El eslogan lo eligió la Cámara de Comercio de Trenton de entre 1.477 concursantes en 1910, cuando la ciudad vivía su momento más glorioso: en Roebling se fabricaban los cables de acero de todos los puentes de los Estados Unidos, Maddock (el Roca de los Estados Unidos) monopolizaba los sanitarios de cerámica y una multiplicidad de empresas producían azulejos, cerámica, derivados del caucho, componentes de automóvil y cigarros. En 1929, en un panfleto encargado para celebrar los 250 años de su fundación, el autor describía Trenton como «uno de los centros manufactureros más importantes de la nación» con «industrias tan diversificadas que la contracción o eliminación de una o más ramas no tiene ningún efecto sobre el conjunto». En los años 60 Trenton aún debía de ser una colmena industrial: uno de los taxistas (ya mayor) que me llevó hace poco (para coger el tren de Amtrak a Washington) me contaba, con añoranza, como de joven podía despedirse de cualquier empresa, cruzar la calle y, cinco minutos más tarde, encontrar trabajo en la fábrica del competidor.
Trenton es, ahora, a pesar del eslogan del puente, otra cosa: un paisaje postindustrial. En el centro están los edificios funcionales del estado de Nueva Jersey, arropados alrededor de la cúpula dorada, reminiscencia del Capitolio federal, del congreso legislativo del estado. Después, sin solución de continuidad, el gueto negro, la estación de tren (construida como un puente sobre las vías), y parkings y parques que han sustituido los espacios fabriles tirados al suelo en los últimos cuarenta años. Un poco más allá, barrios hechos de casas de madera con tres peldaños, una entrada porticada, y un patio trasero con alguna flor. Sin llegar a ser cajas de cerillas, las casas son pequeñas para los estándares americanos. Pero, en comparación con los pisos de cualquier barrio popular catalán, son grandes. La abundancia de suelo fue seguramente una de las razones que impidió la victoria del socialismo en los Estados Unidos: un sueldo migrado compra allí mucho más espacio que en la vieja Europa.
El jueves bajé a Trenton (a veinte minutos de casa, dirección sureste) con un industrial catalán (él prefiere el término microindustrial) que, por razones irrelevantes aquí, ha pasado el curso académico en Princeton. Peregrinamos de fábrica en fábrica. Algunas, aunque pocas, aún en marcha (para satisfacción de mi compañero de viaje). Otras, reconvertidas en hipermercados, museos o viviendas (como la Clay, Henry and Bock and Company Cigar Factory, un caserón blanco de aires californianos, patio central con fuente, jambas en espiral en las ventanas, propio de las obsesiones de todo fabricante nuevo-rico modernista). La mayoría, construidas con un ladrillo rojo y encantador, con el año de inauguración encastrado en la fachada, estaban cerradas.
Entre visita y visita, hablamos de la industria -americana y catalana-. Y saqué tres lecciones. La primera, sobre continuidad histórica. La industria de Trenton la hicieron inmigrantes británicos y alemanes que, hijos de familias de una larga tradición artesanal, aunaron su conocimiento práctico con la mecanización del siglo XIX. Como Cataluña, donde la industria no apareció de la nada (o del proteccionismo estatal), sino de capitanes de industria hijos de maestros y oficiales, suficientemente espabilados para adaptar las tecnologías del norte de Europa. Naturalmente, por la misma regla de tres, si este conocimiento especializado se interrumpe en algún momento, recuperarlo y ponerlo al día es casi imposible.
Segunda lección. Antes las empresas de un sector determinado (papel, textil, etc.) cubrían todo el proceso de producción y fabricaban todo tipo de productos. Hoy en día, la globalización y la competición de economías emergentes han roto ese modelo tradicional. Las empresas europeas y americanas (menos las pymes) sólo sobreviven si se especializan en un producto muy concreto, en un micronícho productivo. Y deben hacerlo de la mano de sus clientes, que les indican qué necesitan en cada momento: por ejemplo, un tipo de papel absorbente para un quirófano de hospital; una almohadilla para una bicicleta plegable. La empresa productora puede llegar a alcanzar una especie de monopolio sobre este producto, pero los riesgos de perder un cliente y las dificultades de expandir el número de compradores son evidentes.
Tercera lección. El trabajo ha cambiado. Antes había muchos trabajadores, no muy cualificados, y un estrato de vendedores y comerciales. Ahora, con más automatización, hay menos empleados. Y han pasado a ser biólogos, ingenieros, informáticos: todos aquellos capaces de canalizar las demandas del cliente y hacerlo rápidamente a través de la maquinaria productiva de su empresa. De los retos sociales que esto nos plantea hablaré otro día.
ARA









