La cada vez más clara conciencia de incertidumbre ha acortado, dramáticamente, nuestra perspectiva temporal. La supervivencia acentúa la importancia del presente, día a día, pero no para instalarse en él en un frívolo carpe diem , sino para vivirlo como una victoria, como quien alcanza un pico. Por ello, a la hora de hacer previsiones, la próxima semana ya es el medio plazo, y tres meses hacen imposible ninguna predicción. Esto es así en el terreno económico, pero la falta de horizonte lo invade casi todo. Los trabajos para siempre se vuelven inseguros y los ahorros de toda la vida se pueden fundir en un abrir y cerrar de ojos. También es cierto que este clima, como señalaba Gregorio Luri domingo en este mismo diario, muestra cuáles son los espacios de verdadera solidez que escapan de esa supuesta liquidez baumanniana que parecía que lo tenía que ahogar todo. Pero incluso estas redes sólidas sienten el vértigo del futuro incierto.
EN ESTAS CIRCUNSTANCIAS, como decía, gobernar el presente es cosa de titanes. Estos días pasados hemos oído que se hacían duros reproches al gobierno de Cataluña por su supuesta falta de previsión en el pago de los sueldos de proveedores y funcionarios (¡eh, funcionarios, no exageremos: sólo el 20 por ciento de la paga extra durante una semana , y aún dentro del mes de diciembre!). ¿Falta de previsión , dicen? Esta sí que es una expresión anacrónica, propia de quien parece que no quiere entender la gravedad de la situación. La previsión, una de las principales conquistas de la modernidad, exige capacidad de control de los mecanismos que deben determinar el futuro. Pero si el futuro -por ejemplo, el de los ingresos de la administración catalana- está fuera de control, ¿de qué previsión podemos hablar?
SIN EMBARGO, y perdón por la obviedad, el futuro postcrisis, tarde o temprano, llegará. Llegaremos más o menos triturados, a menudo pagando justos por pecadores y con la sensación de haber perdido muchos trenes por el camino. Pero, sin avisar, llegará. Y, por esta razón, en la medida que lo permitan nuestras fuerzas, mientras con un ojo miramos cómo podemos sobrevivir al presente, con el otro deberíamos intentar ver el tipo de mundo que vendrá y decidir qué papel vamos a jugar. No quisiera que pareciera una frivolidad, pero tengo la impresión de que ya ha llegado la hora de pensar en el día siguiente de la crisis. No se trata de desatender el presente, que por otra parte es condición para llegar a lo que tenga que venir. Pero como algunos perfiles del nuevo mundo son fáciles de imaginar, ya desde ahora podríamos empezar a preparar el día después.
NO TENGO INFORMACIÓN CIERTA, pero aseguraría que en estos momentos los libros de autoayuda han dejado de interesar a la gente y que se han dejado de vender. Repasando sus títulos y vista la dureza del presente, ahora parecen de una banalidad escandalosa, similar a la de aquellos «aprenda inglés en diez días». Hay frivolidades que sólo son creíbles en medio de las burbujas de euforia. Y, sin embargo, es ahora cuando sería bueno escuchar algún profeta de la esperanza.
INSISTO: LA GESTIÓN DEL PRESENTE pide esfuerzos titánicos, pero no debería llevar todas las energías. Necesitamos empezar a pensar también en cómo encararemos el día siguiente. Porque lo cierto es que pensar la postcrisis ya es acercarse y acelerar su llegada. Por decirlo así, hay que pagar el sueldo a los funcionarios y, al mismo tiempo, decidir cuál debe ser el modelo de función pública para dentro de cinco o diez años. Y mientras hacemos sostenible la universidad, debemos reinventar la eficiencia. O hay reconfigurar el lugar de la sociedad civil y prever su capacidad de acción sin subvenciones. Y, claro, hay que dibujar el perfil del nuevo país que tendremos en las manos.






