Los políticos a menudo no son conscientes de que las decisiones en política, también pero no sólo, se deben producir sobre la conjetura, la indefinición del futuro, y por lo tanto pueden caer en el error de no valorar suficientemente las ventajas de adelantarse al tiempo y de evitar los inconvenientes y costes derivados de la inacción.
El idealismo absoluto, la insistencia en una moral radical, sin mácula, lleva en sí misma el más inmoral de los posicionamientos. La realidad política es compleja y nunca tiene una sola cara. Confrontada esta realidad con principios e ideales absolutos lleva indefectiblemente a la impracticabilidad de la solución y por tanto a la «inmoralidad» porque no hay moral sin realidad y praxis. Es una paradoja aunque estéticamente la pureza de sentimientos y de principios es siempre superior a la imperfección de la acción en un mundo real pero complejo. La fuerza de los argumentos, la modificación de la realidad por la acción, no está nunca en el «platonismo». Si la «pureza» de principios nos lleva a la aniquilación, estos dejarán de existir como realidad, servirán de poco más que de imagen y referencia. Saldrán de la política para consolidarse en el mundo de las ideas, es decir, morirán por la realidad y los hechos.
De la misma manera el realismo lleva a menudo a la parálisis y la inacción. El hechos políticos aparecen como inevitables y por tanto no dan guía de cómo actuar, el miedo al error, a causar más daño que beneficio para la acción, y el hecho de que la acción siempre supone un adelanto del esfuerzo y del riesgo, del fracaso que siempre puede implicar, inclina la balanza del juicio hacia la inacción. En el corto plazo no hacer es siempre mejor que hacer…
Nos podemos preguntar si vista la realidad así los principios son irrelevantes y en parte inútiles. En la época de la Guerra Fría el convencimiento de Occidente en la superioridad del capitalismo sobre el comunismo se derivaba de su superior eficacia económica como sistema político: para Walt Rostow, analista político de los 60, la guerra se ganaría si el crecimiento económico de Occidente era superior al del Bloque Comunista. Kissinger respondió que «si no somos capaces de hacer que el mundo tengan significado e importancia los conceptos de libertad y respeto a la dignidad humana, los tan ponderados valores del capitalismo como estructura política de superior eficacia económica no tienen sentido».
Los problemas de Occidente después de 1990, una vez constatado el fracaso del mundo comunista, se derivan precisamente de aquí. No era el éxito económico lo que importaba sino el superior valor de la libertad y de la libre expresión y debate de ideas. La pérdida de vista de este hecho ha estado en el origen de la crisis de Occidente y de la decadencia de Europa. La conclusión es evidente, los principios tienen más importancia que las realidades económicas, pero estamos en la política, aquellos no se pueden idealizar y por tanto «blindar». La referencia extrema es Maquiavelo para quien la protección del Estado requiere si hace falta crueldad y engaño con los adversarios internos y externos…
La necesidad de elegir, inherente a la política, nunca es sobre hechos, es siempre sobre la interpretación de los hechos y ésta no se mueve en las realidades visibles o derivadas del pasado, sino en su proyección de futuro y aquí reside la interpretación del político. Si se exige la prueba demostrable e indiscutible para juzgar y elegir, se convierte en prisionero del pasado.
El problema de la conjetura, de tratar de adelantarse al tiempo actual, se deriva de la asimetría de la recompensa política. Nunca se podrá saber si esta acción política de avance habría sido mejor que la parálisis de la inacción, la ciudadanía nunca será capaz de juzgarlo y es siempre la inacción lo que se valora como mejor solución porque visto desde el corto plazo y de la corta distancia economiza esfuerzos y minimiza riesgos.
En política elegir es casi siempre hacerlo entre malas soluciones y precarias alternativas, la cuestión es saber cuál es la menos perniciosa para los intereses que se defienden… El político debe decidir si quiere elegir entre los hechos tal como se presentan o si quiere optar por su propia evaluación de cómo serán en el futuro a partir de su acción o inacción… Para transformar el presente es necesario ser capaz de intuir el futuro.
La política catalana se mueve ahora en estas realidades, es inevitable. Se sabe con bastante certeza el costo a pagar por retroceder y menos, bastante menos, el riesgo de avanzar. La priorización cuenta sobre todo para la política más impregnada de ideología pero no es nada indiferente al resultado… la incertidumbre hace sufrir pero lleva en sí misma la semilla de la esperanza.
EL PUNT-AVI









