Después de quince años, nada hace pensar que Vladimir Putin perciba su mandato como un paréntesis en la historia de Rusia, al contrario. Putin se ve como el artífice de un interregno que tendría como misión consolidar o menos apuntalar el Imperio Ruso en los difíciles tiempos de la globalización y la multilateralidad. Y no sería osado concluir que el dueño del Kremlin necesita tejer un nuevo imaginario que combine los factores de caudillismo y de imperio con un nacionalismo ruso desacomplejado. Un imaginario que no rompa con el pasado soviético -ni con el inmediatamente postsoviético- pero que en pululan las simbologías más oscuras y ambiguas. Un imaginario que relea la historia y la readapte.
Y parece que el calendario brinda oportunidades: en diciembre de este año 2016 se cumplen 25 años de la disolución de la Unión Soviética y el próximo año, en 2017, hará 100 del inicio de la Revolución de Octubre. El final y el comienzo de la era soviética se tocan, dibujando un círculo que se cierra: el final de un ciclo histórico. Putin podría utilizar el aniversario del final de la URSS para intensificar el clima de guerra fría y la doctrina del resentimiento basada precisamente en la forma en que Occidente impuso la escenificación del descalabro soviético en formato de humillación y rendición incondicional. Posiblemente por eso el Kremlin ha mantenido vivo todos estos años el recuerdo de Stalin como caudillo de la victoria del 1945. De hecho, Putin siempre se ha reflejado en él, se ha sentido su continuador, desde que el 21 de diciembre de 1999, ya como primer ministro y heredero de Boris Yeltsin, presidió un brindis por Stalin en la Duma, a pocos metros del hemiciclo.
Stalin, padre de la patria, sería, pues, un icono destacado del nuevo imaginario, teniendo siempre cuidado de borrar del cuadro las sombras de los gulags y omitir los recuentos de muertos y desaparecidos: la memoria no entra en los planes del Kremlin. En cuanto al nombre de la cosa -l’URSS-, nada más llegar al poder en 2000, Putin recuperó el himno y al poco la bandera roja volvió a tener estatus oficial, no como bandera de Rusia pero sí como emblema del ejército: el heroico ejército Rojo.
Y para tener contentos a los sectores acomodados y bienpensantes que han descubierto la fe cristiana ortodoxa y las cuentas corrientes bien rellenas, Putin tuvo palabras compasivas para los Romanov, la familia imperial asesinada en 1918. Este es uno de los puntos de partida de la -llamémosla- condena histórica de Lenin consumada en enero de este 2016 cuando Putin tacha de «cruel» el líder bolchevique y le reprocha haber gestado el estallido del imperio y la ruptura de Rusia, con la autodeterminación, el federalismo y las autonomías.
El jefe del Kremlin también reniega de Lenin por el impulso revolucionario que cambió todo el sistema de vida ruso, y no es de extrañar: a Putin, que es tan neosoviético como ‘neocon’, le repugnan las movilizaciones sociales que no sean de adhesión al régimen ya sus valores nacionales. Y aunque la maquinaria de propaganda no ha parado de dar ayudas a los regímenes bolivarianos de matriz marxista -con menos devoción, eso sí, que las que se han concedido a Marine Le Pen-, Putin no quiere ni pensar que un nuevo marxismo ruso, surgido de las miserias de la crisis económica, llegara a amargarle la vida rescatando lo que posiblemente hay de rescatable en la mitología de Octubre.
Putin estaría, pues, repensando el imaginario de la Rusia imperial aprovechando y reordenando los iconos estalinistas y zaristas que puedan ser más venerables una vez puestas en un escenario político posmoderno. Un imaginario que sirva de pantalla a un régimen de capitalismo corrupto, surgido precisamente de la subasta delictiva de los bienes de un Estado pretendidamente proletario.
ARA







