¿Por qué queremos que pierda España esta noche?

No tenemos nada contra Lamine Yamal, pero sí contra la camiseta que llevará hoy y todo lo que significa en nuestro país. Y no, no es de extrañar, en cualquier lugar del mundo, desear la derrota en el campo de fútbol de tu adversario político

Esta tarde, cuando en el MetLife Stadium de Nueva Jersey el árbitro pite el comienzo del partido que cierra la Copa del Mundo 2026, habrá catalanes que viviremos el mismo instante de formas irreconciliables. Habrá quien quiera y esperará a que España gane su segundo Mundial. Pero también muchos catalanes, con una serenidad que quizá sorprenda a los españoles, desearemos y querremos que gane Argentina.

Esto no es odio. El odio es una pasión que degrada a quien la siente antes que a quien la recibe. Conocemos los nombres de los jugadores que defienden la camiseta española y admiramos a unos cuantos, que al fin y al cabo son la espina dorsal del Barça. Sabemos perfectamente que un niño de Rocafonda y otro de Foios estarán el domingo sobre el césped vestidos de rojo. La razón que nos lleva a invocar a Messi y la albiceleste, sin embargo, no es la irracionalidad del odio. Totalmente al contrario: es racional.

El argumento es el más viejo y el más sencillo –y todo el mundo lo entiende aunque muchos prefieren no mirarlo de frente. La selección española no es, para el Estado en el que vivimos nosotros, un equipo de fútbol: es una liturgia y una fuerza de choque.

Cada victoria –y la victoria en un Mundial aún más– se convierte en una procesión de banderas que al día siguiente alguien utiliza como argumento… contra nosotros. Más aún que a favor de ellos. Ganar un Mundial no cambia ninguna ley, pero cambia la atmósfera, y la atmósfera lo es todo en política.

En 2010 esto ya lo vivimos: la copa alzada en Johannesburgo, aquella del gol de Iniesta, fue administrada, aquí, como una vacuna contra la pluralidad y como una droga contra la catalanidad. No impidió el proceso de independencia, eso es cierto. Pero hicieron tanto como pudieron para que ayudara a frenarlo. Y seamos francos: los mismos que nos niegan cada semana la lengua en los tribunales, los mismos que enviaron las porras en 2017 y todavía las justifican hoy, los mismos que se llevan el dinero a la meseta, los mismos que dejaron morir a 230 valencianos y aún hoy son capaces de defender a Mazón, a los Llarena y Marchena, a los Illa y Abascal y a todos los borbones sentados en un sofá llorarán de alegría el domingo si gana España.

Y quizá alguien se pregunte: ¿qué tiene que ver el pobre Oyarzabal con todo esto? Nada. Los jugadores no tienen ninguna culpa. Pero no hagamos trampas, que no somos tan inocentes: las banderas nunca preguntan a los jugadores. Las banderas se lo comen todo. Y esa bandera va siempre contra nosotros. En una calle cualquiera de nuestro país pueden encontrar un tenderete con la bandera y no sabrán si es una colecta contra el cáncer, un grupo de estudiantes que vende rosas para el viaje de fin de curso o una asociación de defensa de cualquier parque o sierra local. Si ven un tenderete con la española, en cambio, piensen mal y acertarán.

En el deseo de victoria argentina existe, por eso, un argumento moral: no se puede pedir a un pueblo que celebre a quien lo niega. Durante décadas han intentado explicarnos una y otra vez que compartir la alegría por las hazañas de la ‘Roja’ era la prueba de nuestra normalidad, y que no compartirla era la prueba de nuestra enfermedad. Pues reivindicamos el derecho a no fingir. Es más honesto –e incluso más respetuoso– proclamar claramente que vamos con Argentina que sentarse con una sonrisa de cartón piedra, disimulando su sentimiento. La sinceridad es la última forma de respeto que tenemos cuando todo lo demás se ha estropeado.

Y, evidentemente, está el fútbol, porque también es cuestión de fútbol, y sería una impostura fingir que no. Argentina ha hecho méritos para ganar esta copa, méritos que no dependen de ninguna frontera: catorce victorias seguidas en mundiales, la posibilidad de ganar dos consecutivos como no lo hace nadie desde Brasil de Pelé, y una remontada contra Inglaterra, en diez minutos finales, que fue toda una luna.

