Pasos adelante, y atrás

La semana pasada, además de una mejora general de las temperaturas, nos trajo un buen regalo: el presidente Pujol abjurando de la Constitución española. Y de propina, el mismo día, Oriol Junqueras era invitado el Círculo de Economía, donde daba una lección al empresariado sobre los verdaderos intereses económicos del país. Dicen que Salvador Alemany comentó que era una de las mejores conferencias que había escuchado hacía años. Pero la alegría dura poco en casa del pobre, y la semana que había empezado tan bien, terminó con un anuncio preocupante del secretario general del PSC, Pere Navarro, y una desconcertante entrevista al presidente Artur Mas en el Magazine de La Vanguardia. Concretamente, Pere Navarro, en vísperas de explicar su alternativa al pacto fiscal -el «pacto fiscal federal»-, aseguraba que había que buscar una fórmula «que evitara frustraciones». Y Artur Mas encontraba que hablar de independencia «es antiguo», porque hoy en día se es interdependiente.

De hecho, se puede entender que la dramática realidad de nuestra supeditación al Estado obligue a los dirigentes de nuestro país a recurrir a viejos argumentos para esquivar tener que enfrentarse cara a cara, o al menos, para aplazar el choque previsible hasta estar en condiciones de resistirlo. Y ya sé que no es lo mismo hablar sin ataduras, como Pujol, que hacerlo dirigiendo un partido o un gobierno. Ahora bien, ¿estaría de acuerdo Pere Navarro en decir que no se puede exigir el fin de la violencia de género porque, como es muy difícil de conseguir, generará frustración? Lo que es frustrante es ser objeto de esta violencia, como lo es el actual expolio fiscal. De hecho, no se me ocurre nada más frustrante para un país que tener que dejarse robar casi el 10 por ciento de la riqueza que es capaz de generar con su trabajo, poniendo en riesgo su propia supervivencia nacional, inseparablemente ligada al bienestar social que debería garantizar y que le da sentido.

En cuanto a Artur Mas, desconcierta que presente el pacto fiscal, como hace en la entrevista mencionada, como una «forma para que Catalunya pertenezca al Estado de manera más amable». Esto no ha ido nunca ni de simpatías, ni comprensiones ni amabilidades. Como tampoco se explica que, a estas alturas, se vuelva a contraponer la independencia a la interdependencia. Nadie quiere la independencia para quedarse encerrado en casa, sino precisamente para poder relacionarse con todo el mundo de tú a tú. ¿Cómo se puede ser interdependiente sin independencia, presidente Mas? ¿Es que algún estado de la Unión Europea ha renunciado a ella, con el argumento de que ahora el mundo es interdependiente? Y tampoco entiendo la recuperación de aquella expresión políticamente tan absurda de la soberanía compartida, que vuelve a poner la resolución de nuestras aspiraciones nacionales en manos de los otros. Para seguir con la metáfora que utiliza Mas en la entrevista, cuando los hijos se emancipan de casa no es necesario que repudien los padres, claro, pero en ningún caso se van para compartir las respectivas soberanías domésticas. Me gustaba más el Mas de Le Monde, del Frankfurter Allgemeine o del Financial Times que éste.

Aburre mucho que se nos quiera salvar de hipotéticas frustraciones futuras a base de condenarnos a aguantar las que hace tantas décadas que estamos soportando con estoicismo digno de mejor causa. Puedo entender la propuesta de pacto fiscal como un desafío antes de dar el paso hacia la exigencia de un Estado propio, que es lo que necesitamos. Un estado así como lo exigía el consejero Ferran Mascarell este domingo en una entrevista en Presencia. Ahora bien, el punto de partida de cualquier análisis realista es lo que establecía el pasado jueves el presidente Pujol: «Ya no tenemos Constitución. No es la mía y no es la que debe ser aceptada por Cataluña». A partir de aquí, hablemos.

ARA