Peregrinos en Madrid

Supongo que ustedes, lectores modernos y seculares, debieron pensar, en los momentos de optimismo racional, que el tiempo de los grandes peregrinaciones era cosa del pasado, que la economía y la política, no la religión, son los motores contemporáneos de las masas, y otras hipótesis habitualmente consideradas como tesis inmutables. Pues no señor: no es cierto de ninguna manera. Una exposición universal, por ejemplo (si no es en Pekín, por el número infinito de chinos…), no es ni la sombra de un buen jubileo romano como el del año 2000. Ningún cantante de rock multimillonario, con recursos de publicidad masiva, reúne uno o dos millones de jóvenes como hacía el anterior Papa de Roma, ya octogenario, y como acaba de hacer este Papa Benedicto, igualmente octogenario, a pesar de tener dotes muy escasas para los espectáculos de masas. Y sin embargo la masa, en este caso la masa joven, alegre y confiada, ha llenado Madrid (igual habrían hecho en París o Río de Janeiro), en días de gran calor de agosto, cantando y bailando, y las señoritas peregrinas con pantalón cortito mostrando muslo católico sin reservas ni reparos (ay aquel tiempo, cuando en la puerta de las iglesias un cartel amenazaba: «Mujer, si quieres evitar la vergüenza que produce el que echen del Templo: manga larga, medias, traje honesto»). Hasta las monjas con hábito y los monjes barbudos bailaban por las calles, en Madrid, cogidos de la mano, profanidad inaudita pero que me parece perfecta, de primera, y he encontrado admirable tanta abundancia de jovencitos con cara de pasarlo muy bien, sonrientes, durmiendo en el suelo, confesados y comulgados, y dispuestos incluso (lo que tiene mucho más mérito) a escuchar los sermones episcopales (de 285 obispos, exactamente) en forma de catequesis o doctrina, además de los discursos previsibles del Papa de Roma. Y recordemos, igualmente, que ninguna convocatoria anual con motivos materiales o económicos, del tipo que sea, capitalista o socialista (?), Sindical o patronal, deportiva o festiva, convoca masas remotamente comparables a las que visitan cada año los lugares santos de la Meca para cumplir un precepto completamente inmaterial, purificar el alma, hacer méritos para subir al paraíso. Ya comprendo que para los espíritus fuertes y laicos esto es difícilmente aceptable, comprendo que mucha gente vea esta realidad como irreal (¿como si no fuera cierto porque no debería ser cierto?), y que parezca desconcertante constatar que en buena medida han fallado las previsiones de la sociología científica, del idealismo hegeliano y del materialismo histórico más sólidamente instalado. Una gran parte de la humanidad parece que no quiere privarse de los diferentes «opios del pueblo», no quiere salir de las «tinieblas» y entrar en la luz racional, secular y enemiga del dogma y del mito, qué le vamos a hacer.

La razón mueve miles de personas, cientos de miles: la fe en mueve millones, cientos de millones, y no veo que esto lleve traza de empezar a cambiar. Todo lo contrario: en los Estados Unidos de América ya vemos como la combinación políticorreligiosa, sin guión porque son una y la misma cosa, y hacia dónde va la fe de los 80 millones de evangélicos «renacidos». En el mundo islámico (lo recordaba aquí mismo hace pocos días) el cien por ciento de la población es tan fiel y practicante como si aquí fuéramos todos de misa diaria y rosario. En el mundo eslavo y ortodoxo, sólo hay que ver los antiguos líderes ateos rodeados de archimandrita y popes, encendiendo velas, y haciendo en cada momento la señal de la cruz con tres dedos. Ya sé que los menos entusiastas de la religión de masas somos los ciudadanos de los países católicos europeos, los anglicanos y los de las tierras de tradición calvinista o luterana. Pero somos poca cosa todos juntos. Pocos, sobre todo, si nos comparamos con los budistas, los musulmanes o los hinduistas. A orillas de los ríos sagrados de la India, el Jamuna, el Saraswati y el Ganges, se congregan millones de peregrinos, se bañan, y creen devotamente que saldrán puros y limpios. Como los millones de musulmanes de sábana blanca en la Meca que hacen las postraciones rituales y lanzan piedras contra el demonio. Como los católicos en Roma o Santiago de Compostela, en Fátima o Lourdes. Incesantemente, con clientela creciente y renovada: lo he constatado hace apenas dos meses en Medjugordje, en la Bosnia croata. En el mundo, ahora, los que hacen o quisieran hacer peregrinaciones sagradas, son muchos más que los que no piensan en ello mucho ni poco. No es ni bueno ni malo, supongo, simplemente es así. Y los peregrinos de Madrid, comparativamente, me han resultado incluso simpáticos.

 

 

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