«Tocqueville y Sinatra»

En el libro La Democracia en América, publicado hace más de 170 años (1835-1840), Alexis de Tocqueville analiza la democracia en Estados Unidos, recientemente creados después de haber ganado una guerra secesionista. Entre las razones elogiosas, cita la contribución de la democracia al desarrollo económico y al bienestar de la población, la capacidad de corregir políticas poco eficientes, la contribución a la igualdad y al establecimiento de un sistema federal descentralizado que controle al poder central. El contraste con su Francia natal resultaba notorio.

Sin embargo, Tocqueville también señala algunos puntos críticos de los sistemas democráticos que no han perdido actualidad. Los dos más importantes: el conflicto entre la libertad y la igualdad, y el peligro de democracias basadas en la «tiranía de la mayoría», es decir, el peligro de que se produzca un «despotismo democrático» que no respete las minorías e imponga una homogeneización contraria al pluralismo de la sociedad. También señala otros déficits de las democracias, como la deficiente formación política de los electores, la mala calidad de los líderes elegidos, la falta de racionalidad en las decisiones por la permanente presencia de pasiones partidarias, los riesgos de corrupción, las prácticas demagógicas (subvenciones) para atraer electores, la ineficiencia en el gasto público, la mala calidad de las leyes dada la rapidez en que se tramitan, etc. Todo esto les suena, ¿no?

La actual propuesta de reforma constitucional para poner topes al déficit y a la deuda resulta un compendio de las deficiencias mencionadas por Tocqueville. No parece que tenga demasiado sentido introducir en la constitución unas medidas abstractas de incidencia incierta y que se pueden regular por ley. Como es sabido, se trata de una medida decidida a toda prisa por PSOE y PP de cara sobre todo a la galería europea (excluyendo a las minorías vasca y catalana), realizada en el período terminal de una legislatura con un gobierno exhausto. Una medida impuesta de hecho por la canciller alemana Merkel -apoyada por Sarkozy-, reaccionando a la presión de los «mercados», sin que ninguno de ellos establezca, sin embargo, una estrategia solvente a medio plazo que controle la inestabilidad provocada por los actores financieros que controlan las transacciones especulativas internacionales. Alemania y Francia lideran una Europa muy poco interesada en tener instituciones europeas eficientes y políticas europeas solventes.

Estos dos países parece que mandan en Europa, pero de hecho velan predominantemente por sus intereses a corto plazo. En realidad, Europa no tiene líderes europeístas. Tocqueville lo entendería muy bien, pero probablemente no compartiría esta política de corto plazo y bajo nivel estratégico. La presión de los mercados internacionales sólo se puede regular desde una clara intervención de instituciones económicas y políticas también internacionales. Pero las primeras aún son las del orden de Bretton Woods creado tras la segunda guerra mundial, un tiempo pasado, y las segundas siguen sin existir y sin que se vislumbre ningún proyecto que quiera establecerlas.

El resultado es que la UE está perdiendo terreno cada día que pasa. Se está convirtiendo en un actor aún más secundario, en una vieja realidad diletante. Los líderes europeos están disolviendo el europeísmo y las expectativas creadas con el Tratado de Maastricht en 1992, un año ya muy lejano. Veinte años después nos encontramos con una clara falta de proyecto, de modelo y de liderazgo compartido, en un contexto de desafección y con países emergentes que todo apunta cambiarán la correlación de fuerzas internacionales en pocos años.

No son tiempos para perder el tiempo. Dado el contexto y las tendencias internacionales, Cataluña debería adoptar la llamada «doctrina Sinatra»: establecer un proyecto y estrategia política My way. Cada día que pasa hay más razones políticas, socioeconómicas y culturales para elegir las propias dependencias a nuestra manera. Como hicieron en su momento los USA analizados por Tocqueville.

 

ARA (septiembre 2011)