Pero sobre todo está él: Messi. Aquel chaval que llegó al FC Barcelona con trece años y una hormona del crecimiento pagada por el club, el jugador que hizo del Camp Nou el centro del mundo durante dos décadas. El mismo jugador que durante décadas, en Madrid y en el Real Madrid, han hecho tanto como han podido para denigrarlo, para rebajarlo, para simular que es uno más y no el mejor jugador de la historia.

Si hoy Lionel Messi levanta la copa con treinta y nueve años –en el último partido grande de su vida–, nosotros veremos cerrarse ante nuestros ojos un círculo mágico que empezó en la Masia y que va vinculado plenamente con Cataluña. Y, qué caramba, será un placer enorme, especialmente para los culés, poder vivirlo. ¿Que esto es una reacción sentimental? Bien, ya lo dice la Fallaci, que tan sólo los mediocres nunca se sienten conmovidos por nada.

Queda, finalmente, la paradoja. Es verdad que hoy una parte fundamental del talento que vestirá de rojo se ha formado aquí, habla nuestra lengua y ha crecido en nuestras calles. España podría ganar el Mundial gracias a futbolistas que el nacionalismo español más rancio mira aún con recelo. Por el apellido o por el barrio de donde son, por la religión que profesan. Hay quien, en eso, ve un motivo para reconciliarse con ella. Pero no cuesta ni un ápice ver la vieja historia de siempre: los imperios han sabido, una y otra vez, nutrirse del talento de las periferias sin concederles nunca nada a cambio. Roma, la Roma imperial, lo hacía con los gladiadores hispanos. España, hoy, lo hace con los futbolistas catalanes, obligados a ir, no lo olvidemos.

Por todo ello –pero también y sobre todo porque España impide la existencia de una selección catalana, algo que no hace el Reino Unido con Escocia o Inglaterra; que no hace el Reino de los Países Bajos con Curaçao– muchos catalanes hoy nos sentaremos frente al televisor deseando que gane Argentina. La cosa es simple: los pueblos que no pueden elegir casi nada acaban aprendiendo a elegir, al menos, sus alegrías. Y esa libertad mínima –la de decidir por quién late el corazón un domingo de julio– es la que ejerceremos miles de catalanes esta noche. Sin que esta vez nos lo puedan reprimir ni con piolines ni con el Tribunal Supremo.

“Anybody But England”: no, no es nada raro desear la derrota de tu adversario político

Por si hace falta aclararlo mejor: no, no es nada raro ni inusual desear la derrota en un campo de fútbol de tu adversario político.

Esta semana, mientras Inglaterra preparaba en Atlanta la semifinal del Mundial contra Argentina en las tiendas de deportes de Glasgow se agotaron las camisetas blanquiazules y por las calles de las grandes ciudades del país se veían gaiteros interpretando “La cuarta estrella”  (el himno de los campeones vigentes), mientras muchas banderas argentinas colgaban de balcones. Incluso el SNP, el partido del gobierno escocés, publicó un comunicado invitando al país a “levantar una copa por Argentina”, con la excusa peregrina del aniversario de un acuerdo comercial sobre el whisky. A todo esto, los escoceses lo llaman ABE: “anybody but England” (“cualquiera antes que Inglaterra”).

Los seguidores de Escocia –la famosa ‘Tartan Army’– no perdieron la ocasión de dejarlo claro, en ningún momento de este Mundial. Porque todo esto proviene de una larga tradición. En 2006, Andy Murray dijo en una conferencia de prensa que en el Mundial de Alemania animaría “anyone but England”. Este año el propio rey Carlos, con la ironía calculada que gasta la corona cuando pisa terreno pantanoso, admitió que quizás era “demasiado pedir” que la ‘Tartan Army’ animara a Inglaterra. No se equivocaba. El centrocampista John McGinn lo contó con una franqueza abrumadora a su compañero de vestuario Ollie Watkins: «Esto no es nada personal, es estructural».

