Cada 26 de abril siento en el corazón el tañido de la campana vieja de Andra Mari. Y se me alumbra el alma con una luz rojiza y se me colman las venas del fétido olor de las bombas incendiarias. Y una va rememorando, sobrecogida aún de que el devastador sucedido en Gernika hace setenta y siete años, pudiera producirse. Que un pueblo alejado del frente y que hizo un asueto en su guerra, deambulando por el mercado de frutas y verduras, tras escuchar su misa funeral con el Libéra me Domine de Perosi por los caídos en el frente, y que se aprestaba a un juego de pelota vespertino, fuera borrado de la faz de la tierra por perversos intereses de estrategia militar.
A las cuatro y quince de la tarde de aquel día funesto se habían bombardeado las zonas colindantes, apareció un caza de reconocimiento que venía de los lados del Bizkargi, y rondó por el cielo desprotegido de la villa. La campana de la iglesia de Andra Mari, tocada por un vigía civil, fue la primera en anunciar lo que jamás debió ocurrir.
A partir de las cuatro y veinte de aquella tarde, hora tras hora, desfilaron los bombarderos, ininterrumpidamente y en formación precisa, Junker Ju52, Heinkel He111, Dornier Do37, Savoia-Marchetti SM 79 Sparviero y SM 81 y los cazas Heinkel He51 y Cr32 de la legión Cóndor alemana y de la legionaria italiana, descargando su arsenal mortífero en un estudiado programa de destrucción masiva: fuego de ametralladoras, bombas más bombas incendiarias y mientras se pudo ver -el humo, al final, fue tupido-, los cazas descendían en grupo de tres, ametrallando a la gente que huía del centro de la villa foral, empujándola nuevamente hacia el círculo de fuego para rematarla allí mismo.
La tierra flagelada retumbó en un área de siete kilómetros, y el hedor de la quema de cadáveres se extendió más allá de veinte. A las siete y cuarenta minutos de aquella terrible tarde de primavera, cumplida a cabalidad la misión destructora, se marchó el último avión por el cielo enrojecido, dejando tras sí cúmulos de cadáveres y el ochenta y cinco por ciento de las casas calcinadas. Poco después, el abrumado alcalde Labauria dio a su pueblo y al mundo el parte aterrador: «Gernika no existe».
La vieja democracia representada en el Partenón que significaba Gernika para la Europa de su tiempo fue aniquilada por el procedimiento moderno de la guerra de bombardeos. Con ello se intentó también acabar con la enconada resistencia que oponía el Gobierno de Euskadi al avance de las tropas franquistas. Había muertos que enterrar, población civil que rescatar, caos que organizar… y la advertencia resultó definitiva: debían evacuar.
Sobre la abominable acción de exterminación física, se levantó el baluarte burdo de la mentira atroz que culpaba a los vascos de la destrucción de su ciudad sagrada. Pese a las voces de periodistas que fueron testigos del hecho como el británico George Steer o de Picasso, que la inmortalizó en un lienzo emblemático, Franco y sus secuaces reiteraron durante los cuarenta años que duró su régimen la falacia de la autodestrucción.
Gernika debió rehacerse de sus cenizas, como el ave Fénix, porque cada uno de los que soportaron la afrenta y de los que aún no habíamos nacido pero nos bautizaron con tal signo, estaba decidido a sobrevivir. Si hasta entonces había sido una villa simbólica en su contenido democrático, reconocida por los ilustrados del s. XVIII europeo, se transformó en una empresa de reclamo para cada uno de los que, al ser vascos, nos sentíamos libertarios. Fue el reclamo más poderoso del exilio vasco en sus diversos estamentos y también, el paso primero del Aberri Eguna del 64, cuando el relevo generacional exigía la reparación de nuestra causa, tanto en el exterior como en el interior del territorio vascón.
Así como alertó la campana de la iglesia Andra Mari del primer avión invasor en aquella tarde que se convirtió en ocaso, debería resonar cada 26 de abril en el ámbito del país, por las mil seiscientas personas que murieron incineradas, por las que fueron calumniadas y perseguidas, para que jamás, pese a las guerras padecidas a lo largo del s. XX y las que nos siguen desgraciadamente acechando en este inicio del s. XXI, se repita atrocidad semejante y con semejante impunidad.
Para que el valor de la vida, alegría y apertura se oponga al dolor de la muerte, tristeza y cerradura. Para que toda contienda entre los seres humanos pueda dirimirse desde el respeto y la tolerancia, que el ejercicio del verbo supere al de la violencia física. Que la justicia soporte a la paz. Es un ideal que llevamos proclamando desde tiempos antiguos, pero que sigue siendo necesario reclamar en cada minuto de nuestras vidas para rechazar la amenaza de la violencia sobre nosotros o los demás.
Por eso resuena en mi corazón en este 26 de abril de rememoración, el tañido de la campana vieja de Andra Mari de Gernika.
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