmente está delatando tanta grosería. En este caso, no es que el jorobado no se vea la joroba, sino que, con frases de este tipo, lo que pretende es disimularlo. Hablar también es una manera de simular un determinado estatus social y cultural… ¡Sobre todo cuando no se tiene!
No menos interesante es el uso inmoral que se hace de los juicios morales. El hecho se puede ejemplificar cuando uno se hace el escandalizado por las supuestas corrupciones de unos terceros mientras se participa en una estrategia de corrupción, por ejemplo, dando teléfonos privados para que la policía los pinche. Lo absurdo del supuesto es total: la policía no necesita delatores de números de móvil, y los pinchazos, si los necesitan, son de oficio. Pero escandalizarte de lo que te has beneficiado durante años es una manera de pagar prenda para conseguir el derecho de admisión a la nueva familia. Cuando hablamos, pues, solemos definir un nosotros de confianza, que podemos conseguir honestamente, pero también a base de hacer confidencias negativas sobre la antigua familia como prueba de la ruptura que hemos hecho.
En definitiva, sabemos que buena parte de las conversaciones que tenemos no sirven para decir nada sustancial sino que están al servicio del establecimiento de complejos lazos sociales. Hay banalidades que confieren una fuerza extraordinaria a nuestras posiciones sociales. Otras, mal usadas, pueden hundir.
ARA