La prensa conservadora inglesa ha reaccionado estos días con artículos indignados que reprochan a los escoceses que animan al país contra el que murieron ocho soldados de la Guardia Escocesa en la batalla de Mount Tumbledown, en las Malvinas, en 1982. El argumento tiene una cierta fuerza, pero descuida un dato esencial. Y la memoria futbolística escocesa recuerda que Diego Maradona marcó el primer gol con la selección argentina en Hampden Park, cuando tenía dieciocho años. Esto basta para construir un parentesco. Cuando acabó el partido y los jugadores argentinos desplegaron una pancarta que afirmaba que las Malvinas eran argentinas, todo tomó aún una dimensión mayor.

Pero si alguien piensa que esto –o desear la derrota de la selección española– es una excentricidad británica, que mire hacia Brasil. El 13 de julio de 2014, en el Maracaná, se jugó la final del Mundial entre Alemania y Argentina. Hacía tan sólo cuatro días que Alemania había infligido a Brasil la mayor humillación de su historia futbolística, el 7 a 1 de Belo Horizonte. Pues bien: aquel domingo, el estadio más sagrado del fútbol brasileño se llenó de brasileños que animaban a Alemania. Los verdugos del martes eran los héroes del domingo. Cada vez que Messi tocaba el balón, el Maracaná le silbaba. La prensa brasileña lo había teorizado abiertamente en los días previos: perder de 7 a 1 era terrible, pero que Argentina levantara la copa en el Maracaná era sencillamente inconcebible. Cuando Mario Götze marcó el gol de la victoria alemana en la prórroga, medio Río de Janeiro respiró aliviada.

Y los argentinos, también hay que decirlo, no estaban en condiciones de dar lecciones. Aquel mismo Mundial habían convertido en himno el “Brasil, decime qué se siente” (2), una burla cantada con melodía de Creedence Clearwater Revival que celebraba, entre otras cosas, que Maradona era más grande que Pelé. La rivalidad es perfectamente simétrica y perfectamente recíproca.

En Europa, en el Mundial de este año hemos visto miles de corsos celebrando en las calles de Ajaccio la eliminación de la selección francesa y muchos vascos manifestándose en el puente internacional el día de España-Francia, para reivindicar la selección de su país. Pero el caso clásico es el de Países Bajos con Alemania.

Cuando la selección neerlandesa eliminó a la República Federal de Alemania en la semifinal de la Eurocopa de 1988 –jugada en Hamburgo, para mayor gloria–, la fiesta en Amsterdam fue más multitudinaria que la de la final ganada contra la Unión Soviética pocos días después. Nueve millones de personas, más de la mitad del país, salieron a la calle. Un veterano de la resistencia dijo aquella noche una frase que ha quedado para la posteridad: “Hoy sí que hemos ganado la guerra”. El trasfondo era transparente: la ocupación nazi, el hambre del invierno de 1944, las bicicletas incautadas que los neerlandeses aún hoy reclaman a los alemanes con un sarcasmo que no caduca. Durante décadas, cada eliminación alemana se ha celebrado en los Países Bajos como pequeña justicia poética.

Y si hablamos del género, es necesario reservar un altar para el noruego Bjørge Lillelien, el comentarista que convirtió la victoria de Noruega ante Inglaterra de 1981 –en un simple partido de clasificación– en la pieza de radio deportiva más citada de la historia. Fuera de sí, Lillelien ensartó en inglés una letanía de glorias británicas derrotadas: «¡Lord Nelson! ¡Lord Beaverbrook! ¡Sir Winston Churchill! ¡Sir Anthony Eden! ¡Clement Attlee! ¡Henry Cooper! ¡Lady Diana!» Y lo remató con una frase inmortal: “Maggie Thatcher, ¡tus chicos han recibido un buen repaso!”.

Aquello no era una portada, era una emisión de radio, pero fundó el género entero: el placer de la desgracia ajena elevado a literatura oral.

«Quiero que España pierda porque es el estado que oprime mi nación»: Hablan los suscriptores de VilaWeb (1)
(1) https://www.vilaweb.cat/noticies/vull-que-espanya-perdi-perque-es-lestat-que-oprimeix-la-meva-nacio/

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