Para aspirar a tener un Estado, es necesario ser una nación. Pero ser una nación es algo más que una comunidad de lengua y cultura, con sus tradiciones y sentimiento de pertenencia. Éstos son, sin duda, elementos esenciales. Pero para ser un sujeto político viable hace falta algo más. Una nación es especialmente una voluntad de vivir juntos en un esquema de cooperación a perpetuidad.
La nación aspira a ser el ‘demos’ (pueblo) de la democracia y la sociedad de la justicia social. Una nación es, en definitiva, el resultado del contrato social. Es el conjunto de individuos que quieren convivir compartiendo las mismas leyes e instituciones. Tener una identidad común será habitualmente el motivo de querer compartir este marco político, pero lo que lo hará viable y estable es que exista un sentimiento de confianza y solidaridad.
La idea de que una nación debe ser un esquema de cooperación con vocación de ser perpetuo requiere un sentimiento de confianza y de solidaridad colectivas. Se trata de que, más allá de la contraposición de intereses y de los conflictos de todo tipo que existirán por el poder y por la distribución de los recursos, haya una mínima voluntad de cooperación. Cooperación entre grupos sociales diversos, entre distintas generaciones, entre territorios, clases sociales y concepciones del mundo.
Este esquema de cooperación debe permitir que las clases medias estén dispuestas a sostener políticas redistributivas en beneficio de los sectores más vulnerables. Que las zonas urbanas entiendan la importancia de invertir en las rurales. Que las generaciones activas sostengan el sistema de pensiones y la educación. Esta voluntad de cooperación no es automática. No existe por el simple hecho de compartir unas instituciones políticas ni por compartir una identidad.
Esta idea de solidaridad nacional tiene mucho que ver con el estado del bienestar. No se trata sólo de que unos paguen y otros reciban, sino de reconocer que todo el mundo aporta y todo el mundo recibe un beneficio. La clase media, las clases populares, las generaciones en edad de trabajar y las personas jubiladas: todo el mundo participa en este esquema de cooperación. El estado de bienestar es, en el fondo, una expresión institucionalizada de un sentimiento nacional de solidaridad.
Hace ya mucho tiempo se constató que los estados del bienestar más estables y exitosos tenían dos cosas en común: una notable cohesión nacional y una alianza política entre la clase media y las clases populares. Esto normalmente da lugar a un sistema de servicios universales de calidad para la mayoría social, más que prestaciones públicas destinadas a sostener los grupos más vulnerables.
Hay un amplio consenso sobre el hecho de que la implosión del proyecto independentista provocada por los partidos catalanes tradicionales ha debilitado la nación desde el punto de vista lingüístico y cultural. Y se habla de cómo hacerle frente y revertir esta situación. Sin embargo, la evidencia es también que el retroceso ha erosionado también el sentimiento de solidaridad nacional sin el que no se puede sostener la convivencia política a largo plazo.
Durante los años en los que el movimiento independentista llevaba la iniciativa y avanzaba, las divisiones ideológicas no eran necesariamente menores. Pero es indiscutible que existía una centralidad que ocupaban los dos principales partidos, y que las fronteras ideológicas entre ellos estaban difuminadas. Podría decirse incluso que la mayoría independentista que gobernó durante una década larga representaba una cierta alianza interclasista, intergeneracional e interterritorial.
La erosión de la confianza en las instituciones y las crisis de prosperidad que afectan a las sociedades occidentales suponen, pues, un nuevo reto para el independentismo. La polarización de los conflictos sociales que siempre ha existido, entre clases, entre generaciones o entre territorios, es cada vez más perceptible. El riesgo es ahora mismo que acaben desdibujando el conflicto nacional con el Estado. Porque sólo seremos capaces de ganar la independencia desde la confianza de que un Estado catalán representará una ganancia para toda la comunidad nacional.
EL MÓN










