La casualidad quiso que el pasado jueves, el mismo día que murió Xavier Vinader (1947-2015), dedicara la clase de máster, por la noche, a hablar de periodismo y democracia, centrándome en la figura de Walter Lippmann (1889- 1974). Vinader también impartía clases en Blanquerna, y este papel quiere ser un humilde homenaje a su figura. Curiosamente, a pesar de cruzarnos muchas veces por los pasillos de la facultad, lo recuerdo o la imagen más intensa que tengo de él es de una fecha de cuando no lo conocía: de las fotos de su exilio, uno de los episodios más vergonzosos e injustificables de la democracia española. El pasado jueves, mientras explicaba a Lippmann tuve muy presente esa imagen lejana.
Empiezo con una frase de Lippmann que puede parecer una exageración manifiesta, casi una boutade, pero que en realidad contiene la clave para entender muchas cosas que han pasado, que pasan y que, muy probablemente, continuarán pasando. Se encuentra en ‘Liberty and the news’ (1920) y dice así: «En un sentido estricto, la crisis actual de la democracia occidental es la crisis de su periodismo». Suficiente. Los lectores tienen derecho a replicar, por ejemplo: «La salud de la democracia depende más de la economía que de los diarios». O bien: «La injusticia y las desigualdades sí erosionan el sistema; la comunicación es un aspecto secundario», etc. Todo esto es cierto, pero el sentido profundo de la radical afirmación de Lippmann es otro. En primer lugar, conviene contextualizarla. Este influyente intelectual estadounidense, que obtuvo el Pulitzer en dos ocasiones, fue uno de los testigos más lúcidos de la instauración de los totalitarismos de derechas y de izquierdas en Europa, así como del intento de exportarlos a los Estados Unidos por medio de la propaganda política más efectiva: la que no se nota. Un cartel propagandístico es un cartel propagandístico, y hay que ser muy burro para no entender el uso que se hace del mismo habitualmente. Una noticia sesgada, o una película llena de estereotipos, o una entrevista radiofónica malintencionada, en cambio, parecen otra cosa: información o entretenimiento. En la Europa de 1920, y muy especialmente en la Alemania depauperada por el Tratado de Versalles, las publicaciones antisemitas surgían como las setas, hasta llegar a aquella delirante abominación judeofóbica que dirigía Julius Streicher, Der Stürmer. Streicher, por cierto, fue juzgado en Nüremberg y ejecutado en 1946.
Evidentemente, y por muchísimas razones que no hace falta ni comentar, la Europa del 1920, inconsciente y feliz, tiene poco que ver con la cabreada Europa de 2015, aturdida aún por los efectos de la crisis. Pero hay un hecho que sí permite un paralelismo razonable: la irrupción de un nuevo medio que, en mayor o menor grado, cambia las reglas del juego. En la década de 1920 fue la radio y ahora es internet. Cuidado: no estoy comparando los dos medios, sino algunas de las transformaciones que representan, así como sus efectos políticos. Joseph Goebbels, que no era ningún idiota, afirmó que la radio permitía despreocuparse de si la gente iba o dejaba de ir al mitin. Con la radio de la época era el mitin lo que entraba en la cocina de casa, impunemente y a diario, sin ofrecer resistencia, camuflado entre canciones, anuncios y seriales. Hagamos un salto hasta 2015. Internet ha cambiado completamente las reglas del juego del periodismo (entendido como una profesión específica) y ha transformado de manera radical la difusión y el acceso a la información. Y ahora, pensando tanto en la afirmación de Lippmann como en la tarea profesional de Vinader, llega la pregunta delicada, la pregunta más incómoda: ¿esto beneficia o perjudica a la democracia?
Responderé con otra pregunta: ¿el periodismo de investigación de Vinader habría sido posible al margen de la profesionalización de esta actividad y de la existencia de una actividad empresarial que la hiciera posible? Porque resulta que aquí no estamos hablando de hacer un blog y pegar textos (de los demás), dibujitos y vídeos, sino de llevar a cabo una actividad difícilmente compatible con el amateurismo. En sí mismo, abstractamente, el flujo informativo inherente a la digitalización es un aliado indiscutible de la democracia. El problema son sus consecuencias colaterales, como la destrucción del tejido empresarial relacionado con los contenidos culturales o informativos, y otros aspectos, como la impunidad que otorga el anonimato. Porque resulta que, equivocado o no, Vinader firmaba sus artículos. Es decir, se hacía responsable y asumía sus consecuencias. Esto, hoy, empieza a ser una rareza.
ARA







