Reintegremos el gallego al portugués

Para hacer desaparecer las lenguas que estorban, los estados con vocación lingüicida tienen diversos recursos disponibles para ello, que funcionan más o menos bien. España fue bastante efectiva, al menos en Galicia. Allí, actuó, en dos tiempos. En primer lugar, convenció a los gallego-hablantes de que su lengua nunca ha tenido nada que ver con el portugués. Una vez aislado, el gallego dejó de interactuar con un idioma hablado por unos doscientos cuarenta millones de personas y oficial en nueve estados independientes. Quiero decir, el primer paso condenó a la  lengua a vivir en autarquia en un territorio -Galiza- de dos millones y medio de habitantes. Si dos millones y medio de gallegos hablasen todos gallego, no sería un problema. No es sin embargo el caso, y su declive es constante desde la segunda mitad del siglo XX. El segundo paso es coger ventaja de la inseguridad lingüística de los hablantes de un idioma, separado de la norma común, con eso tratarán de legitimar el mayor número posible de castellanismos. El símbolo de esto es la académica aceptacíón intrusa del dígrafo ‘ñ’ en lugar de una verdadera ‘nh’ -la ‘ñ’, por supuesto-, cuya referencia era demasiado para los estándares portugueses-. Imagínese el daño que había causado al catalán la aceptación del mismo dígrafo? Imagínese que un escritor exiliado catalán hubiera escrito: «Todos los días, desde la ‘lluñania’, ‘eñoro’ mi ‘Cataluña’» [1] ?. Por cierto, esta estrategia, en dos tiempos -separación del núcleo y castellanización común- también la sigue la estrategia del españolismo en el País Valenciano.

El escritor gallego Ricardo Carvalho Calero lo dejó claro hace varios años: «El gallego, o es gallego-portugués o es gallego-castellano». La academia oficial y el gobierno autónomo se decidieron con furia por la segunda opción. Pero desde hace unos años, comienzan a escucharse otras voces. Los llamados reintegracionistas. Somos los plenamente conscientes de los argumentos y objetivos de los partidarios del gallego-castellano y que queremos exactamente lo contrario.

Somos los que agrupados en la Associaçom Galega da Língua, queremos salvar el gallego de la residualización implacable a la que está condenado. Sus argumentos son de sentido común: aislado el gallego morirá, unido al portugués, podrá esperar prosperar gracias a la gran cantidad de altavoces de que dispone y a su prestigio internacional. Por lo tanto, pretendemos operar una revolución mental para hacer que se reconozca lo que ya era una evidencia: el gallego no es una lengua derivada del portugués, sino una de sus formas.

Este movimiento de retorno requiere un aceptación de un vocabulario hoy desterrado, y que habría de fusionarse con las formas propias del gallego. Se requiere, sobre todo, eliminar las formas españolas aceptadas a ojos cerrados durante una floja Academia [RAG]. Y requiere la recuperación de reglas ortográficas comunes al portugués como el sonido ‘nh’ en lugar de ‘ñ’ y también la `lh’ por la ‘ll’ o ‘ç’ en lugar de ‘z’. El nombre lo tenemos dado. Explica uno de los escritores más activos en esta lucha, Sechu Sende: «Los reintegracionistas somos una minoría dentro de la minoría de gallegohablantes». Sus superventas gallego, ‘Made in Galiza’ -‘Hecho en Galicia’- (en catalán, ‘El vendedor de palabras’, ediciones RBA, traducido por Mònica Boixader) fue escrito en un gallego intermedio entre el normativo [oficialista] y el reintegracionista. Decidió escribir el próximo libro ‘A República das Palavras’ (‘La República de las Palabras’), empleando sólo las normas reintegracionistas, y eso implicó lograr que que sólo fuera publicado por una pequeña editorial. Para él, sin embargo, la reintegración en el tronco galaico-portugués es la única posibilidad para esperar reinyectar autoestima en los hablantes de un idioma percibido generalmente como estrictamente decorativo.